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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

112. El fulano que excitaba a las polillas

El caso es que ya dormía, cansado como estoy después de casi un año en el frente oncológico, pero un revoloteo bajo el edredón nórdico me ha despertado. Y no eran gases ni maniobras orquestales en la oscuridad. Para no incordiar a los demás pasajeros del colchón -un número variable de seres vivos que nunca es menor de dos ni mayor que cinco, incluida la gata Flor- sin encender la luz eché la mano bajo el cobertor y atrapé un polilla tan grande como un colibrí enano. “¿De dónde carallo sales, amiga?”, le pregunté. Como diría Torrente (Ballester, no el brazo tonto de la Ley), mediría algo más de diez centímetros escasos.

Con cuidado de no hacer ruido, abrí la ventana y puse de patitas en la calle al lepidóptero, tineido, pirálido, geléquido, tortrícido o lo que quiera que fuese el excitado animal. Y ya no ha habido manera de volver a dormir. La cosa no habría pasado de ahí si no fuera porque me ocurrió algo parecido la noche anterior, mientras le contaba a mis hijos el cuento. No sé si la misma polilla o un familiar, el caso es que un insecto semejante empezó a revolotear sobre mi cabeza cuando la luz ya estaba apagada. ¿Tanto me han radiado que atraigo a los bichos nocturnos?

Para entretener al desvelo me he puesto a buscar en Google -puro pasatiempo, sin más- por si hubiera algún significado en eso de haberme convertido en un imán de la bichería. ¿Me estaré apolillando? ¿Será una señal como la del huevo negro? Que yo no creo en estas caralladas, pero hay quien sí. Y así es como he ido a parar a una página alojada en Taringa.net que dice lo siguiente, firmado por un tal Z_Firro_X: “¿Te siguen las polillas o mariposas? Se trata de que tú eres una buena persona, tu energía que emana desde adentro lanza una luz que es perceptible para los insectos y seres vivos… Tu aura está tan brillante que si te siguen las polillas es por el solo hecho de que tu alma brilla, tú brillas, tú eres la luz que siguen aquellas polillas… Así que ya sabes: si te siguen estos insectos, no te asustes y ten preparado los cambios y cosas que pueden ocurrir”. ¿No me podía seguir el Euromillón?

Para mí que va a ser más de la radiactividad acumulada, tanto fotón y tanta hostia en el acelerador lineal de partículas del comandante Antonio Gómez. O del ambientador de casa… Tranquiliza, en cualquier caso, saber que tengo el aura saneadita y lustrosa. El hombre que susurraba a los caballos, El señor de las moscas, El fulano que excitaba a las polillas... Me pasan cosas muy raras desde que mis memorias sanitarias encuadernadas por Paidós comparten estantería en las librerías con Hiromi Shinya y sus volúmenes de La enzima prodigiosa.  Que yo no le pongo ni le quito razones al japonés, pero lo que me parece prodigioso es vender dos millones de libros sin apellidarse Esteban o Aznar. El nipón, digo, no yo, que soy un aficionado.

Todo muy cachondo: lo de la polilla, el japonés visionario, la población flotante de mi dormitorio… pero lo cierto es que el desvelo no solo tiene que ver con una escena de cama apolillada, sino con el hecho de que la resonancia magnética de control que deberá certificar que mi cerebro sigue limpio de invasiones bárbaras se acerca. Vuelvo a ser un poco aquel valiente acojonado de hace casi un año. Iba a ser mañana, día 1 de octubre. Pero podéis ahorraros, de momento, el interrogatorio: por un problema de programación deberé esperar al viernes. Y eso, fin de semana por medio, sitúa el horizonte de la incertidumbre y los resultados en el lunes o el martes. No reparan los que organizan los controles en cómo te pueden joder un fin de semana por el simple hecho de mover una fecha. Hacerle eso a un tipo en mis circunstancias es una putada como una catedral con andamios. Pero no ha sido con mala fe, así que me aguanto.

He conseguido que la inspección médica -que, como ya dije, me citó para el “cabodano” del jamacuco, el 6 de octubre próximo, justo a la misma hora y el mismo día que mi oncólogo me quiere catar la sangre- me cambie la amenaza para un día después. Así, al menos, si el lunes los radiólogos y otros cuatro especialistas en los campos de la radioterapia, la oncología, la neurología y la neurocirugía coinciden en la interpretación de la prueba, le puedo llevar algo de información fresca a las autoridades sanitarias. Porque con mis informes médicos que ni se les ocurra contar: no los pienso sacar del hospital. Para hacerlo tendría que visitar las secretarías de las cinco áreas sanitarias a las que acabo de referirme y pedirles mi historial por fascículos para luego pasearlo por Santiago. La Administración sanitaria es como el amor excesivo de Camilo Sesto, que me mata y me da vida a la vez. Estoy por llevarles directamente un ejemplar de El mejor peor momento de mi vida, por si tienen a bien convalidármelo.

Mañana es miércoles. ¿Y qué pasa los miércoles? Exacto, que toca hacer de cartero con cáncer por media capital de Galicia con la baja semanal en la mochila. Después de un año sin trabajar todavía tengo derecho a seis meses de prórroga. Pero tal medida de gracia dependerá de lo que decidan en la inspección del día 7. Yo quiero volver a la normalidad, en cualquier caso. Pero primero tiene que hablar la resonancia magnética. Eso sí me preocupa y no los protocolos casposos y jurásicos de la Seguridad Social.

Hay que ver lo mucho que me relaja ponerme por escrito. Llevo veinte minutos largando esta entrega 112 de mis memorias sanitarias y ya me veo capaz de intentar una cabezada. Pido disculpas si he dejado de contestar a algunos de los que se han puesto en contacto conmigo, pero es que entre vivir y curarme no me dan las horas. Pero lo leo todo y lo agradezco todo.

Me vuelvo al cuarto en catalán con Txarango, que canta así de bien que “no es tan fácil dejarse llevar por el viento cuando sopla fuerte como sentimientos que han cambiado por arte de magia”. Polillas compostelanas, os doy la noche libre. Próxima presentación de El mejor peor momento de mi vida mañana, día 2, a las 20.00, en la librería Biblos de Betanzos. Nos vemos por la calle.

 

111. Demuestre que tiene cáncer ¡Y dale con la matraca!

No merecemos la administración que tenemos. Hoy voy a cargar de nuevo contra una burrocracia absurda e inoperativa que, lejos de ayudarme en esta carrera de fondo que es la lucha contra el cáncer, me toca las narices y otros sitios mucho más escondidos, oscuros y sensibles. Bajo el asunto “Citación agotamiento 365 días”, me envían una notificación en su línea. Remite la Secretaría de Estado de la Seguridad Social, Instituto Nacional de la Seguridad Social, Dirección Provincial de A Coruña”. Resumo, para no aburrir: “En relación con la situación de incapacidad temporal en la que usted se encuentra, le convoco en el lugar y fecha indicados, a fin de efectuarle el pertinente reconocimiento médico, necesario para evaluar, calificar y revisar la situación de incapacidad”. Y me imponen justo la fecha y la hora en la que tengo otro compromiso al que no puedo faltar: el control en oncología médica. Pero ellos, pobres, no lo saben.

¡No lo saben porque no les da la real gana! No lo saben porque las administraciones autonómicas y estatal navegan en compartimentos estancos y desconectados que perjudican al administrado, y esta vez me toca a mí. Y cada día, a miles. Ahora yo, que soy el enfermo, tengo que encargarme de reprogramar la agenda. Pero no es la coincidencia de fechas y horas lo que más me molesta; eso, a fin de cuentas, es una casualidad. Pero agotan mi paciencia cuando, de nuevo, me exigen que demuestren que tengo cáncer y que cargue con mi historial clínico en una carretilla. Solo se me vienen tacos a la cabeza, así que me contendré por respeto a los funcionarios que, en el fondo, también son parte perjudicada de este sistema jurásico. “Evaluar, calificar y revisar la incapacidad”. ¿De qué van? ¿No se creen los informes de mi oncólogo? ¿De mi neurólogo? ¿De mi radiólogo? ¿De mi radioterapeuta? ¿De mi neurocirujano? ¿De mi médico de familia? Por mucho que ustedes me llamen desde el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, en mi carné de identidad dicen que soy español, así que apáñense entre ustedes y déjenme vivir lo que me quede.

Me ordenan que vaya cuando no puedo; me ordenan que lleve el DNI -no vaya a ser yo otro que se me parezca- “y la documentación clínica que obre en su poder”. Ahí es donde ya se me extingue la poca paciencia que me quedaba, porque mis informes están en la red del Servizo Galego de Saúde y con solo introducir un número de historial clínico cantan por bulerías. No pienso ir por las secretarías pidiendo mis antecedentes hospitalarios. Ni tengo tiempo, ni fuerzas, ni ganas. Ah, claro, pero esto es el ministerio y lo otro es la consellería. Para que te tranquilices añaden en la carta que “la información sanitaria que usted aporte será tratada por nuestro personal médico con todas las garantías de confidencialidad e intimidad exigidas por la normativa vigente”. Solo jodería.

Y, a continuación, la amenaza: si no vas, puedes alegar en un plazo de diez días. Pero, si no lo haces, te quedas sin prestación porque así lo determina una ley de 1994. Al menos, no es franquista, como la de 1974 con la que me acojonaron en la carta anterior y que dio pie, nada menos, a que este blog se transformase en un libro. Tienen otra solución: cómprense el libro y lean lo que tengo y lo putas que las he pasado hasta la fecha. O si por los recortes no están para dispendios, lean http://www.rabudo.com.

La dirección provincial añade unas instrucciones complementarias, según las cuales, no tengo que ir a que me reconozcan si necesito ambulancia para desplazarme; si estoy “imposibilitado” o me encuentro hospitalizado; si he sido dado de alta por curación; -o curación milagrosa, que también podría ser-; o si se ha iniciado el trámite de un expediente de jubilación. No dice nada de si estás muerto.

Tampoco se contempla como eximente que tu cita coincida con la analítica y con la consulta de oncología, así que a ver si me cuela, porque tengo muy claro que si algo no voy a hacer es darle calabazas al que me salva la vida para ir corriendo al departamento que me la complica. Este es el sistema que tenemos. Muy malos hemos debido de ser en otra vida. Me están dando argumentos para hacer de mi historia clínica una serie de televisión más larga que Cuéntame.

Ah, y si quieres llamar por teléfono para contarles tu vida, solo de lunes a viernes, de 9 a 14 horas, tremenda jornada. Así que como es sábado por la mañana, les escribo esta carta.

Muchas gracias a las ochenta personas que ayer participaron en la presentación de El Mejor Peor Momento de mi Vida en Ourense; a las más de doscientas de la Casa del Libro de Vigo; y a las más de trescientas que me arroparon en Santiago. Gracias por no pedirme informes.

Voy a rescatar a un clásico que me viene que ni pintado. Fernando Fernán Gómez. In memoriam

110. Escaso de neutrófilos

Pues que tengo los neutrófilos como los dientes tenía la abuela de Gila, como perlas: escasos. El análisis de revelado rápido que me hicieron ayer en oncología médica salió pelado de ese ingrediente en la sopa Minestrone que me riega los adentros. No es para preocuparse, pero como a las infecciones las carga el diablo, mejor curarse en salud antibiótica y seguir unas semanas más con el Septrín Forte. Siempre fui más de Superlópez que de Superman y el tiempo me ha dado la razón: no por nada mi oncólogo es López al cuadrado.

¿Que qué son los neutrófilos? Ya sabéis, los polimorfonucleares de toda la vida. ¿Tampoco? La medicina es así: pudiendo llamarle a algo “chosco” o “perrecho”, que son palabras mucho más fáciles de recordar, le cascan al asunto dieciocho letras y aquí paz y después gloria. Y lo de salpicar esdrújulas a las enfermedades es, de verdad, una obsesión. Con lo cómodo que sería escribir que tengo los perrechos bajos. Así salen después esos tochos en las librerías médicas, que hay que transportarlos en carretilla.
Los neutrófilos, decía, son la unidad de intervención policial de los leucocitos y su misión es fagocitar bacterias y hongos. Como los míos están de capa caída, hay que animarlos a pastillazos. Claro que a la medicina convencional yo le añado cualquier cosa de Rafaella Carrá y nos venimos arriba todos. ¡Que fantástica, fantástica esta fiesta! Que el Septrín es un herbicida para mi flora intestinal es un daño colateral que intento paliar con bífidus y otros organismos de cuchara.

El pequeño de casa cumple hoy cuatro años y entre los preparativos y el aniversario mismo estoy que no paro. El jueves llevaré de paseo a mis neutrófilos desordenados a la Casa del Libro de Vigo a eso de las ocho de la tarde. Y el viernes a la misma hora, al Liceo de Ourense. Me gustará abrazar a discreción. No salgo de casa sin boli y sin una frase para dedicar. Juro que no cito jamás a Paulo Coelho. Si tenéis excedentes de hongos y bacterías, mejor evitadme, no vayamos a liarla.

¿Puedo llamarte Rafa? Pues alégrame la mañana, Carrá.

109. Ajetreo sí, gracias

No es el ajetreo lo que me destroza, que no; el ajetreo me mantiene animado, optimista, vivo. Lo que realmente me escaralla hasta el punto de incapacitarme por momentos es el tratamiento acumulado en este último año para intentar mantener a raya al tumor invasor y a sus daños colaterales: fotones radiactivos, citotóxicos, antibióticos… Todo un festival de la oncología esdrújula. Esa y no otra es la causa de que se me acantinflen las piernas. Por eso no llevo nada bien que, a la que me preguntan cómo estoy y respondo “cansado”, me repliquen: “Claro, amigo, es que con el ajetreo que te traes…” Ya sé que no va con mala intención, pero es precisamente el estar ocupado uno de los secretos de haber llegado al 22 de septiembre sin tener que plegar el tren de aterrizaje.

Cada paciente es su propia enfermedad. Y todos somos enfermos, pero todos somos ejemplares únicos. No me dio la gana de parar cuando el enterrador empezó a tomarme las medidas de las bisagras para el pijama de madera y no lo voy a hacer ahora. Y si trasciende mi cansancio es únicamente porque me preguntan, no porque me queje de nada. ¿O sería acaso mejor mentir y decir que uno está bien cuando no lo está? Gracias también a los que me cuentan que eso del cansancio es por la edad y que a ellos también les pasa. Yo, además, tengo el factor edad. Además.

El “ajetreo”, con unas cuantas presentaciones salpicadas del hijo en papel de este blog, está también a años luz de la jornada standard de un periodista cualquiera, de un obrero, de unos padres con prole… Y no es que viniera nadie antes a decirme que tuviera cuidado, a prevenirme. Os juro que yo soy el primer interesado en administrar esfuerzos, no hace falta que me vayan colgando carteles de “cuidado con el perro”, que ya sé yo lo que me hago. Así que tranquilos: el meneo me salva; la física y la química me cansan…Y asim você me mataaaaaa…

La presentación en el Hostal de los Reyes Católicos de El mejor peor momento de mi vida fue inolvidable. Expliqué el día 18 que escogí el parador porque ese edificio es el antepasado de la sanidad pública que mantiene vivos a tantos como yo. Y presentar unas memorias sanitarias en lo que fue una enfermería tiene su punto. Podía ser peor: visitad el Hostal y buscad los antiguos mortuorios, el observatorio de agonizados o el depósito de sanguijuelas. Qué diferente es ahora el olor de la morgue. Lo que dio de sí el acto lo resumió muy bien mi compañera de La Voz de Galicia Patricia Calveiro en este enlace.

Tengo hasta arriba el saco de los ánimos y vacía la caja de los libros. Lo primero es combustible para seguir pedaleando el resto de la carrera; lo segundo lo está arreglando Ediciones Paidós mandando género a las librerías que se habían quedado desabastecidas. ¡Cómo agradecer semejante despliegue humanitario! Lo intentaré abrazando y oliendo a todo aquel que quiera ser estrujado y olido, firmando dedicatorias en los sitios más insospechados o sulfatando ánimo a quien lo quiera recoger, que todavía ando sobrado de eso. Nunca salgo de casa sin llevar en el bolsillo un boli y una frase de guardia. El jueves nos vemos de nuevo en otra casa, la del Libro de Vigo, a las 20:00 y el viernes, a la misma hora, en el Liceo de Ourense.

Antes, y sin posibilidad de hacer novillos, mañana me pasaré buena parte de la jornada en esa segunda casa pública mía que es el Hospital Clínico, y desde bien tempranito. No me acostumbro a que me agujereen las venas, pero haré de chutes corazón y saludaré a otros supervivientes de este naufragio que ameniza, desde la cubierta, la orquesta acatarrada del Titanic.

Me ha gustado reencontrarme este sábado en Vigo con la mayor parte de los componentes de la agrupación folclórica Queixumes de A Salgueira, mi barrio, el grupo en el que toqué la gaita desde que era poco mayor que mi hija. Qué gran servicio le hizo su director, mi amigo José Manuel Oliveira Cabanelas, al vecindario de esta orilla salvaje de la Gran Vía. Treinta años de música, baile y compañerismo en una barriada sindical en la que, en aquellos primeros ochenta, era más fácil oír hablar del pico que del picado. Manolo se merece que le pongan su nombre a una calle. Ya verás un día, Manoliño.

Me retiro por hoy, no vaya a ser que alguien me llame al orden por exceso de ajetreo. Mañana, después de las banderillas, mojaré el churro a lo loco. Los churros del Clínico ya no los firma Valeriano García Temprano, pero todavía se dejan mojar. Seguro que me encuentro en el hospital a un montón de personajes de la guerra. Todo mi recuerdo para Pep Fortuny, compañero de la Televisión de Galicia, que este fin de semana nos tomó la delantera y cruzó al otro lado con la cámara al hombro.

Cántamela otra vez, Patsy.

108. Y de repente… ¡Un huevo negro!

Me sobran motivos para tener los huevos negros, después de once meses toreando a un cáncer de cerebro. Pero cuando mi mujer cascó este mediodía la materia prima para hacer una tortilla con la que acompañar a unos tomates de Carboeiro y de una de las cáscaras salió el aborto negro y podrido de una gallina, casi tenemos que llamar al exorcista de guardia. “¡Aaghhhhhh, qué asco! -gritó la madre de mis hijos- ¡Un huevo negro!”.

Entre el olor nauseabundo, las arcadas, los gritos y la hiperacusia que llevo instalada de serie desde que me tunearon el disco duro, me invadió un pensamiento: A ver… un huevo negro… tragedias… enfermedad… casi un año de baja y ahora esto… ¡Cosa de meigas! ¡Meigallo! ¡Averno de Satán y Belcebú!, Que yo no creo en brujas aunque las haya, pero semejante impacto a la hora de comer no lo había experimentado jamás, ni siquiera cuando me freían en la churrería de fotones del Clínico de Santiago y de la sala huían todos menos yo.

Sangre fría, dientes apretados… enseguida me hice cargo de la situación. Agarré el fétido recipiente, vertí el contenido en el retrete, le di curso urgente con un tiro estiloso de cisterna hacia la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Silvouta y, a modo de botafumeiro, vacié en el cuarto de baño medio bote de un ambientador de Mercadona que huele a manzanas. Sin rezar siquiera una oración. Sin cruzar los dedos. Sin santiguarme. A lo loco.

Recompuestos del susto y a falta de una enciclopedia de maleficios, eché mano del oráculo y escribí en Google: “Huevo negro”. Y justo me apareció este enlace a una información muy chusca de mi compañero de La Voz de Galicia Javier Guitián, encuadrado en la sección En ocasiones veo grelos. Ningún nombre más propio para el tema que nos ocupa. Iker, amigo, toma nota. Guitián escribía en tremendo titular: La pitonisa del huevo negro de Pujol. “Déjate, déjate, Teodoro -me dije al más puro estilo Luis Ciges- que te estás tomando el asunto a coña y va a ser que lo de relacionar el huevo catastrófico y los hechos sobrenaturales tiene su razón de ser”.

Contaba el periodista en aquel artículo los paños menores de la relación entre uno de los hombres más deseados por los inspectores de Hacienda, Jordi Pujol, y la vidente Adelina, que le llamó “papanatas, piolloso e aparvado (piojoso y atontado)” al molt honorable en la primera plana del cuarto periódico de España, a cuya plantilla pertenezco. Me puse a leer como un poseso hasta que, al llegar al párrafo que transcribo a continuación, lo entendí todo: “Según ha declarado Adelina, para sus predicciones utilizaba un huevo que bendecía y pasaba por diversas partes del cuerpo de Pujol, antes de pronunciar el conjuro «romero, romero, saca lo malo y deja lo bueno… Espíritu Santo… amén… Jesús». Después pasaba a la fase interpretativa vaciando en un recipiente el huevo y analizando su color; al parecer a Pujol siempre le salía negro”.

No voy a pararme en la escena gore de la sanadora frotándole la carrocería al president con el óvalo como si le hiciera una ecografía sin cables. Pero si la podredumbre del alma del cliente, según narraba la experta, iba a parar al huevo después de lo de “romero, romero, saca lo malo y deja lo bueno”, concluí que, por el mismo mecanismo, el aborto de ave que fue a parar a mi váter tenía que ser el resultado de un conjuro al que fuimos ajenos, un hechizo desde la distancia. Porque no lo conté, pero estos huevos que trabajamos en casa nos llegan traficados a través de la familia, sin fecha de puesta ni de caducidad, desde un gallinero de Castrelos, en Vigo. Y siempre salen estupendos. Siempre, menos hoy.

Hay otro problema. En la misma entrevista en la que la sanadora puso de vuelta y media al defraudador confeso más famoso de los Països Catalans, Adelina le contó a otro compañero mío, en este caso Xosé Manuel Rodríguez, que si un huevo te sale negro eso quiere decir que hay gente que te desea el mal, incluso que tienes mal de ojo. Éramos pocos y parió la abuela. ¡Vade retro!

“¡Tranquila, rubia -le dije a mi mujer sin profundizar en lo del ojo chungo-, que ya están los malos rollos en el río Sar, depurados por las instalaciones municipales!”. Hasta nuevo aviso, solo creo en el más acá, así que con la explicación y las tonterías, al menos, nos libramos un poco del mal rollo que invadió la cocina ante la visión de una pretendida tortilla de chapapote podrido. Hasta nos reímos, con lo bien que sientan unas carcajadas en esta emergencia en la que vivimos instalados.

Especula mi compañero de La Voz -el que en ocasiones ve grelos- con la posibilidad de que la oscuridad de las claras y las yemas de Pujol i Soley fuese en realidad un aviso mal interpretado al cliente para que blanquease su dinero. En mi caso estoy tranquilo: ni blanco ni negro; si quisiera evadir todo lo que tengo a Suiza, en el aeropuerto me detendrían por insolvente. Así que está claro: estuvimos a punto de cocinar nuestros propios males, que a estas horas ya están nadando, convenientemente filtrados, en las profundidades del Océano Atlántico. Murhpy, ese que dice que todo lo que puede salir mal saldrá mal, ya me ha hecho tantas putadas que no creo que le queden cartuchos. O huevos.

Finalizo el episodio paranormal de la jornada justo cuando hoy, 16 de septiembre, se pone a la venta El mejor peor momento de mi vida, Rabudo.com hecho papel de la mano de Ediciones Paidós. Me gustaría que, desde allá donde me leáis, me contaseis si ya se encuentra en vuestras librerías. Me hace ilusión mi primer ISBN, no lo niego, y verme mañana en un escaparate va a ser toda una experiencia. Antes de eso subiré a la Radio Galega para compartir desayuno con Kiko Novoa en su Galicia por Diante (sobre las nueve y cuarto). Como he publicado en redes sociales, los tres primeros que se hagan un selfie con mis memorias sanitarias encuadernadas y me lo hagan llegar por Twitter (@rabudo1) o Facebook, correo electrónico o telepatía, están invitados a una cena pagada con mis maltrechos fondos y se irán a casa sin hambre y con una dedicatoria exclusiva. Si piden tortilla, comprobaremos antes que los huevos estén bien amarillos y libres de todo encantamiento. Recupero en vídeo uno de los temas de esencia sobrenatural que más me cautivaron allá por 1983, cuando tenía doce años, pelo y salud. Tino Casal, Embrujada (del LP Etiqueta Negra, 1983). Por si acaso, “romero, romero, saca lo malo y deja lo bueno. Espíritu Santo, amén, Jesús”. ¡Hombre, ya!

 

 

107. Y casi un año después de salir del botiquín…

No conozco a Sandra Ibarra, pero espero ponerle remedio a eso. Os recomiendo la entrevista que le hace mi compañera de La Voz de Galicia Ana Lorenzo en la última del periódico de hoy. Sandra dice cosas como esta, llenas de verdad: “-Hace veinte años casi ni te daban la mano por si el cáncer era contagioso. No se decía la palabra cáncer, se ocultaba, porque cáncer era sinónimo de muerte. Hoy todavía se siguen utilizando muchos eufemismos y metáforas frente a la enfermedad, y por eso nos queda mucho camino por recorrer, tanto a la sociedad como a los medios de comunicación”.
La mejor prueba de que el cáncer se sigue comunicado mal es el revuelo que se arma cada vez que, como Sandra o como yo mismo, alguien sale del botiquín de la oncología reventando la puerta a patadas. Y Sandra lo hizo con clase y estilo: yo enseño directamente el culo sin haberme hecho siquiera la cera. No faltan, claro, caras largas, cejas levantadas, comentarios… Supongo que es normal; el raro soy yo, pero como estoy operado del cerebro siempre puedo descargar la responsabilidad en mi disco duro, que tiene un clúster defectuoso.
Estoy a poco más de dos semanas de ese gran examen de selectividad que deberá certificar si puedo pasar de curso. A estas alturas, la suerte ya está echada: si sigue sin estar, el tumor no se va a presentar de aquí al día 1, por mucho que sea un cabrón veloz con pintas. Y si ya ha vuelto a situarse, no se va a ir de aquí a que me metan en la lavadora magnética de las resonancias. Vivir con incertidumbre es el sueldo para toda la vida con el que el destino redondea la lotería del cáncer. No sé qué carallo hago jugando al Euromillón; el premio gordo ya me ha tocado.
La sobredosis antibiótica de la última semana me tiene las entrañas alborotadas. Pero el sarpullido va remitiendo y, como ya he contado, siempre hay un medicamento que neutraliza los efectos del otro y, así, hasta el infinito.
Ya llevo casi un año instalado en esta emergencia sanitaria. Es cierto que no he parado, pero estoy más agotado por la presencia constante del motivo de mi baja de larga duración que por estirar los días. En ningún momento me olvido de lo que hay, de lo que puede no haber… El temor a no llegar al alumbrado de Navidad o a no poder ver la cabalgata de Reyes en la Plaza del Castillo de Pamplona siempre cansa.
Los que vengáis el jueves 18 (19.30, Hostal de los Reyes Católicos) a la presentación en Santiago de “El mejor peor momento de mi vida” (Ediciones Paidós-Grupo Planeta) os vais a encontrar con una de las mejores barbas de España, y no es la mía: es la pelambrera facial de Manuel Jabois, que además de escribir como Dios es uno de los tipos más resultones del diccionario. Solo su prólogo ya justifica el precio del libro. Y también con la autoridad psicológica de alguien que sabe muy bien de lo que habla: Beatriz Rodríguez Salas, a quien quizás nunca habría conocido de haber permanecido sano, por eso que no hay mal que por bien no venga, Bea. Después de semajante cartel en la antigua enfermería de ese hotel de lujo que antes fue hospital, el telonero soy yo. Como no me suba a la mesa o haga aparecer un conejo de una chistera…
Ante las dudas de los que quieren venir pero no saben qué hacer con los niños, cada uno que disponga lo que quiera, pero mis hijos van a estar en primera fila, lo mismo que me acompañan todos los días en casa y en la calle. Será una función tolerada, sin rombos. ¿Que nos emocionaremos? Seguro. Pero son bastante más obscenos un telediario cualquiera o algún concurso de nuevos talentos infantiles que lo que compartiremos el jueves en Santiago.
Como Dios sigue sulfatando cáncer sin ningún criterio, quiero animar de corazón a los que se incorporan acojonados como yo a esta carrera sobre un alambre enjabonado. No estáis solos. No estás sola. Venceremos nós.

106. Cuando cualquier capricho es urgencia

El otro día me regaló Inma Rodríguez, lectora de este blog, una frase de un amigo suyo que pasó por algo parecido a lo mío, que lo superó y que tuvo todavía el coco suficiente para resumir la esencia de esta emergencia sanitaria con una cita que suscribo por completo: “Uno descubre ahora que cualquier capricho se vuelve urgencia”. ¡Es justo eso! Y más cosas, pero eso desde luego. Y como el lobo sigue enseñándome las orejas, la urgencia de mis caprichos sigue siendo absoluta. Que tampoco son nada del otro jueves. Lo que sí se presenta lejano es, sin embargo, el jueves mismo, la semana que viene. El tiempo es un objetivo a largo plazo para los que pegamos barrigazos en la liga de las enfermedades graves.

El sábado tuve que ir al hospital sin estar citado, y con eso no  contaba. Una especie de sarpullido en la zona baja de la espalda, exactamente donde la espalda pasa a llamarse culo, se me empezó a extender de manera extraña. Estoy muy avisado del peligro de las infecciones, que cualquier porquería, cualquier aguijón mal clavado, me puede expulsar del terreno de juego antes que el cáncer mismo -no está descartado que me picara algo mientras dormía-. Por eso me fui corriendo con mi acné raro en el trasero para mostrárselo a los médicos de guardia en posición decúbito prono, que es justo la media vuelta del decúbito supino.

No tuve que esperar mucho antes de que me recetaran antibióticos orales y en pomada para diez días. Confío en no confundirme y acabar untando la pomada en la tostada del desayuno y hacer sabe Dios qué con las pastillas. Me di cuenta en Urgencias de lo mucho que agiliza la espera que en la sala de clasificación escriban dos palabras que son todo un salvoconducto: “Paciente oncológico”. Que te atiendan rápido, en cualquier caso, no compensa el precio que pagas, esta vida en el alambre. Si como decía el amigo de Inma al arrancar este capítulo cualquier capricho se vuelve urgencia,  qué no será cualquier grano en el culo, cualquier infección bacteriana o picadura de insecto venenoso que te puede enterrar antes que el propio tumor.

No sé por España adelante, pero lo de la bichería en Galicia este año es como para acojonarse. Mosquitos rabiosos, avispas asiáticas… En el jardín de mi casa de Vigo, hoy mismo, mi padre trata de contener una invasión de babosas que amenazaban con comerse un muestrario vegetal urbano que incluye camelias, azaleas, calas, margaritas, una buganvilla trepadora, un manzano injertado y hasta un naranjo chino traído de la feria de Padrón. No os perdáis el sistema Mirás de control de plagas: A raíz de un reportaje sobre los peligros de la avispa asiática, mi padre leyó en el periódico que una buena manera de atrapar al molesto insecto era colocar bien visible algún recipiente con algún líquido dulce. Pero el primer experimento fue un fracaso: en casa trabajamos el género light del mundialmente famoso refresco de Atlanta y las avispas asiáticas no le hicieron ni puto caso a la tentación descafeinada. “Claro -pensó mi viejo- igual no las atrae porque le falta dulce”. Inmediatamente le cascó al brebaje un par de cucharadas soperas de azúcar y lo dejó en una fiambrera abierta en medio de la plantación durante toda la noche. Al día siguiente, aquel bálsamo de Fierabrás era un tanatorio de babosas. ¡Hasta cuarenta llegó a contar! Arriesgándose a que lo acusen de un delito de lesa babosidad, de crímenes horrorosos contra la babosidad mundial, mi padre sigue ahogando moluscos gasterópodos en un Tupperware trampa que tiene instalado en el jardín. ¡Qué digo uno! ¡Ahora ya son dos, que hay que cubrir los flancos! En la última fase de la guerra química ha cambiado la Coca light con azúcar por zumo de piña y los resultados son igual de sorprendentes: la matanza babosa de Texas. Lástima que con semejante cantidad de cadáveres no se pueda hacer una empanada.

Quitando el inconveniente del sarpullido misterioso y el festival de antibióticos, estoy muy contento con la aceptación que, de entrada, está teniendo la conversión al papel de http://www.rabudo.com a libro de la mano de Ediciones Paidós (Grupo Planeta). Quizás tengamos que apretarnos para la presentación de El mejor peor momento de mi vida el próximo jueves 18 a las 19.30 en el Hostal de los Reyes Católicos. Pero si algo le viene bien a un acto de este tipo, si algo le viene bien a este tipo, es desde luego un baño de humanidad. Todos sois bienvenidos, lo mismo que cuando repita en la Casa do Libro de Vigo el día 25.

Parece mentira que, después de casi un año desnudando aquí mi cáncer y radiándolo a todo el que lo quiera sintonizar, todavía me dé un poco de pudor escuchar algunas cosas. Gracias a los que habéis participado en el vídeo de promoción del libro, que ojalá fuese un sainete ligero protagonizado por fulanos imaginarios y no la narración verdadera de la realidad en la que vivo instalado desde aquel 6 de octubre del año pasado. Gracias, Goldi; gracias, Carmen; gracias, Elisa; gracias, Minia; gracias, Sabela… Menos cheques, el día 18 voy a firmar hasta que se me duerma la mano o nos echen del parador, lo que ocurra antes. Prometido. Dentro vídeo; meigas fóra.

 

105. La criatura está lista. Rabudo hecho papel

mejpeYa tenemos confirmadas las primeras fechas y la primera hora. Después de casi un año improvisando en este espacio sobre un pronostico malo, que arrancó con un jamacuco eléctrico y evolucionó en cáncer, http://www.rabudo.com rompe aguas y trae al mundo su primera criatura con tapas. Dicen las ecografías que es cagadito a su padre. “El mejor peor momento de mi vida (o cómo no rendirse ante una mala jugada del destino)”, de Ediciones Paidós -Grupo Planeta-, llega a las librerías de toda España el próximo día 16 de septiembre. También se puede adquirir on line a través de Planeta de Libros. Acompañado por dos padrinos de lujo como son Manuel Jabois, al prólogo, y Beatriz Rodríguez Salas, al prefacio, el 18 de septiembre a las 19.30 horas daremos a conocer en sociedad a la criatura en el Hostal de los Reyes Católicos de Santiago. También está cerrado el 25 de septiembre para la presentación en la Casa do Libro de Vigo. Si la salud me acompaña, tengo intención de moverme con mi hijo de celulosa allá donde me reclamen. Gracias por acompañarme en esta guerra de Gila en la que seguimos llamando al enemigo por teléfono, le decimos que se ponga y lo toreamos con un capote radiactivo y unas banderillas venenosas. Dedicado a todos los que me enseñaron a nadar en este pantano marrón y a todos los que nadáis conmigo.

104. Bola extra: La niña Shakira y la vaca Chenoa

Añado un nuevo post que no tiene nada que ver con el anterior pero que os regalo como bola extra. Esta tarde paseaba yo por un centro comercial de Santiago con mis hijos. Fuimos al cine a ver “Cómo entrenar a tu dragón 2″, que me gustó sin entusiasmarme (demasiado rollo bélico y de monarquías hereditarias ñoñas para mi gusto), pero que se vino arriba cuando escuché que cantaba Jonsi y que tocaban la gaita nada menos que los Red Hot Chili Peppers.

Pasada la película, salimos y presencié impresionado cómo una madre modelna le llamaba la atención a su hijita: “¡Shakira, no te lo vuelvo a repetir!”. Y Shakira… ni puto caso, que para eso le va la rebeldía en el nombre. Que tiemble el santoral. ¡PorquestoesÁfricá! En diálogo tuitero con Joan Rabat (@joanrabat), que me sigue desde Cataluña y ya es uno de los indispensables, le expliqué que, hasta donde yo sé, lo de los nombres de las personas en Galicia no tiene, ni por asomo, el interés onomástico de la cabaña bovina: Hasta 221 vacas con el nombre Chenoa se contabilizaban en el registro ganadero patrio en el año 2005. Lo conté en diciembre de aquel año en La Voz de Galicia y lo recupero para amenizar un poco el anochecer del miércoles, el amanecer del jueves -porque al que madruga no le ayuda ni Dios- y quitarle hierro a otros debates más sesudos. La liebre la levantó el autor del blog O Ollo da Vaca, a quien le reitero las gracias nueve años después. No sé si seguirá siendo Paloma el nombre más común de las vacas gallegas; que alguien tome el testigo y lo compruebe, que yo no tengo el chisme para ruidos. Ahí va. Os lo advierto: vais a flipar.

Paloma es el nombre más frecuente de las vacas gallegas

Algunos tradicionales como «Linda» o «Pinta» dejan sitio a otros como «Chenoa» o «Letizia»
El registro del Servizo de Producións Gandeiras recoge 600.000 fichas

Nacho Mirás. La Voz de Galicia, 17 de diciembre de 2005

Si uno va caminando por una corredoira y, de repente, escucha: «¡Paaaasa, Chenooooa!», no necesariamente tiene que haberse cruzado en su camino una estrella de la canción. Nada más lejos. La Chenoa del prado puede ser una de las 221 vacas lecheras con ese nombre que pastan por Galicia, según la base de datos de Control Leiteiro propiedad del Servizo del Producións Gandeiras (Consellería de Medio Rural).

En los últimos días, la recopilación de los nombres de las vacas de Galicia, realizada por el autor del blog O Ollo da Vaca (http://oollodavaca.blogspot.com), ha corrido como la pólvora entre los internautas gallegos, que se han encontrado con que, a pesar de que las nuevas tendencias pegan fuerte, el nombre más utilizado por los ganaderos de Galicia para bautizar a sus reses es el de Paloma.

El Servizo de Producións Gandeiras confirma todos y cada uno de los datos contenidos en este recuento, hecho sobre un censo que recoge 600.000 nombres de reses dedicadas a la producción de leche.

De «Cachorra» a «Pichona»

Si la lista de nombres la encabeza Paloma, con 6.470 registros, a la zaga le anda Linda, con 5.850 entradas. Pinta (5.787), Blanca (5.345), Cuca (4.402) y Lucera (4.185) van a continuación, según un estadillo plagado, aunque en menor medida, de Marquesas, Lunas o Lúas, Perlas, Moras, Pastoras, Negras, Morenas, Parrulas o Monas. Muy socorridos son en el santoral ganadero de Galicia los nombres de Romera, Morita, Princesa, Estrella, Careta o Diana, lo mismo que Bonita, Nova, el sonoro Cachorra (2.055 vacas se llaman así), Pichona, Gallarda, Rula, Mimosa o Mariposa-Bolboreta.

El autor del recuento repara en un hecho curioso: las 221 vacas que, a partir del año 2002, llevan por nombre Chenoa. Pero no es eso lo que más le llama la atención, sino que «cando comezou a primeira edición de OT xa existían rexistradas aquí oito vacas con ese nome. Iso é ter visión de futuro».

«Nunca Máis»

La búsqueda concienzuda realizada por O Ollo da Vaca en el registro gallego arroja muchos más resultados. Por ejemplo, que 13 vacas lecheras se llaman Prestige y que seis de ellas nacieron entre noviembre del 2002 y febrero del 2003.

Mucho más inquietante es el caso de una res que, a pesar de haber llegado al mundo el 16 de octubre del 2002, se llama Nunca Máis. Para el autor del recuento, hay tres posibles explicaciones para un hecho semejante: «Unha, que teña mal o nacemento na base de datos; outra, que lle cambiaran o nome despois; e a terceira, que a vaca sexa de Rappel».

Rosalía, con 151 entradas, es otro nombre relativamente socorrido en la cabaña ganadera gallega, nada excesivamente extraño. Sí que lo son, sin embargo, otros mucho más exclusivos: En Galicia existe, al menos, una vaca Norma Duval y más de cincuenta a las que sus propietarios les pusieron un televisivo Suellen.

“Fragas”, “Quintanas” y “Touriñas”

Los políticos no se libran: Once vacas se llaman Fraga, unas setenta Quintana, y veinte, Touriña. Pero también hay una Lenin y tres Trotski.

En el registro hay tanto que casi cualquier cosa que a uno se le ocurra ha sido utilizado como nombre de vaca. ¿Letizias? Pues 162, con su zeta y todo. Y siete Gayosas, cuatrocientas Piñeiras o las Jimena, Dinora y Norma directamente extraídas de Pasión de gavilanes a la explotación que Antonio García Neira tiene en Frades (A Coruña).

Entre otras muchas curiosidades, además de las 23 Galicias que dan leche, existen en el recuento nueve que son Galiza, con zeta. Del registro, que incluye novecientas Rebecas o una Aromática, llama la atención ya no una vaca, sino un ganadero que se dignó a registrar a una de sus reses con el sonoro nombre de Gilipollas. El autor del recuento sentencia: «¡Miña pobre…!».

Antonio García Neira: “Teño desde Amaral a Pantoja”

Antonio García Neira vive rodeado de famosas. Entre las 70 vacas lecheras que mantiene en su explotación de Abellá-Frades hay de todo. Por ejemplo, casi la plantilla femenina completa deOperación Triunfo , incluidas Chenoa y Trizia.

«O de Operación Triunfo botounos unha man -explica-; eu o que facía era poñerlles o nome do santo ou santa do día no que nacían, pero como son moitas, calquera sitio é bo para sacar ideas». «Hai compañeiros que usan nomes de países -continúa-, aínda que eu non teño ningunha. O que si teño son nomes como Katrina , Mercedes ou Natacha , pero tamén unha Amaral , unha Perpetua e unha Pantoja ».

Antonio cuenta que las vacas también tienen apellido, formado por el nombre del padre y un número de registro. Así, su Chenoa se llama Chenoa Thunder 116. Pero también hay otras dignas de vivir en Beberly Hills: Silvia Gibson o Jenny Marshall, sin ir más lejos, hija esta última de un semental canadiense.

Dentro vídeo: Jonsi -a quien escuché hace unos años en el Monte do Gozo- cantando para la peli Cómo entrenar a tu dragón 2. ¿Qué nombre le iría bien a un dragón? ¿San Jorge, por fastidiar? ¿Soplete? ¿Churrasking? Yo a un dragón le pondría de nombre… ¡Montoro! Buenas noches, Chenoas.

103. Sobre Ashya King, su tumor y el temor de sus padres.

A estas alturas de esta película de terror basada en hechos reales, después de una craneotomía pterional que duró siete horas, de treinta sesiones de radioterapia en acelerador lineal de partículas, otras 45 dosis simultáneas de química y seis ciclos más de citotóxicos para completar el fregado, en posición vertical y columpiándome a perpetuidad en el alambre del cáncer, pero vivo, quiero esta mañana nublada escribirle a los padres del pequeño Ashya King, compañero de tumor cerebral en la sección infantil y protagonista involuntario de uno de esos seriales periodísticos que aparecen todos los veranos. Como mi circunstancia me da más autoridad para opinar que algún tertuliano cabreado que he escuchado estos días, y como en mi blog mando yo, ahí va lo que tengo que decir.

Respeto la desesperación de unos padres que buscarían debajo de las piedras con tal de salvarle la vida al chaval. Los periodistas, instalados como estamos en esta incompatibilidad entre el rigor y la prisa, hemos intoxicado el caso aderezándolo con el azafrán amarillo de la religión. Y enseguida empezó la opinión pública a rasgarse las vestiduras con la posibilidad de que Ashya solo fuese una víctima de la superstición y la ingorancia de sus mayores. Después de masticar el asunto, de pensarlo -qué falta va haciendo que los obreros de la información inmediata recuperemos la vieja costumbre de contrastar, incluso solo de pensar- descubrimos que el caso King no tenía tanto que ver con el más allá y sus posibilidades como con el legítimo derecho de cualquier ser humano a una segunda opinión, a una alternativa. Hasta con su derecho a equivocarse. Los King no creen en que los fotones y la química de laboratorio que a mí me van dando resultado y minutos en el campo vayan a servir para que Ashya llegue a hacerse mayor. Alguien los asesoró sobre los beneficios de un tratamiento experimental con protones que se hace en la República Checa. Allá ellos, pero yo sigo vivo casi un año después sin haber viajado más allá del Hospital Clínico de Santiago; a Praga solo fuimos hace años con la caravana a hacer turismo.

Durante todo este tiempo dando barrigazos en la guerra del cáncer he recibido todo tipo de consejos sobre alternativas, potingues, oraciones… “Déjalo todo y bebe mucho zumo de limón”, me han llegado a decir. Hostia: ¿Se lo creen de verdad o quieren matarme? Steve Jobs es mi disculpa: con su abandono de la terapia convencional y la fe ciega en las alternativas pseudo naturales -no son tales tampoco, que hay todo un tenderete comercial montado a su alrededor- no consiguió el padre del iPad prolongar su vida más allá de la de una batería de móvil viciada. Y no sería por pasta o por formación. Él apostó libremente al negro y salió rojo.

Yo, libremente, he depositado lo que me pueda quedar de fondo en la carrera de la vida en manos de la sanidad pública, de la oncología médica, la radioterapia, la farmacia… Así como no me molestan las recetas alternativas cuando llegan desde la buena fe, me cabrean los que están convencidos de que enfermedades como la mía y su tratamiento son el fruto de complots entre laboratorios, médicos y oscuros poderes económicos empeñados en matarnos de antemano para luego vendernos el antídoto. No me da la gana. Es cierto que el género humano es abominable a veces, pero la conspiranoia sistemática, sin pruebas, me pone del hígado. Vivir mata, eso sí que es un hecho incuestionable.

Yo sigo aquí de momento gracias a la medicina convencional, señores King. Si mi testimonio le sirve a los padres de Ashya para repensar el asunto, aquí lo tienen, por escrito. En cualquier caso, es mejor que hable quien sabe, una de las personas que más implicadas está en mantenerme de cuerpo presente en este mundo de locos: el jefe de Oncología Médica del Hospital Clínico Universitario de Santiago, Rafa López, mi oncólogo. Hoy lo entrevista en La Voz de Galicia mi compañera Elisa Álvarez. Así que yo cierro la boca. ¡Claro que noto los efectos tóxicos de un tratamiento que me estruja las entrañas! Pero sigo levantándome con mis hijos todas las mañanas y creo en los que dedican sus vidas a salvar a gente que no conocen de nada. Familia King: mucha suerte. Doctor López: muchas gracias.

Rafael López: “El tratamiento más eficaz es el de radio y quimioterapia”

Elisa Álvarez. La Voz de Galicia, 3 de septiembre

Rafael López es el jefe del servicio de oncología médica del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS). Su postura en toda la polémica sobre el arresto de los padres de un pequeño que se llevaron a su hijo de un hospital británico sin el consentimiento del centro es escéptica ante el comportamiento que han tenido los tutores del menor. Es decir, recela de que cualquier tratamiento alternativo en el que pudiesen pensar los progenitores sea más eficaz que los que actualmente se utilizan para abordar el tumor cerebral en los principales hospitales, la quimioterapia y la radioterapia.

Sobre la terapia con protones, una nueva técnica de radioterapia por la que en teoría los padres se llevaron al menor, Rafael López asegura que todavía hay muchas variables que no se conocen, y aunque no es un experto en ese tema, admite que se trata de un procedimiento que se está aplicando de forma experimental, que no está del todo desarrollado, dirigido únicamente a situaciones muy específicas y cuyos resultados -precisamente por esta fase incipiente aún de la tecnología-, se desconocen.

Además, sostiene el responsable de oncología del CHUS que el tratamiento más eficaz y contrastado para luchar contra el tumor cerebral es la radioterapia y la quimioterapia, que presenta además un porcentaje de curaciones elevadas. Uno de los motivos que argumentaron los padres del niño Ashya para sacar a su hijo del hospital es que la terapia con protones tiene menos efectos secundarios para el menor. Rafael López admite que efectivamente la quimioterapia es agresiva y tóxica «pero es lo que tenemos». Y añade que precisamente los niños se curan mucho mejor que los adultos con estos tratamientos. «Los tratamientos de oncología infantil son más eficaces que en la oncología de adultos», explica este profesional médico, quien lo achaca a que posiblemente los tumores sean más sensibles o a que los niños aguanten mejor los tratamientos que las personas mayores.

Suiza o Estados Unidos

La técnica que solicitaron los padres para el pequeño Ashya tras ser detenidos en Málaga se realiza en muy pocos países, como pueden ser Suiza o Estados Unidos, y es muy cara. Además, este tipo de radioterapia que utiliza un haz de protones no es eficaz en todos los casos, por lo que, incluso en el caso de que se admitiese esta opción para el menor, puede que no fuese adecuada para él.

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