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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

108. Y de repente… ¡Un huevo negro!

Me sobran motivos para tener los huevos negros, después de once meses toreando a un cáncer de cerebro. Pero cuando mi mujer cascó este mediodía la materia prima para hacer una tortilla con la que acompañar a unos tomates de Carboeiro y de una de las cáscaras salió el aborto negro y podrido de una gallina, casi tenemos que llamar al exorcista de guardia. “¡Aaghhhhhh, qué asco! -gritó la madre de mis hijos- ¡Un huevo negro!”.

Entre el olor nauseabundo, las arcadas, los gritos y la hiperacusia que llevo instalada de serie desde que me tunearon el disco duro, me invadió un pensamiento: A ver… un huevo negro… tragedias… enfermedad… casi un año de baja y ahora esto… ¡Cosa de meigas! ¡Meigallo! ¡Averno de Satán y Belcebú!, Que yo no creo en brujas aunque las haya, pero semejante impacto a la hora de comer no lo había experimentado jamás, ni siquiera cuando me freían en la churrería de fotones del Clínico de Santiago y de la sala huían todos menos yo.

Sangre fría, dientes apretados… enseguida me hice cargo de la situación. Agarré el fétido recipiente, vertí el contenido en el retrete, le di curso urgente con un tiro estiloso de cisterna hacia la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Silvouta y, a modo de botafumeiro, vacié en el cuarto de baño medio bote de un ambientador de Mercadona que huele a manzanas. Sin rezar siquiera una oración. Sin cruzar los dedos. Sin santiguarme. A lo loco.

Recompuestos del susto y a falta de una enciclopedia de maleficios, eché mano del oráculo y escribí en Google: “Huevo negro”. Y justo me apareció este enlace a una información muy chusca de mi compañero de La Voz de Galicia Javier Guitián, encuadrado en la sección En ocasiones veo grelos. Ningún nombre más propio para el tema que nos ocupa. Iker, amigo, toma nota. Guitián escribía en tremendo titular: La pitonisa del huevo negro de Pujol. “Déjate, déjate, Teodoro -me dije al más puro estilo Luis Ciges- que te estás tomando el asunto a coña y va a ser que lo de relacionar el huevo catastrófico y los hechos sobrenaturales tiene su razón de ser”.

Contaba el periodista en aquel artículo los paños menores de la relación entre uno de los hombres más deseados por los inspectores de Hacienda, Jordi Pujol, y la vidente Adelina, que le llamó “papanatas, piolloso e aparvado (piojoso y atontado)” al molt honorable en la primera plana del cuarto periódico de España, a cuya plantilla pertenezco. Me puse a leer como un poseso hasta que, al llegar al párrafo que transcribo a continuación, lo entendí todo: “Según ha declarado Adelina, para sus predicciones utilizaba un huevo que bendecía y pasaba por diversas partes del cuerpo de Pujol, antes de pronunciar el conjuro «romero, romero, saca lo malo y deja lo bueno… Espíritu Santo… amén… Jesús». Después pasaba a la fase interpretativa vaciando en un recipiente el huevo y analizando su color; al parecer a Pujol siempre le salía negro”.

No voy a pararme en la escena gore de la sanadora frotándole la carrocería al president con el óvalo como si le hiciera una ecografía sin cables. Pero si la podredumbre del alma del cliente, según narraba la experta, iba a parar al huevo después de lo de “romero, romero, saca lo malo y deja lo bueno”, concluí que, por el mismo mecanismo, el aborto de ave que fue a parar a mi váter tenía que ser el resultado de un conjuro al que fuimos ajenos, un hechizo desde la distancia. Porque no lo conté, pero estos huevos que trabajamos en casa nos llegan traficados a través de la familia, sin fecha de puesta ni de caducidad, desde un gallinero de Castrelos, en Vigo. Y siempre salen estupendos. Siempre, menos hoy.

Hay otro problema. En la misma entrevista en la que la sanadora puso de vuelta y media al defraudador confeso más famoso de los Països Catalans, Adelina le contó a otro compañero mío, en este caso Xosé Manuel Rodríguez, que si un huevo te sale negro eso quiere decir que hay gente que te desea el mal, incluso que tienes mal de ojo. Éramos pocos y parió la abuela. ¡Vade retro!

“¡Tranquila, rubia -le dije a mi mujer sin profundizar en lo del ojo chungo-, que ya están los malos rollos en el río Sar, depurados por las instalaciones municipales!”. Hasta nuevo aviso, solo creo en el más acá, así que con la explicación y las tonterías, al menos, nos libramos un poco del mal rollo que invadió la cocina ante la visión de una pretendida tortilla de chapapote podrido. Hasta nos reímos, con lo bien que sientan unas carcajadas en esta emergencia en la que vivimos instalados.

Especula mi compañero de La Voz -el que en ocasiones ve grelos- con la posibilidad de que la oscuridad de las claras y las yemas de Pujol i Soley fuese en realidad un aviso mal interpretado al cliente para que blanquease su dinero. En mi caso estoy tranquilo: ni blanco ni negro; si quisiera evadir todo lo que tengo a Suiza, en el aeropuerto me detendrían por insolvente. Así que está claro: estuvimos a punto de cocinar nuestros propios males, que a estas horas ya están nadando, convenientemente filtrados, en las profundidades del Océano Atlántico. Murhpy, ese que dice que todo lo que puede salir mal saldrá mal, ya me ha hecho tantas putadas que no creo que le queden cartuchos. O huevos.

Finalizo el episodio paranormal de la jornada justo cuando hoy, 16 de septiembre, se pone a la venta El mejor peor momento de mi vida, Rabudo.com hecho papel de la mano de Ediciones Paidós. Me gustaría que, desde allá donde me leáis, me contaseis si ya se encuentra en vuestras librerías. Me hace ilusión mi primer ISBN, no lo niego, y verme mañana en un escaparate va a ser toda una experiencia. Antes de eso subiré a la Radio Galega para compartir desayuno con Kiko Novoa en su Galicia por Diante (sobre las nueve y cuarto). Como he publicado en redes sociales, los tres primeros que se hagan un selfie con mis memorias sanitarias encuadernadas y me lo hagan llegar por Twitter (@rabudo1) o Facebook, correo electrónico o telepatía, están invitados a una cena pagada con mis maltrechos fondos y se irán a casa sin hambre y con una dedicatoria exclusiva. Si piden tortilla, comprobaremos antes que los huevos estén bien amarillos y libres de todo encantamiento. Recupero en vídeo uno de los temas de esencia sobrenatural que más me cautivaron allá por 1983, cuando tenía doce años, pelo y salud. Tino Casal, Embrujada (del LP Etiqueta Negra, 1983). Por si acaso, “romero, romero, saca lo malo y deja lo bueno. Espíritu Santo, amén, Jesús”. ¡Hombre, ya!

 

 

107. Y casi un año después de salir del botiquín…

No conozco a Sandra Ibarra, pero espero ponerle remedio a eso. Os recomiendo la entrevista que le hace mi compañera de La Voz de Galicia Ana Lorenzo en la última del periódico de hoy. Sandra dice cosas como esta, llenas de verdad: “-Hace veinte años casi ni te daban la mano por si el cáncer era contagioso. No se decía la palabra cáncer, se ocultaba, porque cáncer era sinónimo de muerte. Hoy todavía se siguen utilizando muchos eufemismos y metáforas frente a la enfermedad, y por eso nos queda mucho camino por recorrer, tanto a la sociedad como a los medios de comunicación”.
La mejor prueba de que el cáncer se sigue comunicado mal es el revuelo que se arma cada vez que, como Sandra o como yo mismo, alguien sale del botiquín de la oncología reventando la puerta a patadas. Y Sandra lo hizo con clase y estilo: yo enseño directamente el culo sin haberme hecho siquiera la cera. No faltan, claro, caras largas, cejas levantadas, comentarios… Supongo que es normal; el raro soy yo, pero como estoy operado del cerebro siempre puedo descargar la responsabilidad en mi disco duro, que tiene un clúster defectuoso.
Estoy a poco más de dos semanas de ese gran examen de selectividad que deberá certificar si puedo pasar de curso. A estas alturas, la suerte ya está echada: si sigue sin estar, el tumor no se va a presentar de aquí al día 1, por mucho que sea un cabrón veloz con pintas. Y si ya ha vuelto a situarse, no se va a ir de aquí a que me metan en la lavadora magnética de las resonancias. Vivir con incertidumbre es el sueldo para toda la vida con el que el destino redondea la lotería del cáncer. No sé qué carallo hago jugando al Euromillón; el premio gordo ya me ha tocado.
La sobredosis antibiótica de la última semana me tiene las entrañas alborotadas. Pero el sarpullido va remitiendo y, como ya he contado, siempre hay un medicamento que neutraliza los efectos del otro y, así, hasta el infinito.
Ya llevo casi un año instalado en esta emergencia sanitaria. Es cierto que no he parado, pero estoy más agotado por la presencia constante del motivo de mi baja de larga duración que por estirar los días. En ningún momento me olvido de lo que hay, de lo que puede no haber… El temor a no llegar al alumbrado de Navidad o a no poder ver la cabalgata de Reyes en la Plaza del Castillo de Pamplona siempre cansa.
Los que vengáis el jueves 18 (19.30, Hostal de los Reyes Católicos) a la presentación en Santiago de “El mejor peor momento de mi vida” (Ediciones Paidós-Grupo Planeta) os vais a encontrar con una de las mejores barbas de España, y no es la mía: es la pelambrera facial de Manuel Jabois, que además de escribir como Dios es uno de los tipos más resultones del diccionario. Solo su prólogo ya justifica el precio del libro. Y también con la autoridad psicológica de alguien que sabe muy bien de lo que habla: Beatriz Rodríguez Salas, a quien quizás nunca habría conocido de haber permanecido sano, por eso que no hay mal que por bien no venga, Bea. Después de semajante cartel en la antigua enfermería de ese hotel de lujo que antes fue hospital, el telonero soy yo. Como no me suba a la mesa o haga aparecer un conejo de una chistera…
Ante las dudas de los que quieren venir pero no saben qué hacer con los niños, cada uno que disponga lo que quiera, pero mis hijos van a estar en primera fila, lo mismo que me acompañan todos los días en casa y en la calle. Será una función tolerada, sin rombos. ¿Que nos emocionaremos? Seguro. Pero son bastante más obscenos un telediario cualquiera o algún concurso de nuevos talentos infantiles que lo que compartiremos el jueves en Santiago.
Como Dios sigue sulfatando cáncer sin ningún criterio, quiero animar de corazón a los que se incorporan acojonados como yo a esta carrera sobre un alambre enjabonado. No estáis solos. No estás sola. Venceremos nós.

106. Cuando cualquier capricho es urgencia

El otro día me regaló Inma Rodríguez, lectora de este blog, una frase de un amigo suyo que pasó por algo parecido a lo mío, que lo superó y que tuvo todavía el coco suficiente para resumir la esencia de esta emergencia sanitaria con una cita que suscribo por completo: “Uno descubre ahora que cualquier capricho se vuelve urgencia”. ¡Es justo eso! Y más cosas, pero eso desde luego. Y como el lobo sigue enseñándome las orejas, la urgencia de mis caprichos sigue siendo absoluta. Que tampoco son nada del otro jueves. Lo que sí se presenta lejano es, sin embargo, el jueves mismo, la semana que viene. El tiempo es un objetivo a largo plazo para los que pegamos barrigazos en la liga de las enfermedades graves.

El sábado tuve que ir al hospital sin estar citado, y con eso no  contaba. Una especie de sarpullido en la zona baja de la espalda, exactamente donde la espalda pasa a llamarse culo, se me empezó a extender de manera extraña. Estoy muy avisado del peligro de las infecciones, que cualquier porquería, cualquier aguijón mal clavado, me puede expulsar del terreno de juego antes que el cáncer mismo -no está descartado que me picara algo mientras dormía-. Por eso me fui corriendo con mi acné raro en el trasero para mostrárselo a los médicos de guardia en posición decúbito prono, que es justo la media vuelta del decúbito supino.

No tuve que esperar mucho antes de que me recetaran antibióticos orales y en pomada para diez días. Confío en no confundirme y acabar untando la pomada en la tostada del desayuno y hacer sabe Dios qué con las pastillas. Me di cuenta en Urgencias de lo mucho que agiliza la espera que en la sala de clasificación escriban dos palabras que son todo un salvoconducto: “Paciente oncológico”. Que te atiendan rápido, en cualquier caso, no compensa el precio que pagas, esta vida en el alambre. Si como decía el amigo de Inma al arrancar este capítulo cualquier capricho se vuelve urgencia,  qué no será cualquier grano en el culo, cualquier infección bacteriana o picadura de insecto venenoso que te puede enterrar antes que el propio tumor.

No sé por España adelante, pero lo de la bichería en Galicia este año es como para acojonarse. Mosquitos rabiosos, avispas asiáticas… En el jardín de mi casa de Vigo, hoy mismo, mi padre trata de contener una invasión de babosas que amenazaban con comerse un muestrario vegetal urbano que incluye camelias, azaleas, calas, margaritas, una buganvilla trepadora, un manzano injertado y hasta un naranjo chino traído de la feria de Padrón. No os perdáis el sistema Mirás de control de plagas: A raíz de un reportaje sobre los peligros de la avispa asiática, mi padre leyó en el periódico que una buena manera de atrapar al molesto insecto era colocar bien visible algún recipiente con algún líquido dulce. Pero el primer experimento fue un fracaso: en casa trabajamos el género light del mundialmente famoso refresco de Atlanta y las avispas asiáticas no le hicieron ni puto caso a la tentación descafeinada. “Claro -pensó mi viejo- igual no las atrae porque le falta dulce”. Inmediatamente le cascó al brebaje un par de cucharadas soperas de azúcar y lo dejó en una fiambrera abierta en medio de la plantación durante toda la noche. Al día siguiente, aquel bálsamo de Fierabrás era un tanatorio de babosas. ¡Hasta cuarenta llegó a contar! Arriesgándose a que lo acusen de un delito de lesa babosidad, de crímenes horrorosos contra la babosidad mundial, mi padre sigue ahogando moluscos gasterópodos en un Tupperware trampa que tiene instalado en el jardín. ¡Qué digo uno! ¡Ahora ya son dos, que hay que cubrir los flancos! En la última fase de la guerra química ha cambiado la Coca light con azúcar por zumo de piña y los resultados son igual de sorprendentes: la matanza babosa de Texas. Lástima que con semejante cantidad de cadáveres no se pueda hacer una empanada.

Quitando el inconveniente del sarpullido misterioso y el festival de antibióticos, estoy muy contento con la aceptación que, de entrada, está teniendo la conversión al papel de http://www.rabudo.com a libro de la mano de Ediciones Paidós (Grupo Planeta). Quizás tengamos que apretarnos para la presentación de El mejor peor momento de mi vida el próximo jueves 18 a las 19.30 en el Hostal de los Reyes Católicos. Pero si algo le viene bien a un acto de este tipo, si algo le viene bien a este tipo, es desde luego un baño de humanidad. Todos sois bienvenidos, lo mismo que cuando repita en la Casa do Libro de Vigo el día 25.

Parece mentira que, después de casi un año desnudando aquí mi cáncer y radiándolo a todo el que lo quiera sintonizar, todavía me dé un poco de pudor escuchar algunas cosas. Gracias a los que habéis participado en el vídeo de promoción del libro, que ojalá fuese un sainete ligero protagonizado por fulanos imaginarios y no la narración verdadera de la realidad en la que vivo instalado desde aquel 6 de octubre del año pasado. Gracias, Goldi; gracias, Carmen; gracias, Elisa; gracias, Minia; gracias, Sabela… Menos cheques, el día 18 voy a firmar hasta que se me duerma la mano o nos echen del parador, lo que ocurra antes. Prometido. Dentro vídeo; meigas fóra.

 

105. La criatura está lista. Rabudo hecho papel

mejpeYa tenemos confirmadas las primeras fechas y la primera hora. Después de casi un año improvisando en este espacio sobre un pronostico malo, que arrancó con un jamacuco eléctrico y evolucionó en cáncer, http://www.rabudo.com rompe aguas y trae al mundo su primera criatura con tapas. Dicen las ecografías que es cagadito a su padre. “El mejor peor momento de mi vida (o cómo no rendirse ante una mala jugada del destino)”, de Ediciones Paidós -Grupo Planeta-, llega a las librerías de toda España el próximo día 16 de septiembre. También se puede adquirir on line a través de Planeta de Libros. Acompañado por dos padrinos de lujo como son Manuel Jabois, al prólogo, y Beatriz Rodríguez Salas, al prefacio, el 18 de septiembre a las 19.30 horas daremos a conocer en sociedad a la criatura en el Hostal de los Reyes Católicos de Santiago. También está cerrado el 25 de septiembre para la presentación en la Casa do Libro de Vigo. Si la salud me acompaña, tengo intención de moverme con mi hijo de celulosa allá donde me reclamen. Gracias por acompañarme en esta guerra de Gila en la que seguimos llamando al enemigo por teléfono, le decimos que se ponga y lo toreamos con un capote radiactivo y unas banderillas venenosas. Dedicado a todos los que me enseñaron a nadar en este pantano marrón y a todos los que nadáis conmigo.

104. Bola extra: La niña Shakira y la vaca Chenoa

Añado un nuevo post que no tiene nada que ver con el anterior pero que os regalo como bola extra. Esta tarde paseaba yo por un centro comercial de Santiago con mis hijos. Fuimos al cine a ver “Cómo entrenar a tu dragón 2″, que me gustó sin entusiasmarme (demasiado rollo bélico y de monarquías hereditarias ñoñas para mi gusto), pero que se vino arriba cuando escuché que cantaba Jonsi y que tocaban la gaita nada menos que los Red Hot Chili Peppers.

Pasada la película, salimos y presencié impresionado cómo una madre modelna le llamaba la atención a su hijita: “¡Shakira, no te lo vuelvo a repetir!”. Y Shakira… ni puto caso, que para eso le va la rebeldía en el nombre. Que tiemble el santoral. ¡PorquestoesÁfricá! En diálogo tuitero con Joan Rabat (@joanrabat), que me sigue desde Cataluña y ya es uno de los indispensables, le expliqué que, hasta donde yo sé, lo de los nombres de las personas en Galicia no tiene, ni por asomo, el interés onomástico de la cabaña bovina: Hasta 221 vacas con el nombre Chenoa se contabilizaban en el registro ganadero patrio en el año 2005. Lo conté en diciembre de aquel año en La Voz de Galicia y lo recupero para amenizar un poco el anochecer del miércoles, el amanecer del jueves -porque al que madruga no le ayuda ni Dios- y quitarle hierro a otros debates más sesudos. La liebre la levantó el autor del blog O Ollo da Vaca, a quien le reitero las gracias nueve años después. No sé si seguirá siendo Paloma el nombre más común de las vacas gallegas; que alguien tome el testigo y lo compruebe, que yo no tengo el chisme para ruidos. Ahí va. Os lo advierto: vais a flipar.

Paloma es el nombre más frecuente de las vacas gallegas

Algunos tradicionales como «Linda» o «Pinta» dejan sitio a otros como «Chenoa» o «Letizia»
El registro del Servizo de Producións Gandeiras recoge 600.000 fichas

Nacho Mirás. La Voz de Galicia, 17 de diciembre de 2005

Si uno va caminando por una corredoira y, de repente, escucha: «¡Paaaasa, Chenooooa!», no necesariamente tiene que haberse cruzado en su camino una estrella de la canción. Nada más lejos. La Chenoa del prado puede ser una de las 221 vacas lecheras con ese nombre que pastan por Galicia, según la base de datos de Control Leiteiro propiedad del Servizo del Producións Gandeiras (Consellería de Medio Rural).

En los últimos días, la recopilación de los nombres de las vacas de Galicia, realizada por el autor del blog O Ollo da Vaca (http://oollodavaca.blogspot.com), ha corrido como la pólvora entre los internautas gallegos, que se han encontrado con que, a pesar de que las nuevas tendencias pegan fuerte, el nombre más utilizado por los ganaderos de Galicia para bautizar a sus reses es el de Paloma.

El Servizo de Producións Gandeiras confirma todos y cada uno de los datos contenidos en este recuento, hecho sobre un censo que recoge 600.000 nombres de reses dedicadas a la producción de leche.

De «Cachorra» a «Pichona»

Si la lista de nombres la encabeza Paloma, con 6.470 registros, a la zaga le anda Linda, con 5.850 entradas. Pinta (5.787), Blanca (5.345), Cuca (4.402) y Lucera (4.185) van a continuación, según un estadillo plagado, aunque en menor medida, de Marquesas, Lunas o Lúas, Perlas, Moras, Pastoras, Negras, Morenas, Parrulas o Monas. Muy socorridos son en el santoral ganadero de Galicia los nombres de Romera, Morita, Princesa, Estrella, Careta o Diana, lo mismo que Bonita, Nova, el sonoro Cachorra (2.055 vacas se llaman así), Pichona, Gallarda, Rula, Mimosa o Mariposa-Bolboreta.

El autor del recuento repara en un hecho curioso: las 221 vacas que, a partir del año 2002, llevan por nombre Chenoa. Pero no es eso lo que más le llama la atención, sino que «cando comezou a primeira edición de OT xa existían rexistradas aquí oito vacas con ese nome. Iso é ter visión de futuro».

«Nunca Máis»

La búsqueda concienzuda realizada por O Ollo da Vaca en el registro gallego arroja muchos más resultados. Por ejemplo, que 13 vacas lecheras se llaman Prestige y que seis de ellas nacieron entre noviembre del 2002 y febrero del 2003.

Mucho más inquietante es el caso de una res que, a pesar de haber llegado al mundo el 16 de octubre del 2002, se llama Nunca Máis. Para el autor del recuento, hay tres posibles explicaciones para un hecho semejante: «Unha, que teña mal o nacemento na base de datos; outra, que lle cambiaran o nome despois; e a terceira, que a vaca sexa de Rappel».

Rosalía, con 151 entradas, es otro nombre relativamente socorrido en la cabaña ganadera gallega, nada excesivamente extraño. Sí que lo son, sin embargo, otros mucho más exclusivos: En Galicia existe, al menos, una vaca Norma Duval y más de cincuenta a las que sus propietarios les pusieron un televisivo Suellen.

“Fragas”, “Quintanas” y “Touriñas”

Los políticos no se libran: Once vacas se llaman Fraga, unas setenta Quintana, y veinte, Touriña. Pero también hay una Lenin y tres Trotski.

En el registro hay tanto que casi cualquier cosa que a uno se le ocurra ha sido utilizado como nombre de vaca. ¿Letizias? Pues 162, con su zeta y todo. Y siete Gayosas, cuatrocientas Piñeiras o las Jimena, Dinora y Norma directamente extraídas de Pasión de gavilanes a la explotación que Antonio García Neira tiene en Frades (A Coruña).

Entre otras muchas curiosidades, además de las 23 Galicias que dan leche, existen en el recuento nueve que son Galiza, con zeta. Del registro, que incluye novecientas Rebecas o una Aromática, llama la atención ya no una vaca, sino un ganadero que se dignó a registrar a una de sus reses con el sonoro nombre de Gilipollas. El autor del recuento sentencia: «¡Miña pobre…!».

Antonio García Neira: “Teño desde Amaral a Pantoja”

Antonio García Neira vive rodeado de famosas. Entre las 70 vacas lecheras que mantiene en su explotación de Abellá-Frades hay de todo. Por ejemplo, casi la plantilla femenina completa deOperación Triunfo , incluidas Chenoa y Trizia.

«O de Operación Triunfo botounos unha man -explica-; eu o que facía era poñerlles o nome do santo ou santa do día no que nacían, pero como son moitas, calquera sitio é bo para sacar ideas». «Hai compañeiros que usan nomes de países -continúa-, aínda que eu non teño ningunha. O que si teño son nomes como Katrina , Mercedes ou Natacha , pero tamén unha Amaral , unha Perpetua e unha Pantoja ».

Antonio cuenta que las vacas también tienen apellido, formado por el nombre del padre y un número de registro. Así, su Chenoa se llama Chenoa Thunder 116. Pero también hay otras dignas de vivir en Beberly Hills: Silvia Gibson o Jenny Marshall, sin ir más lejos, hija esta última de un semental canadiense.

Dentro vídeo: Jonsi -a quien escuché hace unos años en el Monte do Gozo- cantando para la peli Cómo entrenar a tu dragón 2. ¿Qué nombre le iría bien a un dragón? ¿San Jorge, por fastidiar? ¿Soplete? ¿Churrasking? Yo a un dragón le pondría de nombre… ¡Montoro! Buenas noches, Chenoas.

103. Sobre Ashya King, su tumor y el temor de sus padres.

A estas alturas de esta película de terror basada en hechos reales, después de una craneotomía pterional que duró siete horas, de treinta sesiones de radioterapia en acelerador lineal de partículas, otras 45 dosis simultáneas de química y seis ciclos más de citotóxicos para completar el fregado, en posición vertical y columpiándome a perpetuidad en el alambre del cáncer, pero vivo, quiero esta mañana nublada escribirle a los padres del pequeño Ashya King, compañero de tumor cerebral en la sección infantil y protagonista involuntario de uno de esos seriales periodísticos que aparecen todos los veranos. Como mi circunstancia me da más autoridad para opinar que algún tertuliano cabreado que he escuchado estos días, y como en mi blog mando yo, ahí va lo que tengo que decir.

Respeto la desesperación de unos padres que buscarían debajo de las piedras con tal de salvarle la vida al chaval. Los periodistas, instalados como estamos en esta incompatibilidad entre el rigor y la prisa, hemos intoxicado el caso aderezándolo con el azafrán amarillo de la religión. Y enseguida empezó la opinión pública a rasgarse las vestiduras con la posibilidad de que Ashya solo fuese una víctima de la superstición y la ingorancia de sus mayores. Después de masticar el asunto, de pensarlo -qué falta va haciendo que los obreros de la información inmediata recuperemos la vieja costumbre de contrastar, incluso solo de pensar- descubrimos que el caso King no tenía tanto que ver con el más allá y sus posibilidades como con el legítimo derecho de cualquier ser humano a una segunda opinión, a una alternativa. Hasta con su derecho a equivocarse. Los King no creen en que los fotones y la química de laboratorio que a mí me van dando resultado y minutos en el campo vayan a servir para que Ashya llegue a hacerse mayor. Alguien los asesoró sobre los beneficios de un tratamiento experimental con protones que se hace en la República Checa. Allá ellos, pero yo sigo vivo casi un año después sin haber viajado más allá del Hospital Clínico de Santiago; a Praga solo fuimos hace años con la caravana a hacer turismo.

Durante todo este tiempo dando barrigazos en la guerra del cáncer he recibido todo tipo de consejos sobre alternativas, potingues, oraciones… “Déjalo todo y bebe mucho zumo de limón”, me han llegado a decir. Hostia: ¿Se lo creen de verdad o quieren matarme? Steve Jobs es mi disculpa: con su abandono de la terapia convencional y la fe ciega en las alternativas pseudo naturales -no son tales tampoco, que hay todo un tenderete comercial montado a su alrededor- no consiguió el padre del iPad prolongar su vida más allá de la de una batería de móvil viciada. Y no sería por pasta o por formación. Él apostó libremente al negro y salió rojo.

Yo, libremente, he depositado lo que me pueda quedar de fondo en la carrera de la vida en manos de la sanidad pública, de la oncología médica, la radioterapia, la farmacia… Así como no me molestan las recetas alternativas cuando llegan desde la buena fe, me cabrean los que están convencidos de que enfermedades como la mía y su tratamiento son el fruto de complots entre laboratorios, médicos y oscuros poderes económicos empeñados en matarnos de antemano para luego vendernos el antídoto. No me da la gana. Es cierto que el género humano es abominable a veces, pero la conspiranoia sistemática, sin pruebas, me pone del hígado. Vivir mata, eso sí que es un hecho incuestionable.

Yo sigo aquí de momento gracias a la medicina convencional, señores King. Si mi testimonio le sirve a los padres de Ashya para repensar el asunto, aquí lo tienen, por escrito. En cualquier caso, es mejor que hable quien sabe, una de las personas que más implicadas está en mantenerme de cuerpo presente en este mundo de locos: el jefe de Oncología Médica del Hospital Clínico Universitario de Santiago, Rafa López, mi oncólogo. Hoy lo entrevista en La Voz de Galicia mi compañera Elisa Álvarez. Así que yo cierro la boca. ¡Claro que noto los efectos tóxicos de un tratamiento que me estruja las entrañas! Pero sigo levantándome con mis hijos todas las mañanas y creo en los que dedican sus vidas a salvar a gente que no conocen de nada. Familia King: mucha suerte. Doctor López: muchas gracias.

Rafael López: “El tratamiento más eficaz es el de radio y quimioterapia”

Elisa Álvarez. La Voz de Galicia, 3 de septiembre

Rafael López es el jefe del servicio de oncología médica del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS). Su postura en toda la polémica sobre el arresto de los padres de un pequeño que se llevaron a su hijo de un hospital británico sin el consentimiento del centro es escéptica ante el comportamiento que han tenido los tutores del menor. Es decir, recela de que cualquier tratamiento alternativo en el que pudiesen pensar los progenitores sea más eficaz que los que actualmente se utilizan para abordar el tumor cerebral en los principales hospitales, la quimioterapia y la radioterapia.

Sobre la terapia con protones, una nueva técnica de radioterapia por la que en teoría los padres se llevaron al menor, Rafael López asegura que todavía hay muchas variables que no se conocen, y aunque no es un experto en ese tema, admite que se trata de un procedimiento que se está aplicando de forma experimental, que no está del todo desarrollado, dirigido únicamente a situaciones muy específicas y cuyos resultados -precisamente por esta fase incipiente aún de la tecnología-, se desconocen.

Además, sostiene el responsable de oncología del CHUS que el tratamiento más eficaz y contrastado para luchar contra el tumor cerebral es la radioterapia y la quimioterapia, que presenta además un porcentaje de curaciones elevadas. Uno de los motivos que argumentaron los padres del niño Ashya para sacar a su hijo del hospital es que la terapia con protones tiene menos efectos secundarios para el menor. Rafael López admite que efectivamente la quimioterapia es agresiva y tóxica «pero es lo que tenemos». Y añade que precisamente los niños se curan mucho mejor que los adultos con estos tratamientos. «Los tratamientos de oncología infantil son más eficaces que en la oncología de adultos», explica este profesional médico, quien lo achaca a que posiblemente los tumores sean más sensibles o a que los niños aguanten mejor los tratamientos que las personas mayores.

Suiza o Estados Unidos

La técnica que solicitaron los padres para el pequeño Ashya tras ser detenidos en Málaga se realiza en muy pocos países, como pueden ser Suiza o Estados Unidos, y es muy cara. Además, este tipo de radioterapia que utiliza un haz de protones no es eficaz en todos los casos, por lo que, incluso en el caso de que se admitiese esta opción para el menor, puede que no fuese adecuada para él.

102. Último ciclo…y a cruzar los dedos

Después de diez meses enrolado contra mi voluntad, la veteranía en la guerra de la oncología es un grado. Hoy, en el control del último martes de agosto, hasta me chuleé en el hospital de día: “¡Anda, en la sala número 2 nunca me habéis pinchado!”. Voy de chulito explicando a los que se incorporan nuevos y acojonados, que es como se entra en este fregado, por dónde se va a tal o cual sitio, dónde se pide la vez, dónde se entrega el papel, cúanto se espera, quién hace qué… Pero si de algo me sirve conocer casi como mi propia casa buena parte del Hospital Clínico de Santiago es para saber dónde puedes ir al cuarto de baño sin tener que despegarte después con una espátula.

Me ocurrió lo mismo cuando me doctoré en cobertura de pleitos y marrones judiciales en la capital de Galicia. En los hospitales y en los juzgados, según acumulas horas de vuelo, acabas descubriendo lo que yo llamo zonas verdes, lugares poco frecuentados en los que lo mismo encuentras paz o cobertura para el teléfono que un váter lo suficientemente limpio como para lanzarte con todo el equipo sin preocuparte de que los gérmenes ajenos aniden en tus bajos. Porque no me lo negaréis: el género humano es puerco por naturaleza. Y en los edificios públicos acaba saliendo -sobre todo en los servicios del género masculino- el animal que llevamos dentro. ¡Con lo fácil que es apuntar, carallo…! Pero como el ser humano también viene programado con la vagancia de serie, la mayor parte de los usuarios acaban utilizando los mismos evacuatorios, los que están más cerca de las entradas y de las zonas principales, de ahí que según te haces con el plano y empiezas a explorar, descubres y fundas en territorios apenas meados por la especie. Disculpad la introducción escatológica, pero no es cosa menor: lo que sale es tan importante como lo que entra, y no es tarea fácil ni en la sanidad ni en la hostelería.

Del Clínico de Santiago ya conozco hasta las catacumbas; atajos, puertas secretas, ascensores, dónde arranca y dónde para el parchís de flechas de colores que te orienta por las zonas radiactivas… Y lo mismo me pasa con las caras del personal, que acaban siendo tan familiares que las echas de menos en días como hoy, último martes de agosto, con muchos de los habituales de vacaciones y otros en su lugar como piezas de recambio que funcionan igual, pero que no te suenan.

El asunto es que el oráculo que tienen instalado en el laboratorio del hospital del cáncer compostelano bendijo mis resultados esta mañana. Así que, como suelo decir, completada línea seguimos para bingo y arranco esta misma noche con el último ciclo químico que tiene como fin último alejar al invasor anaplásico de mi cerebro durante el plazo más largo posible. Me animó mi oncólogo cuando me explicó que si en los próximos dos años conseguimos mantener a raya al enemigo, aumentan las esperanzas de que tarde mucho en volver a presentarse. Eso no quiere decir que aunque no esté, no se le espere. Pero cuanto más se demore, más avanzarán las investigaciones, las tácticas y el armamento.

Me ha animado esta semana ponerme al día del trabajo que desarrollan la doctora Laura Soucek y su equipo en el Vall d’Hebrón Institute of Oncology de Barcelona. Así lo contaba hace unos días La Voz de Galicia: “Una investigación liderada por el Instituto de Oncología Vall d’Hebron (VHIO) ha validado que la inhibición de la proteína Myc, implicada en el desarrollo de diferentes tumores, puede ser una estrategia terapéutica eficaz contra el glioma, el tumor cerebral más agresivo. El trabajo, liderado por la investigadora Laura Soucek y publicado en Nature Communications, supone un nuevo enfoque terapéutico para un cáncer de mal pronóstico, a la vez que se ha confirmado que la inhibición de la proteína actúa sobre el tumor ya formado y contra sus células progenitoras, impidiendo que proliferen”. Aquí está el resto de la información que ha llegado a los medios.

Lo del “mal pronóstico” lo tengo grabado a fuego. Y aunque es cierto que queda mucha sinfonía por tocar sepa, doctora Soucek, que puede contar con mi colaboración una vez que acabe la fase de experimentación con la bichería del laboratorio. No creo que haya tantas diferencias entre mi zona gris y la de una rata, que me da a mí que la sesera humana está sobrevalorada. En serio: si sigo limpio, olvide el ofrecimiento. Ahora bien, si el enemigo decide acampar de nuevo en la caldera de mis pensamientos, disponga libremente de este roedor XXL, que sé que les sobran cadáveres para experimentar, pero de género fresco seguro que no andan sobrados. Yo ni espero ni deseo que la cosa se complique pero, por si se diera el caso, que a los tumores los cargan el diablo y, por lo que cuenta, la proteína Myc, “fuchique” con mis entrañas.

Gracias de nuevo por los apoyos de palabra, obra… incluso por los de omisión. Gracias por los consejos para cargar las baterías de potasio, magnesio y otras sustancias necesarias para reforzar el andamiaje y la verticalidad, que me fallan cada vez más según voy acumulando veneno citotóxico. Si he conseguido llegar a finales de agosto y sobrevivir a un pronóstico malo y a una estadística empeñada en que el más allá tenga más grandes las puertas que el más acá, no ha sido solo gracias a los fotones radiactivos en dosis suficiente para alumbrar Ponteareas; a la física y a la química; al esfuerzo impagable de los obreros de la sanidad pública… Ha sido también gracias a esta tempura de humanidad con la que me rebozo cada día que me levanto de la cama. Queda mucha carrera, pero qué bueno es ir completando etapas. Voy con la droga, hoy acompañada de agua del grifo en vaso de tubo y sin cubitos. Proteína Myc, me quedo con tu cara.

Me apetece irme a la cama con Francis Díez, que tiene el corazón de tango y el cuerpo de jota como yo lo tengo después de diez meses en las filas impuestas de la oncología. Dentro, doctores, Doctor Deseo:

101. Estoy ofrecido (a San Roque)

Nací en julio, así que tenía poco más de un mes y me hacía caca encima la primera vez que mis padres me llevaron a acampar a la romería de San Roque, en Vigo. Cuarenta y tres años después de aquella primera toma de contacto, San Roque ha perdido parte de su esencia romera, es un hecho: ya no van las familias a invadir la finca con el mantel, la empanada y la abuela. Se come y se bebe, pero en la hostelería de campaña y no tanto a la brava. No sé si seguirá existiendo la pulpería que tenía un nombre que era toda una declaración de principios: Fajanjasto (hagan gasto); la hija del dueño estuvo conmigo en el cole. Pervive, sin embargo,en el San Roque vigués el espíritu ciudadano, festivo y familiar, libre del botellón asqueroso en el que se han ido convirtiendo por contagio etílico muchas de las fiestas tradicionales del verano gallego y, por extensión, mundial.

En la tesitura actual, tocado como estoy por el puto cáncer, los poderes sobrenaturales del peregrino Sant Ròc de Montpellier -si los hubiera, que hay quien le atribuye más propiedades que un personaje de Marvel- me vendrían como Dios. Voy a la Wikipedia: “San Roque, santo protector ante la  peste y toda clase de epidemias, su intervención era solicitada por los habitantes de muchos pueblos y, ante la desaparición de las mismas, reconocían la intervención del santo, por lo que se le nombraba santo patrón de la localidad. Es además protector de peregrinos, enfermeros, cirujanos o cánidos, entre otros”. Pues si el cáncer es una peste, como creo que es, o incluso una epidemia… sin haberle rezado yo jamás al mejor amigo del perro he descubierto este fin de semana… ¡Que estoy ofrecido!

Lo de que te ofrezcan a un santo sin haberlo pedido es un poco como si un tercero pidiera una hipoteca a tu nombre: te compromete para la vida. El caso es que paseaba el sábado con ascendientes y descendientes por la viguesa Calle Filipinas cuando mis hijos se interesaron por saber qué carallo eran todas aquellas partes de cuerpos de cera que se vendían en una especie de tenderete del vudú cristiano: manos, pies, brazos, tetas, cabezas, cuerpos enteros… . “Pues verás, Ane -improvisé-. Hay personas que creen que si rezan mucho y le llevan a San Roque el cacho de cuerpo que tienen enfermo, pero hecho en cera, se curarán”. La niña apenas tuvo tiempo de encogerse de hombros porque, al momento, intervino expeditiva su abuela, mi madre: “¡Yo ya hice lo que tenía que hacer!”.

-No estaré ofrecido, mamá, que te conozco…

-¡Y hace años!

-¿Queeeé?

-Sí, cuando estuviste enfermo de la otra vez ya le ofrecí un cuerpo entero.

-¿A San Roque? ¿Y estaba de vacaciones o ya no trabaja en la empresa? Mira para lo que me ha servido, ¡Si vamos a peor!

-Yo ya me entiendo con San Roque. Mañana iré a la misa de las nueve y ya sé lo que tengo que hacer.

Discútele tú a tu madre en semejante materia y trata de convencerla de que para ti es superstición lo que para ella es fe, de que la cabeza de cera que lleva en una bolsa no es tu cabeza. Nunca hemos sido en casa grandes rezadores, aunque mi padre tenga antigüedad reconocida como monaguillo a las órdenes de don Serafín en Santa Cristina de Lavadores. Tampoco de misa dominical, salvo causas de fuerza mayor como la romería que hoy nos ocupa, bodas, bautizos, comuniones, óbitos o situaciones que para resolverse requieren energía máxima en cualquiera de sus formatos, terrenos o ultraterrenos.

Lejos de entrar en profundidades he decidido no interferir entre la abuela de mis hijos y el santo de las postillas. Allá ellos y su tráfico de cera, pero si salgo de esta mi madre va tener todavía más motivos para seguir abonada a San Roquiño y a su chucho. Y yo tendré que declararlo santo patrón de la supervivencia. Lo que sí he hecho este fin de semana es revivir el espíritu de la fiesta en esa finca con pazo, capilla y corral en cuya falda la humanidad construyó la avenida de Madrid, la frontera que separa las alturas de O Couto, Santa Rita y A Rola de las casas baratas y de A Salgueira, con el río Lagares en el fondo del valle y allá, a lo lejos, San Pedro de Sárdoma y Castrelos.

Además de la cera que arde, en San Roque hay cosas que permanecen, como la megafonía de Collazo y sus altavoces en forma de corneta de sindicalista que sulfatan los decibelios de la misa hacia los cuatro puntos cardinales como si el cura fuera musulmán. Ahora lo llaman “sonorización”, pero Collazo y su amplificación ya estaban allí cuando yo era pequeño. Sus anuncios trompetificados hacían en los años 70, 80 y 90 el servicio que ahora resuelven los Whatsapp: encontraban niños perdidos, las llaves de un Opel Corsa o avisaban a Marinita de que sus primas la esperaban en la puerta del Corral. Incluso le dedicaba Collazo el pasodoble Islas Canarias a Consuelo y Preciosa, llegadas a la fiesta desde Pazos de Borbén. Todo un tipo, Collazo. Las sandías redondas como balones; las rosquillas hojaldradas de Regino de Ponteareas; el Sitio de Zaragoza atacado con maestría por la banda de Rubiós… Como dicen ahora en esos grupos de Facebook, no eres de Vigo si no has mordido el polvo de la romería de San Roque.

Espero que la cera radiactiva de mi madre surta efecto y que el servicio de paquetería del Más Allá le haya hecho llegar la ofrenda al santo correcto, porque ayer estuve tan mal físicamente, tan escaralladiño, que pensé seriamente en volver a Vigo para pedirle a Roque la hoja de reclamación o secuestrarle directamente al perro y pedir salud como rescate. Como hoy he resucitado, voy a darle un voto de confianza a los negocios sobrenaturales de la señora Fole y el santo de las pupas.

De lo que no tenía ni idea es de que el perro de San Roque, que no tiene Rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado, se llama “Melampo”. Vigo está lleno de Troskis, Laikas y Tobis, pero ni Dios le pone “Melampo” al chucho; un problema de márketing. ¡Ven Melampo! ¡Toma, Melampo! No, no queda bien.

Voy a acabar con esa letra popular que dice así: “Por dicir ¡Viva San Roque! prenderon ao meu irmán; agora que o soltaron… ¡Vivan San Roque e o can!”. Verano de chaqueta en Santiago de Compostela pero, al menos, nunca choveu que non escampara. Ya solo queda una semana para volver a la química. Seguid agostando mientras no septiembréis. Y pincho Maggie May de Rod Stewart porque es lo que suena ahora mismo en el Tosta e Tostiña, desde donde escribo hoy sobre el pasado muy pendiente del corto plazo del futuro. Collazo, amplifícame esto:

100. Las cicatrices ladran con la humedad

Todo el mundo tiene una cicatriz que protesta con el frío o la humedad. Podéis imaginar, pues, qué manifestación tengo yo en la cabeza, instalado, como estoy, en  este borrón de verano con el que Santiaguas de Compostela se venga de la humanidad, seguro que por todo aquello del Códice.

Después de juliembre vino “magosto”, que está siendo un mes más de asar castañas que de chupar polos. El higrómetro que tengo en el trastero -instalado en un aparato llamado deshumidificador, que inventaron en Vietnam y sin el cual cada vez podemos vivir menos en Galicia- daba esta tarde 80. ¡Ochenta por ciento de humedad en agosto! Y por mucho que diga Camilo Sesto, vivir así no es morir de amor, ¡qué carallo!; vivir así es morir de moho. Creo que en cualquier momento veré desde la ventana cómo peregrinan, camino del Obradoiro, el Calypso del comandante Cousteau, Mobby Dick y la procesión marítima de la Virgen del Carmen de Laxe.

Quiero pensar que la situación atmosférica es la responsable -o más responsable que la quimioterapia con la que estamos intoxicando al cáncer- de los extraños dolores, tirones y pinchazos que siento. Yo estoy craneotomizado, y eso quiere decir que me serraron, hace ya ocho meses, las siguientes piezas: el músculo de la mandíbula; la careta; y el hueso mismo del tarro para entrar en mi cerebro forzando la cerradura. Después me arrancaron un trozo de materia gris con su Miko-Premio y lo cerraron todo de nuevo con titanio y grapas de acero inolvidable. Así que haceos una idea del festival de cicatrices con el que, desde los adentros hasta los afueras, convivo en esta reencarnación forzosa de mí mismo. Y de qué manera las siento cuando el tiempo, como es el caso, se empeña en regarnos. Mientras disfruté del sol mediterráneo casi llegué a olvidar que tenía cabeza. Pero ha sido volver a la realidad de Mordor y notar que la albañilería se me resiente.

Como la necesidad dicen que agudiza el ingenio, no me ha quedado otra que probar con los remedios naturales. Siempre he sido público agradecido para los masajes capilares. Pocas cosas hay que me gusten tanto como que me fuchiquen -ya salió otra vez la gallegada- en el cuero cabelludo. Y, mira por dónde, la digitopuntura con la que la madre de mis hijos me ha mecanografiado el cartón esta tarde no solo me ha servido para el goce y el disfrute sin medida, sino también para neutralizar los ladridos de las cicactrices como quien le echara un bisté de ternera a un Doberman rabioso.

Si el verano sigue otoñando voy a tener que volver a poner tierra por medio y echarme a secar en otros territorios donde la tarjeta sanitaria de Galicia es igual de inútil que un cupón de la ONCE sin premio. Pero no seré yo el que tenga morriña al cambiar el aspersor por la sombrilla. Qué ya está bien de llover, carallo, y lo peor es no tener alguien a quien echarle la culpa.

A pesar de la humedad, de ánimos estoy “arribísima”, que diría mi querido colega Manuel Cheda. Si llega a ser uno de naturaleza depresiva, a estas alturas ya no habría “estas alturas”, sino unas profundidades definitivas, oscuras y llenas de bichería. Ya no entraba en mis planes venirme abajo en medio de la tormenta, pero para reforzarme ahí estáis vosotros, ese ejército de Pancho Villa, entregado y espontáneo, que durante todo este tiempo me arropa y consigue, como suelo predicar, que esté viviendo el mejor peor momento de mi vida. No hay churrascada que pague tanto cariño. Así se lo dije esta mañana a mi amigo Luis Pousa, compañero de La Voz de Galicia, que hoy me dedicó en el periódico en el que ambos escribimos un artículo tan bonito que estoy por pedirle matrimonio. Gracias, Pousa, Pousa, Pousa; tú sí que sabes tocarme “naquela cousa”; qué bien suena ese pedazo de motor Barreiros que te desborda la caja del pecho, neno. La declaración con la que Luis tiene garantizada mi entrega eterna dice así:

El mejor peor momento

Luis Pousa

(La Voz de Galicia, 10 de agosto de 2014)

El periodismo, y perdonen que no me levante al decirlo, es un oficio lleno de culos y de ombligos. En el periodismo, en vez de salvar al soldado Ryan o al cura Pajares, cada uno salva primero su propio culo para luego, puro onanismo, poder mirarse un buen rato el ombligo.

Pero no solo de culos y ombligos viven las redacciones. De vez en cuando asoman, entre las teclas y los fluorescentes, el corazón y el cerebro, y se produce la colisión de partículas elementales que estallan al chocar la inteligencia y la emoción, la literatura y los hechos. De esa brutal embestida emergen la crónica callejera, el periodismo literario, el columnismo o como se llame ese género impuro, mestizo y heterodoxo que consiste en llenar cajitas de texto no con un texto cualquiera, sino con la palabra exacta y única, la que requiere y relata cada historia, en un sutil juego de pesos y medidas que da a cada voz su lugar preciso en la sinfonía de la narración.

Y, claro, si un periodista con talento, neuronas y agallas, además agarra este género por las solapas y se lo lleva de paseo al borde mismo de la existencia, entonces le sale El mejor peor momento de mi vida, el libro en el que mi compañero de trinchera Nacho Mirás cuenta desde la freidora de la radioterapia su día a día contra el cáncer. Nace de su blog rabudo.com y es esa mezcla salvaje de crónica y dietario que Mirás y otros compañeros de generación han convertido en el oro puro del nuevo periodismo (en realidad, es el viejo periodismo de contar cruda pero hermosamente las cosas).

«Pocas veces un periodista de raza se ha llevado la libreta al fondo de la raza misma», ha apuntado Jabois sobre Mirás. Y allá vamos todos, con Nacho y su libreta.

Llego de esta manera, y a estas horas, a la entrega número 100 de mis memorias sanitarias. Si me llegan a decir el año pasado por estas fechas la que me estaba esperando me hubiera dado la risa. O a vosotros que ibais a estar leyendo el cáncer escrito de un fulano de Vigo trasplantado en Compostela. Es cierto que siempre quise dejar a mis hijos como herencia un libro de mi puño y letra, al menos uno. Soy mal fabulador y sabía que algún día acabaría publicando material basado en hechos reales, una recopilación de reportajes y entrevistas quizás… Pero no me imaginaba cómo de brutal sería la naturaleza de los acontecimientos que me han llevado a tener mi primer ISBN en menos de un año. Hagamos de la necesidad virtud; no hay mal que por bien no venga… se aceptan refranes.

Pues como escribió mi buen amigo Manuel Jabois y recordó hoy Luis Pousa, os voy a mandar un saludo por aspersión desde el fondo de la raza misma, en cuya selva trato de sobrevivir como un Bear Grylls cualquiera, armado de ganas, un tirachinas y una navaja suiza. Os voy a poner un temazo que descubrí por casualidad y que me levanta los pies del suelo. Es de una banda indie de Nueva York que lleva encendida desde el 2006. El White Sky que pincho a continuación, escrito y tocado en compás de 6/8, es perfectamente convertible en muiñeira. ¡Venga arriba! ¡Tacón, punta tacón! Dormid acompañados. Fin de los primeros cien capítulos. Mucho me temo que el relato continuará. Gracias por la prórroga.

99. Matar demonios a tornillazos

No habían pasado ni dos días de la operación en la que me rebanaron la ostra que llevo en la sesera en busca de una perla -que apareció, y de qué manera-, cuando se me dio por ponerme a arreglar el lavavajillas de casa. Con la cabeza cerrada con quince grapas, orden de reposo y sin saber todavía que el cáncer me iba a llamar al orden, subí del trastero la caja de herramientas, cerré el agua, corté la luz y dediqué algo más de una hora a destripar la máquina de lavar los platos que fabricaron los mismos fulanos que construyeron el acelerador lineal de partículas con el que me radiaron treinta veces. Durante el tiempo que duró el arreglo de la máquina no pensé ni un segundo en el quirófano, ni en el serrucho, ni en la memoria… y mucho menos en lo que habría de venir. Me operaron el 12 de diciembre y no fui declarado oficialmente como paciente oncológico hasta el día de fin de año. Así que, solucionada la avería del lavavajillas, emplee muchas más horas a las ñapas que tan bien neutralizan los malos pensamientos. El miedo se acojona ante el tirafondos y el tornillo de rosca chapa, es un hecho.

Cuando tienes cáncer, por mucho que emerja de tus catacumbas un súper fulano que no sabías siquiera que vivía allí, hay días en los que te vienes abajo. Pero, sobre todo, hay noches. La de anoche fue una de esas veladas en las que hubiera agradecido que llamaran a mi puerta catorce vecinos con la lavadora escarallada. O una señora en bata pidiendo socorro. Así, al menos, ocupado con la tornillería y las maniobras, no me habrían asaltado los monstruos como lo hicieron; no me habría angustiado buscando respuestas que nadie te sabe dar; no me habría ahogado hasta el punto de tener que ir a dormir al sofá en calzoncillos con la ventana y la boca abiertas; un espectáculo. De Galicia para el mundo.

No me ocurre muy a menudo, pero cuando me visitan los demonios lo hacen en manada, todos juntos, y con la intención de descubrir y quedarse a fundar, como aquel cuñado de Gila que vino a tomar café y se instaló. Yo no se lo consiento, he ido depurando la técnica a lo largo de estos meses.

Después de una noche mala, lo que hago a la mañana siguiente es sacar a pasear mis restos mortales y columpiarme en mis ojeras, pero cerrando el capítulo. Hoy habría tenido un día de mierda -anímicamente hablando- de no haber sido por mi amigo Fernando Varela, con el que he compartido una jornada de bricolaje en tierras de Silleda que ni Kristian Pielhoff hubiera soñado: limpiar una piscina; apretar una fuga; arrancar una segadora de gasolina -y usarla-; devolverle la vista a dos puntos de luz ciegos; echar a andar otro lavavajillas -el mío no ha vuelto a fallar desde que lo arregló Frankenstein-; o empuñar sin piedad esa espada láser del mundo  rural que es la hidrolimpiadora Karcher. La Karcher es un arma cargada de futuro, la Tizona del obrero.

Es ponerme a las herramientas y huyen a la carrera todos los fantasmas acojonadores, quizás sea por el pánico a la limpiadora a presión. ¡Hoy iba tan lanzado en Silleda que acabé reforzando la estructura de una campana extractora en una cocina que ni era mía! “Tenme la cabeciña ocupada” ¿Recuerdas Isabel? La cabeciña y las manos.

Mucho más elevado de espíritu a estas horas que cuando me levanté por la mañana en el sofá, cual Maja de Goya en gayumbos, decido completar la maniobra de distracción al enemigo con unos minutos de blogoterapia. No le he gastado un duro a la Seguridad Social para venirme arriba desde un bajón de siete sótanos y un entresuelo. Los bajones del cáncer son abisales. Y para evitar que el abismo te atrape, no queda otra que nadar hacia la superficie aunque sea aleteando con las orejas. Yo, con el espíritu de un obrero ilustrado, lo hago amarrado a una caja de destronilladores y a un MacBook con el que lo mismo escribo que toco la versión electrónica de la Alborada de Veiga. Vale que seguramente es porque llevo una semana sin ver a los niños y tengo que buscar otros entretenimientos. El asunto es, y acabo, que cada paciente tiene que buscar el salvavidas que mejor se le ajuste a la cintura. Sea cual sea el sistema, si te agarras, subes. Pero lo mejor de todo es cuando te echan una mano. Gracias por tantas manos.

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