rabudopuntocom http://www.rabudo.com El blog de Nacho Mirás Fole (mirasfole@gmail.com) posterous.com Sun, 30 Oct 2011 16:36:00 -0700 Hoy hace cuatro años... http://www.rabudo.com/hoy-hace-cuatro-anos http://www.rabudo.com/hoy-hace-cuatro-anos

Ane cumple hoy cuatro años. Reedito un post de aquellos días que decía así:

Hola a todos. Soy Ane. Nací ayer a las 10.15 horas en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela, por lo que, según mi padre, contribuyo con mi presencia a ampliar ese censo de la capital de Galicia que se resiste a llegar a los cien mil habitantes. ¿Será por eso por lo que me llamó nada más nacer el mismísmo alcalde para saludarme? El alcalde es un señor muy simpático que habla como si estuviera afónico y que siempre tiene respuesta para todo. Como os decía, llegué al mundo ayer, pesé dos kilos y ochocientos gramos y nací de cesárea porque, como hija de un rabudo y de una navarra, se me dio por revirarme y me quedé de culo, que es la manera clara de decir "podálica", por lo que tuvieron que llamar a la fuerza pública para desalojarme. Las doctoras Dueñas y Arias hicieron un buen trabajo con mamá y el zurcido de la barriga seguro que, en unos días, ni se le nota. El sobrino de la tía Claudina, que es un señor de gafas muy gracioso al que conocí esta tarde, dijo en mi presencia que, por haber nacido el 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, debería llamarme "Ane de casi todos los santos". Pero me da que mis padres lo van a dejar en Ane, a secas. No, no es como la Igartiburu, es con una "n" solamente, como lo escribirían los vascos (¡y las vascas!, que diría ese señor con las orejas de punta sale en Star Trek). Por lo demás, tampoco tengo mucho que contaros de mi vida: duermo, cago, chupo de la teta, duermo, cago... No, no soy funcionaria, aunque ya sé que muchos lo estabais pensando ¿eh? Tengo que decir que en el Clínico no se está nada mal. Como dicen los tíos de Pamplona: "¡Se está más a gusto que a gusto!" En la habitación tenemos vistas al monte de Vidán y viene gente que me visita, y me toca, y me regala cosas: cuatro ramos de flores, ropa que me queda grande, bombones que se comen los demás... Es divertido, todo el mundo sonríe y mi padre babea y dice tonterías... He cagado ya cuatro pañales con un chapapote negro y espeso que tiene textura de tinta de calamar y nombre de petrolero: El "Meconio". Cuatro sentinazos en toda regla que mi padre limpió sin rechistar, como un voluntario en Carnota. No lo hace mal el tío. Puede mejorar, pero pone interés. Entre sus atenciones y el calostro de mamá, no me puedo quejar. Aunque me han dicho que, mejor que el calostro, es otro alimento de tres sílabas que, lo mismo que lo que yo me bebo, también suena a palabra polaca: el churrasco. Pero no he visto churrasco en la carta del hospital, igual elevo una queja a la gerencia. ¡Churrasco si, calostro non! Las enfermeras se portan de maravilla y hay una que se llama Marisol que me lava en un fregadero de acero inoxidable como quien lava una olla. Esta mañana le meé en la báscula mientras me pesaba, pero no fue un accidente, fue a propósito; yo hago como las Harley Davidson, que no es que pierdan aceite, es que marcan territorio. El lunes quizás nos manden para casa, porque mi madre evoluciona muy bien y ya casi le han retirado toda la fontanería que le pusieron después de nacer yo. Las navarras somos muy resistentes y enseguida nos venimos arriba, ¡cojona! Hoy he conocido al tío Jose, que es parecido a papá pero con la barba un poco más blanca; a la tía Isa, que es más rubia y más bajita que el tío Jose; y a los abuelos de Vigo, entre otras personas mucho más altas y con más gafas que yo. Lo mejor ha sido ver este mediodía las caras de los abuelos Pepe y Toñita. El abuelo Pepe sólo tenía una preocupación que hoy desapareció: morirse sin nietos. Así que ya se pude ir buscando otra comedura de tarro, que la anterior no le cuela. Que no, abuelo, que ya estoy aquí, que soy la primogénita, y te viene otro en camino por la calle Ramón Nieto. Por la noche llegará desde Pamplona la abuela Inés, que dicen que cocina un ajoarriero y unas pochas y un atún con tomate que quitan el sentido. Lástima que aún no tengo dientes... La abuela Inés se subió a un tren sobre las once de la mañana y llegará pasadas las ocho de la tarde. Dice mi padre que por delante de nuestra casa en San Lázaro pasan peregrinos andando que no tardan mucho más en llegar que la abuela Inés en el tren. Menuda estafa; y me juraron que nacía yo en el futuro...Tengo mucha curiosidad por conocer a mis otras tres tías: Sonia, Nerea y Sandra, que tienen cada una, incluso, su propio marido. ¡Uno para cada una! No sé si me acordaré de todos los nombres, lo mismo tengo que anotarlos en una libreta. Os dejo, que mi padre lleva toda la noche durmiendo sobre un potro de tortura y me dice que se va a echar un rato en una cama como Dios manda, por lo menos hasta que llegue el tren borreguero de Vitoria. Os enseño mi foto y un vídeo que me grabó papá esta mañana mientras Marisol me lavaba en una pileta difícil de olvidar porque era de acero inolvidable. Como podéis oír, tengo buenos pulmones, herencia directa de mi madre, que tiene una voz muy potente porque habla en la radio y la tienen que oír en toda Galicia, y para eso hay que gritar. A veces incluso la oyen en toda España, cuando le da paso un señor que tiene nombre de flan insulso: "Flan-cino" Lo dicho, que estoy encantada de conoceros y que ya os iré contando cosas. Aquí debajo va el vídeo del baño. No es precisamente el spa de Sanxenxo, pero teniendo en cuenta que paga la Seguridad Social... La Seguridad Social también le paga la paternidaZ a mi padre. PaternidaZ, con Z, de Zapatero. Se despide con cariño, Ane Mirás Apestegui, que soy yo.

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Tue, 11 Oct 2011 15:08:00 -0700 Telecinco y la realidad que nos ocupa http://www.rabudo.com/telecinco-y-la-realidad-que-nos-ocupa http://www.rabudo.com/telecinco-y-la-realidad-que-nos-ocupa
 El sobrino de la tía Claudina me cuenta historias maravillosas, breves, sentidas. O me regala frases célebres y yo las uso o las olvido; o las presto, o se las robo. También me entrega sin acuse de recibo y sin aviso previo expresiones magníficas, como cuando definió académicamente la lamentable etapa histórica en la que Galicia se llenó de galpones y adefesios urbanísticos como "Período uralítico". El domingo, en su casa de Orleáns*, en el mismo centro de Orleáns, y con vistas al rascacielos más alto de la ciudad, el hotel San Martín, charlábamos mi amigo y yo sentados frente al televisor después de desayunar. Él hablaba sobre la conveniencia de comprarse una tele nueva y pasarle quizás a sus padres la antigua, que es de plasma y ni tiene todavía un año. "Es que me he dado cuenta -me explicaba- de que en el hueco me cabría una todavía más grande". Justo cuando yo le respondía que si a sus padres no les iba bien la tele de plasma vieja, yo la aceptaría encantado en calidad de donativo, el sobrino de la tía Claudina me interrumpió:
-Es terrible. Mi madre confunde Telecinco con la realidad. Dice que Jorge Javier saca los brazos fuera de la pantalla. Yo le digo que no será para tanto y ella erre que erre, que sí que saca los brazos fuera de la pantalla, pero que solo lo hace en la tele de la cocina, que es más pequeña.
Me estaba imaginando a Jorge Javier remando en 3D en la cocina de la cuñada de la tía Claudina cuando su hijo continuó:
-Ve el mundo a través de Telecinco y claro, se preocupa, se preocupa muchísimo. El otro día, cuando me despedía, me dijo: "Ten cuidado ahí fuera, no vayan a matarte".
Me gusta ir a Orleáns; siempre traigo llenas la barriga y la cantimplora de las historias.
*Orleáns es como llama mi padre a Ourense, una denominación basada en las antiguas matrículas provinciales que empezaban por "OR".

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Mon, 03 Oct 2011 00:13:00 -0700 Virrey de barrio (historias de Lavadores I) http://www.rabudo.com/rv-virrey-de-barrio-historias-de-lavadores-i http://www.rabudo.com/rv-virrey-de-barrio-historias-de-lavadores-i
Con frecuencia hablo de Lavadores, la patria chica de mi padre, una parroquia de Vigo que fue ayuntamiento independiente durante más de un siglo. Esa circunstancia autónoma marcó el carácter de sus habitantes y, en consecuencia, creo yo, de los herederos de aquellos pobladores primitivos, aunque hayamos nacido ya fuera de los lindes parroquiales.
Cuando, por cualquier circunstancia, mi padre y yo regresamos a aquel antiguo municipio hoy anexionado a Vigo, él no puede evitar que le aflore la infancia. Son narraciones a menudo repetidas, es cierto, aunque reconozco que, según me hago mayor, en las historias de Mirás paladeo detalles que antes se me habían escapado, seguramente por la falta de atención inherente a la juventud. Así que procuro escribirlas, para que no se pierdan. Y eso hago ahora mismo.
Este fin de semana volvimos mi padre y yo a Lavadores y allí, junto a la iglesia de Santa Cristina, busqué con la mirada el chalé del general San Juan. Tenía un recuerdo infantil según el cual se alzaba imponente, frente a la sede parroquial, un chalé que desentonaba por su majestuosidad y su planta con en el entorno obrero lavadoreño. Era la residencia de un general de Franco, de un individuo condecorado que comulgaba aparte en misa y que tenía reclinatorio propio cuatro pasos más cerca del altar y, consecuentemente, cuatro pasos más cerca de Dios.
San Juan era un general franquista en la Rusia Chica, que es como se conocía a Lavadores en los años 40 y sucesivos por lo dilatado en número de sus parroquianos revolucionarios, comunistas y anarquistas; gente problemática que se empeñaba en ser libre. Así que es fácil imaginarse que, con la guerra perdida, el alto mando del glorioso Ejército Nacional se hubiera convertido para los de Lavadores en una especie de virrey fascista, sin otro encargo en la vida que recordarles las 24 horas del día a sus vecinos quién gobernaba España. A pie o en coche. Y a la derecha, muy a la derecha de Dios.
Busqué con la mirada, decía, el chalé de San Juan frente a la iglesia de Santa Cristina y no lo vi a la primera. Solo cuando achiné los ojos, como intentando enfocar, me di cuenta de que la casona del militar estaba delante de mis narices, aunque rodeada por delante de un añadido de ladrillo rojo y tapada su majestuosidad por un enorme cartelón: "Guardería Infantil Los Pitufos". Me reí solo, hacia adentro, pensando en la cara que habría puesto el difunto general de haber visto su grandiosa atalaya convertida en una escuela de niños, él que tanto los odiaba. No sé si odiaba a todos los niños, pero desde luego aborrecía a los niños pobres.
De la inmensa finca de frutales que aromatizaba la vida pudiente de San Juan tampoco queda nada. En aquellas tierras sembró la especulación chalés que no tienen más pega que las vistas prosaicas a la nave de vías y obras del Concello de Vigo. Es como si la memoria del general San Juan hubiera sido burlada por unos críos con mandilón, por una parte, y por la especulación inmobiliaria, por otra; una ironía de que en la vida de hoy la cadena de mando es otra.
-"Entonces, la guardería es el chalé de San Juan, pero modificado", le dije a mi padre, que se entretenía sacando fotos a la familia.
 -"San Juan, menudo hijo de puta", me contestó olvidando que acabábamos de asistir en la iglesia al bautizo cristiano de su nieta, mi sobrina.
"Un hijo de puta -continuó mi padre- que prefería ver cómo la fruta se le pudría en los árboles a que los niños de Lavadores pudiésemos digerirla". Mirás dejó de retratar y me contó entonces que fue precisamente San Juan, por mediación de su criado, Clemente, uno de los individuos que más le hicieron sentir el miedo verdadero, el terror. Me explicó mi padre que, a finales de los años 40, los niños de Lavadores eran ricos en piojos y hambre. Y pobres en todo lo demás. Así que no era raro que, cuando las tripas se descompaginaban, los chavales de la parroquia se lanzaran a robar fruta allá donde la fruta maduraba: en los mismos árboles. Y el fértil retiro agropecuario de San Juan, frente a la iglesia, diez metros por encima de la cabeza de la necesidad, se antojaba Mercamadrid para aquellos niños infestados de mocos y de pulgas de la Rusia Chica.
"Una vez -me dijo mi padre- me tocó a mí. Clemente, el criado, nos sorprendió robando fruta. Y conocí el pánico". Escuché sin interrumpir: "A los cuatro que no pudimos escapar aquel día, Clemente nos ordenó bajarnos los pantalones allí mismo, debajo de un manzano. Éramos tan pobres que ninguno tenía calzoncillos, así que nos quedamos allí, temblorosos y esqueléticos, con las pirolas al viento encogidas de angustia. Entonces, el criado nos encerró en una cuadra, desnudos, y nos cagamos encima". Me imaginaba la escena como si la estuviera viviendo yo: cuatro niños escuchimizados en bolas, recluidos en una cuadra por haberse atrevido... ¡A comer! Y me relató Mirás que, mientras los pequeños se cagaban de miedo, San Juan actuaba siempre de la misma manera: ordenaba al criado que cabalgara hasta el Sobreiro para avisar a los padres de los detenidos de la suerte que habían corrido sus hijos. Y los padres, preocupados no ya por el hecho de que los niños robaran fruta -a fin de cuentas, era para sobrevivir- sino por el manchurrón que podía suponer para sus ya complicadas existencias haber violado la propiedad privada de un general del caudillo, acudían veloces para rescatar a sus hijos y abofetearlos y escarmentarlos con dolor de corazón delante del virrey de barrio. Eso sí, antes de liberarlos del todo y de devolverles sus pantalones y su dignidad, Clemente extendía la mano y exigía a los miserables de Lavadores, a los que nada tenían, el pago de una multa en metálico, en desagravio. Después de eso, los pobres eran un poco más pobres, el mundo escribía un pasaje más en su enciclopedia de las injusticias y maduraba como las manzanas del general la inocencia desnutrida de la chavalada de Lavadores; hasta pudrirse.
Hasta que San Juan murió de viejo y desapareció, toneladas de fruta se pudrieron también en sus árboles y muchos hijos del hambre acabaron en la cuadra con las pirolas asustadas. Hoy, la memoria del general está oculta detrás del cartel que anuncia a los cuatro vientos los dominios de los niños de la Guardería Infantil Los Pitufos; la Historia tardó, pero se tomó su revancha.

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Mon, 19 Sep 2011 10:24:00 -0700 Tardes de crónica negra. http://www.rabudo.com/tardes-de-cronica-negra http://www.rabudo.com/tardes-de-cronica-negra
Hay quien me pregunta por qué me he dedicado tan de lleno al periodismo de sucesos. Algunos ya sabéis que, ahora mismo, estoy inmerso en la grabación de un programa de televisión sobre el asunto. Creo que los sucesos están en la esencia misma del periodismo pero, en cualquier caso, repito una entrada que escribí hace algún tiempo y que da, creo, algunas respuestas. Ahí va:
Creo que el periodismo de sucesos me viene de familia, aunque soy el único que lo ejerce de manera colegiada. Y la culpa es de la tía Carmen. La tía Carmen era una hermana de mi abuela por parte de padre. Estaba suscrita a El Caso y en su casita del Sobreiro, en Lavadores, el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada.
El periódico siempre ha tenido valor añadido para empaquetar, para amortiguar o para hacer de papel secante de los fregados. Y en casa de la tía de mi padre, sentado sobre una banqueta con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán.Y conocí nada menos que a El Lute antes de que le pusiesen la cara de Imanol Arias. En aquella enciclopedia del crimen de usar y tirar aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión a través de películas y series en las que el asesino siempre regresaba al lugar de los hechos. Pero la base de mi educación criminológica está en casa de la tía Carmen y en esa devoción que tenía por el semanario más desgarrador de la prensa española. Lo de aquella mujer con los sucesos era algo difícil de explicar. Llevaba la cuenta de los óbitos más macabros de España y devoraba con fruición la crónica negra española. Me consta que asistía como público a los juicios y que, a la hora de escoger una película en el Avenida o en el Palermo -iba los jueves sin faltar uno- miraba bien que estuviese basada en hechos reales.
La tía Carmen no era rápida leyendo, pero tenía toda una semana para documentarse antes de que llegase el número siguiente. El Caso era un periódico cuyos redactores habían conseguido lo que otros jamás lograremos: que los lectores se tragasen hasta los pies de foto; ahora, la gente te dice que lee el periódico cuando, en realidad, no ha pasado del cuerpo 38 de los titulares.
La abuela Pura no sabía leer. Pero conocía bien los archivos de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba por las tardes su hermana, tomando la fresca. Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados por la tarde en el Sobreiro, que era como un plató de telerrealidad. La plaqueta marrón que revestía la casa de Carmen y Benito -esa plaqueta todavía existe- era el respaldo de aquella salita al aire libre. Cada uno se llevaba su silla y allí acudían, como clavos, los demás actores de esta novela real. No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario, o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado un tiempo y al que le quedó para siempre el mote de "O detetive". También era frecuente que llegase al Sobreiro Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, para arreglar algún asunto funerario o relatar el deshaucio de un cadáver que debía dejar sitio a la siguiente generación. Milito era un artista de los sepelios: nadie enterraba ni desenterraba como él, y nadie sabía optimizar mejor el espacio de un nicho para ubicar, cómodamente, a un finado y las osamentas de otros seis convenientemente organizados en cajas de cinc.
En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, con la autoridad de un ministro portavoz, de los asesinatos más frescos y de los crímenes más espeluznantes de España.
Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacen los niños cuando hablan los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella arteria principal del Sobreiro, una verdadera mesa de autopsias de la actualidad. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido con un malogrado criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú? ¡Que soy un niño!
De todos aquellos no queda casi nadie, ni siquiera Milito, que los enterró a todos y después necesitó ayuda para él. Ayer, medio dormido, escuché que Íker Jiménez hablaba de Landrú y de repente regresé al Sobreiro y me imaginé a la tía Carmen en la bancada del público del palacio de Justicia. Tampoco somos tan diferentes: ella lo hacía por morbo; yo lo hago por dinero.

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Thu, 15 Sep 2011 01:32:00 -0700 El universo Apple según Ane http://www.rabudo.com/el-universo-apple-segun-ane http://www.rabudo.com/el-universo-apple-segun-ane
Ane ve encendido el logo de la manzana de mi MacBook y pregunta: -¿Y por qué tiene una manzana? ¿Y por qué el teléfono también tiene una manzana? -Pues porque el señor que hizo el ordenador y el teléfono le pone a todo lo que hace una manzana, igual que nosotros marcamos tu ropa del cole con tu nombre. -Pero él no se llama "Manzana"... -No, pero le gustarán las manzanas, supongo [no le voy a explicar a la niña la teoría de que si es un homenaje a Newton, que si Alan Turing murió mordiendo una manzana envenenada... en fin] -[Se queda pensando] Pues... vamos a llamar por teléfono al señor que hizo el ordenador, porque a mí me gusta más que tenga un plátano; A ti te gustan los plátanos ¿verdad, papá? -Sí, bueno, supongo que no estaría mal que tuviera un plátano... Y así, según Ane, el universo Apple bien podría ser el universo banana.

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Wed, 14 Sep 2011 04:53:00 -0700 La caja. Basado en una historia real. http://www.rabudo.com/la-caja-basado-en-una-historia-real http://www.rabudo.com/la-caja-basado-en-una-historia-real

Cuando haces limpieza, siempre encuentras cosas que no quieres tirar. Esta tuvo su momento de gloria. Hoy la recupero. Por ellos.

Hace setenta años, que un niño muriese al nacer o que naciese muerto era algo habitual. Lo raro era llegar de una pieza, completo, vivo. La mujer paría con dolor extremo, como paren las bestias, y si algo salía mal nadie se andaba con contemplaciones, eran cosas de la vida; "Estaba de ser", decían las viejas. Si por medio andaban los curas, entonces había que rezar para que no hubiera complicaciones porque, si tocaba escoger, los curas siempre miraban antes por el hijo que por la madre. In dubio, pro orphanus. Históricamente, la mujer siempre ha sido para el clero un vehículo, lo que de verdad les importa es el pasajero y no el taxi. Todavía hoy algunos lo piensan.

Un domingo, hace unos años, en Peitieiros, mi tío Carlos me contó la realidad terrible a la que se tuvieron que enfrentar sus padres, mis abuelos, poco después de haberse casado, mucho antes de nacer él. Pura Domínguez  y Pepe Mirás contrajeron matrimonio jóvenes, sin dote, con el pasado sufrido, el presente justo, las habas contadas y el futuro incierto. Pero llenos de amor. Se me escapan las fechas pero así, a ojo, el casorio tuvo que celebrarse, más o menos -calculando la edad de mi padre y la de mis tíos- en medio de la Guerra Civil, con Franco sublevado y crecido a partes iguales.

Mirás era tranviario, corredor de campo a través e hijo de la Rusia Chica. Mirás era un rojo. Y Pura repartía pan y daba por bueno lo que hiciese su marido, aunque rezaba por los dos. Por si acaso. Pero se querían. Cuando la abuela se quedó preñada por primera vez, a la pareja le invadió una mezcla de felicidad y vértigo. Eran años malos para traer gente a España. Mirás lo asumió como algo natural, como el curso lógico de los acontecmientos: desembarcaba otro paria en la tierra. Para Purita, que respetaba las ideas bocheviques de su marido pero que comulgaba doble, no fuera a ser, un hijo era un enviado de Dios.

Mi abuela no dejó de repartir en los nueve meses que tardó la criatura en crecer en su interior, de sol a sol, caminando hasta veinte kilómetros diarios con una cesta de pan sobre la cabeza. Hasta que llegó el día. Con las aguas rotas piernas abajo, Pura y Mirás se fueron apurados a la maternidad de Teis en el tranvía. Nunca he sabido realmente si el tranvía de Teis era el seis, como dice mi padre, o si eso es una rima premediatda que falta a la verdad. La partera le dijo a mi abuela que soplara, que empujase como si de ello dependiesen las mareas. Y Purita empujó tanto que casi se le va la vida por la boca; hubo que cerrar la ventana para que no hiciese corriente. Dios, que debería haber estado allí porque hacía falta, porque Dios siempre hace falta cuando nace un pobre, hizo dejación de funciones y abandonó a su suerte a mi abuela, a mi abuelo y a la criatura. "La niña está muerta, no hay nada que hacer", le dijo bruscamente la comadrona a mi abuelo que, detrás de una cortina, había empezado a pensar que un parto es chacinería inútil si no se escucha el llanto de un bebé. Mirás apretó la cabeza de su mujer contra su pecho y lloraron juntos las lágrimas más amargas jamás lloradas. Aun no habían tenido tiempo de tomar aire cuando la encargada de la maternidad le dijo a mi abuelo: "Tiene que llevarse el cuerpo y enterrarlo usted". No sé exactamente en qué año fue, pero sé sin duda que era Navidad porque alguien vació los higos secos de una caja de madera que había llegado a aquel paritorio precario y metió dentro el pequeño cuerpecito de mi tía muerta, amortajado con una toalla. Mientras mi abuela se quedaba allí, destrozada y sola por dentro y por fuera, Mirás se puso la caja debajo de un brazo, le dio un beso en la frente a Purita y se subió en marcha al 6 para llegar al cementerio lo antes posible. Lloró hacia adentro durante el trayecto y deseó haber creído en Dios para poder maldecirlo y llamarle hijo de la gran puta. Los demás pasajeros sólo vieron a un hombre flaco que llevaba un paquete, quizás un encargo; un regalo de Navidad. Nadie reparó en que, aquel día, la tragedia viajaba en tranvía. Ni tampoco en que Dios no estaba allí.

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