Posterous theme by Cory Watilo

Tardes de crónica negra.

Hay quien me pregunta por qué me he dedicado tan de lleno al periodismo de sucesos. Algunos ya sabéis que, ahora mismo, estoy inmerso en la grabación de un programa de televisión sobre el asunto. Creo que los sucesos están en la esencia misma del periodismo pero, en cualquier caso, repito una entrada que escribí hace algún tiempo y que da, creo, algunas respuestas. Ahí va:
Creo que el periodismo de sucesos me viene de familia, aunque soy el único que lo ejerce de manera colegiada. Y la culpa es de la tía Carmen. La tía Carmen era una hermana de mi abuela por parte de padre. Estaba suscrita a El Caso y en su casita del Sobreiro, en Lavadores, el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada.
El periódico siempre ha tenido valor añadido para empaquetar, para amortiguar o para hacer de papel secante de los fregados. Y en casa de la tía de mi padre, sentado sobre una banqueta con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán.Y conocí nada menos que a El Lute antes de que le pusiesen la cara de Imanol Arias. En aquella enciclopedia del crimen de usar y tirar aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión a través de películas y series en las que el asesino siempre regresaba al lugar de los hechos. Pero la base de mi educación criminológica está en casa de la tía Carmen y en esa devoción que tenía por el semanario más desgarrador de la prensa española. Lo de aquella mujer con los sucesos era algo difícil de explicar. Llevaba la cuenta de los óbitos más macabros de España y devoraba con fruición la crónica negra española. Me consta que asistía como público a los juicios y que, a la hora de escoger una película en el Avenida o en el Palermo -iba los jueves sin faltar uno- miraba bien que estuviese basada en hechos reales.
La tía Carmen no era rápida leyendo, pero tenía toda una semana para documentarse antes de que llegase el número siguiente. El Caso era un periódico cuyos redactores habían conseguido lo que otros jamás lograremos: que los lectores se tragasen hasta los pies de foto; ahora, la gente te dice que lee el periódico cuando, en realidad, no ha pasado del cuerpo 38 de los titulares.
La abuela Pura no sabía leer. Pero conocía bien los archivos de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba por las tardes su hermana, tomando la fresca. Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados por la tarde en el Sobreiro, que era como un plató de telerrealidad. La plaqueta marrón que revestía la casa de Carmen y Benito -esa plaqueta todavía existe- era el respaldo de aquella salita al aire libre. Cada uno se llevaba su silla y allí acudían, como clavos, los demás actores de esta novela real. No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario, o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado un tiempo y al que le quedó para siempre el mote de "O detetive". También era frecuente que llegase al Sobreiro Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, para arreglar algún asunto funerario o relatar el deshaucio de un cadáver que debía dejar sitio a la siguiente generación. Milito era un artista de los sepelios: nadie enterraba ni desenterraba como él, y nadie sabía optimizar mejor el espacio de un nicho para ubicar, cómodamente, a un finado y las osamentas de otros seis convenientemente organizados en cajas de cinc.
En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, con la autoridad de un ministro portavoz, de los asesinatos más frescos y de los crímenes más espeluznantes de España.
Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacen los niños cuando hablan los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella arteria principal del Sobreiro, una verdadera mesa de autopsias de la actualidad. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido con un malogrado criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú? ¡Que soy un niño!
De todos aquellos no queda casi nadie, ni siquiera Milito, que los enterró a todos y después necesitó ayuda para él. Ayer, medio dormido, escuché que Íker Jiménez hablaba de Landrú y de repente regresé al Sobreiro y me imaginé a la tía Carmen en la bancada del público del palacio de Justicia. Tampoco somos tan diferentes: ella lo hacía por morbo; yo lo hago por dinero.

El universo Apple según Ane

Ane ve encendido el logo de la manzana de mi MacBook y pregunta: -¿Y por qué tiene una manzana? ¿Y por qué el teléfono también tiene una manzana? -Pues porque el señor que hizo el ordenador y el teléfono le pone a todo lo que hace una manzana, igual que nosotros marcamos tu ropa del cole con tu nombre. -Pero él no se llama "Manzana"... -No, pero le gustarán las manzanas, supongo [no le voy a explicar a la niña la teoría de que si es un homenaje a Newton, que si Alan Turing murió mordiendo una manzana envenenada... en fin] -[Se queda pensando] Pues... vamos a llamar por teléfono al señor que hizo el ordenador, porque a mí me gusta más que tenga un plátano; A ti te gustan los plátanos ¿verdad, papá? -Sí, bueno, supongo que no estaría mal que tuviera un plátano... Y así, según Ane, el universo Apple bien podría ser el universo banana.

La caja. Basado en una historia real.

Cuando haces limpieza, siempre encuentras cosas que no quieres tirar. Esta tuvo su momento de gloria. Hoy la recupero. Por ellos.

Hace setenta años, que un niño muriese al nacer o que naciese muerto era algo habitual. Lo raro era llegar de una pieza, completo, vivo. La mujer paría con dolor extremo, como paren las bestias, y si algo salía mal nadie se andaba con contemplaciones, eran cosas de la vida; "Estaba de ser", decían las viejas. Si por medio andaban los curas, entonces había que rezar para que no hubiera complicaciones porque, si tocaba escoger, los curas siempre miraban antes por el hijo que por la madre. In dubio, pro orphanus. Históricamente, la mujer siempre ha sido para el clero un vehículo, lo que de verdad les importa es el pasajero y no el taxi. Todavía hoy algunos lo piensan.

Un domingo, hace unos años, en Peitieiros, mi tío Carlos me contó la realidad terrible a la que se tuvieron que enfrentar sus padres, mis abuelos, poco después de haberse casado, mucho antes de nacer él. Pura Domínguez  y Pepe Mirás contrajeron matrimonio jóvenes, sin dote, con el pasado sufrido, el presente justo, las habas contadas y el futuro incierto. Pero llenos de amor. Se me escapan las fechas pero así, a ojo, el casorio tuvo que celebrarse, más o menos -calculando la edad de mi padre y la de mis tíos- en medio de la Guerra Civil, con Franco sublevado y crecido a partes iguales.

Mirás era tranviario, corredor de campo a través e hijo de la Rusia Chica. Mirás era un rojo. Y Pura repartía pan y daba por bueno lo que hiciese su marido, aunque rezaba por los dos. Por si acaso. Pero se querían. Cuando la abuela se quedó preñada por primera vez, a la pareja le invadió una mezcla de felicidad y vértigo. Eran años malos para traer gente a España. Mirás lo asumió como algo natural, como el curso lógico de los acontecmientos: desembarcaba otro paria en la tierra. Para Purita, que respetaba las ideas bocheviques de su marido pero que comulgaba doble, no fuera a ser, un hijo era un enviado de Dios.

Mi abuela no dejó de repartir en los nueve meses que tardó la criatura en crecer en su interior, de sol a sol, caminando hasta veinte kilómetros diarios con una cesta de pan sobre la cabeza. Hasta que llegó el día. Con las aguas rotas piernas abajo, Pura y Mirás se fueron apurados a la maternidad de Teis en el tranvía. Nunca he sabido realmente si el tranvía de Teis era el seis, como dice mi padre, o si eso es una rima premediatda que falta a la verdad. La partera le dijo a mi abuela que soplara, que empujase como si de ello dependiesen las mareas. Y Purita empujó tanto que casi se le va la vida por la boca; hubo que cerrar la ventana para que no hiciese corriente. Dios, que debería haber estado allí porque hacía falta, porque Dios siempre hace falta cuando nace un pobre, hizo dejación de funciones y abandonó a su suerte a mi abuela, a mi abuelo y a la criatura. "La niña está muerta, no hay nada que hacer", le dijo bruscamente la comadrona a mi abuelo que, detrás de una cortina, había empezado a pensar que un parto es chacinería inútil si no se escucha el llanto de un bebé. Mirás apretó la cabeza de su mujer contra su pecho y lloraron juntos las lágrimas más amargas jamás lloradas. Aun no habían tenido tiempo de tomar aire cuando la encargada de la maternidad le dijo a mi abuelo: "Tiene que llevarse el cuerpo y enterrarlo usted". No sé exactamente en qué año fue, pero sé sin duda que era Navidad porque alguien vació los higos secos de una caja de madera que había llegado a aquel paritorio precario y metió dentro el pequeño cuerpecito de mi tía muerta, amortajado con una toalla. Mientras mi abuela se quedaba allí, destrozada y sola por dentro y por fuera, Mirás se puso la caja debajo de un brazo, le dio un beso en la frente a Purita y se subió en marcha al 6 para llegar al cementerio lo antes posible. Lloró hacia adentro durante el trayecto y deseó haber creído en Dios para poder maldecirlo y llamarle hijo de la gran puta. Los demás pasajeros sólo vieron a un hombre flaco que llevaba un paquete, quizás un encargo; un regalo de Navidad. Nadie reparó en que, aquel día, la tragedia viajaba en tranvía. Ni tampoco en que Dios no estaba allí.