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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

78. Flojera en las bisagras y burrocracia franquista

Vuelve la normalidad meteorológica -que no es otra cosa que la humedad perenne- a Mordor de Compostela, la ciudad donde llueve por aspersión. Y regresan las hostilidades justo cuando menos falta me hace, ahora que noto los efectos acumulativos de la Temozolomida con la que Súper López trata de frenar el avance del súper villano que tiene reserva de espacio en el lóbulo temporal derecho de mi cerebro: Casiano Luthor, un cabrón con pintas.

No, amigos, no estoy curado. Soy un aspirante a enfermo crónico y me daría con un canto en los dientes si, en los días de mi vida, el cáncer y yo mantenemos la distancia suficiente para que el invasor me deje ver crecer a mis hijos. Estoy operado, sí. Craneotomizado. Frito en la churrería radiactiva que dirige el doctor Antonio Gómez hasta treinta veces a una potencia tal que, si hago fuerza y no me hago caca, podría iluminar el rótulo de neón de un puticlub de la Nacional 550. Y sometido a 45 dosis de quimioterapia oral, que para nada es una quimio menor; la cicuta y el arsénico también se pueden administrar por la boca y no por eso te perdonan la vida. La única ventaja del tratamiento domiciliario es que te puedes envenenar con vistas a tu propio váter mientras tu gato se te frota entre las piernas.

Es ahora, precisamente ahora que el simulacro de primavera finaliza, cuando el veneno se ensaña con mis rodillas, que dejan de sostenerme de repente, como si se acojonasen ante los acontecimientos, e incluso con mis codos. Tengo la sensación de haber estado tirando flechas al pebetero olímpico de Barcelona 92 para no acertar ni la primera. Vaya, que el Temodal es para mis articulaciones un antídoto del 3 en 1. Por suerte, sigo siendo capaz de neutralizar la potencia de la Kriptonita movilizando al trozo de cerebro que no me han extirpado, poniendo a trabajar la cabeza: caminando, en moto, entre la tornillería del taller clandestino que tengo montado en el trastero… Pero me asusta pensar en cómo estaré de aquí a octubre, cuando terminaré la primera oleada de ciclos químicos a la que estoy convocado por la Seguridad Social.

Esta semana, al menos, tengo tareas para no aburrirme e incluso para hacer mala hostia, que también es una manera de entretenerse. La burrocracia española y de las JONS va un paso más allá con la visita obligada -y bajo amenaza escrita- a la inspección médica. Porque, señores de la Consellería de Sanidade, citar a un tipo con cáncer para que comparezca en sus instalaciones por primera vez y calzarle un párrafo que dice literalmente: “A súa NON COMPARECENCIA -atención a las mayúsculas- inxustificada poderá dar lugar á emisión do parte de ALTA en aplicación da Orde Ministerial do 21 de marzo de 1974″ es una amenaza. Y apelando a una norma franquista. Ahórrense la pistola, que voy a ir. A quien corresponda: va siendo hora de darle una vuelta al formulario de la notificación,  por preconstitucional y por burdo.

También me exige -”deberá achegar” es una exigencia- la Inspección que me lleve tanto los informes médicos como los resultados de cualquier prueba diagnóstica que se me haya realizado “y tenga en su poder en relación con su proceso de baja médica”. Ya me veo con la carretilla llamando a la puerta el jueves por la mañana cual repartidor de Gadis. Lo cachondo es que me lo piden desde la propia consellería que, en un carísimo sistema informático, custodia mi historial médico completo, que no es de principiante, igual que hace con los vuestros si vivís en Galicia. ¿No tiene poder un inspector para darle a un botón y acceder a mis entrañas? Claro que lo tiene. Pues no mareen entonces. Menos mal que no me mandan llevar lacre para sellar los sobres o incienso para espantar el meigallo. Ya contaré cómo me va, pero ya adelanto que no me gusta un carallo el tonillo de la carta de convocatoria. Para informar no hace falta amenazar con normas de la Administración sanitaria del régimen anterior.

Me entra tal flojera en las rodillas que voy a tener que acabar escribiendo en una máquina de coser. En cuanto salga de la inspección médica y certifiquen burocráticamente que tengo, como sabe media España, un astrocitoma anaplásico grado III, clasificación de la Organización Mundial de la Salud, para poder seguir dedicado a curarme sin trabajar -a cuenta de lo que llevo más de veinte años cotizado-, pondré rumbo a Madrid. Sabréis, claro, que si estás de baja tienes que pedirle permiso al médico de familia para que te deje desplazarte a otra comunidad. Porque para acojonarte desde la inspección vale echar mano de las normas franquistas, pero para ir a una entrega de premios a la capital del reino te tienen que autorizar el desplazamiento, no vaya a ser que te pongas a trabajar en una inmobiliaria de Alpedrete y al Servizo Galego de Saúde no le conste porque las autonomías no cruzan los datos de sus respectivas seguridades sociales. Dan unas ganas de cagarse en todo…

Lo de Madrid, el jueves por la noche, es la gala de entrega de los premios 20Blogs, a la que llegamos ilusionados sesenta finalistas cribados entre 7.000 blogueros. Si me dicen hace un año que aspiraría a un premio por escribir la crónica de mi propio cáncer me habría echado a llorar.  Vaya, justo como ahora, disculpad. Qué bonito sería hacer de la necesidad virtud.

Voy acabando, pero tengo que cumplir con mi primo Miguel Cabaco Mirás (por delante y por detrás). Miguel es el pequeño de una familia de supervivientes que se merece su propia crónica y que seguramente firmaré yo si vivo para firmarla. Mi primo, el hijo menor de la hermana de mi padre, me pidió que rescatase dos historias viejas de cuando http://www.rabudo.com era un asunto de alcance doméstico. La primera hablaba sobre nuestro abuelo común, el abuelo Mirás, y la segunda sobre la madre de mi padre y de su madre, la abuela Pura. Ahí van, primo, en rigurosa reedición para que se las imprimas a tu madre. A mi tía Estrella el nombre le marcó la vida hasta el punto de que de sus seis hijos, mis primos carnales, solo viven tres. Tres tragedias con mi apellido. Y para sobreponerse a semejante mutilación hay que estar hecha de una pasta especial. Os hablaré otro día de la madre de Miguel. Hoy cumplo con su hijo y cierro el capítulo de una semana santa (no me da la gana de usar mayúsculas en la conmemoración del asesinato de Jesús de Nazaret) en la que solo he echado de menos alguna presencia que no pudo ser. Ahí va, primo:

¡Era cierto! Homenaje a Mirás 

(Publicado en http://www.rabudo.com el 23 de octubre de 2005)

Mi padre siempre predicaba, cuando éramos pequeños, acerca de la necesidad de compartirlo todo, de trabajar en equipo, de no ser un outsider en un mundo en el que, aseguraba, estábamos para vivir en comunidad. Nada era mío; era nuestro; nada era tuyo; era de todos. En su sermón, Mirás insistía en que no podíamos hacer como hizo su padre quien, para no tener que entenderse ni pelearse con nadie, había fundado en un bar de Vigo una peña de la que él era el único miembro: presidente, secretario, tesorero y vocal. Todo para él bajo un nombre que no dejaba lugar a dudas: la peña “Mi Solo”. Eso no impedía que mi abuelo fuese un comunista de Lavadores, la Rusia Chica. Pero en el reparto recreativo prefería ir a la suya. Por eso mi padre decía que en una casa de cinco personas no podía existir la peña Mi Solo. Siempre pensé que había mucho de leyenda en eso de la peña Mi Solo, que era una de esas historias exageradas con fin didáctico, con algo de base real, pero con más imaginación que datos.

Mi padre borda las historias que rayan lo imposible, así que igual lo de la peña del abuelo también era un ejercicio de lógica borrosa de la rama Mirás. Qué equivocado estaba. Un día, el marido de mi madre me sorprendió con un tesoro rescatado de lo más profundo de la memoria familiar. A través de mi primo Eladio y de mi tío Carlos, a mi casa de Vigo fue a parar una reliquia, una prueba real de que la peña Mi Solo, la del abuelo Mirás, no era fruto de la imaginación de mi padre. Es un espejo en forma de corazón que mi abuelo les regaló a los miembros de otra peña. El recuerdo es de 1964 e incluye una foto de Mirás en el centro de un corazón: “La peña Mi Solo de todo… (corazón) a la peña Amigos de Todos. 1964″. La obra de cristalería la firmó su cuñado, el tío Alfonso, desde la cristalería La Belga. La foto encabeza este texto.

No queda ninguna duda de que mi abuelo fue un personaje: proletario; preso rojo durante buena parte de su juventud -incluido el penal de San Simón, en la ría de Vigo-; escapado en los montes; miembro de la selección gallega de Campo a Través y campeón de España en Lasarte en 1934; perdedor represaliado de la guerra; tranviario; fumador de Record a tiempo completo… y muerto prematuro, a los 60, cuando yo aún no tenía 6 años. Fue baja, precisamente, por su dedicación inquebrantable a las labores del tabaco. Y el caso es que me acuerdo como si fuera hoy del día de su entierro, con los grises montando guardia en la casa de mi abuela, en O Sobreiro, y sus colegas de la Agrupación Comunista del Calvario estirando sobre el ataúd del viejo la bandera roja con la hoz y el martillo. ¡En diciembre del 77, con dos cojones! El cura de Santo Tomé de Freixeiro pidió que le quitaran los galones bolcheviques al abuelo, al menos, para entrar en la iglesia. Porque él era más ateo que Dios, pero Purita rezaba por ella y por su marido, que una cosa es el matrimonio y otra la libertad de credo.

Mi madre no nos dejó bajar del coche, temerosa de que una carga policial convirtiese el sepelio en una charcutería. Nunca volví a ver tanta gente en un entierro; quizás el padre de mi padre no estaba tan solo. A los pocos días de apagarse para siempre con un pitillo colgando del labio, el diario Pueblo Gallego publicó: “Adiós a Mirás”. Arriba los pobres del mundo, abuelo.

Para no alargarme, el texto sobre el pan y la abuela Pura lo cuelgo mañana. Además, necesito echar a andar antes de que se me salgan los goznes. Saludos. Y minuto musical pensando en que el cáncer se ha comido en pocos días a  Gabriel García Márquez y a Hurricane Carter, entre otras miles de víctimas que tienen quizás la misma letra pero menos banda sonora. Yo, que no les llego a las uñas de los pies, sigo cubriéndome con los puños de las hostias del enemigo común. Y leña al mono, hasta que hable inglés.

 

77. De cuerpo presente

Que el cáncer no se tome vacaciones no quiere decir que yo no pueda hacerlo. Que sea Semana Santa es lo de menos, me valdría igual si fuera la novena a la Virgen del Carmen o la Semana Fantástica de El Corte Inglés. Insisto, aunque a estas alturas ya no debería: escribo cuando me lo pide el cuerpo, pero si el cuerpo me pide otras cosas, las hago. Está la blogosfera llena de relatos fantásticos que echarse a los ojos, pero si uno elige leer hechos reales, entonces tocará esperar a que los hechos reales ocurran ¿no? Y tengo dos hijos en casa. ¿Hacen falta más excusas?

En los últimos días he encontrado más refugio espiritual entre las estanterías de Leroy Merlín y en los ocho metros cuadrados de mi caravana que en el teclado del Mac. Agradezco el interés de los que se preocupan, pero no hay motivo. Repetiré por última vez: la esquela está en el convenio colectivo de La Voz de Galicia, a cuya plantilla sigo perteneciendo desde el exilio sanitario. Así que, como escribí hace unos días, no news, good news.

Vengo de cumplir, como cada miércoles, con la burrocracia; en cualquier momento me darán las llaves del ambulatorio o me dirán que apague la luz al irme. Total, ya soy de casa… Van 28 partes de confirmación y todavía me quiere ver la inspectora médica el 24.

Ayer tocó consulta con el oncólogo, que encontró en mí ese roble calvo del que se pueden seguir podando ramas para salvar el tronco. Linfocitos bajos, sobre lo previsto. El veneno está haciendo su efecto. Le comenté al médico lo del cansancio repentino de piernas, como si las rodillas no me sostuviesen ante la visión misma de Daryl Hannah en la sección de congelados de Mercadona. Resulta que lo de la flojera también forma parte de la puesta en escena de los citotóxicos, de la Temozolomida; es como si me enamorase varias veces al día, pero inducido en un laboratorio. Daryl, tranquila, lo mío contigo es sentimiento puro, no botica.

Los ciclos de arranca-para (droga-descanso) serán finalmente de 5  días de hostias químicas (a dosis más altas de los 300 miligramos que me ponen la voz  de Luis Zahera haciendo de Releches en Celda 211) y 28 en boxes. Empezaré la noche del 29, así que todavía puedo viajar a Madrid para participar en la gala de entrega de los premios 20Blogs sin llevar la farmacia puesta. Me hace mucha ilusión, incluso aunque no pase de finalista.

Mucho me acuerdo de mi abuela Pura estos días. Siempre que venía a dormir a casa, la madre de mi padre se traía una bolsa del supermercado Kanguro (ella decía “Carungo”) llena de medicinas en todo tipo de formatos y cometidos, desde la Pruína para hacer andar al vientre al Primperan que se bebía por la botella. ¡Pareces la abuela Pura!, se dice siempre en casa cuando a uno le toca meterse más de la cuenta. Se murió demasiado pronto mi abuela. Fue víctma de otra de esas ejecuciones sin criterio con las que Dios premia a los que incluso se lo creen, como era el caso. Vale que era la mujer de un comunista, pero rezaba también por su marido y ni siquiera tuvieron el detalle de convalidárselo en el juicio final; cuánto rencor ultraterreno, carallo.

Bricolaje, familia, paseos… volando voy, volando vengo, por el camino… yo me entretengo. “Tenme la cabeciña ocupada”, me recomendó el otro día en una gran superifie una de las enfermeras que me clavan las banderillas en el servicio de oncología los martes que toca. Ya sabes, Isabel, que en mi caso la cabeciña mueve a todo lo demás, por eso no paro. Al no llover, además, hago menos vida indoor, de ahí que me disperse. Agradezco más tu consejo, que sabes que te tengo fe, que los de quienes, seguro que desde la buena intención, insisten en que lo que me va a matar no es tanto el cáncer como el tratamiento. Desde el respeto y sin intención de generar debate: yo confío completamente en los oncólogos, radiólogos, radioterapeutas, farmacéuticos, neurocirujanos y neurólogos que me tratan. Y en el doctor Blanco Corbal, mi médico de familia, que me receta que lea a Tucídides entre sesión y sesión. Confío en las manos que me llevan. Y solo en el indeseado caso de que la cosa fuera a peor y mi grado tres medrase a  cuatro probaría hasta con los conjuros de la bruja Avería o iría de vivo a San Andrés de Teixido.

No estoy en contra de los remedios naturales. Pero cuando la alternativa a lo convencional no es más que otra química envasada, solo que con leyenda de alternativa sana, estoy en mi derecho a desconfiar. No, no voy a dejar el tratamiento, que un astrocitoma anaplásico grado III no son unos mocos. Una cosa son los calditos depurativos de apio y otra diferente marcarme un Steve Jobs. Agradezco, en todo caso, los consejos, las lecturas… pero mi cáncer lo gestionamos, de momento, el Servizo Galego de Saúde y yo. Y aquí sigo, de cuerpo presente. No tengo el cerebro ahora mismo para conspiraciones farmacéuticas. Que no tengo el coño para ruidos, vaya. Gracias a la medicina convencional, a la física y a la química colegiadas, sigo aquí; es un hecho. ¡Y mirad las barbaridades que soy capaz de escribir a 505 pulsaciones por minuto!

Quiero agradecer a Jesús Méndez que haya tenido en cuenta mi aportación bloguera para el artículo La enfermedad tiene quien la escriba, publicado hoy en Dixit y cuya lectura os recomiendo. Da claves interesantes acerca de por qué esto de narrar el cáncer me hace tanto bien. Cierro este post de urgencia del miércoles con una dedicatoria musical a mis amigos Alberto Casal y Pilar Comesaña, que ayer me iniciaron con nocturnidad en la lectura de las tripas escritas de Manuel Vilas y en la música terapéutica de Neil Hannon. La extiendo también al enorme Agustín Fernández Paz para comprometerlo a que en la próxima visita a Vigo brindemos a la salud de los que lo merecen mientras leemos a Vilas. Esta noche volamos. Poneos los cinturones. Gracias por seguir ahí.

76. Yo pecador me confieso (con intención de reincidir)

Si me abandonaran las fuerzas como lo hace la meteorología, a estas alturas del cáncer sería uno de los cadáveres más calvos del cementerio. Es curioso: en este intermedio de la guerra todavía sigo sin saber si el ánimo es lo que tira del tratamiento o si, al dar resultado la física y la química, la moral te sube como efecto secundario. Nadie sabe darme razón colegiada, pero lo cierto es que el ánimo pinta mucho en este documental en el que no hay día que no me sienta como Bear Grylls comiendo churrasco de culebra en otro episodio de El último superviviente. Un día tras otro, aquí, en el Discovery Max de la oncología médica.

En estas tinieblas perpetuas en las que vivimos instalados en la capital de Galicia, y que han contribuido -no hablo por hablar- a que se vengan abajo más compañeros de lucha de lo que sería normal, ayer Santa Clara nos dio una tregua que nos está cobrando el día después en litros por metro cuadrado. ¡Rencorosa, carallo!

Voy a ser sincero: nunca me ha caído bien una santa que solo te fabrica un anticiclón si le pagas en huevos un impuesto revolucionario. ¿Me quiere decir que la máquina de quitar nublados funciona con tortilla? ¿Y si se pasa al gas natural, señora? ¿No ve que el combustible gallináceo no tiene octanaje? ¡Piense en el colesterol de sus monjas! Entre su racaneo de rayos ultravioleta y su jefe sulfatando enfermedades a gente que no las merece, se están coronando allá arriba. Voy a consultar con Buda, no vaya a ser que tenga mejores precios. El día 15 vuelvo al oncólogo y en nada ya le estoy dando de lo lindo al Temodal, ese citotóxico que envenena las células por aspersión y que me desgasta los linfocitos. Una cosa le digo, Santa Clara: pare ya de tocar los huevos con los huevos, hágame el favor.

El de ayer fue un día enorme no solo porque brilló Lorenzo. Compartí un paseo largo con una de esas personas talismán que me voy encontrando de repente en este vídeo juego basado en hechos reales. Me parece como si detrás de toda esta película de la que soy protagonista a la fuerza un programador inestable hubiera ido colocando, escondidas en algunas pantallas, vidas extras que me ayudan a continuar. No son muchas, pero son fundamentales para que siga la partida. Gracias, madre de familia numerosa. El Game Over no es una opción.

Voy a confesar algo, neurocirujanos implicados que sé que me leen: ya les he dicho que llevo un ruido entre las piernas desde la adolescencia. Y no son gases. Ayer ya no pude más, me fui al garaje, arranqué de una patada mi Vespa 150 Sprint de 1966, me cubrí la cicatriz y las placas de titanio que me cierran la cabeza con el casco, metí primera y salí al espacio exterior disfrazado de Calimero. Cuando quise darme cuenta estaba en Recesende, en los dominios de mi amigo Martiño Noriega, alcalde de Teo. A marce ingranate dalla prima alla quarta. Hicieron mal en no extirparme con el tumor el ruido. No se hacen una idea, doctores, de lo que siente uno de 42 montado sobre una de 48 por la carretera de Cacheiras, libre, sano, como cuando el único cáncer de mi currículo era el 4 de julio.

En la moto del tiempo llegué a casa de uno de los amigos que merecen podio: Xoán A. Soler, francotirador del fotoperiodismo y uno de los tipos que más ha sabido estar a la altura de mis circunstancias. Y de allí nos marchamos a visitar a Zapatones, el popular peregrino del Obradoiro, el tipo más retratado de Galicia. A Zapa lo atropellaron hace unos meses en Melide, cuando salía de una pulpería. Le rompieron las dos piernas y todos los dientes. Cuando lo vi en Urgencias, vendado hasta las orejas, Juan Carlos Lema Balsa, que así se llama, era la viva imagen de Tutmosis II a punto de ser depositado en el Valle de los Reyes.

¡Vaya cambio! Ayer tenía mejor aspecto que mucha gente sana. Es otra persona, por dentro y por fuera. Y confío en que pronto vuelva a su sala de estar del Obradoiro para dejarse querer por los peregrinos japoneses y por los políticos gallegos. La transformación de la momia de Zapatones en Juan Carlos es producto del cariño de quienes lo cuidan en su cuartel general de Teo. He vuelto maravillado de un lugar en el que no me importaría retirarme yo mismo dentro de cuarenta años, a la sombra del olmo gigante. Sé muchas cosas de la vida de Zapatones y de sus circunstancias. En otra entrega os dibujo un perfil. Me tomo muy en serio que me considere amigo de verdad: “Te tengo presente -me dijo- cada vez que me pongo la bata de casa que me regalaste”. Me gustó ver en su armario, colgado y planchado, el hábito marrón que transforma al ciudadano Juan Carlos en el súper héroe Zapatones.

Por hoy paro, que me van a acabar cobrándome desgaste de silla en el Tosta e Tostiña. Dentro vídeo, con cariño, como un árbol carnal, generoso y cautivo, para mis neurocirujanos: LùnaPop, Vespa Special.

75. Seis meses desde que todo cambió. Y suplemento dominical

El 6 de octubre del 2013 también era domingo. Me levanté raro después de haber casado por todo lo alto a mi amigo Fernando Blanco con su novia Marta en el Pazo de San Lourenzo. Amenizaron la ceremonia Manuel Manquiña y el enorme Germán Fandiño-Tony Lomba y la gozamos.

Aunque era domingo me tocaba trabajar. Pero sin tener siquiera tiempo de quitarme el olor de la boda bajo el agua medicinal de la ducha, convulsioné en el cuarto de baño pequeño a primera hora de la mañana, perdí la consciencia y mi padre tuvo que abrirme la boca con una cuchara para que no me tragase la lengua mientras mi madre escondía a los niños en el salón. Conté el episodio con todos sus detalles el 4 de noviembre en el blog bajo el título Los días tristes. Claro que entonces todavía pensaba que todo aquello no había sido más que la puntilla a dos semanas de tensiones personales y laborales que, estaba claro, no podían traer nada bueno. Quién iba a pensar hace medio año que en el servicio de Oncología del Hospital Clínico Universitario de Santiago había una ficha en blanco esperando a que le rotularan mi nombre y mi peso; que acababa de aprobar unas oposiciones a funcionario del cáncer.

 Seis meses, una craneotomía pterional, 30 sesiones de radioterapia, 45 de quimioterapia y 75 post después soy un poco más calvo, pero creo que estoy un poco más vivo. Llevo medio año tratando de ordenar pensamientos a través de estas memorias sanitarias que son a la vez terapia y periodismo en primera persona. Nunca le estaré lo bastante agradecido a Manuel Jabois por haber escrito eso de que “pocas veces un periodista de raza se ha llevado la libreta al fondo de la raza misma”. El batallón que recluté en aquellos primeros días para no ir solo a una guerra que me acojonaba por extraña resultó ser un ejército invencible. Y aquí seguimos juntos, pegando barrigazos en primera línea, para complicarle lo más posible la invasión alienígena a un enemigo con pintas.

Hoy, 6 de abril de 2014, solo quiero dar las gracias a las miles de personas -escribo miles y tengo que tragar saliva, sigo sin creérmelo- que me han transfundido las fuerzas que necesitaba para llegar hasta aquí. Hemos ganado varios rounds, pero nos queda mucha guerra. Menos la mía, entenderé cualquier otra deserción, que ya escribió Jabois la dureza de la batalla de las Ardenas desde los bosques terribles de Valonia.; para lo que cobráis, ya me extraña seguir tan acompañado. Gracias, pues; valéis vuestro peso en nécoras.

De casualidad, y ya sirve el reportaje como suplemento dominical, he dado con el último texto que publiqué en La Voz de Galicia el mismo día que acabé sin pantalones en la ambulancia medicalizada del 061, aquel 6 de octubre del 2013. Contaba con espíritu de domingo -qué bien que se esté recuperando el espíritu dominical del periodismo de papel que tanto llevo reclamando- cómo el 1 de septiembre de 1961 ocurrió algo en Santiago que, como a mí  en octubre del año pasado, nos cambió la vida: la tele llegó -con retraso- para quedarse. Os lo dedico otra vez. Dentro vídeo:

Compostela Vintage

El día que la tele llegó para quedarse

El 1 de septiembre del 61, RTVE empezó a emitir desde el Pedroso

La Voz de Galicia, 6 de octubre de 2013

Nacho Mirás. Santiago

El 1 de septiembre de 1961 fue un día inolvidable. Sí, estaba Franco en Galicia, pero eso no era ninguna novedad. Lo que de verdad importaba era por qué su excelencia y su señora volaron hasta la ciudad y se pasaron aquí toda la semana: para inaugurar el primer centro emisor de Radio Televisión Española en Galicia, el del Monte Pedroso. También tuvieron tiempo para cortar la cinta de una exposición sobre el Románico, para asistir a una corrida benéfica en A Coruña -toreaba Antonio Bienvenida- y para bendecir con su divina presencia los catorce arcos del viaducto sobre el río Sar. Pero esas historias las dejamos para otros vintages.

La Vespa del tiempo se va directamente a las 14.30 horas del mediodía de aquel viernes de acontecimientos. Sin entrar en detalles sobre la mecánica del viaje, ampliamente explicado en ediciones anteriores, tenemos que llegar al 48 de la rúa do Hórreo. No hay grandes problemas para aparcar la moto en el Hórreo en 1961.

El revuelo es absoluto. Frente al escaparate de la tienda que regenta Juan Portela Seijo, una muchedumbre se apelotona para ver algo increíble: la tele. Es cierto que desde el 58 había emisiones en pruebas, pero reservadas, si acaso, a un público muy exclusivo. Hoy, 1 de septiembre de 1961, la tele ha llegado para quedarse.

Tres años tarde

Con tres años de retraso sobre lo previsto (en 1957 se anunció a bombo y platillo que Galicia vería las emisiones de RTVE en el verano de 1958), de repente se ve lluvia en la pantalla de veintitrés pulgadas de un televisor Zenith importado desde los mismísimos Estados Unidos; igualito al que tiene el presidente Kennedy en el despacho oval.

-¡Maravilloso!

-¡Mágico!

-¡Franco, Franco, arriba España!

-¡Ave María Purísima!

Cada uno exclama como le parece ante la aparición. El tubo de rayos catódicos («¿Rayos católicos?», pregunta una beata con mantilla) de la Zenith empieza entonces a escupir sus primeras imágenes a discreción. En las horas siguientes se sucederán por la pantalla los espacios Panorama, Cada semana una historia, el Telediario de las tres -que dura media hora-, El Séptimo Arte o Por tierras de España. La programación, que arrancó a las 14.32, se corta a las 16.05 y no regresa hasta las 19.30, con Escuela TVE. La gente se lamenta. Pero los del turno de tarde regresarán al escaparate de Portela, sobre todo para ver, a las 21.45, un capítulo de la serie Danger Man, protagonizada por Patrick McGoohan. Acaba de nacer en la ciudad el televidente nocturno, un corredor de fondo que tiene por delante millones de noches en vela.

Hipnotizados

Es curioso ver de qué manera, en los periódicos de los meses siguientes, la llegada de la tele dará pie a notas como esta, publicada en El Pueblo Gallego el 12 de octubre del 61: «En este mes y medio que llevamos recibiendo los programas, se ha notado la influencia de este moderno medio emisor de noticias. Las antenas empiezan a descubrir a las familias de posibles de la ciudad y los bares permanecen abarrotados a las horas de programa. Ha sido la fiebre del momento. Una fiebre que ya ha decaído, en parte, aunque todavía podamos encontrar personas embobadas viendo las imágenes, como hipnotizadas, por los modernos adelantos de la técnica». Si nos vieran ahora…

Desde el Hotel Compostela

Juan Portela Seijo está contentísimo con la expectación. Se arrima y me cuenta que, antes del 61, uno de los pocos lugares donde se podía ver televisión, aunque no los programas de TVE, era el Hotel Compostela. Desde 1958, la antena instalada en el Pedroso permitía seguir las emisiones, en pruebas y con interrupciones, de la Rádio e Televisão de Portugal (RTP) y de la novedosa Televisión de Castilla. «Esto ya es otra división, amigo», me espeta nervioso.

Junto con Portela Seijo, otra figura principal en la llegada de la televisión a Santiago de Compostela y a Galicia es Ricardo Bescansa, el farmacéutico que quiso ser ingeniero aeronáutico pero que, en un viaje a Lisboa realizado en 1955, descubrió la televisión. Quedó tan impactado que, tres años después, acabaría fundando con Amador Beiras una firma que que conocen bien en el mundo entero: Televés.

Para llegar a este día en el que Galicia encendió definitivamente la televisión se ha trabajado duro. Largas jornadas monte arriba en jeeps y camiones para montar la antena del Pedroso. Y muchas horas de croquis, planos y mantel con los ingenieros de telecomunicaciones Castro y Mañas en la casa familiar de Juan Portela Seijo y María Gómez Romarís en La Rosaleda, una de las primeras en la ciudad, por cierto, en disponer de televisión.

Tan exclusivo era el medio que los Portela dejaban la persiana abierta para que, desde la casa de enfrente, los vecinos pudieran verla. Médicos, abogados, bares y algún que otro industrial fueron los primeros en hacerse con antenas y televisores gracias a la mediación de los pioneros Portela o Bescansa. El invento salía, más o menos, por el sueldo completo de dos años de un obrero; un capital.

La calidad de la imagen era todavía tan precaria que el espectador veía nieve aunque sacaran imágenes de una playa de Tenerife.

Localismo y rivalidad

Y el caso es que entonces, como ahora, la llegada de la tele a Galicia vía Santiago no estuvo exenta de polémica localista. Recuerdan los herederos de Juan Portela que su padre les contó cómo el mismísimo Franco, harto de que A Coruña y Compostela se pelearan por tener el primer centro emisor de RTVE, decidió que, hasta que se calmasen los ánimos, los ingenieros del régimen se irían a trabajar a otra parte, exactamente a Zaragoza. A los de A Coruña no les gustó nada que, una vez empezó a funcionar el centro emisor del Pedroso, si bien la recepción llegaba perfectamente a Vigo, el monte Xalo ocasionara «interferencias feroces». Y volvieron a protestar.

Feliz domingo. Nos vemos por la calle. El sol siempre brilla en la televisión. Qué ganas de ir a Noruega. ¿A-ha? PD para el personal de radioterapia: Os habéis fijado en el parecido entre el muro de máscaras que sale en el vídeo de A-ha y el armario donde depositáis los moldes de nuestras cabezas? Aquí todo tiene varias lecturas.

74. ¿Quién es el incapacitado?

Cuando llegas a la mutua, después de seis meses de baja por un asunto oncológico grave como el mío, y te dicen que lo mismo te tienen que mirar “lo de la incapacidad laboral revisable”, a los efectos tóxicos de la radioterapia y la quimioterapia acumulados se suma la mala hostia. Me están tratando para curarme, no para desahuciarme. No estoy todavía en cuidados paliativos, así que dejen de anticipar acontecimientos que ojalá no lleguen.

De entrada, no tengo nada contra las mutuas, que cumplen con su función. Pero tengo todo contra un sistema, y no me canso de repetirlo, que me obliga a pedir semanalmente la baja en el centro de salud, llevarla en mano a la empresa con su correspondiente “neoplasia maligna de cerebro” y, además, a que una mutua privada que defiende su legítima cuenta de resultados supervise mi cáncer, que está en manos de la sanidad pública y, si acaso, de la suerte.

¿Me quieren explicar de una vez por qué tengo que llevar a mi tumor de paseo a una mutua? ¿No se fía la Seguridad Social de sus propios médicos de familia, neurólogos, neurocirujanos, oncólogos y radiólogos? Ya sé, y ya lo he dicho, que en la cosa de las bajas no faltarán sinvergüenzas que se van a la vendimia aprovechando unas anginas; gente que sulfata viñas con hernias falsificadas. Pero no es el caso, oigan, burócratas de cuello duro, no es el caso. Astrocitoma anaplásico grado III de la OMS. CÁNCER, cojones, CÁNCER. Y ahora que me sugieren lo de la incapacitación laboral soy yo el que considero la posibilidad de incapacitarlos a ustedes, por inútiles. Lo que no tengo muy claro es si incapacitar a los que legislan o a quienes, como corderos, hacen cumplir normas absurdas sin discutirlas. “Es el protocolo”. O carallo vintenove.

Que el cáncer y sus ritmos nos impiden a los enfermos oncológicos someternos a la disciplina de los centros de trabajo es una obviedad que, en todo caso, supervisa ya el sistema público de salud con una insultante frecuencia semanal que interfiere en el Iron Man de los tratamientos médicos. ¿Qué sacan pues los intermediarios? ¿Por qué se empeñan en hacerme una ITV de cuerpo presente para sugerirme en la cara que igual me tienen que incapacitar? De pasta no hemos hablado, pero solo faltaba que la metástasis que no tengo se presente ahora en la cuenta corriente.

Yo tengo la suerte, al menos, de formar parte de la plantilla de una empresa que no me ha dejado tirado, de un equipo que, desde que el tumor se manifestó por primerva vez en el cuarto de baño pequeño el 6 de octubre del 2013, me ha prestado un apoyo inquebrantable: “Lo primero eres tú, cuídate. Cuando un problema como este le toca a uno de nosotros, nos toca a todos. Ponte bueno. Eso es lo fundamental, lo demás es accesorio. Lo que necesites, tú o tu familia. El tiempo que sea”.

Juro por mis hijos que la enfermedad ha ordenado de tal manera mis prioridades en la vida que si hubiera sido de otra manera lo habría denunciado lo mismo que ahora lo agradezco. Hoy quiero darle las gracias a Santiago Rey Fernández-Latorre porque me da la gana y porque cada vez que echo la mano al bolsillo sigo notando en el llavero la llave de la delegación y en el cerebro el número del portero electrónico que da acceso a este coro de compañeros y amigos en el que yo soy una voz más de Galicia. Las llaves de casa.

Acabo. La familia, los amigos, la sanidad pública y la empresa están a la altura. Lo único que llevo mal es la burrocracia. Eso y tener el horóscopo tatuado en el historial médico para lo que me quede de vida. Y ahora, si quieren, discutimos en un despacho lo de la incapacidad. Perdonen si me viene una arcada: es un efecto secundario de la quimio y del sistema; miren en el prospecto.

73. Podemos ser héroes, aunque sea por un día

Acabo la jornada del miércoles realmente cansado, pero esta vez no hay que buscar explicaciones en la oncología, en la física o en la química. Vengo de salvar al mundo desde una sala de cine metido en la piel del Capitán América. En la piel y en la camiseta licenciada por Marvel Comics, que a la guerra, ya lo dice el prota, siempre hay que ir de uniforme. Y aunque la quimioterapia y las demás putadas que me hacen para controlar al cáncer que me acampa en el cerebro son duras, no creáis que lo es menos ponerse durante dos horas en la piel de Steve Rogers, arreando mamporros con un escudo redondo a la edad pasada de Gerardo Fernández Albor.

Tanto me he metido en la trama que incluso me he mordido las uñas, que es un algoritmo que se me borró después de la craneotomía por causas que ningún científico me ha explicado. Hay quien piensa que en la palangana del quirófano, junto con una rebanada de cerebro y un astrocitoma anaplásico grado III, Allut y Prieto echaron también mi ansiedad. Han tenido que pasar 40 años y un cáncer para que mis propias uñas hayan dejado de interesarme como aperitivo ligero. Y viene un superhéroe ultracongelado para reprogramarme las neuronas. Espero que los efectos no duren, que ya me había acostumbrado a rascarme la espalda sin muñones.

Aparte de los efectos de subidón de la película, que he gozado con la tripulación del USS Alabama (@luipardo, @zapi, @joseprecedo, @jinetefugaz y @GermyPaul), puedo decir ya a estas alturas de la madrugada que el de hoy ha sido el mejor día de la segunda etapa química. La kriptonita citotóxica que me metí desde el martes hasta el sábado, ambos incluídos, me dejó la sangre, como diría mi amigo José Luis Alvite, “como a Urdangarín, del montón”. He tenido que refugiarme en las ofertas de Leroy Merlin para sobreponerme; el bricolaje y los apaños domésticos siempre han sido unas buenas contramedidas contra los bajones anímicos. Y han resultado ser un gran antídoto también contra la drogodependencia impuesta por la Seguridad Social. Cuando le pregunté al oncólogo que por qué había programado un descanso de 23 días entre cada ciclo de quimio me respondió: “Te van a hacer falta”. Va a ser que era verdad. Me quedan todavía otros cinco. He leído por ahí que hay incluso a quien le dan vacaciones terapéuticas de 28 días; será una cuestión de resistencia. Yo he tardado casi ocho en venirme arriba del todo, pero eso no quiere decir que mañana no acabe en el inframundo. Tranquilos, en cualquier caso; las películas en las que salen tipos que llevan el calzoncillo por encima del pijama siempre tienen secuelas. En la nueva versión del Capitán América muere tanta gente que en realidad no muere que he llegado a pensar en la resurrección de Chanquete; llamadme iluso.

Esta mañana me ha tocado de nuevo pasear mi parte de baja entre el ambulatorio y mis centros de trabajo que, como sabéis, son dos: el periódico y la Facultad, actividades completamente compatibles aunque haya quien crea, y no sin motivo, que la universidad y las empresas se dan cada vez menos la mano y más la espalda. Yo hago mi aportación para que se encuentren, lástima que el cáncer haya interrumpido temporalmente nuestro baile agarrado. No me hace gracia entregar en las dos secretarías, en la privada y en la pública, un papel que acredita al portador como poseedor de una “neoplasia maligna en el cerebro”. Espero que los de la mutua se lean este post, que si algo me aburre es responder a diagnósticos que conoce todo el mundo menos los de la mutua. Al Capitán América quería yo verlo toreando a la burrocracia española con el escudito. Seguro, además, que si va al centro de salud con la estrella en el pecho se creen que es de Resistencia Galega y llaman al 091.

No quiero acostarme sin compartir unos enlaces que me ha hecho llegar esta noche, mientras salvábamos al mundo de las cabezas con recidiva de Hydra, mi amigo José Menéndez Zapico (@zapi). El primero lleva hasta un reportaje que firmaron mis compañeros de La Vanguardia el 23 de diciembre del año pasado en la sección Vida con este titular: Un hospital cambia el suero de quimioterapia por suero de superhéroes. Lo hacen en el centro brasileño A.C. Camargo donde, como cuenta la información, “la agencia JWT ha convertido las tediosas sesiones de quimioterapia de los niños enfermos en una sesión de súper poderes”. Añaden que todo es cuestión de empaquetar de otra manera: tunear el medicamento de toda la vida con envases de súper fórmulas convenientemente etiquetadas con los símbolos de Batman, Superman, Linterna Verde o la Mujer Maravilla. Acojonante es poco. Y todo lo que inventen para subir la moral de la tropa, sobre todo de la tropa menuda, es acojonante aunque se quede en el intento. No dejéis de ver el vídeo que arranca con la frase que le da sentido a todo: “El primer paso en la lucha contra el cáncer es creer en la cura”.

Es @zapi el que me pone también sobre la pista de otra iniciativa enorme: la de los limpiacristales de un hospital infantil que se cuelgan del edificio con trajes de súper héroe. Veis la fotos [aquí]. Después de semejante despliegue de poderes, el vídeo musical no puede ser otro, aunque sea recurrente. Buenas noches. Mañana, si eso, viajamos un poco al pasado en la Vespa del tiempo y conocéis cosas de mi ciudad que los de las guías turísticas se callan. Tened cuidado ahí afuera.

72. No news, good news. Y suplemento dominical

Quién me iba a decir que el humidificador que compramos para los niños le iba venir bien ahora al padre de mis hijos. El sábado por la noche terminé el primer ciclo de droga dura de los seis que están programados, aunque no sin efectos secundarios. En los cinco días, a razón de 300 miligramos de Temodal por toma, ha habido de todo pero, sobre todo, cansancio y sequedad de mucosas, de ahí que mi gata se haya pasando la tarde observando cómo sale vapor de un aparato verde que está enchufado a la pared para que yo pueda respirar sin que se me acartonen las cañerías.

El cansancio aparece de repente, sobre todo por la tarde. Ya lo había notado antes, pero ahora se agudiza hasta el punto de que, en ocasiones, me flaquean las piernas igual que cuando ella se me apareció fuera de los sueños. Desde el martes hasta el sábado he tenido que parar varias veces, pero no han vuelto los vómitos. Como esta noche ya no tengo que meterme nada, y así hasta dentro de veintitrés días, el panorama cambia.

Solo hace tres jornadas que no escribo, así que tranquilidad. Lo digo porque ya solo me faltaba que, en mi situación, haya quien me riña por desaparecer. Acordaos de lo fina que es la línea que separa el cariño del control. Y recordad que tengo la esquela en el periódico pagada por convenio. Así que, hasta nueva orden, “no news, good news”. Y si no cojo el teléfono o no respondo a todos los mensajes no es nada personal.

Hoy he probado a engañar al cansancio cansándolo más. Como la primavera sigue siendo de fogueo me he dedicado a pasear a cubierto. Un tipo acatarrado que tiene los linfocitos bajos no debería exponerse demasiado. Me han advertido de que podría acabar ingresado antes por una neumonía que por complicaciones derivadas directamente del tumor. De ahí que me cubra.

Los de Santiago siempre acabamos paseando bajo la lluvia en Área Central, que es un centro comercial y residencial que ya tuvo momentos mejores, pero que lucha por sobrevivir dignamente con su calle acristalada de seiscientos metros. Las dieciséis vueltas de hoy dan como resultado 9,6 kilometros caminados que no están mal para un paciente oncológico que lleva encima 45 sesiones químicas y los efectos de otras treinta radiactivas. Hay gente sana que se mueve bastante menos.

Agradezco los comentarios y las preguntas que me llegan por todas las vías imaginables. Ya me gustaría tener respuesta o consuelo para todos, pero conviene no olvidar que lo que yo hago es improvisar sobre un pronóstico malo. Y lo que es bueno para mí no tiene que serlo necesariamente para otros. Yo nado hacia la orilla agarrado a un tronco. A veces le doy a los pies; otras me tumbo y me dejo llevar por la corriente. O me hago el muerto para descansar.

El viernes coincidí de nuevo en la plaza de abastos con Manolo Fernández Otero, mi carnicero, un tipo que ha visto al cáncer con las gafas de cerca, por eso nos entendemos tan bien. Además vive en Angrois, que es un sitio donde siembras unos repollos y te salen superhéroes. Me contó Manolo que el otro día le despachó unos bistés a mi neurocirujano, cliente y amigo, y que, antes de despedirlo, frunció el ceño y lo amenazó: “¡Ya lo puedes haber dejado perfecto, que es mi colega!”, le espetó. Me gusta imaginarme la escena con Manolo blandiendo un cuchillo sangrante y Prieto defendiéndose con un bisturí pequeñito. Y de la risa se me abre la cicatriz. Qué grandes tipos los dos, cada uno en sus armas.

Aunque ya es casi lunes quiero cumplir la reedición dominical de mis memorias periodísticas, ya no sanitarias, respondiendo a una petición de mi amigo José Ramón Mosquera, que me facilitó la fotografía que dio pie a este reportaje que publiqué en La Voz de Galicia el 19 de mayo del 2013. El gobierno municipal de Santiago de Compostela inauguró la semana pasada un parque infantil en la plaza de Galicia, un espacio que destrozó un alcalde de 1975. El regidor de entonces se cargó una joya arquitectónica para construir un aparcamiento subterráneo y se quedó tan ancho. Lo mejor del nuevo parque del siglo XXI es que la atracción principal para los chavales es un barco pirata en el que alguien ha sustituido la bandera con las dos tibias y la calavera por el escudo consistorial. Qué mala hostia ¿no? Qué propio para el momento informativo que nos ocupa, donde las páginas de política municipal y los sucesos se confunden. Está al caer el cliché Sucesos/Municipal.

Voy con el reportaje que abrió la serie de viajes en el tiempo a los mandos de mi Vespa 150 Sprint de 1966, recorridos que espero recuperar en cuanto la salud me deje. Por cierto, la restauración de la moto, con estas manitas, la conté hace ya ocho años en este otro blog, que lo mismo le puede interesar a alguien; hay gente para todo, incluso para el óxido. El reportaje está lleno de lugares, personajes y situaciones que entenderán mejor los de Santiago de toda la vida, pero aporta información creo que valiosa para todo el que se acerque a la capital de Galicia por el motivo que sea, ya sea para comer o para rezar. Mirad cómo era la plaza de Galicia y acercaos hoy o mañana para ver cómo es. Los culpables tienen nombre y apellidos; apuesto por inmortalizar las cagadas con placas de mármol, lo mismo que se inmortalizan las inauguraciones. “Esta plaza fue destrozadada siendo alcalde don fulano de tal”. Después, el minuto musical.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy cargarse esta joya que coronó, desde 1926 hasta 1975, la plaza de Galicia; pasen y lloren . Archivo de José Ramón Mosquera.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy cargarse esta joya que coronó, desde 1926 hasta 1975, la plaza de Galicia; pasen y lloren . Archivo de José Ramón Mosquera.

Salvajada en la plaza de Galicia

Después de 38 años, el mayor crimen urbanístico de la ciudad sigue impune

La Voz de Galicia, 19 de mayo de 2013

Nacho Mirás. Santiago

He descubierto una manera de viajar en el tiempo, pero no voy a profundizar en los detalles. He instalado en mi Vespa Sprint 150 de 1966 un auténtico condensador de fluzo comprado en e-Bay y así, a escarranchaperna, me muevo adelante y atrás solo para mirar; soy un voyeur espaciotemporal. Hoy, sin embargo, haré una excepción. Me voy echando leches al 8 de septiembre de 1975 a parar un crimen que se perpetrará ese día y en los siguientes: el derribo del edificio Castromil. He tenido que rectificar el condensador de fluzo para que, en lugar de funcionar cuando uno va a 140, lo haga a ochenta, que es lo más que da la moto. Y cuesta abajo.

Me llevo la foto que ilustra esta página, que me pasó mi amigo José Ramón Mosquera, amante de los autobuses y del pasado a partes iguales. Arranco de una patada y enfilo hacia la avenida de Lugo, donde me pondré a 80 para que la máquina del tiempo haga su trabajo y me lleve a 1975. Espero no encontrarme a mi madre de excursión paseando con un niño de cuatro años parecido a mí. La avenida de Lugo ya existe en el 75; si me metiera en el periférico o en la AP-9, acabaría roturando una leira. No hay tiempo que perder. Bajo por Rodríguez de Viguri, me salto todos los semáforos, acelero a fondo fondo con el objetivo de llegar a 80 en el cruce de Sar. Los árboles pasan veloces. Salta el radar. Me persigue la policía. Por fin, el condensador hace su magia, se produce un fogonazo y no veo nada. «¡Mamaaaá!». Al segundo vuelvo a ver y me dejo las zapatas frenando para no estamparme con un camión de gaseosas Espiña. Parece que estoy en la fecha adecuada: La carretera es poco más que una corredoira y llego sin problema al cruce del Hórreo. Ni rastro del túnel, voy bien. No llamo la atención; viajo en un vehículo de época. Hay dos soldados haciendo guardia delante del cuartel que un día será el Parlamento de Galicia. Si llego a venir diez años antes, el soldado igual era mi padre.

Casi estoy. Aparco a la derecha, a la altura del 41, sin problemas. Arriba viven las hermanas Domenech y Hors, que observan la maniobra desde el balcón.

Corro como un loco y me planto en lo que en el 2013 será plaza de Galicia, antes llamada plaza de García Prieto. He llegado a tiempo. El edificio Castromil está rodeado por una cinta. Un regimiento de obreros se dispone a echarlo abajo porque así lo ha decidido el ayuntamiento que preside Antonio Castro. Una alcaldada. Varias personas le gritan a los obreros. Llevan carteles. «¡Criminales!». «¡Parad!». «¡Pesará sobre vuestras conciencias!». No tardo nada en ponerme del lado de los del escrache. Los grises rondan. ¡Anda! ese es el arquitecto Carlos Almuiña con 38 años menos. Ramón Castromil llora.

Almuiña, desolado

Almuiña está que trina. Me da una fotocopia y me dice que estamos a punto de presenciar el mayor crimen urbanístico de la historia de Santiago. No es un visionario: es un tipo que tiene los dos dedos de frente que le faltan al consistorio. Me sumo al griterío sin dejar de leer la fotocopia: «El edificio Castromil, antes café Quiqui-Bar, se sitúa en la plaza de García Prieto, entre la calle del Hórreo y la calle Entrecarreterras. Sus promotores fueron Manuel Ramallo Gómez y Ángel Gontán Sánchez». «¡Ramallo! -me digo- el mismo del Café Español!». La cosa se pone fea. Llega más gente, más obreros y más policías. Ese de ahí es el jefe Carril. Menos mal que tiene fama de buena persona. Pero también hay grises, y esos me gustan menos. Una excavadora Caterpillar 235 está a punto de largarle el primer zambombazo a la estructura. ¡No! Me vienen a la cabeza Rafael González Villar, el arquitecto que lo proyectó en 1922, y Antonio Alfonso Viana, que coordinó la obra en el 26. «¡González Villar ha sido, sin duda, uno de los mejores arquitectos gallegos de origen coruñés, no se le puede hacer esto a su memoria!», me dice, indignado, Almuiña. A mi lado, una señora me llora en el hombro y me lo pone perdido de mocos: «¡Ai, neniño, cincuenta anos collendo aquí o coche de línea e agora bótanno abaixo!». Tranquila, señora, que esto lo paramos.

Me consta que el Colegio de Arquitectos se mojó desde que, en 1974, el Ayuntamiento expropió el inmueble modernista, precioso, para construir un aparcamiento. Pidieron hasta la extenuación que fuera declarado monumento histórico artístico, pero ganó la Corporación en nombre de un progreso equivocado. No lo soporto. Voy a dar un paso más: me salto la línea de seguridad y me subo a la excavadora.

Crónica de un fracaso

«¡Bájese de ahí, majadero!», me grita Carril. «¡Ni de coña! ¡Si tiran esto se arrepentirán los próximos 38 años, lo sé bien!». La gente me jalea. Me crezco. «¡No pasarán!». Los obreros paran y fuman. Me enciendo tanto que no veo a dos fulanos que suben por detrás, se me echan encima y me ponen una camisa de fuerza. «¡No me toquen, desgraciados, que vengo del futuro!». «Sí, y yo soy Juan XXIII». Noto un pinchazo. Caigo. Despierto en el psiquiátrico de Conxo. «Soy el doctor Seoane, ¿cómo se encuentra?». «¡Ostras, el del grupo Milladoiro!», me digo. Enseguida me centro. «Bien, doctor, yo solo quería que no tiraran el edificio. Pero estoy bien. Y usted grabará muchos discos». «¿Usted cree? Pues sepa que han dejado un bonito solar allá arriba». Lloro. Espero que no me hayan robado la moto.

Dentro música. After de lights go out. Los hermanos Walker, de la banda sonora de Enemy.

71. Bola extra en morse

Mientras espero la media hora de reloj que tiene que pasar entre el Ondansetrón antivomitivo y los trescientos miligramos de Temodal, se me acaba de ocurrir rescatar de ese baúl de los recuerdos que gestiona mi padre desde su archivo secreto del garaje el reportaje que le dediqué a Manuel López cuando se jubiló como el funcionario de Correos más veterano de España. Manolo todavía entiende morse de oído. Me he acordado de él después de recuperar la cobertura del móvil al salir del Dado Dadá de Santiago y empezar a recibir la correspondencia atrasada de dos horas: la de Dios. Pero reírse con Carlos Blanco acompañado de buenos amigos como mi consuegro Jorge Ribó o Gonzalo Cortizo en el local de Carmen Eixo bien vale estar apagado o fuera de cobertura. Voy con Manolo mientras me preparo el gintónic de Temozolomida bañado con agua de la traída on the rocks en copa ancha. Un día hasta le pongo enebro para decorar. A ver si no me da tanta resaca como el de ayer, que me arruinó la mañana y me hizo entender la literalidad de la frase “hacer de tripas corazón”. Al final del post, el minuto musical de rigor para los que prefieren las putadas del mundo real a la ficción televisada y que hurgan a deshora en las memorias sanitarias de este tipo que lleva un huevo Kinder instalado de serie. Buenas noches.

Manuel López, una historia con punto… y raya

Se jubila el funcionario de Correos más veterano de España

La Voz de Galicia, 13 de mayo de 2013

Nacho Mirás. Santiago

“Juanita. Un niño. Todo bien. 3,600. Besos. Mamá». «Llego mañana exprés. Espérame estación». «Te quiero, mi vida. Sufro. Mariano» «Yo bien. Todos bien. Mandadme cien». Bien mirado, tampoco hay tanta diferencia entre los telegramas que acaba de leer y un WhatsApp cualquiera. La de historias que se han contado por telegrama, primero en morse, luego a través de teletipo… Manuel López Méndez (Sarria, 1944) dice con la autoridad que da ser el funcionario de Correos más veterano de España que hoy, sin embargo, un telegrama no deja de ser «un correo electrónico con entrega domiciliaria». Pero cuando Manolo era Manolito y empezó, con catorce años y de pantalón corto, a repartir telegramas en bicicleta, aquella forma de comunicación seguía siendo tecnología punta.

Hoy, el que más y el que menos sabemos que Samuel Morse fue un inventor norteamericano que contribuyó, con Joseph Henry, a la invención del telégrafo y al código de puntos y rayas que lleva su apellido. Pero solo con que se fije un poquito, solo un poquito, encontrará a su alrededor más morse de lo que se cree. Verá cómo, después de leer esto que le cuento, hoy escuchará los partidos en la radio con otro interés. ¿Sabía que cuando cantan un gol y se oyen de fondo unos pitos frenéticos, lo que suena es una palabra? Lo es: «Gol», pero traducida al código de don Samuel Finley Breese Morse: «–. — .-..».

Todavía hay más. Si en casa alguien tiene un móvil Nokia, es muy posible que, cuando reciba un SMS, la terminal le avise con unos pitos. Morse también, exactamente las siglas de Short Message Service (SMS), pero en versión pitada: «… — …».

Manolo López se jubilará esta semana, después de toda una vida dedicada comunicar a la gente, buena parte desde Santiago. Y con él se lleva una habilidad que cada vez es menos común: entender morse de oído. «Con la práctica -cuenta- el oído se te va haciendo a la musiquilla de cada letra y, por extensión, de cada palabra». Justo después de eso muestra el dedo con el que telegrafiaba y dice: «Llegué a tener callo».

En Compostela aterrizó en 1965, con 21 años, pero llevaba desde los catorce entregado a la causa de transmitir la vida de los demás. «En la oficina -dice- había tres días especialmente intensos, con colas kilométricas para poner telegramas: el 13 de febrero, víspera del día de los enamorados; el 18 de marzo, justo antes de San José (el nombre más común); y el San Manuel. Con semejante cantidad de trabajo, en Telégrafos no tenían más remedio que hacer copias de los telegramas en Santiago y mandarlos a Madrid por avión, tal era la cantidad de felicitaciones. Manolo apela a la ética profesional de este que escribe y deja a mi criterio que cuente o calle ciertos «pecados» que tenían como intermediario al telégrafo. «Decimos el pecado, no el pecador ¿de acuerdo?». Levanta una ceja.

El funcionario cuenta que era habitual que, cuando se celebraba la fiesta del pueblo y alguien tenía un hijo en la mili, de repente enfermasen muchos familiares de los quintos. «Eran mensajes tipo Tu padre enfermo. Ven a verlo. Pide permiso urgente». Eso conllevaba que el jefe del cuerpo en el que estaba destinado el quinto pidiese informes sobre la veracidad de la dolencia a la Guardia Civil. Nada que no arreglara una caja de puros.

Cuando Manolo era Manolito, Correos no era un todo. ¡La de tiempo que faltaba todavía para que mandara en la casa Alberto Núñez Feijoo! Había entonces dos subdirecciones que dependían de una misma dirección general: Telecomunicaciones por una parte; y Correos, por la otra. «Incluso teníamos cuentas de explotación separadas», precisa López, que se hizo mayor en la parte de las telecomunicaciones y llegó a lo más alto en la empresa.

Al veterano funcionario se le dispara la nostalgia cuando recuerda que, al llegar a Santiago, vivió con un compañero en una pensión de la plaza de Rodrigo de Padrón, frente al cuartel de la Guardia Civil (hoy comisaría de policía). «El telegrafista -cuenta – se pasaba la vida transmitiendo por morse y nosotros, desde la habitación, intentando interceptar las comunicaciones de oreja. Pero muchos telegramas eran cifrados, con bloques de cinco números, y aquello era un coñazo impresionante de transmitir».

Ahorrando palabras

Ahora, cuando uno pone un telegrama le cobran por bloques de palabras. Se hace mucho, por ejemplo, para dar pésames, sobre todo si uno no tiene suficiente confianza con la familia del finado como para descolgar el teléfono. Pero en aquellos tiempos se pagaba por palabra, y eso generaba también alguna situación rocambolesca.

Manolo recuerda un episodio en Muros de San Pedro. En plenas fiestas acudió a la oficina un quinto de permiso, acompañado por un amigo, con la intención de mandar un telegrama trapalleiro al cuartel para que le prorrogasen la libranza. «¡A ver, que poñemos!», le preguntaba el amigo. «Pon… pon… xa sei: Mi padre sigue enfermo. Ruego prórroga permiso». Cuando Manolo se disponía a telegrafiar, el quinto rectificó: «¡Non, que hai que aforrar palabras! Pon así: Padre inmejorable. Ruego prórroga permiso».

López se toma unas merecidas vacaciones indefinidas, que 54 años escuchando las conversaciones de los demás es toda una vida. Para acabar, ¿le apetece un reto? Busque un conversor y traduzca esto: «-.. .. … ..-. .-. ..- – . / –.- ..- . / .-.. .- / …- .. -.. .- / . … / -.-. — .-. – .- ». Manolo lo haría de oído.

Y para los que todavía escribís-escribimos cartas de amor -este blog no es más que una larguísima carta de amor por entregas-, que cante el único Rey verdadero. Love Letters straight from your heart... Cantad bajito, que mis hijos duermen. Si el pequeño se despierta no lo dudéis: se os meterá en la cama y os pedirá el desayuno, así sean las tres de la madrugada.

70. Superhéroe achatarrado

Todavía estoy resucitando después de la ingesta venenosa de ayer. Ya sabéis, el martes por la noche arrancaban los seis ciclos de quimio programados, con cinco días de medicación y 23 de descanso. Así lo ha diseñado mi oncólogo, que ayer por la mañana bendijo con un apretón de manos los resultados de la analítica. Que un oncólogo, que no tiene ningún interés en venderte un coche, te choque esos cinco siempre es una buena señal. “Tiene los linfocitos bajos, pero eso ya está contemplado en el tratamiento”, añadió antes de cargarme en la tarjeta sanitaria, de propina, un comprimido de Trimetoprima/Sulfametoxazol (160 mg/800 mg) que se vende con el nombre comercial Septrin Forte. Un antibiótico en esperanto, vaya. Carlos Blanco, amigo, igual ya lo tienes, pero con un monólogo sobre la industria farmacéutica y sus marcas registradas nos escarallamos todos y si nos morimos, al menos que sea de risa. Completé la jornada hospitalaria del martes -había pleno en oncología- con algo de papeleo y la sonrisa perenne del personal de Farmacia, que te droga por un lado y te anima en la misma receta. Son mis camellos del buen rollo.

Por la noche, acojonado como la primera vez, la andanada de Temodal, 300 miligramos todos para mí, fue un hostión de kriptonita por toda la escuadra. Ya no dormí bien, pero desperté peor. La ración doble de Ondansetrón bloqueó las náuseas de la toma a las 23.30, pero a las seis de la mañana no tenía muy claro si forrarme la cabeza con una bolsa del Gadis o intentar dormir directamente con la cabeza encajada en el váter. Perdonad la claridad de la imagen, pero en esta guerra, lo mismo que das, a veces recibes.

Por primera vez en todo el tratamiento me he sentido realmente mal. Influyó el error de dejarse la calefacción encendida por la noche, con el consecuente reseco de mucosas, atascamiento… Si le sumamos la contractura que llevo de serie, con inicio detrás de una oreja y remate en la cacha derecha, el resultado es un superhéroe caído por el que ni siquiera pagarían la ayuda del plan Pive. Una chatarra calva.

¡Tranquilos! Con las horas me ido viniendo arriba, he comido bien y ya solo me dan ganas de vomitar algunos titulares de los periódicos. He resucitado y en cuanto Patricia, mi fisio, me administre el antídoto digital, volveré a ser el mismo de anteayer y sacaré pecho para desfacer entuertos. Hoy voy con un minuto musical repetido, pero es que la realidad lo impone. Seguimos informando.

69. La muerte siempre puede esperar

Tengo tal empacho de hagiografías de Adolfo Suárez que temo que en cualquier momento aparezca una señora de Ávila atribuyéndole una curación milagrosa y arranque el imparable proceso de beatificación. Ni le quito ni le pongo méritos al difunto que pudo prometer y prometió y pudo dimitir y dimitió, a lo que hizo o a lo que dejó de hacer, pero la cobertura mediática del óbito, incluso la anticipación del óbito mismo, dan para una gran reflexión acerca de la sobreinformación y el exceso. Si se le pueden poner grados al luto, vaya por delante que me ha tocado más en lo hondo la muerte de Iñaki Azkuna, el alcalde de Bilbao, más que nada porque jugaba conmigo en la liga de la oncología y le llamaba al cáncer con sus seis letras. Me he hartado en los últimos días de escuchar tapadillos diferentes para referirse al Alzheimer de Suárez, incluidas la “larga enfermedad” y el “complicado proceso neurodegenerativo”; flaco favor para otros enfermos. ¿Seguro que a un tipo tan sencillo le gustaría semejante cobertura mediática? Menos es más.

Llevo cuatro días sin escribir y no falta incluso quien me riña. Hay que recordar que esto es un blog terapéutico en el que un enfermo de cáncer cuenta su batalla y la comparte con los demás. Pero no son unos deberes. Agradezco el interés y no sobra la mano de obra, pero el ritmo lo marcamos Casiano, yo y los acontecimientos.

En el capítulo anterior di cuenta del premio especial de la montaña que me llevo al conseguir que, después de treinta sesiones de radioterapia y otras cuarenta de química venenosa, el astrocitoma anaplásico grado III siga ausente. La posibilidad de que tengan que abrirme otra vez la cabeza no es menor. Y la recidiva es toda. Ahora se trata de complicarle las cosas al invasor hasta el punto de que se manifieste lo más tarde posible. Como la primera fase física y química ha ido bien, este martes vamos con la segunda.

Esta misma noche empezaré los ciclos con la Temozolomida, en dosis más altas, con la siguiente frecuencia: cinco días de drogas duras, 23 de descanso. Y así, en principio, seis meses. Yo pongo todo de mi parte para responder bien al tratamiento, pero también lo hago para que me toque la lotería y no me toca. Agradezco que me hagáis llegar novedades sobre los avances en oncología. Como la de los investigadores suecos del Instituto Karolinska, empeñados en cargarse al tumor cerebral más agresivo, el glioblastoma -mi Casiano es un glioma con aspiraciones a glioblastoma- con un matarratas que se llama Vacquinol-1.  O ese ensayo de la Clínica Universitaria de Navarra que apuesta por atacar los tumores con virus. Si algo tengo claro es que cada año que gano de vida es un año de investigación, en Suecia o en A Choupana.

Supongo que con la cantidad de cosas que me tengo que hacer mañana en el hospital llenaré el porrón de las historias para seguir informando en tiempo real de mis episodios sanitarios nacionales. Me voy a la cama después de una breve incursión navarra que improvisamos en familia y salió bien y os dejo un proverbio chino que me prestó hoy mi amigo César Casal, que es un tipo que escribe columnas medicinales que se leen sin receta: Nadie es demasiado mayor porque siempre puede vivir un año más; y nadie es demasiado joven porque podría morir esta noche.

No, yo no conocí personalmente a Adolfo Suárez. Pero lo más parecido que me tocó cubrir fue el entierro de Manuel Fraga Iribarne, una crónica que encabecé para La Voz de Galicia al más puro estilo Monterroso y coló. Así que me voy al archivo secreto de mi padre, lo busco y os lo pongo. Lo mejor de los entierros siempre es que no sean el tuyo. Buenas noches.

Fraga, puntual hasta en el adiós

Cientos de personas despidieron al expresidente de la Xunta en San Pedro de Perbres

Publicado en La Voz de Galicia el 18 de enero de 2012

Nacho Mirás. Perbes

Cuando el cardenal Rouco llegó a Perbes para enterrar a Fraga, Fraga ya estaba allí. La comitiva fúnebre que partió de Madrid poco antes de las diez de la mañana alcanzó el cementerio parroquial a las cinco menos veinte, con cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto (16.45) en el protocolo. «Aí o tes: Xenio e figura», decía alguien entre dientes.

Colocados como un regimiento de cariátides sobre un muro de contención que tiene vistas directas al camposanto, cuarenta músicos de la Real Banda de Gaitas de la Deputación de Ourense recibieron al expresidente de la Xunta con el Himno do Antergo Reino de Galicia. En el plano inferior, dirigía la partitura Xosé Luis Foxo. Los nietos de Fraga sacaron el ataúd del abuelo del coche fúnebre, alguien colocó una bandera de Galicia sobre la caja y don Manuel entró en la pequeña iglesia dedicada a San Pedro pasando revista ante el respeto de la mayor concentración de políticos y autoridades que jamás haya llegado a Perbes: desde José María Aznar y su esposa, Ana Botella, a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; los ministros Alberto Ruiz Gallardón, Ana Mato y Ana Pastor; o los presidentes de Galicia, Castilla-La Mancha y Asturias, Alberto Núñez Feijoo, Dolores de Cospedal y Francisco Álvarez Cascos, respectivamente, entre otros.

El féretro llegó con la bandera gallega y se le añadió la española

El funeral de cuerpo presente, al que solo asistieron la familia y las principales autoridades por lo escaso del aforo, duró alrededor de una hora. Y por fin salió de nuevo el ataúd con los restos de Fraga, cubierto esta vez por dos banderas: la de Galicia y la de España. La segunda la trajeron con retraso, pero España llegó a tiempo. Cientos de personas se apretujaban en el exterior para despedir al político, al amigo, al vecino; a don Manuel. No se oía otro nombre.

Sobrecogía la imagen de una de las hijas de Fraga, Adriana, tocada por una mantilla negra mientras caminaba triste con un cirio blanco en la mano. Vibraron entonces los punteiros tumbales de la Real Banda con el Himno Galego. Y Rouco bendijo por última vez el féretro de Fraga, antes de que sus nietos auparan al padre de sus padres a la cuarta altura del panteón familiar, sobre los restos de la abuela Carmen, que murió en 1996. Allí descansa para siempre quien fuera presidente de Galicia durante dieciséis años, en un nicho forrado de granito negro, junto a la familia Dopico Díaz. «¡Viva Galicia! ¡Viva España!», gritó alguien. La respuesta fue más discreta de lo que cabría esperar. En el cementerio de Perbes olía a hierba recién cortada, a mar. Y aún se escuchó un último viva, salido de la garganta desgarrada de una mujer que seguía el entierro desde una finca alta: «¡Viva don Manuel!». «Eso iba a decir yo», se lamentaba un vecino que tampoco anduvo ligero en la despedida de quien hizo de la puntualidad una seña de identidad. Entre los muchos ramos que llegaron llamaba la atención uno, por lejano: el que envió el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas.

«Se quiso despedir como un gallego más al lado de su casa y con su mujer»

Alberto Núñez Feijoo

«Nos hemos convertido todos en deudores de su obra, por eso hemos venido aquí »

Francisco Álvarez-Cascos

«Manuel Fraga foi un home que desparramou o seu gran corazón por España enteira»

Jesús Pérez Varela

El minuto musical va dedicado a los que suben la escalera -o la bajan- para no volver. Aunque esté en inglés, a mí me valdría para despedirme. Pero tranquilos, presidentes, no me esperen levantados, que tengo lío; ya iré llegando. The Parting Glass.

68. Rabudo 2 Casiano 0

Breaking news: Todo en orden. Ni rastro del enemigo que, de momento, se caga ante la física y la química. Tengo el solar temporal derecho saneado y limpito, listo para iniciar la segunda fase química en unos días. Hoy hay motivos para estar contentos. Echémonos a los bares. Gracias, seguiremos informando, que la batalla está ganada, pero la guerra sigue.

67. Acojone semestral. Hoy toca.

Ya sé que voy a tener que acostumbrarme al acojone que me invadirá, de por vida, como hoy me invade, cada vez que me toque pasar por la resonancia magnética de control. Fue tan gráfico el radioterapeuta con aquello de que “en seis meses se le puede abrir una coliflor en el cerebro” que no puedo evitar pensar en que mi cabeza es una olla exprés con temporizador en la que se cocina el plato del día. Eso no quiere decir que me derrumbe, qué va, simplemente es inquietud, no vaya a ser que se me queme el menú y acabemos almorzando en el Burger King. Hoy estoy así, un poco como un flan sísmico con epicentro entre el estómago y los congojos. Ayer tocó resonancia y hasta que el doctor Allut le dé a mis neuronas la bendición urbi et orbi, el miedo es libre.

Antes de profundizar en los hechos magnéticos de ayer por la tarde, hagamos justicia. Me golpeo el pecho con la mano derecha por haber llamado radiólogos a los “especialistas en oncología radioterápica”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. A mí también me molesta cuando llegamos los periodistas a un sitio y nos llaman “paparazzi”. Asumo mi culpa, pero estaréis conmigo, doctores, en que, en general, en el terreno esdrújulo de la medicina, la física y la química la comunicación con el mundo exterior es mejorable. Hace tiempo que los de Periodismo impartimos en Derecho una asignatura que se llama “Técnicas de comunicación oral y escrita aplicadas al Derecho”. ¿Nos ponemos con unas técnicas de comunicación oral y escrita aplicadas a la Medicina? Señores decanos, pueden darle una vuelta; la humanidad que no habla esperanto se lo agradecería. Pacientes, familiares…

Ahí va un ejemplo de mi propio informe del servicio de radioterapia, al que adoro aunque en sus despachos se hable marciano reintegrado: “En el polo anteroinferior del lóbulo temporal derecho se observa engrosamiento de la corteza cerebral que en secuencias T2 y Flair tiene un comportamiento discretamente hiperintenso y es isointenso en secuencia T1“. Si ya sabía yo que el T2 y el Flair estaban en la pomada… Que el índice de proliferación de mi astrocitoma anaplásico grado III es alto lo entiendo sin diccionario.

Hoy escribo desde el Tosta e Tostiña de la Avenida de A Coruña, uno de esos sitios en los que, si te dejas llevar, te quedas a vivir y acabas apagando la luz. Voy pues con lo de ayer. Después de la sesión de despachos de la mañana tuve que guardar ayuno las seis horas siguientes. Como nadie te explica los motivos supongo que es una medida cautelar para que no acabes echando la pastilla en el Magnetom Siemens. No he comentado la sensación de respeto que volví a sentir al cruzar de nuevo, después de tantos días de relax, la puerta principal del Hospital Clínico Universtiario de Santiago. Con tanto apoyo y estando de una pieza es fácil que te olvides de que tienes cáncer. Pero él no se olvida de ti, el muy hijo de puta. De eso se trata, de convivir para sobrevivir.

Agradecí mucho que otros usuarios avanzados de la sanidad pública se me acercasen para saludar. Como Virginia Rodríguez, una colombostelana (nació en Colombia pero lleva 18 años en Santiago), que me dio unos besos terapéuticos y me confesó que no se va tranquila a la cama hasta que no doy señales de vida en el blog. Con tanta compañía vamos a acabar haciendo una fiesta de pijamas en el multiusos Fontes de Sar, ya veréis. Gracias por tu cariño y por el de tantos que se manifiestan justo cuando hace falta.

De nuevo penetré a las seis de la tarde en las entrañas de esa ballena alemana que es el Magnetom de Siemens en posición decúbito supino. Por cierto, después de las treinta sesiones de radioterapia en la Primus, también de Siemens, y de varias resonancias magnéticas y otras putadas en otros tantos aparatos de la marca, si me quieren llevar a Alemania para conocer sus instalaciones ¡iré encantado! Ustedes me prolongan la vida y me lavan los platos en casa, no sería malo que intimáramos más.

El caso es que Moby Dick me tragó, me administró su sesión de música trance y me regurgitó como a una sobra con camisón de usar y tirar. Y de esa coreografía sexual salió la imagen que en breve comentaremos en el despacho de uno de los hombres de mi vida. Los neurocirujanos Alfredo García Allut y Ángel Prieto han metido sus manos en lugares nunca antes explorados, son ya de casa. Cuando me extirparon un trozo del lóbulo temporal derecho del cerebro con su tumor maligno dentro decidí bautizar al solar que dejaron como “plaza de los doctores Prieto y Allut. O Allut y Prieto (no creo que el orden de los factores altere el producto). Recordad que hay muchos descerebrados por ahí, pero yo soy un descerebrado con papeles y una plaza dedicada en medio del tarro. Si hoy me confirman que el solar está saneado, igual me dejo una pasta en marisco.

No me marcho sin recuperar un texto sanitario de esos que me hacen volver a los tiempos cercanos en los que contaba las historias de los demás y no la mía propia. Nos subimos a la Vespa del tiempo acompañados por mi compañero y amigo Joel Gómez para presenciar el desalojo del Hospital Real de Santiago -hoy Hostal de los Reyes Católicos- el 31 de agosto de 1953. Poneos cómodos, que veréis cosas que no creeríais. Al final, el minuto musical. Gracias, y me repito, porque con vuestro apoyo estáis consiguiendo que viva el mejor peor momento de mi vida.

Desahucio en el Hospital Real

La Voz de Galicia, 1 de julio de 2013

Nacho Mirás / Joel Gómez. Santiago

Lunes, 31 de agosto de 1953. Llevan semanas trasladando a todo el mundo al nuevo hospital de Galeras. Es el no va más, dicen. Me he ido escaqueando, pero el doctor Puente Domínguez, hijo del doctor Puente Castro, me dio ayer un ultimátum: «Amigo, hay que irse, que aquí ya no pintamos nada». Es buena gente don José Luis.

El edificio tiene eco. Se han llevado los muebles, las camas, a los enfermos… Quedamos el gato y yo. «¡Mueva eso con cuidado y cárguelo en el camión de la Diputación, merluzo!». Mientras el decano de Medicina, Pedro Pena, manda y ordena, me voy a dar una última vuelta. Franco ha decidido que esto va a ser un hotelazo, el mejor de Europa, y ese no se anda con chiquitas.

Encima de una caja de vendas hay un ejemplar de La Noche de anteayer. «Para el año santo tendremos el mejor parador de Europa», dice en portada. Leo que unos 2.000 obreros, «en ocho meses de trabajo intensivo» convertirán el Hospital Real en la Hospedería del Peregrino. ¿Hospedería? No lo veo. ¿No sería mejor algo más potente, como Hostal de los Reyes Católicos? ¡No la cague en el nombre, generalísimo!

Me pierdo por el edificio, que aún huele a cataplasma y a cloroformo. Un morbo insano me hace ir primero a la morgue, donde todas las plazas están vacantes. Tendría su gracia hacer aquí un restaurante y llamarlo Restaurante dos Reis. Me parto.

Me puede la sangre. No me pregunten cómo, acabo en la sala de autopsias. ¡La de gente que ha entrado aquí de una pieza y ha salido desmontada! Qué ideas se me ocurren: estaba pensando en abrir en este sitio otro restaurante y llamarlo, por ejemplo… Restaurante Enxebre; soy un adelantado a mi tiempo. Mejor vuelvo con los vivos, que tengo palpitaciones. Me planto en el vestíbulo. A la izquierda esta la enfermería de San José, pero hasta el siglo XIX esto era la peregrinería de hombres. Aquí siempre han convivido muy bien la sanidad, la beneficencia y la peregrinación. Voy hacia el refectorio de peregrinos. ¿Y si pusieran ahí una cafetería con sus camareros con chaquetilla? Valeeee, solo era una sugerencia.

Detrás del refectorio ya han desmantelado la cocina de los peregrinos. Apuesto a que con la reforma se cargan la lareira. Y ya no hay nada tampoco ni en la botica ni en la rebotica. Qué bien le quedaría llamar a esta zona Salón San Marcos y darle glamour. Lástima de huerta, con sus casi doscientas plantas medicinales: saúco, malvas, artemisas, adormideras…

Estoy pensando que allá, en la enfermería de Santa Ana, pondría un comedor potente. Ya está: El Salón Real. ¡Viva el Rey! (si me oyen, me destierran a Fuerteventura). Evito pasar por lo que fue hasta 1846 la inclusa, conectada a la plaza de España por una pequeña puerta. Me perturba pensar en la cantidad de madres que han dejado ahí una parte de sus vidas y de sus entrañas. Podrían poner una sala de lectura, por ejemplo, para meditar. En el paritorio, subiendo las escaleras de Belén, ya no llora nadie. Me ha dicho Puente que el último niño nació hace unos meses. Yo ahí dividiría y haría habitaciones. Hay dos inscripciones que me dan repelús: El Observatorio de Agonizados y el Depósito de Sanguijuelas. La acústica del observatorio es increíble. Si un día lo descubre Andrés Segovia seguro que querrá venir aquí a tocar la guitarra. Tengo la corazonada de que mis propuestas serán oídas.

-¿Todavía por ahí, hombre de Dios? ¡Hay que irse!

-Estaba buscando la salida y me he liado, don José Luis. Que pase un buen día. Y perdone.

José Peña, pediatra: “Había mucha prisa por hacer el parador”

Los niños fueron los primeros en ser trasladados desde el Hospital Real al nuevo de la rúa Galeras, entonces conocido como Residencia de la Seguridad Social, sostiene José Peña, quien ya ejercía como pediatra del centro: «Recuerdo que fue en verano. Vino un camión de la Diputación, que transportaba todo, e hice mucha amistad con el chófer. Fuimos incluso juntos algún día festivo a la playa, porque estábamos en la misma pensión. Había mucha prisa para construir el parador: la obra del Hostal se hizo con 3 turnos de trabajo, las 24 horas, para acelerarla y que estuviese dispuesto en el Año Santo para acoger peregrinos», afirma. Peña había acabado Medicina en 1950. Entonces no había especialidades como ahora. La carrera duraba siete años y finalizaba con un curso rotatorio con prácticas en varios departamentos. «Estaba el catedrático Suárez Perdiguero al frente de la pediatría y acordamos que yo siguiese con él», afirma. Peña elaboró un trabajo sobre aquella etapa, presentado en el último congreso de la Sociedad Española de Pediatría y editado este mes por la entidad científica. Este texto memora la transformación que experimentó la asistencia pediátrica en los últimos años del Hospital Real, donde los pacientes procedían del llamado padrón de beneficencia, la Diputación pagaba su alimentación y el Ministerio de Educación su medicación. Suárez Perdiguero logró dinero para cambiar el viejo piso de madera; separó enfermos contagiosos del resto; amplió habitaciones y creó nuevos servicios como el área de radiología pediátrica. De sus colegas de entonces, cita como otro aún vivo «al doctor Gallego».

Vamos con la música. Bowie me acompaña en el iPhone cada vez que tengo que meterme en un aparato. Tócala otra vez, Sam. Podemos ser héroes, aunque solo sea por un día.

66. Viaje en torno de mi cráneo y otros. Rock duro.

Ya me perdonarán mañana en el colegio, pero hay una explicación para que los niños lleguen a clase oliendo a empanada. El pequeño tosía algo y, en una combinación maestra entre la química industrial del Flutox y la medicina del supermercado, hemos dejado en la habitación una cebolla cortada a trozos; pocas cosas resultan mejor contra la tos rebelde. El único efecto secundario es el olor, que no se va aunque te duches con Mistol.

Acabo de llegar de una partida memorable de futbolín terapéutico en nuestro Wembley particular que es el Volga y tengo que acostarme enseguida, que mañana me conectan de nuevo a la máquina de la verdad para hacerle a Casiano unas fotos de carné. No puedo olvidarme de una cosa todavía más importante: “Papá -me dijo Ane- mañana no te puedes levantar antes que nosotros”. Tengo pues que hacer como que no sé que me van a traer el desayuno a la cama para celebrar que soy su padre. Y cada año, desde que me hicieran el primer dibujo con lentejas, lo gozo igual que si me dieran el premio Ortega y Gasset en pijama. Mis hijos son los mejores personajes de mis mejores obras incompletas.

Ayer, en uno de esos paseos que me están dejando las suelas para recauchutar, di en la calle Alfredo Brañas de Santiago con mi amigo Henrique Alvarellos, hoy editor y en otro tiempo compañero de prácticas periodísticas en los veranos interminables de La Voz de Galicia.

-¿Conoces el “Viaje en torno de mi cráneo” de Frigyes Karinthy?

-Ni idea.

-Karinthy, que era un afamado novelista y periodista húngaro, se diagnosticó a sí mismo un tumor cerebral en 1936. Y decidió contarlo en un libro, algo parecido a lo que estás haciendo tú.

Lo bueno de tener amigos editores es que incluso cuando te los tropiezas en la calle te amplían la bibliografía y acabas alquilando una furgoneta para ir a Ikea a buscar más estanterías Billy. No tenía ni idea de Karinthy y mucho menos de su tumor público. Pero me he mirado la reseña que hacen en el blog El niño vampiro lee, y a la que llegáis aquí, y ya estoy entusiasmado con tener un hermano húngaro de enfermedad y terapia. “El proceso de su ingreso e intervención, que constituyen el eje de esta obra, se convirtieron en asunto de interés nacional, seguido minuto a minuto por la prensa”, cuenta El niño vampiro. Casi os ahorro el bajón de saber que Karinthy palmó dos años después de que lo operaran. Olvidad esta frase. Claro que eso fue en el 36; algo habrá avanzado la medicina, Frigyes, ya siento que no nacieras más tarde. Lo bien que nos lo pasaríamos leyéndonos las enfermedades el uno al otro.

Me gustó eso que escribiste, querido hermano de cáncer, de “tengo un tumor muy bien desarrollado para usted, querido doctor, si le interesa… Se trata de un ejemplar magnífico, digno de un especalista y coleccionista como usted. Se lo dejaría a muy buen precio”. A mí me da la risa al pensar que el mío lo guardan en un congelador de la Seguridad Social junto a las croquetas de la madre de un técnico de laboratorio. Gracias, Alvarellos, por encontrar a mi sosias de 1936 y regalarme un billete a su cráneo.

Para completar este día del padre (aunque nos hagamos los tontos porque los niños nos traen el desayuno a la cama, todos sabemos que San José usurpa un esfuerzo que le corresponde al Espíritu Santo), hoy me han entrevistado en la Cope Santiago y he compartido almuerzo y tertulia con los residentes del colegio mayor La Estila. Ya he dicho que, mientras no me cueste dinero, voy allá a donde me llamen. Al menos mientras siga en vertical. Por si no era bastante, el Diario de Morón, que es una publicación comarcal de Morón de la Frontera, va y me dedica un artículo de opinión firmado por Marcos Martínez (@gallo_moron) con tanto corazón que solo se me ocurre agradecérselo plantándome en Morón a la que tenga ocasión.

Antes de pasar por delante de la habitación donde duermen mis hijos encebollados voy a dejar para la hemeroteca dos crónicas musicales, un género que de vez en cuando me gusta cultivar. La primera, dedicada a mi primo Carlos Mirás -que me inició en la música del mal en su piso de la calle Cataluña de Vigo- nos lleva al concierto que dio Barón Rojo en Cambre el 14 de agosto del 2010. Y la segunda también a Cambre, dos años después, pero esta vez ante otra banda de culto: Status Quo. Yo estaba allí. Y debajo de cada relato, su correspondiente minuto musical. Descansad, que mi cráneo y yo tenemos que pensar mucho todavía en la instantánea magnética que nos van a hacer mañana en el fotomatón 3T de la Seguridad Social. El rock también va por ti, Karinthy. Si no acabamos con los tumores, al menos que bailen.

Los rockeros, antes de ir al infierno van a Cambre

La Voz de Galicia, 15 de agosto de 2010

Nacho Mirás

«Se oye comentar a las gentes del lugar: los rockeros no son buenos…». La letra del clásico Los rockeros van al infierno, de Barón Rojo, es casi un himno para los que gastan melena o la tuvieron un día; para las muñequeras con pinchos, las camisetas negras y los pantalones pitillos adornados con cadenas y abundante ferretería. Buenos o no, el caso es que son fieles, para toda la vida. Los roqueros nunca mueren, no; si acaso, envejecen por fuera. Sobre 5.000 personas había -según la Policía Local- en el concierto que la otra noche subió de nuevo a un escenario a Barón Rojo, letras mayúsculas del rock duro cantado en español, en una nueva convocatoria del Rock in Cambre.

Los que llegaron a las nueve y media, con día, tuvieron que esperar. Mucha camiseta de Iron Maiden, de Motörhead, de Ramones, de AC/DC… Cuarentones con melena, cincuentones con el descampado que dejó la melena, seguidores fieles de la causa roquera… Y gente también muy joven, iniciada en el heavy metal por sus hermanos mayores, por sus primos, por sus padres.

El público y el cartel contrastaban con una joya del románico como es la iglesia de Santa María de Cambre; y uno no podía dejar de imaginarse al párroco local empuñando el hisopo para excomulgar jevirulos pecadores en el nombre de Dios. Mucha nevera de playa con refrigerio, mucho calimocho en garrafa de cinco litros, humos de controvertidas hierbas… Ambiente del bueno.

A las 21.40 arrancaron los primeros de la noche, Display of Power. «¡Venga esas melenas!», reclamaba el cantante desde el escenario, todavía con la camiseta puesta. Y venga punteos, venga percusión, venga voces del averno. «¡We are the fuckin’ kings of metal!», reza el eslogan de este grupo, que no es, ni más ni menos, que un tributo a la legendaria banda de Texas, Pantera. Música dura y potente en Cambre, demasiado quizás para algún matrimonio que llegó al recinto confiado en echarse un agarrado, perdidos como María Ostiz en un concierto de Metallica. Los Display lo dieron todo y le dieron tiempo al sol para meterse. «¡A ver esos cuernos!», pedía el cantante. Y sobre las cabezas melenudas o descampadas aparecía de repente un mar de peinetas hechas con dedos índices y meñiques.

El heavy de toda la vida baila mucho, pero, sobre todo, con la cabeza; de ahí la importancia de la pelambrera. Quienes tuvieron y ya no, hacían lo que podían.

A las 22.40 salió al escenario Oath, todos menos uno con generosas cabelleras. El cantante es uno de esos tipos capaces de cambiar del grave al agudo como si la cremallera le hubiera pillado los escrotos. Los Oath y su público son, sin duda, auténticos obreros del metal. «Non dou maniobrado coa silla, macho», decía un padre cuarentón intentando colar entre el público a su hijo de poco más de un año, incrustado en una McLaren.

Por fin, Barón Rojo apareció -resucitó, decían algunos- a las 23.42 a la derecha de Santa María de Cambre. Arrancaron con Concierto para ellos, en cuya letra se cita a roqueros que palmaron en la tierra, pero que viven para la eternidad: «Las campanas doblan por Bon Scott, por Janis, Lennon, Allman, Hendrix, Bolan, Bonham, Brian y Moon». Todos muertos; todos vivos. Uno no podía dejar de mirar a la iglesia: ¿Y si, de repente, las campanas doblaran, ellas solas, por el finado vocalista de AC/DC? Eso no ocurrió -por suerte para el cura-, pero, a partir de este primer tema, ya no dejaron de atacar clásicos para delirio de sus seguidores. No faltó quien sacó a relucir, con cincuenta y tantos tacos en el cuerpo -los roqueros no cumplen años, cumplen tacos-, la camiseta relavada que desde hace 30 años guarda en el cajón de un armario como una reliquia de juventud.

Después fue Incomunicación, luego Chicos del rock, Larga vida al rock & roll… El tiempo sí que pasa por Barón Rojo, pero también los Stones están rozando el pensionismo y no han dejado de ser dioses. Barón Rojo mantiene el tipo en el escenario treinta años después con mucha dignidad. Los que no los vieron el viernes por la noche en Cambre tienen una segunda oportunidad hoy, a las 23.30, en la plaza mayor de Viveiro. Larga vida al rock and roll.

Status Quo, eméritos por la University of Cambre

La Voz de Galicia, 13 de agosto de 2012.

Nacho Mirás. Cambre.

El número 50 que ilustraba el bombo de Matt Letley estaba lejos de ser un límite de velocidad. Letley tomaba teta cuando unos adolescentes del instituto de Sedgehill empezaron a hacer ruido en The Spectres, el embrión de Status Quo. La pasada madrugada, en el Brincadeira Rock in Cambre Festival, la batería de Matt percutía, como un corazón trasplantado, los acordes potentes y afinados de Francis Rossi, Rick Parfitt, Andy Bown y John Edwards. Fue salir al escenario a las doce y diez, británicos y puntuales, y cesar los chistes fáciles del tipo: «¡Pero si estos ya eran viejos cuando empezaron!».

La banda pasó del punto muerto a la sexta en medio segundo para impartir una lección musical magistral digna de la University of Cambre. Parfitt (1948) anticipó ese plato de rock puro que es Caroline. Sin descanso, rebotó contra la tapia del cementerio Something ’bout you baby I like. Justo después, Rossi (1949), el abuelo rockero y elegante que cualquiera querría tener, se quitó el chaleco y dejó claro que lo de cortarse la coleta fue solo en sentido literal. Sin piedad, la cuadrilla de obreros del metal sulfató las leiras de Cambre con What you’re proposing y ese patapatapán, patapatapán locomotorizado que mueve los vagones de este tren de mercancías. Había que ver la boca de Francis, marcando con la lengua cada punteo y cada distorsión como si su guitarra fuese un instrumento de viento.

El público se dejaba llevar ante el derroche de potencia, saber estar y saber tocar que demostraron sobre el escenario del Brincadeira los Status Quo. Conversación (en inglés), la justa; música, toda.

Andy Bown (1946) dejó los teclados para soplar la armónica y también para amarrarse a un mástil, y, a la una de la madrugada, llegaba otro hit: In the Army now, con un estribillo que el público reunido en Cambre se traía aprendido de casa.

A Francis lo dejaron solo ante el peligro para anticipar Down down, que es una canción con la que dan ganas hacer el Camino de Santiago a los mandos de un camión. La apoteosis, para los que todavía no la habían experimentado -ya pocos-, llegó con Whatever you want a la 1.18. Y por fin, después de un bombardeo masivo a orillas del río Mero, donde no se emplearon más armas químicas que los cubatas y la cerveza, los músicos simularon una huida de fogueo a la 1.28 con la evidente voluntad de regresar.

El bis fue uno solo pero sonó como si fuera uno y trino: Bye, bye Johnny, con una brutal distorsión metálica final que, seguramente, habrá afectado al desarrollo futuro de las cosechas de la zona. Después de repartir púas, los ingleses se despidieron a la 1.35 dejando un imborrable recuerdo.

65. Resiliencia

Después de casi seis meses pegando barrigazos en esta guerra de Gila contra el cáncer en la que vivo instalado, donde al enemigo lo llamamos por teléfono para saber cuándo piensa atacar, los psicólogos que se me aparecen por escrito o se manifiestan en persona se empeñan en destacar de mi actitud ante la enfermedad una circunstancia que, hasta hace unos días, ni sabía que tenía: la resiliencia. Vamos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. La resiliencia es, en su acepción primera, la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Y, en la segunda, la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Pero es que en psicología, además, explican que de experiencias traumáticas como la mía se puede salir reforzado. Pues entonces sí, queridos expertos: soy resiliente hasta los tuétanos o, por lo menos, estoy en ello.

Arranco, de todas maneras, la última semana de vacaciones terapéuticas con un hormigueo en el estómago que tiene más de una explicación. La sanitaria es que, en dos días, me meterán de nuevo en ese sarcófago magnético que es la resonancia 3T, la vanguardia de la prueba diagnóstica por imagen. Será el 19 de marzo, día del padre. Otra vez me entrará en la cabeza un señor con pijama blanco sin tener que usar el abrelatas. El radiólogo se paseará por el solar del que arrancaron mi tumor en el lóbulo temporal derecho del cerebro para echar un vistazo como un paseante virtual en Second Life. El terreno debería estar limpio y sin zarzas, pelado, saneado. Pero si no fuera así, con que únicamente hubiera empezado a aflorar el brote de un grelo microscópico, tendríamos, Houston, un problema gordo. Mi astrocitoma anaplásico grado III, ahora ausente, es un tumor de crecimiento rápido, como las lentejas que plantan mis hijos en una fiambrera para que hagan la fotosíntesis en la ventana de la cocina. La mínima reaparición de una espora de Casiano requeriría la intervención inmediata de la fuerza pública: cirugía de precisión otra vez, anestesia, motosierra, unidad de críticos… el lote completo. Según he sabido, los craneotomizados solemos reincidir. Ojalá yo sea la excepción, pero prefiero mantener los pies en el suelo como he venido haciendo. En la salud, como en el amor, escojo la certeza mala a las posibilidades infinitas de la incertidumbre. Comprenderéis que sienta miedo a que treinta sesiones de radioterapia y otras cuarenta de quimio no hayan sido suficientes para aplacar a la bestia casiana que me aflora en las entrañas. Así que perdonad si estoy un poco más nervioso que de costumbre; se me pasará.

Supongo que lo peor será la espera entre la resonancia y el veredicto del neurocirujano. Porque ya sabéis que los radiólogos no te cuentan nada a pie de obra así descubran que tienes la cabeza hueca o infestada de nécoras. El protocolo es el protocolo, así que de las noticias, buenas o malas, se encarga el periodismo científico de los neurocirujanos. Pórtense, doctores, y no me intoxiquen el día del padre más de lo necesario, que tengo que estar a tope para corresponder en besos y alegría a esos dos fans enanos que tengo por hijos. El pequeño, que tiene tres años, me llamó ayer por teléfono para preguntarme: “¿Dónde está la cueva de los cuarenta ladrones, papá?”

He vuelto de Barcelona con tantos sentimientos acumulados que creí que los de Ryanair me iban a obligar a facturarlos. Por cierto ¿os habéis fijado en la cantidad de ropa que llevan puestos los pasajeros de Ryanair? Se nota a leguas que se lo ponen todo para descargar la maleta y no tener que pasar por caja.  O eso o están sobrealimentados. En cualquier momento empezarán a comprobar las capas de forro y ya veréis la de sujetadores, camisetas y calzoncillos que empiezan a requisar en la puerta de embarque. Por cierto, felicidades a los irlandeses, incluido el presidente de la aerolínea, Michael O’Leary, en el día de su patrón, San Patricio, que fue un tipo que supo librar a Irlanda de las serpientes.

Voy acabando antes del revival periodístico del día. Varias personas me preguntan si predico en foros públicos. Y siempre respondo lo mismo: mientras no me cueste pasta y mientras siga en vertical, contad conmigo para todo lo que sirva de ayuda a otros en situaciones semejantes.

Y va un reportaje de agosto de 2012 dedicado a la gente del mar, que también tiene que aguantar las hostias en tierra. Yo respeto mucho todos los oficios y las funciones de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero no estaría de más que algunos se pusieran el traje de marinero, aunque solo sea una vez, para darse cuenta de la desproporción de algunos porrazos. Y digo algunos, que buenos profesionales los hay hasta en el Gobierno. Al final, el minuto musical del día. Feliz Saint Patrick’s Day. Pensad en verde.

Héroes de Sal en el mar de Arousa

A bordo del pesquero de bajura Vendaval

La Voz de Galicia, 25 de agosto de 2012

Nacho Mirás. O Grove.

Cinco y media de la madrugada. El mar todavía no está puesto en la ría de Arousa,que parece una gigantesca explanada de asfalto. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. El programa de turismo marinero Pescanatur, promovido por las cofradías de pescadores San Martiño de O Grove, San Telmo de Pontevedra y San Xosé de Cangas, permite ponerse en la piel de un marinero por 40 euros por persona. Es una de las propuestas de ocio más instructivas en las que uno pueda invertir, una manera de aprender a valorar el esfuerzo nunca bien reconocido de las mujeres y los hombres del mar.

Vamos a las órdenes de Paco Iglesias, patrón del Vendaval, un pesquero tipo racú de enérgico nombre, costillaje de carballo y topes de pino blanco con algo más de trece metros de eslora total. La tripulación la completan el grovense José Lorenzo, de 54 años; el marroquí Mohamed,de 34; y el peruano Mario Mariano Laines, de 61. Como mirones vamos otros cuatro: Rosa,de Barcelona; Julián y su hijo Jacobo, de 12 años, vigueses residentes en Madrid; y el único que acabará abonando el mar con su desayuno pese a ir puesto hasta arriba de Biodramina:un servidor.

«Pescadilla, faneca, xarda… o que caia», explica Paco sobre el fondo sonoro del motor diésel. Navegamos con la luz de proa apagada. Pero la noche no nos confunde porque los dos radares de a bordo saben bien que no todas las bateas son pardas. Hay vientos del suroeste de fuerza 4-5; esto se va a mover.

El Vendaval va equipado con betas, un arte de pesca de enmalle de un solo paño. La red, de dos kilómetros y medio de largo por tres de ancho, va al fondo y levanta en el mar de Arousa un muro de la muerte. Hay que largarlo antes de que salga el sol y el mundo submarino se encienda. «El precio del pescado es como la prima de riesgo, un día sube, otro baja, pero sobre todo baja», dice Paco mientras gobierna el timón.

El patrón hace unos comentarios sobre la situación económica llenos de realidad y sentido común, fruto de la experiencia de un trabajador que, en un día bueno, puede arrancarle al mar, como mucho, doscientos kilos de pescado; hoy no será ese día. Según avance la jornada, el mar se irá cabreando con los que se empeñan en peinarlo y apenas dejará escapar una limosna a la superficie.

Al bordear la Illa da Rúa, el patrón recuerda que, en este punto, su padre siempre le contaba la historia de Cananca, el farero que vivía allí durante la Guerra Civil obsesionado con que se le colase un submarino en la ría. El cielo avisa de la que se nos viene encima. Los marineros sueltan los 2.500 metros de red hasta que Lorenzo grita: «¡Boia na auga!». Son las siete. Dejamos que los peces caigan en la trampa fondeados durante un par de horas en Punta Cabalo, en la Illa de Arousa. Y se nos echa encima la claridad, con la embarcación junto a una batea.

Hablamos de las cantadas de Valdés en el partido del jueves; de la intensa vida de Mario, ex instructor de paracaidistas en el Ejército de Perú, que tiene dos sueños que cumplir antes de volver a los Andes: «Conocer París y el Vaticano»; reflexionamos sobre el futuro borroso de Mohamed: «Cobramos por semana en función de las capturas —explica—; en las dos últimas he sacado poco más de veinte euros». Con el kilo de pescadilla a setenta céntimos en lonja, el premio al esfuerzo es una venganza.

Las horas siguientes, la tripulación se empleará a fondo para recuperar el aparejo, que sube escasísimo de vida. Una manada de delfines nos baila el agua por estribor. Y el mar y la lluvia se ponen de acuerdo para regarnos por aspersión. Pero los marineros le plantan cara y le juran que el lunes volverán a intentarlo, Dios mediante.

Como buen zurdo, un clásico de Tahúres Zurdos. Yo también pienso tocar hasta que mis dedos sangren.  Y no me perderé en las palabras corrompidas por el uso. Besos.

64. Regreso a 1992 por mil pesetas

Podría ponerme intenso y decir, por ejemplo, que de todos los libros que leí en la carrera, entre 1989 y 1994, los que más me marcaron fueron cualquiera de los títulos del maestro Ryszard Kapuściński que todavía siguen en las bibliografías; las crónicas noveladas de Truman Capote en A Sangre Fría; o incluso las obras maestras de Hemingway, que también era un gran contador de realidades recreadas. Pero no, ni Ryszard, ni Ernest ni Truman, que me tocaron mucho, fueron capaces de taladrarme en la memoria tal cantidad de frases como labró en mi vida de estudiante en la Barcelona anterior a los Juegos Olímpicos del 92 una de las obras cumbre del periodismo de ficción: Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza. Mendoza, que es un cachondo mental, hacía aterrizar a su extraterrestre Gurb -antes de que se transformase en el ser humano conocido como Marta Sánchez- en el campus de la Universitat Autònoma (UAB), ¡mi universidad! Y ahí me enganchó en lo profundo. Igual tuvo también algo que ver lo de Marta Sánchez, a quien tantas novenas solitarias dediqué cuando posó en pelotas en el Interviú para desatascar a la adolescencia masculina española, para alegrar a sus padres y sorprender a sus madres; el subsconsciente, ya lo sabéis, que juega sucio.

El caso es que el marciano aterrizaba en un planeta raro como el nuestro, lleno de gente que hace cosas que no sabe explicar y que vive vidas surrealistas, y tardaba bien poco en darse cuenta de que la humanidad es el eslabón perdido entre el caos original y el punto final. Copio ahora de la Wikipedia: “El autor convierte a la ciudad [Barcelona] absurda y cotidiana en el escenario de una carnavalada que revela el verdadero rostro del ser humano urbano actual y la acelerada conciencia artística del escritor”. Completamente de acuerdo.

No sé por qué extraña conjunción, esta mañana me desperté en la esquina entre el Passeig de Gràcia y el Carrer de València, donde me refugio, con la ausencia de noticias de Gurb en la cabeza. Y como mi compañero de piso dormía y ante el riesgo de mutar en el ser humano conocido como Marta Sánchez, ya un poco fuera de punto, me puse en marcha con un objetivo claro: llevar de paseo a mi astrocitoma anaplásico o las células que de él puedan quedar, a mi Casiano invasor, al campus en el que aterricé, como un marciano de la provincia de Pontevedra, un día de septiembre de 1989; el lugar que abandoné para siempre hará pronto veinte años.

Así que me fui a paso ligero a la estación de los ferrocatas (la forma abreviada y popular de referirse a los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, que es una pequeña Renfe patria) me subí al S2 con dirección a Sabadell y me dejé guiar, como Gurb en la nave espacial, hasta el campus de Bellaterra. Y aterricé.

Ha sido una gran experiencia, quitando que Gardel no tenía criterio cuando cantaba que veinte años no es nada. En lo de “que es un soplo la vida” sí que estamos de acuerdo, Carlitos. He vuelto por unas horas a los escenarios en los que perdí los dientes de leche, gané un montón de amigos, un idioma en el que incluso sueño, una formación con la que alimento a mi familia y, en definitiva, cinco de los mejores años de mi vida, por dentro y por fuera.

Tanto me pudo la nostalgia que, después de atravesar la facultad y echar de menos a Xosé, el Kioskiero, caminé hasta la Vila Universitària, que tuve el privilegio de estrenar con otros compañeros en 1992. En realidad, quienes probaron primero los colchones fueron los polis que vinieron para reforzar la seguridad de los Juegos Olímpicos. Y después ya entramos nosotros, a saco.

Ya puesto, busqué los dos pisos en los que viví: el B005 y el G308. Me emocionó ver que, veinte años después, todavía resisten, debajo del hueco de las escaleras traseras del bloque, las manchas de aceite que derramaba mi Vespino antes de que en un taller de Cerdanyola del Vallés me lo retificasen con el motor de una Derbi Variant. ¡Uy! Si acabo de meter la pata… Sí, mamá y papá, yo tenía un Vespino en Barcelona. ¿Os acordáis de aquella moto que le compré a Pablo Camiña para usar en los veranos y que después, cuando empezaba el curso y volvía a Cataluña, “guardaba” en el garaje de Alfonso? Pues no es cierto. Lo que en realidad hacía era facturar el ciclomotor por Transportes Ochoa y recogerlo en un polígono industrial de Barcelona. Nunca os lo dije porque eso de que el corazón no siente si los ojos no ven no es del todo mentira. No diréis que no os ahorré disgustos. La gasolina no tenía los precios de ahora, claro. Pero lo que no tenía precio era la libertad.

Fui el puto amo del campus con mi Vespino azul y blanco. La chavalada del Barça me rajó el asiento en Cerdanyola pensando que era una moto del Español cuando, en realidad, el uniforme blanquiazul del bastidor era el reflejo del celtismo vigués de su dueño anterior. La violencia, lo mismo que la ignorancia, suele ser atrevida. Incluso daltónica. La de kilómetros que le metí, solo o en compañía de otros, a aquella bicicleta de gasolina que acabó, amortizados sus servicios, en una finca de Vilasobroso, cerca de Ponteareas.

Los que hoy residen en la Vila, claro, solo ven suciedad donde yo leo el pasado. El futuro todavía se me resiste. Pero el momento álgido de la mañana llegó cuando, parado delante del G308, nostálgico y emocionado, se abrió la puerta y salió un chaval pelirrojo.

-Ah, disculpa, es que yo viví aquí hace más de veinte años, no pretendía asustarte.

-¿De verdad? ¡Encantado de saludar a un veterano! Un placer.

El estudiante me estrechó la mano justo antes de confesarme que desde la dirección les acababan de dar un ultimátum de desalojo:

-¿Y eso? ¿No podéis pagar?

-Se ve que nos hemos pasado con las fiestas.

-¿Qué tal se conservan los pisos? Tienen 22 años…

-Bueno, más o menos; les damos mucho tute.

-Pues anda que nosotros…

Menudo marrón lo del desahucio.

El pelirrojo cerró la puerta y divisé a la derecha el colchón que yo ocupé en una vida anterior. Me marché satisfecho con la risa puesta pensando en lo complicado que lo tendría Gil Grissom para extraer y clasificar semejante cantidad de ADN y de pelo púbico acumulado durante tanto tiempo en semejante sala de fiestas.

No pasé ni dos horas entre la Vila y el campus. Pero durante esos 120 minutos volví a tener flequillo, guardapolvos y salud. Y solo por eso doy por bien empleados los seis euros que, entre la ida y la vuelta, me gasté en la nave espacial con la que la Generalitat de Catalunya me llevó al pasado en calidad de observador.

Ahí van esas fotos y unos minutos musicales de la época, uno de aquellos temazos que nos pinchaban en el Impacto de Cerdanyola, junto a los cines Kursaal. El vídeo de Los Especialistas, con Cúbrele, es de 1991 y lo copresenta el ser humano conocido como Ana Obregón, otra diosa de la neumática. Mañana volvemos mis entrañas mutiladas y yo a Santiago con la maleta llena de regalos y la cara llena de besos. Recordad, alumnos queridos, lo que decía Kapuściński, aunque seguro que Gurb, incluso tuneado con las tetas de Marta Sánchez, pensaba lo mismo: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina empatía. Mediante la empatía se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás” (En Los cínicos no sirven para este oficio). Bona nit, bona sort.

63. En la muerte de Javier Álvarez-Santullano, amigo

“Recuérdale a Nacho que está en las mejores manos”, le dijo a modo de despedida mi amigo Javier Álvarez-Santullano Pino a su hija Marta antes de subirse, esta mañana, al tren que solo vende viajes de ida. Me queda la pena irremediable de no haberlo despedido a pie de vía, pero el consuelo de un compañero de batalla en quien me inspiré cuando me tocó afrontar el cáncer. Sobre Santullano publiqué esta página en La Voz de Galicia del 17 de diciembre del 2012. Ni por asomo me imaginaba entonces yo que, tan solo un año después de aquella conversación, compartiríamos especialista en el Hospital Clínico Universitario de Santiago; las mejores manos. Te echaré de menos en la consulta 11 y en la vida. Pero no olvidaré tu ejemplo. Gracias, amigo de la acera ancha.

Javier Álvarez-Santullano: “Soy de esas personas que presumen de tener amigos”

La Voz de Galicia, 17 de diciembre de 2012

Nacho Mirás

Fue el único pasante que tuvo el insigne abogado Santiago Nogueira, un hombre a quien admiraba por su humanidad y por sus conocimientos. «Usted sabe mucho de Derecho —le decía el pasante al maestro— y yo, sin embargo, no sé nada». Y Nogueira, que era un sabio, le respondía: «Sabes más de lo que crees». Javier Álvarez-Santullano Pino (Santiago, 1945) dice que nació en la «acera ancha». «Si alguien no sabe dónde está la acera ancha —explica— sé que no es de Santiago, siempre se lo digo a Farruco». La acera ancha está en El Pilar, ahora ya lo sabemos los de fuera.

La suya es una familia numerosísima. Once hermanos a los que unos padres entregados consiguieron dar estudios para sobresalir, cada uno en lo suyo. El Javierito niño fue un chaval traste, puro nervio, y sus contemporáneos todavía lo recuerdan. «Al venir del instituto, me agarraba a la escalerilla que llevaban detrás los autobuses de Calo y, al llegar a A Senra, como no paraba, me tiraba en marcha», dice. Se pegó así sus buenos trompazos, aunque tenía cualidades atléticas que le ayudaron.

Hace cosa de un año, la enfermedad puso de nuevo a prueba su resistencia física. Santullano habla sin contemplaciones sobre la dolencia que casi lo borra del mapa. «Estuve a punto de morirme, es cierto, pero aquí sigo». Con veinte kilos menos y una moral que no perdió en ningún momento, el que fuera decano de los abogados de Santiago durante nueve años vuelve a estar operativo.

«Me diagnosticaron un tumorcito en un pulmón, con metástasis en la columna vertebral. Como yo llevaba tiempo sufriendo de una hernia, al principio pensé que sería de eso». Pero era otra cosa. Sin embargo, lo que estuvo a punto de mandarlo al otro barrio fue una neumonía que pilló en esa tesitura, pero que por fortuna superó.

Nuevos bríos

Ahora hace vida prácticamente normal, fiel a la medicación, cuidándose al máximo —con el apoyo de su mujer y sus hijas— y sin dejar cada día de hacer su gimnasia. «Se me cansan algo las piernas por la tarde, pero no por eso dejo de pasear por Santiago. Es mi ciudad, una ciudad en la que siempre descubres algo nuevo, un detalle de una fachada, un rincón. En los días de hospital es lo que más echaba de menos».

«Yo soy de esas personas que puede presumir de tener amigos de verdad, y en los momentos difíciles han sabido demostrarlo», dice.

Javier conoce tan bien Santiago y tanto a los de aquí que uno podría pasarse el día entero aprendiendo de esa enciclopedia ciudadana que lleva en la cabeza; haría bien en escribir unas memorias compostelanas. Gran conversador, salpica su discurso de personajes, anécdotas, procesos judiciales sonados o sentencias curiosas, e ironiza recitando frases hechas de las que abogados, jueces o fiscales acostumbran a plasmar, esdrújulas y rimbombantes, en muchos de sus escritos.

Gallardón, descentrado

Con Santullano resulta imposible no hablar de la situación actual de la Justicia. Es muy crítico, al igual que sus compañeros, con la gestión del ministro Alberto Ruiz-Gallardón, especialmente en lo que tiene que ver con la imposición de las nuevas tasas judiciales. «Gallardón es fiscal —dice— pero está claro que no sabe lo que es un juzgado, está totalmente descentrado y ha conseguido una cosa que nunca consiguió nadie: unir a todo el sector de la Justicia». Y, como explica, no es que la gente esté en contra de establecer unas tasas, sino de «ese importe de las tasas».

La política siempre le ha interesado mucho al abogado compostelano, pero desde una segunda línea. «Si te gusta la profesión de abogado, no puedes dejar el despacho para dedicarte a la política, porque entonces ya nunca lo recuperarás», concluye.

En su rincón

La rúa de Xerusalén, paralela a la rúa da Troia, una calle estrecha y de postal que tiene plantado un olivo, es el rincón favorito de Santullano. «En esta zona estaba la judería de Santiago, es una calle tranquila, muy cuidada, apenas conocida», dice.

Hijo de un secretario judicial, nieto de un magistrado del Supremo, bisnieto de un magistrado de la Audiencia de Pontevedra, los vínculos de la familia Álvarez-Santullano con el mundo de las leyes se pierden en la memoria de los tiempos.

62. Notas necrológicas (suplemento dominical)

Quién me iba a decir que iba a acabar echando de menos a mi hijo saltándome sobre la barriga a las siete menos cuarto de la mañana como un Hulk Hogan enano al grito de “¡Quiero el desayunooooo!”.

-Mikel, silencio, que aún es de noche y despiertas a tu hermana y a los vecinos.

-Pero va a ser de día. ¡Quiero el desayunooooo!!!!

La de este domingo será la tercera mañana sin invasión bárbara, me quedan otras cuatro y, aunque el cuerpo lo agradece, el corazón lo añora. Los padres y las madres, en el fondo, somos unos blanditos. Nos tragamos tostones pediátricos sobre la cría de la camada para acabar haciendo lo contrario de lo que recomiendan los manuales mientras cedemos espacio, edredón y derechos humanos.

El caso es que, como cantaba Julián Hernández sobre la base musical que se curró con Alberto Torrado “aquí estoy, tumbado a la bartola, no estoy para nadie ni siquiera para ti….“. Sí que estoy, pero lejos, gastándole las aceras al Ajuntament de Barcelona. Pueden estar tranquilos, doctores: estoy caminando incluso más que antes. Hoy han sido cinco horas sin parar. Voy a tener que lanzar una campaña de crowdfunding para cambiar de zapatos, que calzo pies caros y del 45.

Ayer, mientras recorría el barrio gótico, me pasó por delante un telepredicador en patinete gritando que solo Jesucristo es la salvación y a punto estuve de subirme con él. Después me lo pensé mejor y lo dejé marchar: “Mi cáncer está en manos de los médicos, que Dios toca de oído, ¡pámpano!” No creo ni que me oyese de lo acelerado que iba. El apostolado en patinete solo es posible en un sitio cosmopolita como Barcelona.

Aunque al caminar solo tanto tiempo la cabeza no para, en general me encuentro bien. Sí, me he echado un par de lloradas, entraba dentro de lo posible. No tengo síndrome de abstinencia de la quimioterapia y las secuelas de la radio las voy paliando con una crema especial para pieles irradiadas que cuesta 24 euros. Un pastón para uno que siempre ha sido de Deliplus.

Aunque el historial clínico lo he dejado por una temporada en Santiago, no me he desconectado del todo. La radio online me permite subir el Paseo de Gracia escuchando las necrológicas de Radio Galicia. Tiene su coña pasar por delante de la casa Batlló, muy cerca de donde me alojo, mientras el locutor de la SER te cuenta en streaming que don fulano de tal “falleció en el día de ayer confortado con los auxilios espirituales”.  Gaudí y la Funeraria Compostela. Surrealismo ultraterreno.

Ahora me voy a poner en plan profe de redacción informativa de primero: ¿No va siendo hora de revisar la redacción de las esquelas? ¿De verdad todo dios se muere confortado con los auxilios espirituales? ¿Y si no había cura a mano? ¿Nadie se muere de repente? ¿Por qué las familias de las esquelas siempre dan “las más expresivas gracias”? ¿Por qué los autobuses se llaman todavía ómnibus? Y eso de “descanse en paz” qué es, ¿un deseo o una orden? Seguro que si pensamos un poco nos salen unas necrológicas mucho más del siglo XXI. Las esquelas que de verdad me gustan son las de los periódicos, porque al finado que tiene mote lo entierran con él y, si no le gusta, se jode en el más allá. Una cosa os digo: si en la mía me dicen “el señor Don Ignacio Mirás Fole falleció en el día de ayer confortado con los auxilios espirituales, descanse en paz” y es cierto que existe el otro mundo, juro que regreso y me aparezco en el estudio como Jacob Marley ante Ebenezer Scrooge. Y os cagáis, compañeros y viuda.

Volver a Barcelona sin un trozo de cerebro -ya sabéis, donde tenía almacenada, además del tumor cancerígeno, una buena parte de mi memoria olfativa- está siendo una experiencia. La ciudad me huele como la primera vez que desembarqué aquí, con 18 años y una mochila a a la espalda, para convertirme en periodista. Y casi acojona cómo cada olor me hace viajar con precisión a momentos concretos de hace 24 años. ABC publicó el otro día un reportaje muy interesante sobre cómo funciona esto de la memoria olfativa. Si los investigadores necesitan voluntarios no tienen más que llamar.

Y voy a tener que mirarme lo de los súper poderes: ayer, en la nevera de una tienda, le eché la mano a dos latas de Coca Cola Light y no lo creeréis: me salieron, por riguroso orden de llegada, que también es alfabético, los nombres de dos novias que tuve. Las bebí por orden, claro, como las viví. Al día siguiente, un quiosquero del Paseo de Gracia me despachó otra que decía únicamente: Papá. ¡Joder con la antena de titanio!

Ya que estamos: ahorraos los comentarios acerca de que no beba Coca Cola. Estoy de vacaciones y hago lo que me da la gana. Gracias, en cualquier caso, por el interés, pero yo siempre he creído que la línea que separa el cariño del control es tan estrecha que se pisa con facilidad.

Como suplemento dominical voy a rebobinar solo hasta el 2013. Hoy hace justo un año que publiqué esto en el blog. Es un obituario, un género periodístico que para nada es menor. Es periodismo mayúsculo. Se lo dediqué a Manuel Comesaña Sieiro, padre de mi amiga Pilar, que falleció el día 5 de marzo del año pasado. Como en Galicia somos muy dados a los aniversarios, del cabodano, lo repito como lo escribí en su momento, desde las tripas. Al final, como siempre, los minutos musicales. Para Pilar Comesaña y para Alberto Casal. Porque la memoria olfativa la tengo alterada, pero la afectiva ha salido reforzada de la serrería. Sé que ellos brindan por mí. Y yo les correspondo hoy.

El señor Comesaña. In memoriam 

Publicado el 9 de marzo del 2013 en http://www.rabudo.com

Me da que hoy me va a salir una historia larga y un poco interior. Porque una cosa es opinar de ministros homófobos que se baban en el nombre de Jesucristo y otra diferente que la realidad más cercana, la tuya, chasquee los dedos y encienda la luz en pasillos tan remotos de tu memoria que ni sabías que conservabas. Eso me pasó hoy, a primera hora de la mañana, cuando leí en Twitter que se había muerto Manuel Comesaña Sieiro, el “señor Comesaña”.

En los recuerdos de mi padre, que tiene una mente privilegiada para el rebobinado, hay muchas maneras de referirse a la gente con la que, en algún momento, se ha ido cruzando en la vida. Si apostilla que alguien era un hijo de puta es que, sin duda, y de manera objetiva, lo era. Pero si delante del apellido utiliza el “señor”, entonces podemos estar seguros de que esa persona merecía semejante trato; de que era una buena persona. En mi recuerdo infantil que hoy resucitó Twitter no existe Manuel Comesaña, sino el “señor Comesaña”, un buen hombre. ¿Y en qué momento me crucé yo, redactor de La Voz de Galicia e hijo de un obrero de Lavadores, con el consejero delegado de Faro de Vigo? Pues os lo contaré en este ejercicio de divagación de un miércoles por la noche, en plena convalecencia de una operación de fondos. Me podría inventar una historia con toques intelectuales, pero no sería cierta. Prefiero la simpleza de la verdad.

Hace muchos años, cuando yo era un niño sin firma que quería ser carpintero o veterinario -influenciado por mi tío Antonio en la primera opción y por Félix Rodríguez de la Fuente en la segunda-, me presentaba como el segundo hijo de Mirás, el del aluminio. No era poco, pero tampoco era más. Mi padre, herrero y cerrajero de profesión, se embarcó a finales de los años setenta en la aventura de cerrar Galicia con aluminio, justo en el momento en el que ese material liviano y resistente empezó a sustituir a la madera y al hierro en ventanas, galerías, puertas de entrada, mamparas de baño y muros cortina. Hasta los nichos se cerraban con aluminio. Con esfuerzo y tesón, mi padre se hizo un nombre en el mundo del anodizado.

Mirás milimetraba la realidad que su competencia, a menudo chapuceros pluriempleados de Citroën, resolvía en centímetros. Respetaba escrupulosamente los noventa grados del ángulo recto. Y predicaba que la herramienta es la mitad del obrero; que el pie de rey es más importante que el propio rey; y que hay un sitio para cada cosa y que cada cosa va en su sitio. Y, al terminar, dejaba las casas más limpias de lo que se las había encontrado. Sus clientes le agradecían de corazón el trabajo riguroso y solvente no ya pagando religiosamente la factura, que también, sino recomendando a otros los servicios de una carpintería que estaba en la vanguardia del anodizado en Vigo y su área de influencia.

Con los años, la cartera de pedidos de mi padre se llenó de nombres importantes de la ciudad en los años ochenta. Apellidos como Sirvent, Valcarcel, Sensat, los orfebres Hernández, el propio Comesaña y tantos otros reclamaban con frecuencia los servicios de Mirás para que aluminizase sus vidas o las de sus amigos. Yo lo vivía en primera persona porque, como hijo de obrero, acompañaba a mi padre en las distintas fases de su trabajo, sobre todo en las larguísimas vacaciones de verano. De esta manera, con el salvoconducto de talleres Miral -sesudo acrónimo de Mirás-Aluminio- accedía en calidad de becario del tornillo de rosca chapa a las vidas íntimas de otros, a menudo, importantes, ricos y, en ocasiones, incluso famosos. Y presenciaba, sin intervenir, interesantísimas conversaciones entre los clientes adinerados y Mirás “el del aluminio” que, aunque se sacó el graduado escolar cuando hizo la mili en Santiago, era capaz de hablar con tanta soltura de los temas más variados que no era raro que le preguntasen: “Y usted, ¿en qué universidad estudió? “En la del Pisiñas*”, respondía, por lo bajo, cuando el cliente ya no estaba delante. A mí se me hinchaba el pecho, claro.

La familia Comesaña vivía en la calle García Barbón. Su pedido llegó a mi padre por mediación de Martín, un carpintero amigo. “Mirás -dijo- hay que colocar mamparas de baño en casa del señor Comesaña. Tiene que ser un trabajo impecable, ya sabes lo importante que es esta gente”. Aunque mi padre, hoolligan de La Voz de Galicia, solo leía el Faro de Vigo para contrastar las esquelas, respetaba la posición de su consejero delegado y sabía perfectamente el terreno que pisaba. La sorpresa de aquel encargo vino cuando el carpintero explicó que no eran uno ni dos, sino cuatro los cuartos de baño en los que había que intervenir. Y todos en la misma vivienda. Fue la primera vez en mi vida que vi un piso con semejante despliegue sanitario; aquello era hacer caca en otra división.

El caso es que mi padre y su equipo instalaron las cuatro mamparas, las acristalaron y las sellaron con su silicona aprovechando una ausencia de la mujer del señor Comesaña. Acabaron en tiempo, forma y sin salirse del presupuesto. Lo que nadie se esperaba era la reacción de la señora a su regreso.”¡Quitad eso de mi vista!” “¡Os habéis vuelto todos locos! ¡Fuera eso os digo!” Qué papelón. La dueña de la casa, todo carácter, a punto estuvo de desatornillar ella misma la obra y defenestrarla, lo que seguramente hubiera causado una catástrofe en pleno centro de Vigo, repleto de Vitrasas**. Las mamparas de baño en aluminio eran una novedad a la que había que acostumbrarse; nadie estaba habituado a ducharse dentro de una cabina de teléfonos. Hicieron falta varios días y varias personas para calmarla. “No se preocupe, Mirás, se le pasará”, le decía su marido a mi padre tratando de tranquilizarlo. Como al final cobramos y nadie nos volvió a pedir que arrancásemos los cierres, supongo que la familia se adaptó a aquellas polémicas correderas que yo vi instalar en calidad de observador neutral. Nunca hasta hoy le había dicho a mi admirada -y querida- Pilar, con la que me crucé cuando ya era un poco menos el hijo de Mirás el del aluminio y más el Mirás de La Voz, que yo, de niño, hice pis furtivo en alguno de los cuatro cuartos de baño de sus padres. Espero que no me lo tengas en cuenta.

De aquel campamento urbano del aluminio saqué otras experiencias interesantes. Como cuando le fuimos a instalar la doble ventana a los orfebres Hernández en su piso de la Gran Vía y descubrí, hibernando en un sofá, al mismísimo líder de Siniestro Total. “Julián, tienes que levantarte, que vienen estos señores a colocar las ventanas”, le decía cariñosa su madre. Siniestro Total estaba por aquellos años en pleno fragor. Las noches acababan de día. Que mi padre tuviese autoridad para levantar a Julián Hernández de su propio sofá me parecía algo prodigioso, fuera del alcance de cualquiera de mis compañeros del colegio Lope de Vega.

Gracias a la moda del aluminio anodizado pude subir también, en varias ocasiones, a lo alto de la torre de la isla de Toralla, un territorio entonces vetado al pueblo llano. Y comprobar que, en efecto, ese adefesio erecto en medio de la ría se mueve con el viento. La furgoneta de Talleres Miral era como una ambulancia de la Cruz Roja, capaz de hacer que se levantase cualquier barrera, ya fuera en los pisos más exclusivos o en los chalés con mejores vistas de la ría. Fueron buenos tiempos hasta que vinieron los malos. Pero esa es otra historia.

Hoy, una nota necrológica -notas tristes, las llamaban antes en la radio- me ha devuelto a mi origen obrero. Y me he puesto nostálgico. Tenéis que perdonar que le dedique este recuerdo íntimo a Manuel Comesaña Sieiro, al que mi padre todavía llama “señor”. Y a Pilar, sobre todo a Pilar. Con todo mi cariño.

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*El Pisiñas era el mote de guerra de Manuel Fernández Novoa, maestro de la escuela unitaria a la que asistió mi padre hasta que, a los doce años, tuvo que dejar de estudiar para ponerse a trabajar. Es autor de una recopilación titulada Anaquiños, lecturas gallegas, con la que mi padre aprendió a leer, obra de culto todavía hoy en casa.

**Vitrasa: Acrónimo de Viguesa de Transportes S.A. que, por extensión, da nombre a cualquier autobús urbano en la ciudad de Vigo, como ocurre con las Villavesas de Pamplona.

Una de cal, otra de arena. En riguroso diferido, Assumpta, la canción de Siniestro Total que habla de una chica muy mona que vivía en Barcelona. Bona nit.

61. Embarque y desembarco. Hasta la vuelta

Confirmado: las placas de titanio con las que me precintaron el cráneo el 12 de diciembre del 2013 no pitan en el arco de seguridad del aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela. Aquí estoy, en el Caffriccio, pagando casi mil de las viejas pesetas por un café con leche y una bollería del montón. Sale más barato el autobús que te trae desde el centro de la ciudad, pero lo de que te claven por consumir en los aeropuertos ya forma parte de la parafernalia de viajar de la que participamos resignados. ¡Oigan, gestores de AENA, que el avión ya es cosa de pobres hace mucho tiempo! ¿Para cuándo almuerzos low cost?

En cincuenta minutos -yo soy de los que llegan a los sitios a poner las calles y, si hace falta, las rutas aéreas- embarcaré en uno de esos Castromiles de los cielos que son los aviones de Ryanair. Hay novedades: ya te dejan llevar, además de la maleta con lo justo para siete días- un bolsito de mano. Había que ver la cara del tipo que maneja el escáner cuando observó en la pantalla las formas desconocidas y serpenteantes de una gaita electrónica. La música, amigo vigilante, que avanza que es una barbaridad.

¡Claro que me llevo la herramienta al Mediterráneo! Recordad que la terapia musical forma parte del tratamiento contra el cáncer. Descanso de la radiactividad y de la química. Pero siete días sin tocarle muiñeiras a lo que pueda quedar de mi astrocitoma anaplásico se me hacían largos. Pensad en él, pobre… Tremendos solazos está dando ahora mismo la chica del tiempo en el canal 24 horas. Tengo una agenda tan apretada para la próxima semana -mi amigo Pau vale muchísimo más de lo que pesa- que se me va a hacer corto el paseo.

Solo lamento de esta escapada no haber descansado mejor esta noche. Cuando la cabeza te hierve puede ocurrir que la olla desborde y, sin querer, dejes la cocina hecha una mierda. Eso es lo que ocurrió ayer y, aunque siento de corazón el estropicio y las salpicaduras, confío en que quienes me viven más de cerca sepan disculpar a un tipo que intenta sobrevivir con una enfermedad muy hija de puta; es mi equipaje de mano.

Antes de embarcar, y pensando en los que madrugáis tanto que no os ayuda ni Dios, os propongo otro salto en el tiempo. Yo me voy por aire y vosotros, mientras, os dais una vuelta por el mar de Arousa. Año 2005, verano. La Voz de Galicia me empotró en las topas vikingas que desembarcaron en la localidad pontevedresa de Catoira. Lo conté como lo viví. Aunque mantengo que a las romerías tradicionales de Galicia les sobra cada vez más graduación alcohólica, Catoira tiene elementos para mantenerse como fiesta de interés turístico internacional. De los propios vikingos depende que deje de ser el macrobotellón primitivo en la que ha ido derivando. Tened buen día, que mi cáncer y yo nos vamos a mediterranear. No prometo escribir cada día, que la cabeza también pide vacaciones. Pero haré lo que pueda. Desembarcad mientras yo embarco. Gracias por estar ahí. Al final, como siempre, minutos musicales.

¡Catoira es nuestra, por Thor! 

Publicado en La Voz de Galicia, 7 agosto 2005

¡Qué dura es la vida del vikingo, por Thor! La única manera de saber qué se siente protagonizando la fiesta más bestial de Galicia, la Romería Vikinga de Catoira, es convertirse en uno de los salvajes que ayer recrearon el desembarco bárbaro justo donde el río Ulla endulza la ría de Arousa. Por testigos, miles de personas apelotonadas frente a los restos de las Torres do Oeste. ¡Qué bravura, por Odín! ¡Qué aventura, por Frey! ¡Qué resaca, por… favor! Ya de perdidos, al Ulla, así que no queda otra que meterse en el papel.

A nuestro lado, los marines americanos son unas colegialas. Como al que madruga Thor le ayuda, como dice el viejo refrán vikingo, pisamos Catoira a las nueve, que es una hora prudente para una invasión.

No nos aguarda Eric el Rojo, ni Olafo, ni siquiera el legendario jefe Halvar, padre del célebre Vickie. Nos ponemos a las órdenes de Emilio López, patrón del drakkar con el que, en pocas horas, conquistaremos Catoira. Emilio nos desvela un secretillo de la embarcación: un pequeño motor fuera borda que ayuda a que el cascarón se mueva. «¡Porque xa verás qué tropa, aquí non da un remo nin Cristo!». Qué emoción. Lo del motor que quede entre nosotros. El casco me viene pequeño y con los cuernos no sé, como que no me veo.

Tiene razón Emilio, menuda tropa. Pasan de las diez cuando embarca el resto de la tripulación. Con los litros de vino que llevan por dentro y por fuera, prácticamente todos son inflamables. El embarque es terrible, porque hay overbooking de bárbaros y Emilio se niega a zarpar con más salvajes a bordo de los legalmente estipulados. Después de una dura pelea verbal, el patrón desiste: «O ano pasado igual, sempre co mesmo conto, joder!» El taco no es muy vikingo, pero sí marinero y expeditivo.

Junto al drakkar, un viejo arenero reconvertido en galeón, con mucha más capacidad que el nuestro, completa una flota de la que también forma parte un tercer barco, el Ellen Dubh, capitaneado por el irlandés John Rogers y llegado especialmente desde la tierra de la cerveza negra para la ocasión.

El Ellen Dubh es de poliéster, pero eso desde tierra no se ve. Para llegar a Catoira, los veinte irlandeses que forman la tripulación se han tragado una dura travesía en ferry y en tráiler desde la ciudad de Ardglass.

Todo listo para zarpar. El patrón parece sereno, que no es poco. Llevamos sobrepeso. «¡A ver, atendede!», dice la voz ronca de un temible guerrero. Y atendemos, por Odín. El guerrero cambia el tono, se dulcifica y, amaneradamente, explica: «Se informa a los señores pasajeros de que debajo de sus asientos tienen ustedes unos chalecos….» El despiporre es tal que la explicación no termina. Un bárbaro interrumpe: «¡Señorita, señorita!, ¿onde está a bolsa para jomitar?». Estamos navegando.

Como la tropa no está por remar, y ante las duras discusiones que tratan de esclarecer si estribor es la izquierda o la derecha, Emilio echa a andar el motor y damos vueltas por la ría. Nos exhibimos y hacemos tiempo hasta la hora más esperada: el desembarco.

Como somos vikingos, cantamos canciones vikingas y brutales que le ponen al enemigo los pelos de punta: «¡Soy capitán, soy capitán, de un barco inglés, de un barco inglés, y en cada puerto tengo una mujeeer!» Ya, no acojona, pero es lo que hay, los vikingos no iban al conservatorio.

A pecho partido, las treinta y ocho bestias coreamos otra: «¡Alabaré, alabaré, alabaré, alabarééé, ala-barééé a mi señoooor!». Menudo ejército de seminaristas. Durante el recorrido, el grito de guerra suena así: «¡Úr-su-la! ¡Úr-su-la!». No veo a Úrsula por ninguna parte, pero me imagino a los de Catoira pidiéndole a Dios por sus vidas y por sus hijas.

Alto a la Guardia Civil

En pleno desgarro guerrero, un incidente. ¡Nos para la Guardia Civil! Palabra. Se nos pega una lancha y nos dice que no podemos continuar.

-La orden de la Delegación del Gobierno dice que tienen licencia para un barco y para veintisiete personas.

Emilio no sabe qué cara poner. ¡La Guardia Civil dándole el alto a un drakkar lleno de terribles bárbaros! ¡Dónde vamos a ir a parar, por Thor!

«Es lo que dice la Delegación del Gobierno», insisten.

Los guerreros gritan y los tres guardias, en inferioridad numérica evidente, prefieren no meterse en camisas de once varas. Tras una llamada deciden que podemos continuar; las invasiones ya no son lo que eran.

Vuelven a escucharse gritos guerreros como ése, duro y atronador, que dice: «¡Qué pasa neeeeeennn!». Viene de la proa, que queda por delante.

A lo largo del trayecto, más gente se ha apostado en las orillas para vernos desembarcar. Hacemos que remamos, pero el sentido del ritmo es tan lamentable que es posible que acabemos en el fondo.

Desde tierra vuelan los foguetes. Después de rodear la Illa do Rato, enfilamos la orilla. Los corazones palpitan al unísono, no como los remos. Lo que viene después es el éxtasis vikingo. Saltamos a tierra como salvajes y nos fundimos en una terrible orgía de agua, fango y vino tinto. Nos retratan. Bebemos por el cuerno. Gritamos. Secuestramos mujeres. La gente ser ríe porque no sabe de nuestra naturaleza animal. Finalmente, decidimos hacer el amor y no la guerra y entregarnos a una fiesta de las se curan en cama. ¡Qué bárbaro, por Odín!

Elton, muchacho, es tu turno. Alégrame el día.

60. Los niños y la enfermedad de papá. Lunes de carnaval

Aprovecho el anuncio de Siemens que acaban de poner en la tele para repartir buenas noches o buenos días según vayáis apareciendo. El comercial dice: “Un día, y otro día, y otro día…” Efectivamente, fueron treinta los días que me espatarré en el acelerador lineal Siemens Primus del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela para radiarme el cerebro. Pero eso ya pasó. Como somos animales de costumbres, poco antes de las dos de la tarde, que venía siendo la hora de la fritura radiactiva, hasta me puse nervioso pensando en que se me estaba olvidando alguna cita importante. No hay preso que se habitúe a la libertad en un día. Yo, además, he sido liberado con síndrome de Estocolmo hacia mis churreras. Vale, Jesús, tú también.

Atribuyo el tremendo picor de piernas de ayer por la noche a la abstinencia hacia la quimio, de la que también estoy de vacaciones durante tres semanas. Como ya se me ha pasado, ni puto caso. Al cambiar la rutina terapéutica he tenido que buscarme nuevas ocupaciones. Mejor dicho, viejas ocupaciones: me pone mucho todo lo que tenga que ver con el mantenimiento del parque móvil o de la propia casa. Para mis hijos soy Manny Manitas, el que lo arregla todo. Y para más gente, ¿verdad, Rebecop? Entre eso, los paseos, los niños y la gaita electrónica he conseguido hacer del lunes otro sábado sin tener que cruzar en rojo los semáforos ni leer a medias el periódico ni cantar hasta quedarme afónico. Pero el jueves me subiré con tantas ganas a uno de esos omnibuses de los cielos que son los aviones de Ryanair que ya me está tardando.

Sois bastantes los que preguntáis cómo llevan todo esto del cáncer y el tratamiento mis hijos, una niña de seis años y un miniyó de tres. Pues lo llevan bien porque me ven bien, así de simple. La mayor sabe que a papá le abrieron la cabeza para quitarle algo que sobraba y que ahora toma medicinas y no trabaja. Hemos ido improvisando con eso; nadie te da un manual en la consulta para que hables con tus herederos sobre el cáncer de papá. Manda el sentido común, el sentidiño gallego. No hay fórmulas mágicas. A una niña de seis años le da lo mismo el nombre de la enfermedad, su pronóstico y sus estadísticas. Si te ve bien, estará contenta; si te vienes abajo, se caerá contigo. Así de sencillo. Sí que suelo reflexionar con Ane sobre que todos estamos aquí de paso y que morirse forma parte de la propia vida. Lo hago con su vocabulario, sin misterios, sin parafernalias, sin superstición. ¿Y Flor también se va a morir?, me pregunta mirando a la gata que me acompaña desde hace casi diecisiete años. “Sí, cariño, todos”. Sin más, ya digo. No percibo traumas. En los mayores, sin embargo, sí.

El pequeño todavía es muy pequeño, pero se sintió especialmente orgulloso de mí cuando tenía la cabeza zurcida con quince grapas: “A mi papá le grapó la cabeza el doctor”, se chuleaba en el cole. Ahora está convencido de que cuando no estoy con él estoy trabajando. A él y a su hermana les leo cuentos todas las noches, los veo mucho más que antes, con aquel horario laboral sin sentido en el que vivía instalado… Así que lo llevan bien. Me preocupaba mucho que percibieran un deterioro físico causado por el tratamiento. Eso no ha ocurrido -lo del pelo es un daño menor para uno que ya se pelaba antes-, así que no hay que preocuparse.

Eso no quiere decir que los niños sean idiotas. Pero si nos comunicamos con ellos con sinceridad y en el código que entienden, nos sorprenderá lo bien que pueden reaccionar ante situaciones en las que los mayores nos hundimos. La sobreprotección y el ocultamiento sí que me parecen prácticas que no llevan a ninguna parte; si acaso, a la porra. Lo dicho: sinceridad y cariño, no hay mejor fórmula. Y dejaos de pupas, baubaus, pipís y tetes que, aunque bajitos, nuestros hijos son seres humanos perfectamente capaces de asimilar palabras como herida perro, meo o chupete. Yo estoy muy orgulloso de que Mikel le llame “pirola” a su pirola. Hay pocas palabras con tanta fuerza como pirola. Chorizo o calzoncillo, en todo caso, como decía Torrente Ballester. Y pensad, padres y madres que no llegáis para acostar a los enanos por sistema -un día malo lo tiene cualquiera-: lo que sí perciben los niños como una enfermedad es vuestra ausencia. Cuando os deis cuenta será tarde. Y no me vengáis con hostias: no hay nada más importante que ver crecer a tus hijos. Yo pienso seguir haciéndolo y vosotros deberíais, porque de lo contrario os perderéis lo mejor de su vida y de la vuestra. No me valen excusas. Yo me dejé llevar en algún momento, pero ya no. NUNCA MÁIS.

Como mañana es martes de carnaval, y ante el riesgo de que una borrasca obligue a anular el desfile que estaba previsto para la tarde, voy a recuperar un viejo texto del año 2011 que hoy me recordó Rafa Cuiña (@Rafiklalin) en Twitter. En aquellos carnavales La Voz me mandó a cubrir las fiestas por la provincia de Ourense. El 8 de marzo del 2011, lunes de carnaval también, publiqué mi experiencia en una orgía de harina y hormigas en Laza, maravillosa experiencia. Se la vuelvo a dedicar a Rafa Cuiña con un abrazo. Decía así:

Una orgía de hormigas y harina

El encanto del lunes de carnaval en Laza reside en lo primitivo de una tradición que no es para flojos. Nos precintamos de arriba abajo y adentro

Nacho Mirás. Laza. 8 marzo 2011

Una orgía de hormigas, harina y tojos. El lunes de carnaval en Laza, provincia de Ourense, es cualquier cosa menos saludable. Tiene algo de salvaje, de ancestral, primitivo… La gente lo sabe y por eso va. Laza es tierra de licor café, de bica y de xastré, un brebaje verde que visualmente no es distinto del Fairy, aunque mucho más sabroso.

En un día como el de ayer, el lugar de los hechos es la praza da Picota, en la parte alta del pueblo. Si miras a tu alrededor te darás cuenta de que se se va a perpetrar algo gordo. Todo el mundo va más o menos protegido con monos de pintor, capuchas, gafas de las que se usan para cortar con la rebarbadora, trajes antirradiación… Los que tienen experiencia dicen que lo del mono no es útil, porque las hormigas, que se lanzan a puñados, entran en la prenda y no pueden salir, que es mejor ir de calle y sacudirse. Por si acaso, vamos precintados de arriba abajo. Me miro y veo a Woody Allen disfrazado de espermatozoide. Soy un salvaje.

A las cuatro y media, la praza da Picota ya está llena. Faltan tres horas para que baje A Morena, que es una máscara con cara de vaca a la que sigue un cortejo terrible de personas que hacen el mal: lanzan hormigas, esparcen harina, te sulfatan con agua… un sindiós porcalleiro.

Como A Morena, que viene del vecino pueblo de Cimadevila, no baja hasta que cae el sol, la gente se va mazando en mayor o menor grado con los destilados locales, sin perder de vista a los peliqueiros, que sacuden latigazos con tanta saña que parecen peliqueiros de la Unidad de Intervención Policial. Hacen sonar sus chocallos, esa especie de cencerros que llevan a la cintura y que en Verín se llaman chocas. Y emprenden carreras veloces en busca de buenas espaldas para descagar sus pelicas; tan fuerte que, en más de una ocasión, la correa del látigo vuela por los aires.

De entre todos los peliqueiros de este año llama la atención uno. Es un peliqueiriño. Justo después de cruzarme el pecho de un correazo, detiene su ira -sin bajar el arma- y se deja interrogar:

-¿Cantos anos tes?

-Teño nove, vou cumplir dez o 17 de marzo.

-Pois zoscas como se tiveses quince. ¿É o primeiro ano que saes de peliqueiro?

-Si. Chámome Manuel Requejo Días.

Con la misma, sigue arreando a todo el que se le ponga delante.

De tal magnitud es el rebozado que se espera que los fotógrafos tienen que forrar sus cámaras con film de cocina. La praza da Picota está flanqueada por unas tascas neurálgicas que alimentan la graduación de la parroquia: el Café Bar A Picota y la Taberna do Ardilla -tipo listo, sin duda, el propietario-.

De los cables de la luz cuelgan trapos embarrados que volaron durante la farrapada de la mañana.

La farrapada no tiene mayor ciencia: se enmierdan a fondo un montón de trapos y se lanzan. Ahora los hacen con barro, pero la tradición era mucho más escatológica y el término enmerdar era literal.

Detrás de una nariz de payaso se adivinan los rasgos de Miguel de Lira, que se cruza con Rafa Cuíña y con Anakin Skywalker. El segundo es el único que no va disfrazado.

Pasan de las siete y media de la tarde cuando, por fin, empieza la madre de todos los fregados. En pocos minutos, la harina y la tierra llena de hormigas esparcidas por el aire hace que el día se vuelva noche. Aquí quería ver yo al hombre blanco de Colón.

Rebozado masivo

Las hormigas de Laza pican tanto que no sabes si te están lanzando insectos o cigalas rabiosas. Dicen que las cabrean con vinagre. Durante el año, la gente que organiza la fiesta va localizando hormigueros y procurando que se mantengan intactos hasta el carnaval. Por fin, Trancas, Barrancas y otro millón de congéneres acaban metidas en sacos y, después de ayer, en los sitios más recónditos de los cuerpos humanos. Y pican, carallo si pican.

El aparato con el que lanzan la harina, bautizado como Ajuria 1 -aquí se emigró mucho al País Vasco- combina una trilladora y una máquina de sulfatar. El resultado es un arma de rebozado masivo del que no se salva ni el Espíritu Santo.

La comitiva lleva también un burro con cuyo hocico frotan a las mujeres de mejor ver que se van encontrando en su camino. Recapitulemos: babas de burro, hormigas, tierra del monte, harina, agua, líquidos sin identificar, humanidad, latigazos de Manolito Requejo y de los otros peliqueiros… No hay parque temático que ofrezca más por menos.

Para terminar, una dedicada a mis hijos, esos locos bajitos que se incorporan. Pensad en la prédica de arriba: se trata de trabajar para vivir. Vivir para trabajar solo lleva al nicho y a la soledad.

“A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción. Esos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto cae a su alrededor. Esos locos bajitos que se incorporan, con los ojos abiertos de par en par. Sin respeto al horario ni a las costumbres, y a los que por su bien hay que domesticar. Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca. Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir. Nos empeñamos en dirigir sus vidas, sin saber el oficio y sin vocación. Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones, con la leche templada y en cada canción. Ni nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj. Que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós.” (Joan Manuel Serrat)

59. Robocop, Ons, licor café y Andrés do Barro

No son horas, pero me escuece la conciencia si me meto en la cama sin pasarme siquiera a saludar. Hay que ver lo rápido que se acostumbra uno a prescindir de la quimioterapia, y eso que han sido 40 noches de entrega; se ve que lo mío con la Temozolomida no era amor verdadero. No te lloro, nena. Déjame, no juegues más conmigo; déjame, en serio te lo pido…

Después de un día familiar y amoroso de intendencia, disfraces, lavadoras y dientes de leche, vengo del cine de ver la versión 2014 de Robocop. Si vais -no os va a cambiar la vida, simplemente entretiene, que es de lo que se trataba- que no os acompañe un craneotomizado como yo. Cuando al inspector Murphy le abren el cerebro para ponerle las piezas que le faltan hay un pequeño defecto de guión que solo detectamos los usuarios avanzados: “Me sabe todo a manteca de cacahuete”, dice Robocop mientras el neurocirujano le manipula el lóbulo frontal del cerebro. No, director, no es ahí. Hasta donde yo sé, lo de los olores y los sabores, las mezclas, este tipo de sensaciones, son más del temporal derecho. Después lo arreglan mientras, operando en la misma zona, hablan ya del comportamiento, de la conciencia… En todo caso, lo mejor de la película ha sido la compañía: Anne Merkel, amiga, “proletaria de la feminidad y extraterrestre entre las streetstyle” (no dejéis de visitar su blog, AnneMerkel.org) y mi hermano mayor Fernando Varela (@fervabi). Empezamos la tarde con otra perspectiva pero, como he venido haciendo yo con el cáncer, improvisamos sobre un pronóstico malo y nos salió un reencuentro cojonudo.

He redescubierto el aroma y el sabor del licor café. Ya lo tengo fijado en el lóbulo temporal derecho para siempre y si se diera el caso de que me tuvieran que volver a quitar un trozo, que no sea este, doctores Allut y Prieto. No sé si a Robocop le instalarían en el sistema operativo los matices de los aguardientes y los destilados de Galicia pero, si no lo hicieron, hicieron mal. Conste que tengo permiso médico para, sin pasarme, mojar los labios al menos. Nunca he sido de beber, pero no le he hecho ascos a semejante poción mágica y la experiencia me ha gustado. El licor café es el pentotal sódico del pobre, el suero de la verdad de la clase obrera: mira que acaba uno largando después. Eso, más una Galiburguer, nos dejaron los cuerpos en estado de revista. Encima, los del Vilalúa nos amenizaron la cena con una canción que ni hecha a propósito: O Tren, de Andrés do Barro.

El tipo que nos cortó las entradas para la película iba maquillado -aquí vivimos el carnaval incluso estando de servicio- y tenía sobre la cara una cicatriz pintada: “La tuya está bien -le dije-, pero la mía mola más”. Humor negro señalando directamente a la interrogación rematada en titanio que me cierra el cráneo desde hace casi tres meses; la cremallera de las emociones; la marca de la casa. Si pita el en el arco de seguridad del aeropuerto ya os lo contaré.

Como hasta el jueves no dan sol -justo el día en el que volaré a Cataluña para echarme a secar una semana- voy a seguir tirando del cajón de los recuerdos, esta vez para regresar a la isla de Ons, un paraíso que no deberíais dejar visitar. El reportaje que viene a continuación lo publiqué en La Voz de Galicia del 2 de abril del 2012. Por si fallara el enlace directo, transcribo el texto en el que tuve que resumir lo que dieron de sí cinco horas inolvidables. Y al final, para que arranquéis el lunes con buen pie, al tren con Andrés do Barro. Gracias, Anne y Fer, me ha gustado oleros de nuevo. Gracias también a Xerardo y a Paula por el afecto que me habéis transmitido esta tarde; siempre me habéis caído bien.

Ánimo a todos con la semana. Haced del lunes, como cantaba Paloma San Basilio, otro sábado. Oremos, hermanos: A la una, a las dos… Ooooooooooonssss!!!

Un Robinson en Bueu

(La Voz de Galicia, contraportada, 2 abril 2012)

Cinco horas en la isla de Ons

Nacho Mirás. Ons

Era un viejo sueño: patear la isla de Ons lo más desierta posible. Unos trabajos de mantenimiento en Casa Acuña me permiten acoplarme a los mecánicos y ser por unas horas un Robinson en Bueu. Fuera de temporada, en Ons solo viven tres matrimonios: Rogelio y María; Cesáreo y Victoria; y Chefa y Emilio. Ellos y el personal del Parque Nacional das Illas Atlánticas, el farero y unos operarios que están instalando una antena. Nadie más. Viajamos con la naviera Nabia, cómodos, en una lancha rápida que, en veinte minutos, nos aísla del continente. Manuel Antonio me susurra al oído: «Fomos quedando sós, o mar, o barco e máis nós…».

Camilo Pérez Otero, yerno de Cesáreo y de Victoria, les lleva víveres a sus suegros. Él nació en la isla hace 43 años, es un auténtico illán. «Non deixes de ir ao Burato do Inferno -me recomienda-, contan que un alumno da Armada foi escalar alí, e alí morreu. E, de praias, para min Melide é a mellor. Aquí, os ritmos son outros, e o mellor de todo no inverno e fóra de tempada é o silencio».

Desembarcamos sin novedad. Dejo atrás a la humanidad y, desde la zona de O Curro, zapatilleo con rumbo sur. Quiero llegar al Mirador de Fedorentos y al Burato do Inferno. La ruta sur tiene 6,2 kilómetros, un desnivel de 86 metros y el tiempo estimado para completarla, entre la ida y la vuelta, es de dos horas y media. Pan comido.

Voy pasando por encima de las playas de Area dos Cans, Canexol, Pereiró… Dejo las últimas casas a mi espalda y, armado de mochila y mapa, me transmuto en Dora, la Exploradora: «Camino, ladera… ¡Moooonte de toxos!». No tengo un mono que me acompañe, pero, cuando estoy a punto de llegar al mirador de Fedorentos, se me acopla un conejo insensato que ni me teme ni me huye. «¡Te llamaré Jueves!», le digo. Jueves me sigue a saltitos, se deja acariciar, husmea, sube y baja hasta que, de pronto, nuestros caminos se separan y él se pierde entre la maleza.

En el mirador, una gaviota de la Luftwaffe me caga en la gorra. Ahora, el fedorento soy yo. Al norte tengo A Lanzada y la península de O Grove; de frente, la vista abarca desde Marín a cabo Silleiro. América no se ve al oeste, pero está. Caminando hacia el Burato do Inferno, los tojos me rascan las pantorrillas. Las aves marinas lloran sobre el agujero en el que, según Camilo, se despeñó un militar. Me asomo lo justo, por si se me cae el alma. Completo el itinerario circular y el paisaje cambia, del acantilado agreste a la leira; es como recorrer una maqueta de Galicia entera, de Ribadeo a Tui. Me zampo dos manzanas mientras emprendo la ascensión al faro (hora y media la ruta completa) para regresar por la ensenada de Caniveliñas. Descubro un microhábitat acotado para insectos xilófagos; un sanatorio de termitas. Almuerzo en la zona de acampada. El viento me come la oreja y me despeina las servilletas. Siento tentaciones de perder el barco de vuelta y quedarme a fundar. Quizás en otra vida. Regreso crecido. Cinco horas en el paraíso.

Amigo Andrés do Barro, es tu turno. “Alguén pode ser que me espere na estación…” Sería bonito.

 

58. El quiosco sigue abierto

Buenas noches. No, no me voy todavía. Que me hayan dado vacaciones terapéuticas no quiere decir que vaya a abandonar estas memorias sanitarias. Escribir me hace bien y no creo que os haga mal. Pero comprenderéis que las dos últimas jornadas, con las que completé treinta sesiones de radioterapia en la churrería atómica y cuarenta de quimio jugando al Quimicefa en casa, han dado mucho de sí. Todavía no me he mentalizado de que ya no me tengo que drogar por las noches, al menos, hasta el 25 de marzo. Ese día comenzarán los ciclos de los que ya os he hablado: cinco días de Temozolomida al doble y pico de dosis que hasta ahora por veintitrés de descanso; la vida hippie revisitada. Un capital público en veneno que te resucita.

Lo del viernes en el acto de jubilación del personal del área sanitaria de Santiago creo que salió muy bien. Acabé oliendo a las colonias de medio centenar de señoras estupendas que, aunque insistían en que estaban en edad de retirarse, daba gusto verlas. No, no es peloteo, estáis hechas unas chavalas. Me gustó dar las gracias en persona a quienes desde la sanidad pública nos traen al mundo y se empeñan en mantenernos en él. La crónica del acto la escribió de maravilla, como hace todo, mi compañero y amigo de La Voz de Galicia Joel Gómez y la podéis leer aquí (publicada en la edición de Santiago del 1 de marzo).

Alguien me ha preguntado cómo acabó la cosa en la churrería atómica. Pues acabó bien. Me frieron por última vez, me dejaron al punto, nos despedimos y, como son unos salados, salamos el asunto. Cuando el lunes den las dos de la tarde y escuche los pitos de la Cadena Ser para dar paso a José Antonio Marcos se me va a hacer raro no estar atornillado a la camilla del acelerador lineal Siemens Primus. Pero, queridos churreros, estaré pensando en vosotros, ya lo sabéis. Fotones verdes son traidoreeees… azules son mentireiros….

Vengo emocionado de escuchar en directo a SonDeSeu, la primera orquesta folk de Galicia. Ya, no me pierdo una, pero es que un tipo en mis circunstancias no debería perderse ni media. Es parte del secreto del ánimo que me acompaña. Dirigida por Rodrigo Romaní, en esta formación tocan algunas personas con las que compartí ritmos, escenarios e incluso cosas muchísimo más importantes hace tantos años que me acuerdo como si fuera ayer. Si los veis anunciados, no dejéis de ir. A la salida he firmado un autógrafo en un disco suyo, cosa por la que la SGAE no dudaría en procesarme. ¿Qué coño hace usted firmando las obras de otros, impostor? Yo es que nunca digo que no a quien se merece el sí; debe de ser un poso de la catequesis.

Para celebrar el primer domingo de libertad condicional, y en la confianza de que no me tengan que ingresar con síndrome de abstinencia en Proyecto Hombre -soy buen amigo de Ramón Gómez Crespo, no creo que me pusiera grandes problemas-, voy a rescatar del pasado un suplemento que me va a quedar larguito. Pero como tiene varios capítulos, podéis usar esos ratos muertos en el váter para ir leyendo. Ah, no, que vosotros sois de los que jamás se llevan el móvil al cuarto de baño; solo veis los documentales de la 2 y, para eso, en el sofá.

Como Dios sigue confabulado con Santiago Pemán para que los de Compostela podamos llegar al Obradoiro en submarino, os propongo que nos quitemos el musgo en Andalucía. Viajamos al año 2010, mes de agosto. La Voz de Galicia me envió al sur para una cobertura informativa que, en un primer momento, me pareció surrealista: “¡Te vas a cubrir la Visita de Michelle Obama a Marbella, haz la maleta!” “Estáis de coña… ¡Que estoy llegando a Carballiño!”, respondí. Pues tuve que regresar sobre mis pasos y subirme a un avión. Además de las crónicas que escribí para el periódico en aquellos días me explayé en un blog. Me lo pasé como Dios y, encima, me pagaron. Yo me hice periodista para esto, no para ir a ruedas de prensa en las que ni siquiera te dejan preguntar. Así que, como dijo el subdirector, haced las maletas, que os vais a cubrir a la mujer de Obama. Suena fuerte ¿eh? Es importante seguir el orden de los capítulos porque, según avanza el relato, se van incorporando personajes fundamentales. Nunca he sido buen fabulador, así que lo que conté entonces es lo que ocurrió. Animaos, veréis cosas que no creeríais. Y al final, como siempre, el minuto musical.

1. Esperando a Michelle. Toma 1 (4 agosto 2010)

2. Esperando a Michelle. Toma 2 (4 agosto 2010)

3. Michelle ya está aquí.

4. Michelle se va de tiendas

5. Salvar al helado Ryan

6. La toma de Playa Bella.

La realidad es que llueve en Santiago. Chove en Santiago, meu doce amor. Luar na Lubre con Ismael Serrano sobre unos versos que Federico García Lorca le dedicó a mi ciudad, vuestra casa. Traed paraguas. Continuará.

57. No se vayan todavía, ¡aún hay más!

¿Noche de jueves? Me voy a escuchar a French Connection Quartet a la Casa das Crechas. Pero no voy a dejar tirados a los que se niegan a irse a la cama sin noticias rabudas. Estoy abrumado y agradecido a partes iguales. Además, saber que mi amiga Noa Díaz le da la teta a Nara a eso de las cinco de la mañana leyendo mis memorias sanitarias es toda una responsabilidad. Hoy va por vosotras, guapísimas. Por eso escribo ya y, como decimos en el periódico, me marcho antes de que pase algo. Además, tengo que ordenar un par de ideas para soltar mañana a las 13.00 en el acto de homenaje al personal del área sanitaria de Santiago que se jubila. Lo celebramos en el aulario, que también es un poco mi casa como profesor asociado de la USC que soy. Una sesión de freidora más, dos raciones de citotóxicos asesinos y vacaciones.

Hemos tenido un simulacro de sol por la tarde y daba gusto ver a la gente echarse a la calle para deshumidificarse y para protestar. A eso voy yo a Barcelona la semana que viene: a secarme. Por los ecos que me llegan, hay quien agradece que recupere viejas historias y las coloque aquí. Normal, no todo van a ser enfermedades. Hoy quiero darle las gracias de manera especial a Pablo Alcalá por dedicarme este artículo en ABC. Lo podéis leer directamente en el enlace o también aquí, que se lo merece. Pablo y yo no nos conocemos de nada, pero la hostelería compostelana tiene remedio para eso. Después recupero una historia que escribí hace unos meses, recreando el viaje de Eva Perón, Evita, a Santiago de Compostela en 1947. Y permitidme que cierre el post con la música que Kim Carnes le dedicó a los ojos de Bette Davis. Esos ojos. Como decía Jack el destripador, vamos por partes.

De oncología y ortografía

Pablo Alcalá (ABC Galicia) 27 febrero 2014

Aunque no conozco a Nacho Mirás, llevo unas cuantas semanas acostándome con él. Últimamente, en realidad, he cambiado la rutina ante las sospechas de mi esposa, que me ve reír, sonreír, fruncir el ceño y hasta los ojos vidriosos mirando el teléfono, y empieza a sospechar que en vez de irme a la cama con un señor y un astrocitoma anaplásico grado III me despido entre nostálgico y feliz de una amante de guasap ligero.

 Ahora lo dejo para las mañanas. Hijo con mal despertar, ducha, café, pañal, correo electrónico, radio, guardería, prensa, coche, teléfono, correo físico y… Mirás. Esa hora y media ajetreada que me separa de rabudo.com la vivo con impaciencia. «¡Puñetas, cómo escribes, Mirás!», me digo cada nueve de la mañana, con esa sensación frustrante de que todo lo que tú vayas a escribir a partir de ese chorreo de emociones radioactivas con retranca balsámica va a importar bastante nada. Tal es el talento del escribiente.

 El citado autor tiene dos características que disgustarían a cualquier padre de familia que quisiera a su hijo: es periodista y tiene cáncer. Mezclando ambas desgracias, Mirás vuelca en un blog, ya bestseller, su personalísima batalla con lo que viene a llamar «un inquilino de renta antigua que ahora, descubierto, se expone a un desahucio inmediato». Y lo hace tan bien, que casi olvida uno que está hablando de un puñetero cáncer.

 Da pudor escribir esto. Primero porque se me adelantaron hace tiempo unos señores de esos capaces de escribir una notificación de embargo y que parezca merecedora del Cavia. Además porque no le conozco, pero es que Mirás ya es un poco de todos.

 Ocurre también que él lleva 10 goles y el tumor un par, así que me he comprado la bufanda del que va a ganar el partido. Me apunto el tanto antes de que me pase como en los 90, que yo seguía siendo del Rácing de Ferrol y no había quien tomase una copa sin cara de pardillo entre tanto deportivista venido a más. Aquí un hooligan, Mirás. Por delante y por detrás.

Ahí va la visita de Eva Perón a Santiago contada en primera persona. Ya sabéis que soy un freak que viaja en una Vespa del tiempo. Me fui al 20 de junio de 1947 de una patada. La crónica la publiqué en La Voz de Galicia el 16 de junio del año pasado, sin prisas. Y, al final del relato, las propinas musicales.

No llores por mí, Compostela

“Una jornada inolvidable de emoción intensísima y de fraternidad hispano-argentina con motivo de la llegada de doña María Eva Duarte de Perón, esposa del presidente de la República del Plata». Así arrancaba el relato de la visita a Compostela de un mito rubio y argentino en La Voz de Galicia del 20 de junio de 1947, un día después de que Evita, la única, la irrepetible, la gran valedora de los descamisados, llegase a la ciudad en una parada de su gira española. Fueron unas pocas horas, pero suficientes para desatar una de las mayores apoteosis ciudadanas que se hayan vivido jamás en las calles de Santiago.

Con la excusa de la mini serie emitida recientemente por Televisión Española y con la portada de La Voz como guía, arranco mi Vespa del tiempo de una patada y me planto en la Compostela alterada de 1947. Si quiere venir de paquete, hay sitio; verá cosas asombrosas.

Nos vamos directos al «campo de aviación» de Lavacolla, que es una manera pretérita de referirse a nuestro aeropuerto. Según la página que llevo en el bolsillo, a las 12.50, exactamente, divisaremos en el horizonte la escuadrilla que escolta el avión presidencial. ¿La ve? ¡Ahí está! Y justo detrás, como bien escribe el cronista de la época, el DC-3 «que ocupa la ilustre dama», pilotado por el comandante Ansaldo. Las aeronaves de apoyo, comandadas por un tal Araújo desde el aeródromo de Guitiriz, vigilan el aterrizaje desde las alturas; esto es una visita de primera división. Si nos colamos entre la multitud aún veremos más. Por ejemplo, cómo la esposa del ministro de Marina recibe a «doña María Eva» -como la llama el Régimen- con un ramo de flores. En la recepción no falta nadie, desde el ministro del Aire, el general González Gallarza, al capitán general, señor Mujica, o los gobernadores civiles de las cuatro provincias. Pero lo realmente interesante viene después del acto protocolario, cuando arranca una formidable caravana automovilística con dirección a Santiago.

He conseguido colarme en el coche de la prensa enseñando únicamente una libreta. Todo el mundo está tan alterado con el despliegue que ni se han fijado en que mi pinta no es exactamente la de un periodista de posguerra. Para no levantar sospechas, hago como que tomo notas, aunque llevo el programa cerrado en el bolsillo y sé perfectamente todo lo que va a ocurrir; ventajas de viajar en el tiempo.

Tal como dice el periódico que me he traído del futuro, entramos en el pueblo por Concheiros y por la Cruz de San Pedro, donde nos esperan el alcalde, la corporación y una batería de artillería con estandarte. Y lo hacemos por lo que hoy sería dirección contraria. Como para que se nos averíe la línea espacio-temporal y suba el 6 en dirección a San Lázaro. No quiero ni pensarlo. Miles de personas se agolpan a ambos lados durante todo el trayecto. ¡Franco, Franco, Franco! ¡Perón, Perón, Perón! ¡Evita, Evita!, gritan los ciudadanos, ya sea voluntariamente o inducidos. Doña María Eva contesta con uno de esos gestos automáticos de mano que se aprenden en las academias de protocolo. Subimos por Casas Reais, enfilamos Cervantes y, por fin, la caravana se detiene frente a la fachada de la Inmaculada. Mires a donde mires solo hay gente que vitorea. Toca caminar ahora por debajo del arco de palacio, que en 1947 todavía no tiene incorporado el gaiteiro de serie. La ilustre dama lleva un peinado digno del mejor estilismo de mediados de siglo y se cubre la cabeza con un sombrero que recuerda a los que usan las campesinas. ¿Será un guiño? Aunque tiene solo 28 años aparenta muchos más, pero es la elegancia personificada. Una diva, una diosa caída del cielo para unos españoles necesitados de glamur y de pan, todo sea dicho.

«¿Ha visto cómo está el Obradoiro, Alvite?», le pregunto a un compañero de la prensa.

-Dirá la plaza de España…

-Claro, perdón, no sé en qué estaba pensando.

-¿Y todas esas personas de blanco en el balcón del Hostal de los Reyes Católicos?

-Eso es un hospital. ¿De dónde ha salido usted, señor? ¡Son los médicos y las enfermeras!

La comitiva entra en el Ayuntamiento, pero yo me quedo a pulsar el ambiente. La gente saluda con pañuelos y echa vivas a la Argentina cuando La Perona abanica con los dos brazos abiertos desde el balcón de Raxoi. ¿Les he dicho que hace un calor horrible? «¡¡Relindaaaa, sós como una diosa!!», le grita con acento argentino un señor orondo que está a mi lado. Lo que sucede en el ayuntamiento está en las hemerotecas: ofrendas, discursos, la medalla de oro para su marido, más discursos… Intermedio.

Evita se lleva de Santiago tantos regalos que le hará falta sitio en el avión: una imagen del Apóstol peregrino de 30 centímetros, una talla en azabache de Mayer, un álbum… Procuro no perder de vista al fotógrafo Artus -el hijo- que se conoce al dedillo el programa y tiene que retratar la visita para La Voz. Es él el que me cuenta que Evita ha estrenado con su firma el Libro de Oro de Santiago.

-¿Y qué ha escrito?

«¡No sé, pelotudeses!», bromea Artus fingiendo acento austral.

«Minutos después -leo en la crónica de La Voz del día siguiente- doña Eva Duarte abandonó las casas consistoriales, siempre entre las fervorosas manifestaciones de afecto y simpatía de pueblo santiagués». Vuelva a leer esta frase imaginándose la voz de Matías Prats padre, hágame caso.

La comitiva camina ahora en procesión hasta la catedral detrás de la Virgen de Luján. Veo a lo lejos al doctor Souto Vizoso, obispo auxiliar, que aguarda a la dama a pie de escalera. ¿Este sabrá que está casada por detrás de la sacristía? Y tanto que lo sabe. Dentro de la catedral, ceremonia solemne, discursos, botafumeiro y lleno absoluto.

Evita sale del templo por Platerías, «donde el gentío le tributa nuevas ovaciones y vítores». Subida en un impresionante descapotable recorre la Rúa do Vilar hasta el Hotel Compostela. La gente le entrega ramos «con delirante entusiasmo», que ella va arrojando, flor por flor, al público, a sus descamisados. Yo recibo una y me la guardo, porque siempre me he sentido un descamisado. En la recepción del hotel la agasaja con otro ramo el violinista Manuel Quiroga. Si quieren revivir el saludo desde el balcón del Compostela, busquen en Internet el NO-DO número 243B.

Ameniza la comida la masa coral de Educación y Descanso. Antes de salir hacia Pontevedra, Evita plantará un abeto en la explanada de la residencia de estudiantes, el único vestigio que encontrarán de su visita 66 años después. Búsquenlo; lo llaman La Perona.

Y acabo. Ahí van los ojos de Bette Davis cantados la voz rota de esa rubia platino que es Kim Carnes. ¡No se vayan todavía, aún hay más!

Sí, señores. Despedida y cierre a lo grande con otro de mis clásicos. Johnny Hallyday. Este fulano sí que es la rehostia en verso. Que je t’aime.

56. Entre dos mundos, entre dos aguas

“Nunca había caminado tanto ni había comido tantos bombones como desde que trabajo en este hospital”. Me lo dijo ayer, después de la sesión de radioterapia número 28 de 30, la técnica que me frió la cabeza en el acelerador lineal Siemens Primus con tanto cariño que casi me quedo dormido. La de corriente que le tengo que estar gastando a la Consellería de Sanidade. Sabiendo lo caro que está el kilowatio hora, no quiero ni pensar a cómo saldrá el kilo de fotones. ¿O se venderán por litro?

Lo de andar mucho que me decía mi churrera viene porque el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela es más horizontal que vertical. Atrás quedaron aquellos pirulís como el Xeral de Vigo, antigua Residencia Sanitaria Almirante Vierna, donde yo nací el 4 de julio de 1971, con más de veinte pisos; sanidad preconstitucional en caída libre. Por eso la técnica dice que camina mucho entre departamentos cada día. En cinco pisos y tres sótanos hay que resolver todas las instalaciones que antes se metían en rascacielos, así que toca recorrer mucho pasillo de nuestro señor. Y lo de los bombones -un exceso bien se compensa con el otro- es una prueba de que los pacientes de radioterapia somos público agradecido. ¿Preferís pues algo saladito? Yo quería agasajaros el viernes, cuando me friáis por úlitma vez. Llevar callos al hospital me parece un poco arriesgado; algo se me ocurrirá, pero tampoco esperéis sushi.

Hoy me he ganado el sueldo, caminando arriba y abajo por toda la ciudad como si la vida me fuese en ello. En cierto modo, la vida me va en ello. Mi oncólogo insiste en que gaste mucha zapatilla para eliminar toxinas. Hoy, como un control de la Guardia Civil por sorpresa, voy y me lo encuentro en la Porta Faxeira.

-¿Qué haces?

-Caminar, como me mandas.

-Eso está bien.

-Mira la prueba (entonces levanté un zapato y le mostré la suela consumida de unos Camper que me costaron un pastón poco antes de Navidad. Ya no lo quedaron dudas).

En el paseo de la tarde incluso he parado en una iglesia. No lo hice por mí, sino por acompañar a un amigo policía que tiene fe y suele entrar a echarle una oración rápida, incluida esa pequeña coreografía del alma que es hacer la señal de la cruz desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad; santiguarse, vaya. Yo soy más de bostezar. Pero respeto profundamente a los que hallan en la fe el consuelo y el remedio que yo encuentro en otras alternativas, desde tocar la gaita a escribir mis memorias sanitarias o hablar con el hombre que siempre va conmigo.

Ahora que me ha dado por reeditar viejos escritos, me sorprende que haya personas que se acuerden de cosas que leyeron hace un montón de años. Ya que hablamos de rezos,  mi amiga Eva Sandino, que no es precisamente una crítica complaciente, me pidió hoy por Whatsapp que volviera a colgar la crónica de una peregrinación europea de jóvenes católicos que escribí… ¡en 1999! Hace quince añazos. Aquella cobertura informativa fue la crónica de una invasión. A la jerarquía le pareció tan irreverente mi página que desde el arzobispado compostelano llamaron al director y al dueño de La Voz de Galicia para que me sometieran a un consejo de guerra que, de haberse celebrado, podría haber acabado con un fusilamiento al amanecer. Lo que se llama espíritu cristiano, vaya. Total, porque utilizaba, según decían en palacio, algunas expresiones que de ninguna manera se podían admitir. Solo me faltaba que me controlara los textos el Espíritu Santo. Dieron en hueso. 

Yo simplemente me limité a contar el exceso de celo con el que una invasión alienígena de jóvenes tomó al asalto la capital de Galicia en el nombre de Jesucristo. Os juro que fue, como diría Enrique Iglesias, casi una experiencia religiosa. No me inventé nada. Es más, me quedé corto. A mí tampoco me gustan muchas cosas que dicen los curas en las misas y no por eso voy por ahí pidiéndole sus cabezas al Papa. En cualquier caso, aquello ocurrió hace tiempo así que, por mi parte, monseñores, pelillos a la mar. Querida Eva, ahí te va aquella crónica que empezaba “Solo faltó María Ostiz bajando en ala delta” y por la que casi me crucifican en el monte Pedroso. La empresa me avaló y ni siquiera tuve la necesidad de resucitar. Aquí estoy, quince años después, de cuerpo presente y sin rencor.

Catequesis a discreción

El arzobispo de Santiago dio la bienvenida a los miles de jóvenes que participan en el Encuentro Europeo

(Publicado en La Voz de Galicia el 5 de agosto de 1999)

Nacho Mirás. Santiago

Sólo faltó María Ostiz bajando en ala delta. Imagínese una sesión de catequesis para cinco mil personas. Cientos, miles de catequistas cambiando la guerra por el amor y el pecado por la penitencia. Pues así fue ayer el acto de bienvenida que el arzobispo de Santiago brindó a los muchachos que participan en la Peregrinación y Encuentro de Jóvenes Europeos. Todo lo que se diga sobre el acto es poco y sólo vivir la celebración en carnes propias puede servir para hacerse una idea de lo que fue Santiago ayer por la tarde.

Sobre las seis, varios miles de chicos y chicas, monjas blancas de hábito negro, monjas negras de hábito blanco, curas recién ordenados, simpatizantes de las órdenes más diversas, guitarras con bandolera, pañuelos, gorritas identificativas y mochilas de peso escaso tomaron literalmente las aceras de la rúa do Hórreo. La tropa aguardaba a los compañeros que llegaban en tren desde la estación y que no pudieron contener las lágrimas con semejante recibimiento, mezcla de emoción y asalto.

Eran casi tantos como en la última manifestación del BNG, sólo que las consignas no tenían mucho que ver, ni tampoco las banderas: «Somos una familia, un auténtico mogollón», gritaban hasta desgañitarse en la zona de la praza de Galicia; «Cristo me ama, Cristo me ama», contestaban otros, completamente convencidos de que, en efecto, Cristo les ama. «A-ba-ni-bi-aboebé» —que, como todo el mundo sabe, quiere decir «te quiero, amor»— , bailaban los más modernos, arropados por los acordes guitarreros de una sor con sandalias e inspirados en un ídolo profano como es El Chaval de la Peca.

Todos en piña, arrasando con los peatones a su paso, pasando de las señales, los semáforos y los policías locales, se concentraron en el Obradoiro para participar en la Liturgia de la Palabra que presidió Julián Barrio.

«¡Que bote el arzobispo, que bote el arzobispo!». Y el arzobispo botó. Discreto, pero botó. De repente, la plaza se convirtió en el festival de la OTI. Nunca un acto religioso había sido tan festejado. Parecía que fuese a dar la eucaristía Michael Jackson. En lo alto, a las puertas de la catedral, el clero, con Julián Barrio, Ricard María Carles y el cardenal Rouco Varela al frente. Abajo, en la platea, miles y miles de devotos.

«Ahora podríais hacer ondear las gorras y los pañuelos», pedían desde la tarima. Y la muchedumbre respondía a gritos al llamamiento. Se oyeron mensajes de profundo contenido católico polaco, inglés, alemán, español. Pero el plato fuerte fue cuando salieron a las escaleras de la catedral una especie de Spice Girls peregrinas, también apodadas in situ las «chicas botafumeiro»: cuatro chavalas con pantalones ajustados que cantaron y bailaron el himno del encuentro al más puro estilo G iorgio Aresu. «Arriba, arriba, abajo, abajo, uno dos, uno dos…». Resulta que eran italianas y se llaman Hope Music. Pero fueron, sin duda, la bomba, el contrapunto discotequero en sesión de tarde de un acto que se pretendía solemne.

Luego vinieron los mensajes del arzobispo santiagués en varios idiomas y se cantó a pulmón partido Mensajeros de la vida, de la paz y del perdón, un clásico de las liturgias, según los entendidos. «Que el Dios de la esperanza os colme de paz y de alegría en vuestra fe», dijo Julián Barrio a los jóvenes que, a la vista saltaba, andaban sobrados de alegría. El broche final lo puso la Royal Bagpipe Band of the Diputation of Ourense, nombre internacional con el que los jóvenes peregrinos conocieron a la banda de gaitas de la Diputación ourensana, muy en la línea de la cosa anglosajona tanto en sus interpretaciones como en las coreografías marciales y castrenses que se marcaron en medio de la plaza.

Lo de ayer sólo fue el cohete de salida de una concentración que durará hasta el próximo fin de semana y en la que, según la organización, participarán unos cincuenta mil jóvenes. Los compostelanos tendrán que tener paciencia hasta el domingo, pues los peregrinos demostraron ayer que no vienen a Santiago en plan muermo.

¿Verdad que tampoco era para tanto? Yo suelo decir a quien se molesta por algunas lecturas que escojan otra opción entre las que hay en el quiosco. Solo jodería. Me voy a ir a la cama con la Temozolomida puesta, con esos 150 miligramos de citotóxicos que me envenenan lo bueno para fulminar lo malo. Estoy muy afectado por la muerte de Paco de Lucía. Monseñores, Dios está demostrando muy poca sensibilidad con la guadaña, no me lo negarán. No se puede andar por ahí haciendo el indio con la motosierra. Y lo de las borrascas perpetuas en las que vivimos instalados en Galicia es como para darle de comer aparte o hacerse budista.

Doble ración, para finalizar, de minutos musicales. Para arrancar, la voz de Leonard Cohen (gracias, Lola Camiña, por coincidir en gustos). De postre, Entre dos aguas, de Paco de Lucía, cuyos dedos me gustaría tener trasplantados para tocar con ellos a la gaita una muiñeira atómica que resonase en las ruinas del purgatorio. Buenas noches. Vivid antes de que la vida os mate, como le pasó a Paco.

55. Un martes más, un miércoles menos. Una de curas

Hoy os dejaré pronto, que me ha venido todo el sueño junto. Los martes son un coñazo. O lo han sido, porque, después del viernes, ya no tendré que pisar más el hospital hasta el 25 de marzo. Me han chutado, me han analizado los fluidos, he tenido visita con el oncólogo… Todo en orden. El roble sigue vertical, con menos hojas pero con las mismas ramas. Tengo bajos los leucocitos, vale, pero entra dentro de lo normal. Va a ser que leucocitos están sobrevalorados.

Llevo bastante bien lo de ir saludando por el hospital; soy la Leticia Ortiz de la oncología compostelana. Aunque Josep Plà distinguía entre amigos, conocidos y saludados, creo que en los últimos meses ha habido un montón de cambios y saltos entre las tres categorías. Amigos que han pasado a ser saludados; conocidos y saludados que se han convertido en amigos… El tiempo y las urgencias suelen poner a cada uno en su sitio. Está bien hacer limpieza general, que cuando te das cuenta tienes la casa llena de trastos inútiles y escasa de las cosas necesarias.

Solo voy a seguir escribiendo esta noche mientras me llega la hora de la droga dura. Así que después me entregaré en cuerpo y alma al edredón nórdico y me dormiré oyendo llover. Por cierto, el edredón nórdico es una de las consecuencias de una novia alemana que tuve en la universidad. Hasta 1992 yo era de mantas y colcha, pero ella cambió eso y más cosas. ¿Cómo era esa frase de José Luis Alvite? Ah, sí: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre”.

Hoy me he encontrado por la calle a un montón de personas. La difunta madrina Celia, que era la Agustina de Aragón de mi familia -madrina de mi madre, de mi hermano y de la boda de mis padres-, distinguía siempre claramente entre personas y gente: “Hai moita xente -decía-, pero persoas poucas”. Por eso digo que esta tarde he saludado y me he parado con un montón de personas. Os diré que estas memorias sanitarias tienen más de una lectura. Intento decir muchas cosas sin decirlas, lo mismo que obvio otras. Hay mensajes cifrados, hay frases en código, dedicatorias escondidas… incluso aflora, sin yo buscarlo, algún que otro rencor. De fogueo, nada preocupante. En todo caso, confío en que los interlineados lleguen a los destinatarios. Ya sé que algunos saben leer perfectamente entre líneas.

Por petición os dejo de nuevo el enlace al programa Expreso de Medianoite que compartí el sábado pasado con Victoria Rodríguez en la Radio Galega. Victoria es todo sensibilidad y me hizo sentir muy a gusto en el compartimento de este convoy autonómico. Son tres cuartos de hora de viaje que podéis escuchar desde aquí. Ya me voy, pero antes, en este intermedio del cáncer, voy a rescatar un post del pasado para dedicárselo a mi amiga Tere Ferreirós Criado, a propósito de un encuentro episcopal que ha tenido estos días en los dominios de Dios. Lo escribí en noviembre del 2010, cuando viajé a Barcelona en acto de servicio para cubrir la consagración de la Sagrada Familia. No todo el mundo puede presumir de haber viajado en avión con toda la Conferencia Episcopal Española al completo. Para ti, Tere, en rigurosa reedición. Hasta mañana.

La trastienda del Papa 

(Barcelona, noviembre 2010)

Tengo que hacerme mirar esta facilidad pasmosa que tengo para encontrarme frikis por la calle. ¿Cuántas posibilidades hay de que te envíen a Barcelona a cubrir una visita del Papa y tropieces con el Padre Apeles? Pues a mí me ha pasado hoy. No pude evitar la tentación de sacarle una foto con el móvil. “Si no lo hago -me dije- no me creerán”. Apeles vestía sotana hasta el suelo, parecía un cura en traje de noche en un capítulo revenido de Amar en tiempos revueltos.

Junto al pinturero Apeles, dos idiotas arborescentes se dejaban la garganta: “¡Viva España, una y católica!”. Miré a mi alrededor, convencido de que, en cualquier momento, aparecería el caudillo bajo palio. Entiendo a los católicos y a sus razones, incluso las que no comparto -aún no he apostatado, así que hablo desde dentro-, pero no comprendo a los fanáticos y soy completamente incapaz de respetarlos. “¡Viva España, una y católica!”, seguía vociferando el idiota mientras yo me abría paso en esta cuadrícula maravillosa que es el Eixample barcelonés, una ciudad de papel milimetrado. Allá lo dejé, desbocado junto a Apeles. Carne de cañón.

Ha sido interesantísimo el viaje desde Santiago a Barcelona a bordo del Papa Force Two, el avión especialmente fletado por la Conferencia Episcopal Española. Los de Iberia, que se deshacen en atenciones con el clero, incluso le pusieron a los asientos unos reposacabezas conmemorativos de la visita de Ratzinger. Y, así, me encontré con que, durante todo el viaje, Benedicto XVI me hacía masajitos castos y píos. Llegué a temer que hubieran sustituido el chaleco salvavidas por una casulla. ¡Dios, ¿¿cómo inflo una casulla??! ¿Soplando por un tubo?
En el avión iban facturados cien obispos y arzobispos y, en las plazas sobrantes, los chicos de la prensa. Estaba convencido de que rezaríamos en medio de la travesía, como en aquel viaje en autobús a Torreciudad con el cura de A Salgueira, que era del Opus; empezamos con el rosario en Benavente y acabamos en el desierto de Monegros. Menudo recital.

Pero no, nada de rezos en el aire. Después caí en la cuenta, claro, de que Dios nunca daría de baja en acto de servicio a la Conferencia Episcopal toda junta. Eso obligaría a Nuestro Señor a replantear la empresa y a convocar concurso de méritos. O, lo que es peor, a un cierre patronal. Viajé, por lo tanto, con una seguridad desconocida, como si el avión lo pilotara directamente la Virgen de Loreto, patrona de la aviación.

Mientras la aeronave llegaba y no llegaba a buscar tan selecta carga, en Lavacolla conversé con monseñor Luis Quinteiro, obispo de Tui-Vigo; y también con Alfonso Carrasco Rouco, obispo de Lugo y sobrino del cardenal Rouco Varela. He entrevistado a ambos, así que ya nos sonábamos. Aunque lleva poco tiempo en Vigo, Quinteiro le tiene perfectamente tomada la medida a sus parroquianos, a la esencia de cómo somos en esa ciudad donde, detrás de cada farola, sale en su defensa una asociación de vecinos; nos tiene calados. Rouco me sorprendió cuando, del bolsillo de su chaqueta de obispo, sacó un flamante iPhone negro. “Caramba, monseñor -le dije- está usted a la última”. Carrasco sonrió -todos los del iPhone ponemos risa tonta cuando nos adulan- y nos pusimos a hablar de nuestros teléfonos móviles como solo sabemos hacer los devotos de San Steve Jobs. Tengo que desmentir a mi compañera Tamara Montero, que está convencida de que todos los curas hablan “en cura” -así le llama a esa manera de expresarse canturreada y aguda que se enseña en la escuela oficial de idiomas del seminario-. Fuera de servicio, algunos obispos son magníficos oradores.

Con Quinteiro hablé de la sociedad civil y para nada intentó plantar olivos ni recoger espigas por el camino. Soy terreno duro. Y con Rouco, del último IOS del iPhone. “Yo espero a que salga el 5 ¿Para qué quiero el 4?”, me dijo vacilón. La de puntos Movistar que debe de tener la Conferencia Episcopal Española. A pesar de las tres horas que duró la ceremonia de hoy -alguien debería convencer a la Iglesia de que, a veces, menos es más- vengo razonablemente satisfecho, sobre todo en la parte musical. He descubierto que, bien cantadas, las letanías no tienen que tener la monotonía insoportable del sorteo de Navidad. Es más, el recitado de santos se me hizo corto, arropado por ochocientas gargantas del Orfeó Català, el coro Sant Jordi y la Escolanía de Montserrat, entre otros. Qué delicia. Me pasó con la misa flamenca de Enrique Morente que viví en la basílica de Saint Denis de París.

Tal como ordenaba el protocolo, he ido de traje a la consagración. Reconozco que el traje me queda bien, pero yo no me veo. Para diario soy más de Decathlon. “Neno, qué bien te queda el traje”, me dice mi madre, que siempre que me quiere halagar empieza las frases por “neno”. El caso es que, al ser gris oscuro e ir combinado con una camisa negra sin corbata, me dio la impresión de que mi presencia, más que seductora, era pastoral. Solo así se puede explicar la sonrisa piadosa que me dedicó una voluntaria del Arzobispado de Barcelona que, por cierto, tenía un interesantísimo piercing en la nariz. Yo creo que, nada más verme, sintió ganas de confesarse. Pero… estoy pensando… ¿y si la mirada no era piadosa? No, seguro que sí que lo era… ¿Y si no era?. Vengo de Barcelona ungido de santidad, no cabe duda.

Tres horas y pico de misa hoy, más todas las visperas de Santiago… ¿No podría convalidar todos estos créditos por una docena de mis peores pecados? Como nos colocaron en una tribuna en el segundo nivel de la Sagrada Familia, el humo del incienso que quemó el Papa para purificar la basílica menor subió sobre su cabeza y acabó incrustado en mi traje de legionario de Cristo del servicio secreto. He estado todo el día oliendo a tiraboleiro y me acabo de dar cuenta ahora, al llegar al hotel y quitarme la ropa. Si me pilla Armando, el tiraboleiro mayor, me para girando y acabamos fundidos en un tango. Va a ser por el olor y por la camisa negra por lo que me hacía ojitos la del piercing. Y es que uno ya tiene una edad y con las canas supongo que infunde una mezcla de ternura, seguridad y absolución latente. Aunque… ¿y si no era eso? ¡Vade retro, Satanás!

Me ha pasado una cosa muy curiosa en la tribuna de prensa. Me explico, primero, para los que no saben cómo va esto del periodismo. Normalmente, cuando nos envían a cubrir un acto -el verbo suena fuerte, pero no es algo en absoluto carnal, al menos de entrada- los periodistas no tomamos parte. Es decir, si nos ponen delante a un político soltando una sarta de paridas tomamos nota, si acaso preguntamos -cada vez preguntamos menos- y ya está. Nunca jamás aplaudimos ni nos levantamos por respeto, así se esté firmando la paz en Oriente Medio. Estamos trabajando, como ellos, y así lo hacemos ver, yendo a lo nuestro.

Sin embargo, en la tribuna que me tocó hoy todo fue diferente. No reparé en que, conmigo, la mayor parte de los compañeros acreditados eran redactores de publicaciones católicas, desde Radio Vaticana hasta L’Observatore Romano. Había muchos, como veinte. Me di cuenta cuando una de las voluntarias se nos acercó y pidió que levantasen la mano todos los que querían comulgar durante la macromisa, que ella se encargaría de que subiera un cura para darnos unas hostias a distancia. Fue muy violento cuando, menos la mía y otras dos, se levantaron todas las manos. Tan brusco me resultó que me puse a recitar mentalmente los santos de las letanías: San Pedro y San Pablo, San Andrés, Santiago, San Juan, Santa María Magdalena… Se me pasó un poco el agobio cuando comprobé que don Juan Carlos de Borbón, Rey de España, también ayunó el cuerpo de Cristo mientras su mujer sí que participaba en la cena del Señor. Pero eso no fue lo peor del trabajo en la tribuna.

Hace un momento os conté que los periodistas jamás nos levantamos ante el que nos convoca -nunca falta alguna palanganera excepción-. Pero es que aquí el que convocaba era el Papa y los que cubrían a mi lado la ceremonia estaban a la vez en misa y repicando, esto es, trabajando y participando de la eucaristía. Mal asunto. Ese estar a todo provocaba un continuo levantarse y sentarse de compañeros que hacía realmente difícil mantener la atención. Tanto viento generaban que casi me vuela un discurso embargado de Benedicto XVI. Y claro, si el de delante te tapa la pantalla gigante porque viene la consagración, te da reparo mandarle que se siente, porque no ves. Fue una cobertura difícil. No faltará quien me tache de irreverente por contar las cosas como las cuento. Pero diré en mi descargo que, para ser irreverente, hay que serlo en el momento en el que uno debería tener un respeto, y yo en eso soy muy escrupuloso. Quitando que no comulgué -estoy plenamente convencido de que algunos de mis compañeros estaban, por lo menos, empatados conmigo en el gol average pecador- soy un maestro en el arte del respeto in situ. Sin embargo, lo que sí me parece irreverente es un acólito del Padre Apeles salivando en medio de Barcelona: “¡Viva España, una y Católica!”, eso sí que me parece irreverente.

Me pasó lo mismo cuando, el día de la Guardia Civil, un chaval con los dientes y el bigote de leche se puso a vociferar como un animal, sin venir a cuento, junto a la capilla de San Lázaro: “¡Viva España, viva el Rey, viva le orden y la Ley!”. Soy alérgico a tales declaraciones de principios. Lo que yo cuento, guste más o menos, no deja de ser un retrato fiel de la realidad, adobado si acaso, pero retrato. Creo -y ahora opino- que la Iglesia ganaría purgándose de fanáticos y de parafernalia y que, en general, el mundo espiritual está falto de sentido del humor. El padre Isorna, un franciscano al que le tengo fe, me decía el otro día que no soporta a los fanáticos de ninguna religión. Y en eso estamos de acuerdo: ni a los de la religión, ni a los del fútbol, ni a los de la política… Ha sido un fin de semana intenso, pero ahora me voy a la cama sin cargos de conciencia.

Hasta aquí las notas a pie de página de hoy y el recuerdo del pasado. Me voy con la música a otra parte y en la confianza de que no soñaré con obispos. He arrancado mi Suzuki Burgman 400 y me he dado una vuelta por el garaje a lo loco, sin obedecer al neurocirujano. Qué bien me sientan estos gestos de insumisión sanitaria. Mañana toca burrocracia un miércoles más. Pero también es un miércoles menos. Música y a la piltra. Dirige la orquesta un súper pecador: Elton John. Gracias por todo.

54. Droja en el Colacao… and I feel fine…

Oigan, doctores: ¿Están seguros de que no me están echando droja en el Colacao como a Tojeiro? Porque excepto por unos pequeños daños colaterales ya conocidos, en general me encuentro de puta madre. Mondo y lirondo en el cuero cabelludo, envenenado de Temozolomida, frito por las 26 sesiones de radiactividad acumuladas y rindiendo cuentas cada día a las autoridades sanitarias como cualquier consejero podrido de un banco en el juzgado… Pero fuerte. Capaz. Y como la gente sigue mandándome ánimos en distintos formatos, me vengo arriba. Hoy incluso he acabado tomando café en el París con una mujer y con una perra desconocidas. Es la excitante vida pública de un paciente oncológico que, en vez de mortificarse, decidió improvisar sobre un pronóstico malo.

Para completar el cuadro social, me han invitado a que diga unas palabras el próximo viernes en el acto de jubilación del personal del área sanitaria de Santiago, que se celebra a las 13.00 en el aulario del complejo hospitalario. Como usuario avanzado del sistema que soy no me puedo negar: el personal es, precisamente, el que hace que la sanidad pública sea un tesoro de todos que hay que proteger; a los de Siemens tanto les da fabricar aceleradores lineales como lavadoras. “¡O asunto non é a máquina, é o maquinista!”, decía mi tío Antonio. Me viene de repente a la cabeza el discurso que nos echó don Juan, el profesor de inglés, cuando dejamos el colegio público Lope de Vega de Vigo para migrar al instituto con el acné puesto y la libido a punto de nieve: “Sean buenos, malos o peores, recordad siempre que lo mejor que tiene este colegio son sus alumnos”. Con la sanidad pasa lo mismo: lo mejor de los hospitales es la humanidad que está dentro, en pijama, en camisón, en bata o en uniforme; lo demás es inventario.

Hoy me contó Jesús, uno de los técnicos de radioterapia, que muchos de los radiados acaban pidiendo la máscara hecha a medida con la que nos atornillan todos los días al a freidora. “Algunos la quieren para destruirla -me explicó-, otros para usarla en carnaval o para quemarla directamente en la hoguera de San Juan”. Yo también quiero la mía; siempre puedo exponerla en el CGAC como obra de arte contemporáneo. He visto cosas peores.

Que mis alumnos de la Facultad de Derecho me hayan votado para salir en la orla de su graduación es otro de esos regalos que me hacen crecer como ser humano. Los del departamento de Xornalismo impartimos en primero de Derecho Técnicas de comunicación oral e escrita aplicadas ao Dereito, que yo di dos años. Los que ahora se gradúan me juran que lo habrían decidido igual aunque estuviera sano, y no tengo motivos para pensar que a los futuros abogados los educamos en la trola ya desde la Universidad. Gracias. No, si cuando digo que tengo la sensación de estar asistiendo a mis propias honras fúnebres en vida…

Ya solo me quedan cuatro sesiones en el acelerador lineal para completar la treintena. Tengo la oreja derecha como para echarla al cocido, pero confío en recuperarla. Con lo que me gusta a mí que me coman la oreja… en crudo.

Los martes lo de siempre: sesión de control, agujas, análisis, farmacia, papeleo, oncólogo y residentes… Solo pienso en que llegue la semana que viene para desbrozar el musgo compostelano en el Mediterráneo. No queda nada. Una semana en Cataluña, otras dos de vacaciones terapéuticas y de nuevo en orden de marcha para afrontar los ciclos de quimio a dosis más brava: droga para cinco días, colocón para veintitrés. Y así seis meses. Antes me tendrán que hacer otra resonancia magnética para comprobar que la invasión alien sigue contenida.

Atención a lo que me ha dicho mi hijo esta tarde mientras cenaba: “Papá, en la radio están hablando de Pokemon. Eso me gusta a mí, tengo cromos”. Excepto por un par de detalles, la frase no tendría más interés. El primero, que Mikel tiene tres años. El segundo, que Pokemon, para los que estéis fuera de la actualidad política gallega, es el nombre de una operación anticorrupción dirigida por la jueza de Lugo Pilar de Lara que salpica de mierda a un montón de ayuntamientos. Mal sabe el enano que lo de la radio no son dibujos animados. Está visto que lo único incorrupto en este país sigue siendo el despojo de Santa Teresa de Jesús.

Me acaba de venir a la cabeza una frase que mi padre siempre le clava a su médico cuando le dice que se descubra el brazo para colocarle el tensiómetro: “Mire, doctor, yo la tensión la tengo bien, ¡lo que tengo baja es la pensión!”. Debe de ser por eso que le han subido un ridículo euro y medio al mes y otro tanto a mi madre. Un capital. Cuesta más la carta que les enviaron para comunicárselo que la subida. A veces tengo la impresión de que nos gobierna Calamardo.

Me voy al sobre con el veneno en la barriga y con mi cabeza mutilada en otra parte. Últimamente siento una curiosidad insana por saber dónde y cómo se conserva mi trozo de cerebro. ¿En la sección de frío? ¿En ultracongelados? Nunca pensé que me fueran a pasar cosas tan raras. Pero pasan, ya lo cantaba The Radio Dept. La letra parece hecha a mi medida. Y después otra de propina, también muy propia: It’s the end of the world as we know it, and I feel fine. Buenas noches. Abrazos radiactivos; un beso atómico de largo recorrido.

53. Regreso al futuro

No creo que al cáncer le siente mal combinar la quimioterapia del fin de semana -los sábados y los domingos descanso en la freidora atómica- con callos de mi prima Pili de Castrelos y guiso de fabas de Lourenzá. Si desarrollo algún súper poder y no son gases ya os aviso. Ayer estuve más fuera de combate que dentro. Me habían advertido de que, con semejante tratamiento, era posible que sintiese un cansancio extraño y repentino de vez en cuando: “Ese cansancio no se pasa en el sofá”, me dijo el oncólogo levantando el dedo y una ceja. Y así es. Hasta que se me dio por salir a la calle a última hora de la tarde, viví la jornada en una especie de colocón farmacéutico que me dejó el cuerpo triste. Tener un hijo que te despierta por sorpresa en cualquier momento a partir de las seis de la mañana, como si hubiera que irse de maniobras, no creo que ayude. Son daños menores de la reproducción, en todo caso. Bendita reproducción.

Como voy a seguir dedicado a la vida familiar durante lo que queda de día, a modo de suplemento dominical voy a reeditar una de las entregas de la serie Compostela Vintage que he venido publicando en La Voz de Galicia hasta que un tumor cerebral de nada se cruzó en el camino de la Vespa del tiempo. La mecánica de la sección es sencilla. Así lo resumía Miguel Ángel Jimeno en el blog La Buena Prensa, en el que estoy muy orgulloso de aparecer: “En la edición de Santiago de La Voz de Galicia, todos los domingos se publica la mini sección “Compostela Vintage”. El periodista Nacho Mirás viaja en el tiempo para conocer de primera mano hechos, noticias o acontecimientos que tuvieron mucha repercusión en la ciudad. “Después de darle muchas vueltas a cómo contar la hemeroteca de toda la vida con nuevas fórmulas —nos cuenta—, se me ocurrió esta. Soy riguroso en datos y fechas y recreo situaciones que, por supuesto, jamás viví más que a través de los archivos. En el círculo cercano, y por el feedback que recibo, la idea funciona. Cuidamos la maquetación, la edición gráfica… en fin, tratamos de devolverle al periódico del domingo el espíritu “dominical” que se estaba perdiendo, al menos, en los cuadernillos locales. El trabajo de documentación es enorme. Después de 22 años trabajando… me encuentro más a gusto con las noticias del pasado que con las del presente”.  La última frase la sigo manteniendo, al menos hasta que la realidad me persuada de lo contrario. Sirva también de regalo para mi amigo José Ramón Mosquera, empeñado en seguir cumpliendo años lo mismo que yo.

Así que, como es domingo, nos vamos al Gran Circo Feijoo. Igual no es lo que estáis pensando. Pero pasad y poneos cómodos. Veréis cosas que no creeríais. (Publicado en La Voz de Galicia el 18 de agosto de 2013)

Una noche en el Gran Circo Feijoo

Los hermanos Jacowlew

Después de viajar a 1918 para conocer a Enrique Rajoy Leloup, abuelo de Mariano Rajoy, se me ha quedado el cuerpo triste. ¡Tanta austeridad y tanta tontería, hombre ya! Así que, aprovechando la indumentaria y el dinero de la época que me he traído del mercadillo de antigüedades que se celebra los sábados en Correos, he decidido quedarme un día más por estos lares y darme un homenaje que me desatasque la sonrisa. Como voy bastante documentado, me moveré dos años hacia atrás en mi Vespa del tiempo -la tengo convenientemente escondida en unos matorrales de Conxo como objeto extemporáneo que es- para situarme en la Compostela de 1916; no hagan planes; los llevo directamente a la noche del 10 de mayo de ese año.

En el bolsillo de la levita me he traído dos localidades que compré por Internet, con previsión, en una página de coleccionismo. Son oro en paño: la puerta de entrada al mayor espectáculo del mundo que, a principios del siglo XX en Galicia, tiene nombre propio: El Gran Circo Fejioo. Sí, hagan chistes, que nos reímos todos.

La cita es a las nueve de la noche en el Teatro Royalty. En 1916, El Royalty lleva solo tres años construido. Es un teatro de variedades que ocupa parte del solar en el que se levantaba el palacio de la Inquisición y, en el 2013 desde donde me leen, el Hotel Compostela. El Royalty lo demolerán en 1927 pero, hasta entonces, todavía le quedan muchas tardes y noches gloriosas.

Llego justo a tiempo y me asalta en la puerta la primera sorpresa.

-Buenas noches, ¿su localidad?

-Buenas noches, aquí tiene, joven. ¿Es usted Manolito, el hijo de Secundino Feijoo?

-Sí señor, el mismo. Que pase una buena función.

El chaval que me acaba de recibir es Manuel Feijoo (1897-1969), hijo del mítico empresario circense de Vilanova dos Infantes (Ourense) Secundino Feijoo López, gran promotor del circo moderno. Me muero por decirle que llegará incluso más lejos que su padre en este mundillo. Pero he venido a lo que he venido: al espectáculo.

Me siento justo al lado de un colega, el periodista de La Gaceta de Galicia, que ha venido a cubrir la función mandado por don Francisco Vázquez Enríquez. Prefiero no advertirle de que es mejor que se vaya buscando la vida en otro medio, pues la cabecera para la que trabaja cerrará inevitablemente el 30 de noviembre de 1918; no me acostumbro a que cierren periódicos ni en el pasado.

De repente, se apaga la luz. Largo redoble de tambor. Platillos. Bombo. «¡Muuuy buenas noches y bienvenidos a la función de esta compañía internacional, ecuestre, gimnástica, acrobática, excéntrica, cómica y taurina que es el Gran Circo Feijoo!», dice una voz a través de un megáfono de lata. Ovación. Las casi dos horas siguientes serán de pura emoción. Hoy debutan en Compostela los míticos hermanos Jacowlew, que pedalean en posturas imposibles con sus bicicletas dentro de La Corbeille de la Mort (La jaula de la muerte). Cuentan que el pequeño se mató haciendo esto. «Les Fréres Jacowlew, champions du monde, sur pneus Hutchinson», [Los hermanos Jacowlew, campeones del mundo sobre neumáticos Hutchinson], dice la postal que me ha dado Manolito Feijoo en la puerta.

Es una oportunidad única para ver a los Jacowlew. La gente grita al ver las piruetas temerarias de estos ciclistas. Nos ponemos en pie. Mi colega el periodista se emociona tanto que se levanta de la butaca, se echa las manos a la cabeza y grita: «¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?».

«Dicen que es hoy la mayor atracción de Europa», le digo.

-Y no me extraña. Este Feijoo siempre trae lo mejor, tiene vista. ¡Y empezó tocándole la gaita a unas vacas, hay que joderse [aquí, en la versión impresa, pone "fastidiarse", cosas del libro de estilo]!.

«El Gran Circo Fejioo dará mucho que hablar, estoy seguro», le respondo. Fantástica está también la señorita María en el trapecio. Y elegantísima la equilibrista Miss La La con sus incomparables ejercicios sobre el alambre. No es la que pintó Degas en 1879, claro, es otra.

«¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?», no deja de repetirme mi colega de La Gaceta, entusiasmado con los ejercicios de los hermanos Chauffeur y la belleza inconmensurable de las jóvenes Milville, que hacen cosas terribles con los dientes. «Prepárese, que ahora salen Les Lecusson, fantásticos acróbatas de salón», me avisa el reportero. Qué bien me lo estoy pasando.

Don Secundino, el ourensano que contrataba para su público lo mejor de lo mejor

Entre la actuación del intrépido jockey A. Deseck y los payasos Santos, Cheret, Carpini y Noppi, sigo intercambiando emociones con el periodista de La Gaceta:

«Me han dicho que ha estado fantástica esta tarde la hermosa amazona Ángela de Cheret, con ejercicios de volteo sobre caballo», me comenta.

-No la he visto, pero he leído sobre ella.

-¿Y dónde, porque hasta donde yo sé lleva poco tiempo?

-Bueno, por ahí… en una revista francesa, creo… [por un pelo no meto la pata y me descubro como viajero del tiempo].

El payaso Carpini se ha vestido de mujer y su colega Cheret le hace una estúpida declaración de amor que arranca carcajadas en el auditorio. «Lo veo un poco grotesco -dice mi colega- estos clowns deberían tener en cuenta la especialísima circunstancia de que trabajan en Santiago».

-Con la Iglesia hemos topado…

-Pues eso mismo, querido amigo, eso mismo. ¿Sabe? Los hermanos Jacowlew, los de las bicicletas, antes hacían un ejercicio arriesgadísimo con un tándem. Pero como en tan arriesgada prueba pereciera el hermano menor de ellos, abandonáronle y crearon el ejercicio que ahora llaman Círculo de la muerte, y que es lo que ha contratado Feijoo. Perdone, tengo que escribir una nota de esta idea….

Entonces, mi colega anota en un papel el borrador de la crónica que sobre la función publicará en La Gaceta de Galicia del 11 de mayo de 1916, y que dice así: «Desafiando al peligro, marchan en la pista vertical, despreciando el propio vivir y, en su desenfrenada carrera, se desnudan y se visten, subiendo a lo alto de ella para descender, vertiginosos, al fondo de la misma».

-¿Qué le parece la descripción, querido amigo?

«Fabulosa -le digo- yo no lo habría relatado mejor».

Cuando termina el espectáculo, nuestros antepasados se deshacen en aplausos. Y el plantel del circo tiene que salir hasta cuatro veces a saludar al centro de la pista del Royalty. Me quedaría a entrevistar a don Secundino, pero estoy tan cansado de emociones que me despido de mi colega, salgo del teatro y me voy caminando en dirección a A Senra; igual me voy a dormir al Gran Hotel La Argentina. Ya les contaré.

¿Un vídeo? Venga, que no se diga que le lloramos a la música. Con este señor me hice mayor. Y de vez en cuando viajo entre el pasado y el futuro con él en los auriculares. Se está arrimando un día de sol. Ya queda menos.

52. A una semana de la condicional

Dejo para mañana lo que podría hacer hoy. Pero entre que estoy muerto de sueño y muerto de risa por culpa de Carlos Blanco y Xosé Manuel Budiño, casi mejor me retiro a mis aposentos drogado de Temozolomida hasta los dientes. La sesión hospitalaria del viernes es completita, así que me dormiré soñando con las vacaciones mediterráneas que ya están a la vuelta de la esquina. Me voy a quitar el moho más a gusto… Gracias de nuevo a todos los que os cruzáis conmigo por pasillos y empedrados, tanto si paráis como si no. Que sepáis, en todo caso, que no acostumbro a morder sin consentimiento. Y tengo todas las vacunas. Mañana se acaba la quinta semana y ya solo quedarán cinco sesiones más en la freidora y siete de Quimicefa hasta que pueda salir en libertad condicional. A ver si voy a tener mono… La canción de hoy, versión de la Space Oddity de David Bowie con la que me alisté en la guerra radiactiva y biológica contra el astrocitoma anaplásico grado III, os la dedico de corazón a todos los que hacéis que la sanidad pública siga funcionando contra viento, marea y ciclogénesis explosivas, literales y figuradas. La Estación Espacial Internacional sin astronautas como Chris Hadfield dentro sería un inútil bidón en órbita. Buenas noches a casi todos.

51. Que no sea un jueves cualquiera

Hoy seré breve, que esta tarde me picó la mosca Tsé Tsé y caí rendido. Me frieron por la mañana, después tocó la ruta de la burrocracia… lo de siempre. Como el jueves quiero salir por la noche para escuchar a mis admirados amigos Carlos Blanco y Xosé Manuel Budiño en Arteria Noroeste (rúa Salvadas, sede de la SGAE, en Santiago), permitidme que salude rápido, que os cuente que me encuentro de bien como si en vez de citotóxicos me estuvieran envenenando con cápsulas de cocido; y que la quemadura de la oreja, producida por los fotones radiactivos, está contenida. Me voy a la cama y os dejo unas lecturas revenidas que parí hace ya unos años. La primera se titula El espuni y surgió de una conversación entre mi padre y mi hija en octubre del 2009, cuando ella tenía solo dos años. Fue todo un viaje. La segunda, unas redondillas que, respetando la métrica, compuse para liberar tensión el último día de julio de ese año, cuando se acabaron las vacaciones y tocó regresar al trabajo. Y al final, como siempre, minutos musicales por partida doble. Disfrutad.

El espuni

 (Conversación entre Pepe y Ane Mirás. Vigo, octubre 2009)

 -”¡Abuelo, abuelo, háceme un espuni!”

-Vamos.

-”¡Háceme un espuni, háceme un espuni!”

-Venga, vamos al jardín.

Escucho la conversación entre mi hija y mi padre y tengo la impresión de no sintonizar su frecuencia, de haberme perdido algo. Ella le pide un “espuni” y él la comprende perfectamente. ¿Qué carallo es un “espuni”?

Salimos los tres al jardín y observo. Mi padre coge dos pinzas de madera, monta una sobre la otra, cuenta hacia atrás del diez al cero y, con una uña del pulgar, dispara al aire la pinza de arriba, que sale propulsada hacia el cielo por su dedo pulgar.

-”¡Mira, Ane, ahí va, el Sputnik!”

Ane aplaude: “¡El espuni! ¡Va a llegar a las estrellas! ¡Va a llegar a la luna!”, dice mi hija.

El satélite vuelve a caer sobre la mesa del jardín, pero la cara de Ane es de absoluta emoción durante los dos segundos escasos que tarda el pequeño cohete de chopo en completar su vuelo y regresar a la tierra. Me quedo mirándolos y me doy cuenta de que es un viaje privado, para ellos dos solos, una travesía a la que nadie más está invitado. Y entonces recuerdo que, una vez, hace más de 35 años, yo también fui un cosmonauta montado en una pinza de la ropa. ¡Apartaos, que ahí va el espuni!

Redondillas del final de las vacaciones de julio del 2009

Se acaban las vacaciones
y toca volver al curro.
¡Es injusto, no me aburro!
pero el sistema se impone.

En esta ciudad de curas,
donde adoran a un churrasco
donde llueve que da asco
las jornadas son muy duras.

¡Necesito un masajista!
El retorno me acongoja
Si yo fuera la Pantoja…
no sería periodista.

Mis sueños de millonario
se desinflan cada viernes
y me apedreo los dientes
si acierto el complementario.

Si la suerte me acompaña
-no juro por no jurar-
no volveré a madrugar
y no viviré en España
(o al menos no todo el año, coño, que estoy hasta el moño del tiempo de otoño y la lluvia gallega que al cuerpo se pega)

¡Adiós, cerveza! ¡Hola, mosto!
A la orden, mi sargento
Siempre trabajo contento…
qué duro va a ser agosto.

El verano tuvo tela
pero ahora se ha acabado
¡Que me quiten lo bailado!
¡Sóplame aquí, Compostela!

¡Qué cabrón eres, agosto!
Estabas ahí esperando
al acecho, vigilando,
para escupirme en el rostro.

Aparta de mí, asqueroso.
Que no traes nada bueno.
Huele fuerte tu veneno.
Pero saldré victorioso.

Os dejo con música para irse a dormir y para despertar. Si os acostáis con la memorable comida de morros de Robbie Williams a Daryl Hannah -cómo me ponía mí esa mujer antes de que la recauchutaran- y os da los buenos días Serena Ryder, un vulgar jueves seguro que muta en jueves santo y reluce más que el sol. Amaos los unos sobre los otros.

50. Noticias del maestro Alvite

Qué alegría llegar al servicio de oncohematología del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela y encontrarme con mi amigo y maestro José Luis Alvite, compañero de letras y de cáncer, autor de la frase que encabeza este blog desde hace muchos años. Ya dije en su momento que, por no tener, ni siquiera tengo la categoría de sus enfermedades, aunque lo que la oncología ha unido no lo separa ni Dios. Pero encontrarme a Alvite en la antesala del oncólogo, los dos de una pieza, enteros y verticales, ha sido uno de los mejores momentos de estas cinco semanas de tratamiento. La conversación fue más o menos así.

Yo-¡Alvite, hostiaaaa!

Al: ¡Nachiño! (Abrazo de oso)

Yo: Qué alegría verte, tanto tiempo sin saber nada de ti.

Al: -He estado muy mal. Ni siquiera he sentido ganas de escribir ni de hablar por teléfono. Y escribir un día para no hacerlo después… no sé, me parece una estafa. Han tenido que cambiarme la quimio. La que me metían me estaba dejando la sangre como la de Urdangarín: del montón.

Yo: Mucha gente me pregunta por ti, muchísima. Si quieres digo que me he encontrado con un hermano tuyo y que me ha dicho que estás mejor.

Al: No hace falta, diles que estoy mejor, que me has visto.

Qué momentazo. Los que lo conocéis sabéis que Alvite habla como escribe, desde las tripas, como hace Mari Carmen con doña Rogelia pero sin pañoleta. Por eso, cuando se fue un momento a las salas de tratamiento a que le quitaran una cañería y regresó a la recepción en busca de su mujer me preguntó: ¿Has visto por ahí a mi viuda?

-¡Está llorándote en el baño!

Si todo va bien nos veremos pronto en un decorado más nutritivo y menos terapéutico. Sirva solo esta introducción de mensaje de alivio autorizado y oficial a los miles de seguidores de José Luis; lo he visto con vuestros propios ojos. Alvite, el tipo que ha escrito renglones sabios como ese que dice que el amor “es algo complejo que empieza cuando conoces a alguien cuyo cuerpo parece que llevase años preguntando por el tuyo”. Dios con gafas. Nos volvimos a abrazar pero sin extendernos, temerosos de que por la megafonía empezase a sonar El vals de las mariposas tocado por la Banda Municipal.

De nuevo he vuelto a pasar los análisis del martes con nota. Así que completada línea, seguimos para bingo. El 28 de febrero dejamos la churrería, paramos tres semanas y después volvemos con la química ampliada y en ciclos: 5 días de drogas, 23 de descanso. El Vaquillla hacía al revés, pero no le fue bien; nunca se le dieron bien las cuentas.

Después de la sesión de fotones de hoy, con el maestro Jesús a la sartén, Montse ha sido la enfermera encargada de restaurarme la oreja derecha con esa masilla sódica de ácido hialurónico que es el Jaloplast Gel. “A la que salga el sol -me recomendó- te pones crema factor cincuenta”. Te haré caso.

Como la mañana se ha alargado y no me ha dado tiempo a comer en Fonseca, que es lo habitual, he acabado en un restaurante de categoría internacional que tiene sucursales en todo el mundo: El Burger King de A Senra. Los neurocirujanos Prieto y Allut se llevaron también en su palangana, rencorosos ellos, el recuerdo olfativo del Whopper. ¿Y sabéis que no me ha disgustado nada redescubrirlo? Yo soy más del Churras-King, pero para entretener al hambre…

Sigo saludando a nuevos viejos amigos. Y me encanta hacerlo, así que por mi parte que no quede. Creo que nos vamos cargando las baterías los unos a los otros y siempre salgo del hospital con más corriente de la que entré. Gracias.

El depósito de la energía lo acabé de llenar por la tarde en casa de Benedicto García, que ya es un poco como la mía; a veces hasta confundo a sus nietos con mis propios hijos. Y no sé si fue la radiactividad o qué, el caso es que acabé tocando la gaita electrónica y cantando a dúo con Uxía en un sofá de piel verde. El cáncer tocaba la pandereta, el muy cabrón. Y no lo hacía mal. No, si cuando digo que tengo quizás el tratamiento oncológico más entretenido de España tampoco creáis que exagero…

Uxía Senlle y un atrevido

Uxía Senlle y un atrevido

El miércoles me adelantan la fritura a las diez menos diez. Y después, como cada semana, a recorrer media ciudad con la mierda del parte de baja. Un día me rebelo y no voy, veréis. Y que emita la Seguridad Social una orden de busca y captura, que la incluiré en la versión encuadernada de mis obras sanitarias completas. Burrocracia española y de las JONS.

Los minutos musicales de esta noche son para mi amigo, mi maestro, mi Alvite. Ismael Serrano le compuso una canción y yo sigo suspirando siquiera por un bache dedicado. Ojo a la letra, porque aunque canta Serrano, el que habla es José Luis. Hay gente que nace en sábanas de seda y otros, qué quieres, nacen para ser trapos. Buenas noches desde la trastienda del Savoy. Y recordad: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre” (José Luis Alvite). No olviden supervitaminarse y mineralizarse.

49. Todo cambia

Y aquí está otra vez, en víspera de martes, el dueño del astrocitoma anaplásico grado III más cacareado de la oncología española. Hoy lo he sacado de concierto; si no lo mato por desgaste, al menos que se desahogue. Tuvo una buena oportunidad esta noche mi cáncer en la Casa das Crechas, escuchando la digitopuntura de los bretones Jacky Molard (al violín) y Jean Michelle Veillon (a la flauta travesera). Nunca hasta hoy había entendido en toda su extensión el sentido de la frase “Jódete y baila”. Encima, hijo de la gran puta, te he regado con Superbock negra sin alcohol y ahora te voy a dar tu ración diaria de Temozolomida para que la goces. No me extraña que te quieras quedar a vivir; si yo fuese el tumor de un fulano que no para, que te pasea, te fríe, te droga y te relaciona, tampoco querría irme, que hace mucho frío afuera. Recuerda de todas maneras, Casiano, que el martes nos toca control. Hay que evaluar con el especialista y con los residentes la bioquímica de la semana pasada; chutarse otra vez la vena para una nueva analítica; hacer cola en farmacia… y empezar a despedirse de la churrería atómica, que solo nos quedan nueve sesiones y las vamos a echar de menos. Después te llevaré de vacaciones al Mediterráneo con todos los gastos pagados y verás cosas que jamás creerías. El sol, por ejemplo, ese desconocido. Es como los fotones que nos meten todos los días pero en formato industrial.

Hoy, justo antes de que me atornillaran la cabeza en el acelerador lineal, he descubierto una excoriación detrás de la oreja derecha, un pequeño problema de carrocería. No tenía pensado presentarme a Miss Universo, pero jode y pica. Aunque me echo cremas como me mandan, la radiación hace su trabajo. ¿O por qué pensabais que cuando empieza la coreografía radiactiva todo el mundo menos yo abandona la sala? No es cobardía, es sentido común. Isabel, la enfermera de Radioterapia, me ha untado con un ungüento que se convierte con las horas en el film transparente con el que suelo envolver los bocadillos a mis hijos y que sirve para sujetarme el alerón y proteger la quemadura. Niki Lauda, amigo, me pongo en tu pellejo.

Reitero el agradecimiento a todos los que me ponen el ánimo por escrito, a los que me paran para darme las gracias… Que te den las gracias por vomitar pensamientos y por salpicar con tus vísceras a todo el que esté delante acojona. Ya dije hace unos cuantos capítulos que, a veces, tengo la impresión de que el pleno municipal acabará dedicándome una rotonda. Señor alcalde: me conformo con un bache.

Desde que tengo lo que tengo se me ha incrementado la nostalgia de los lugares y de las personas. A los sitios voy, pero todavía tengo ganas de recuperar el olfato de algunos seres humanos que han sido especiales en 42 años de recorrido y que dejaron de sintonizar mi frecuencia. Recordad que mi memoria olfativa fue a parar a una palangana esterilizada el 12 de diciembre y que cada día vuelvo a oler a los amigos que fueron lo mismo que he tenido que volver a oler a mis hijos por primera vez. Pero aún tengo mucho disco duro virgen.

Voy a acabar con una canción de Mercedes Sosa que, en mi situación, tiene muchísimo significado. Se la tomo prestada a una de esas personas que hacen que todo este horror tenga sentido. Así como todo cambia, que yo cambie no es extraño. (La letra al final). No os acostéis tarde y, si podéis, no os acostéis solos.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por más lejo que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia

Pero no cambia mi amor

48. Lévame, Moraima

He visto gente sana caminar mucho menos que lo que he andado hoy yo enfermo. Salió el sol y la avenida de Castelao de Vigo parecía una manifestación que iba dejando a su paso un rastro de escamas y moho. Me he pasado de los veinte kilómetros y le he gastado las aceras a Abel Caballero, que si se entera de que vivo en Santiago igual me lo hace pagar. Es broma, alcalde, que yo nací en el Xeral y me asiste el derecho de usufructo. He visto Vigo con otros ojos, pero ahora estoy derrengado. Si no me saco al cáncer de encima con tanto paseo, al menos lo cansaré. Igual se aburre y se pira a la cabeza de alguien que lo sepa valorar. Hoy ha tenido suerte, que lo he puesto mirando al mar con las Islas Cíes al fondo. Me voy a la cama pero saludo, que sé que hay quien se preocupa si no encuentra novedades. Mañana, si eso, ya os cuento la carta de mi primo Carlos Mirás (por delante y por detrás), trabajador del Hospital del Meixoeiro, explicándome cómo de pequeño le diagnosticaron un ojo vago, no lo trató a tiempo y acabó extendiéndosele por todo el cuerpo, por eso ahora, como dice, está hecho “un vago de carallo”. Eso es metástasis y lo demás son hostias, Carliños. Nostalgia, familia, buena compañía… ha habido de todo este sábado y este domingo. Acabo de meterme media farmacia y me voy a dormir la mona de la quimio como el yonki de la Temozolomida que soy. Empieza la quinta semana de física y química. Ahora, antes de que os acostéis, le dais al play del vídeo, escucháis a Ana Belén cantando sobre la música de Milladoiro y seguro que mañana os levantáis con otra cara. Os pongo la letra en gallego y en castellano. La dedicatoria la envío por telepatía a través de la antena de titanio que llevo atornillada en la cabeza. Si te llega ya me lo harás saber. Lévame, Moraima. Mañana más.

A saia do vento baila
nun horizonte de mar
Moraima, lévame Moraima
na túa cintura de terra e sal.
As sombras de mil estrelas
danzando na túa man
Moraima, lévame Moraima
entre flores de lúa e metal
lévame Moraima, lévame Moraima
na túa cintura de terra e sal.
Sobre cabelos de chuvia
brinca un sorriso de luz
Moraima, lévame Moraima
cabalgando no sol de cristal.
Xogas con niños de prata
pombas dun silencio azul
Moraima, lévame Moraima
nas xanelas de area
lévame Moraima, lévame Moraima
cabalgando no sol de cristal.
Trenza ca noite un manto
onde poder descansar
Moraima, lévame Moraima
navegando sobre o ceo.
Fai un espello de liño
ó paso do teu andar
Moraima, lévame Moraima
sobre cántaros de auga
lévame Moraima, lévame Moraima
navegando sobre o ceo.

La falda del viento baila
en un horizonte de mar
Moraima, llévame Moraima
en tu cintura de tierra y sal.
Las sombras de mil estrellas
danzan de tu mano
Moraima, llévame Moraima
entre flores de luna y metal
llévame Moraima, llévame Moraima
en tu cintura de terra y sal.
Sobre cabellos de lluvia
brinca una sonrisa de luz
Moraima, llévame Moraima
cabalgando en un sol de cristal.
Juegas con nidos de plata
aves de un silencio azul
Moraima, llévame Moraima
en las barcas de la arena
llévame Moraima, llévame Moraima
cabalgando en un sol de cristal.
Trenza con la noche un manto
donde poder descansar
Moraima, llévame Moraima
navegando sobre el cielo.
haz un camino de lino
al paso de tu andar
Moraima, llévame Moraima
sobre cántaros de agua
llévame Moraima, llévame Moraima
navegando sobre el cielo.

47. Humor negro y notas compostelanas

Si me tomo un descansillo de fin de semana espero que no me lo toméis a mal. La ciclogénesis, la radiactividad y los citotóxicos me han dejado hoy escarallado, que no quiere decir desanimado. Cuando los médicos me dijeron que el cansancio que provocan la física y la química no se curan en el sofá, era cierto. Por eso, durante el último mes, a la que me veo flojo echo a andar, me reactivo y ya no paro. Pero la ciclogénesis explosiva de hoy en Galicia ha sido tan salvaje que me he tenido que poner a cubierto y claro, se me ha hecho de noche sin pegar palo al agua.

El detalle más interesante del día ha sido encontrarme en los pasillos del Hospital Clínico de Santiago con un forense al que conozco desde hace muchos años: “Hostia, Benito -le dije- cuando te toque abrirme el tarro, comprueba que me sacaron el tumor correctamente, que no se dejaron dentro cualquier porquería. Y ya me contarás”. Reconozco que no todo el mundo vale para bromear con un forense sobre su propia autopsia. Casi mejor, conociendo a tanto médico de vivos y de muertos, no donaré el cuerpo a la ciencia, no vaya a ser que en plena clase de anatomía se le ocurra a alguno darle conversación a mis despojos. “Joder, Mirás, estás tan callado…¿Te subo la cremallera?”.

“El humor negro me ayudó mucho, muchísimo”, me dijo alguien que pasó por algo parecido a lo mío por partida doble, con él y con su padre. A mí tampoco me va mal. Me voy a dar a las drogas no sin antes dejar un regalo para que la próxima vez que visitéis la Catedral de Santiago -algún año dejará de llover- os subáis a los tejados y los veáis con otros ojos. Hay quien todavía piensa que es una leyenda que allá arriba, sobre las cubiertas, viviese una familia completa, matrimonio, tres niños y unas gallinas. El reportaje que os dejo es producto de una intensa investigación y cuenta la realidad de lo que fue para la familia Fandiño residir en semejante sitio. Ahí van la literatura, por una parte, y el infográfico de Manuela Mariño por la otra. Así que si alguien os dice que todo es un cuento, contestadle con papeles. Eso de “Lo leí en el periódico” o “lo escuché en la radio” todavía aporta autoridad a la hora de argumentar en el bar. Es bastante más real el mundo que hubo arriba que el que dicen que hay abajo, ni lo dudéis. Lo publiqué en La Voz de Galicia el 27 de septiembre de 2009 y dice así:

Una familia en el tejado de la catedral

Ricardo Fandiño fue el último campanero de la basílica compostelana y vivió a cuarenta metros de altura, con su mujer y sus hijos, durante veinte años

         Nacho Mirás

 27/9/2009

Ricardo Fandiño Lage lo anotaba todo. Y por eso están bastante bien documentados los veinte años -de 1942 a 1962- que vivió con su mujer y sus tres hijos en una pequeña casa construida sobre el tejado de la catedral de Santiago, el hogar reservado a la familia del campanero. En sus legajos hay dibujos, croquis, anotaciones a mano e incluso un día resumido, a máquina, en el anverso de un sobre del Banco de Bilbao. Y gracias a esos documentos y a sus hijos podemos saber, once años después de la muerte de Fandiño, cómo era la vida de los últimos seres humanos que residieron, literalmente, en los tejados de la catedral de Santiago, a cuarenta metros del suelo.

«16 de enero de 1942. Entro de campanero cobrando 180 pesetas al mes. Era fabriquero don Antonio Villasante; deán, mi padrino, don Salustiano Portela Pazos; y tesorero don Claudio Rodríguez. En esta fecha, todos los empleados teníamos el mismo sueldo, 180 pesetas al mes». Fandiño, un joven sastre oriundo de Sobrado dos Monxes, hace su primera anotación a la edad de 28 años, y la acompaña de un documento oficial del Ayuntamiento de Santiago que da fe de su empadronamiento en la ciudad en 1940.

Quizás sabía que era el último de un oficio condenado a la extinción; puede que por eso decidiera dejar su memoria por escrito. «La humedad era lo peor», cuenta Jesús Fandiño, hijo de Ricardo que, hasta bien cumplidos los veinte años, compartió con sus padres y con sus hermanos Ricardo y Feli la pequeña casucha que se ubicaba en el tejado de la catedral, junto a la torre de la derecha según se ve la fachada desde el Obradoiro.

El mundo era diferente allá arriba, con unas vistas sobre la ciudad que hacían que uno fuese una especie de guardián de una atalaya de la cristiandad. Los Fandiño hacían su vida sobre las cabezas de los demás compostelanos; eran los compostelanos que más cerca estaban del cielo. Y eso era extraordinario.

«La vivienda a la que fuimos tendría unos trescientos o cuatrocientos años -cuenta Jesús-con una cocina amplia, un comedor y dos habitaciones. Ahí estuvimos hasta que empezaron a remodelar los tejados, quitaron toda la teja, la porquería que había y nos trasladamos a Entrerríos».

No solo vivía gente allá arriba. También había gallinas y un gallo que cantaba puntual cuando el sol comenzaba a asomarse por detrás de San Paio de Antealtares. El gallinero estaba instalado en una nave lateral, flanqueada por almenas, que se levanta muchos metros sobre el claustro. El quiquiriquí del gallo de Fandiño fue tan famoso en Compostela como su dueño. Y no había en todo el entorno unos huevos más santificados que los de las gallinas aéreas del campanero.

«1943. Año Santo. El fabriquero Villasante me dio cinco pesetas por cada repique en las peregrinaciones oficiales que entrasen en la Catedral», recoge el sastre en sus anotaciones. «Lo de que matábamos un cerdo allá arriba es una leyenda urbana, seguramente eso lo hacía la persona que vivió allí antes que nosotros, el anterior campanero; pero es una leyenda bonita, así que no me importa que lo digan», explica Jesús Fandiño Vidal que, no obstante, precisa: «Lo que sí teníamos eran muchas palomas a tiro para comer».

Ricardo se incorporó, primero, como campanero, al jubilarse su antecesor en el cargo, José María González. Pero como había que llenar las barrigas, y las 180 pesetas del sueldo estaban muy justas para cinco, empezó a coger encargos como sastre en casa, primero en una habitación de la torre de la campana, junto a la vivienda, y a partir de 1961 unos pisos más abajo. «Con la misma habilidad y destreza que maneja las campanas, volteándolas con agilidad pasmosa, corta un traje de caballero de impecable línea», decía un reportaje publicado por el Diario de Barcelona en 1968.

Al morir el sastre oficial de la catedral, Emilio Quinteiro, Fandiño pasó a ocuparse de los arreglos del clero. Lo malo es que el personal eclesiástico acostumbraba a abonarle el trabajo de palabra, con un «que Dios te lo pague, Fandiño», que no servía para comprar patatas en las tiendas de Santiago. Y así no había manera. Por eso siguió cosiendo para los hombres, y no para Dios. A diferencia del Quasimodo de Víctor Hugo, Fandiño existió de verdad.

Un grupo de rock casero sobre los restos del Apóstol

Ricardo Fandiño Vidal, el hijo pequeño del campanero, es el único de los tres que vino al mundo en la casita que había sobre el tejado. Era el año 1945 y Encarnación se puso de parto a cuarenta metros del suelo, y eso seguro que fue una señal para un niño que llegó a acompañar con la guitarra, cuando se hizo mayor, a estrellas de la talla de José Luis Perales y a Raphael. «Yo tenía cuatro años -cuenta su hermano Jesús- y recuerdo que subió la comadrona con una bolso negro. Cuando me enseñaron a Ricardo, que era rubito, mi madre, para no darme explicaciones sobre los misterios de la vida, me dijo que lo había subido la comadrona en su bolso. Y yo me lo creí, claro». La actividad de los Fandiño Vidal no se limitaba a la vida normal de una familia, a la sastrería o al tañido de las campanas. Los chavales, que eran revoltosos como correspondía a su edad, llegaron a formar un conjunto, al que bautizaron Rhytmen, en el que Jesús tocaba la armónica y Ricardito el bajo y la guitarra. ¿Y dónde ensayaban? En casa, sobre el tejado. Y sonaba divino, claro.

Cómo hacer sonar una campana sin levantarse de la cama

Además de campanero y sastre, Ricardo Fandiño Lage también fue tiraboleiro, una de esas personas que se ocupan de dirigir el vuelo del botafumeiro. Y gracias a esa misión consiguió demostrar que es posible estar en misa y repicar: como, en los años de muchas peregrinaciones, el vuelo del botafumeiro coincidía a menudo con las horas a las que había que tocar la campana, era Encarnación la que se ocupaba del sonido, convenientemente documentada con unas originales partituras que Ricardo le escribía a mano.

La jornada del campanero arrancaba a las seis de la mañana y terminaba al anochecer, de sol a sol, día sí, día también. Pero el ingenio del de Sobrado dos Monxes no conocía límites. Harto de tener que levantarse para el primer toque, con un cable, poleas y mucha habilidad inventó un sistema que supuso un gran avance en la tranquilidad familiar de los Fandiño Vidal: Ricardo consiguió tocar la campana grande de la basílica desde su propia cama, sin levantarse; domótica de los años cincuenta.

Ni váter ni bicicleta, pero con buenas vistas

Aunque vivir a cuarenta metros tenía sus ventajas, no era algo que careciese de inconvenientes. Jesús Fandiño, el hijo mayor del difunto sastre y campanero de la catedral compostelana, cuenta que el agua se llevó al tejado cuando su familia se instaló, pero que quienes ocuparon la pequeña casita antes tenían que apañárselas subiendo calderos a pulso.

-Perdone el atrevimiento, Fandiño, ¿y lo de ir al servicio como lo solucionaban?

-¿Ves ahí al fondo, donde estaba el gallinero, hacia el claustro?

-Sí, debajo de las almenas…

-Pues mira si había o no metros de servicio ahí. Acababa todo en el gallinero.

Otro de los problemas serios se producía en ciertos días de viento. Al estar la vivienda encajada entre la torre y la nave central, el tiro de la chimenea era nefasto, y los Fandiño acababan ahumados como arenques.

Secretos de altura

Desde Madrid, Ricardo Fandiño, el pequeño de los tres, el único que nació en la mismísima catedral, se emociona al recordar todo aquello: «Para mí era un lugar natural, era mi lugar». Y cuenta un secreto que tiene mucho que ver con aquella manera de vida: «Hoy, con más de sesenta años, todavía no sé montar en bicicleta. Y no aprendí porque eso se hacía en la calle, pero nosotros no jugábamos abajo, sino que subían nuestros amigos al tejado, que era mucho más divertido. Y en aquel plano inclinado la bicicleta no era una opción».

Su hermano Jesús enseña un pequeño campanario de piedra que hay al final del tejado de la nave central de la basílica santiaguesa. Ahora está vacío, solo queda el arco, pero durante mucho tiempo hubo una pequeña campanita que era todo un sistema de telecomunicaciones: se accionaba desde abajo con una larguísima cuerda y servía para llamar a servicio al campanero. «Lo que nunca dejamos de tener fue gato, porque había muchos ratones», añade Fandiño. Tanto Ricardo hijo como Jesús recuerdan con especial cariño a un micifú que no es que cazase demasiados ratones, pero que era un monstruo con las palomas, el amo. «Igual que mi cuñado, el asturiano, cuando venía de visita», bromea Jesús. Otro secreto es una losa que se encuentra sobre una de las ventanas de la torre, en el exterior, hacia Platerías: «¿Sabes para qué servía? Ahí encima ponía mi madre a secar los quesos». Los quesos mejor ventilados de Santiago.

Para terminar, música ochentera que me sigue poniendo como una moto.  Matia Bazar. Ti sento.

46. Gente preciosa y un sueño cumplido

El cáncer sigue presentándome en el hospital a gente que vale la pena. Hoy he conocido, entre otros, a Mercedes, que está guapísima con su pelo rapado y con la sonrisa puesta; y a Preciosa, que en el nombre lleva la circunstancia, por mucho que ella lo niegue. Me acordé con ella de una anécdota protagonizada por el rabudo original, que no es otro que mi hermano, primogénito de la mala hostia familiar.

Hace muchos años teníamos en Vigo una vecina que se llamaba precisamente así, Preciosa (igual no sabéis que el nombre sin abreviar es Preciosa Sangre de Jesús, que hay que echarle huevos para ponerle a una niña el nombre de una transfusión). El caso es que un día iban por la calle mi madre y mi hermano, que con dos años y poco ya hablaba más que Fraga, y se cruzaron con la vecina. La conversación fue más o menos así:

-¡Hola, Josiño! ¿Sabes quién soy?

-No

-¡Soy Preciosa!

La respuesta del enano no pudo ser más rápida y espontánea:

-¡Regular!

La preciosa sangre de Jesús debió de coagularse, pero a los de casa no les sorprendió. Yo todavía no estaba de cuerpo presente. Tampoco le tembló el pulso, siendo un renacuajo, cuando le dijeron que había que portarse bien, que Dios lo veía todo, y respondió: “¡Me da igual, voy a matar a Dios con una pistola!”. El anticristo con mandilón. Le conté la anécdota a la Preciosa del hospital y metimos otra risa en el saco del buen rollo que nos dan cuando nos inscriben en el mostrador de control como pacientes oncológicos; llenarlo o dejarlo vacío es cosa de cada uno.

Después de la sesión radiactiva de la mañana me tocó consulta con Isabel, la enfermera, que solo tuvo que poner una marquita menor en el capítulo de la alopecia. Por lo demás, como un roble de hoja caduca.

La sorpresa me esperaba al final del día. Llamaron al telefonillo. Era un mensajero que preguntó por mí. Estuve a nada de contestar como Díaz Pardo, que siempre utilizaba esta fórmula cuando lo buscaban por teléfono:

-¡Hola! ¿Está Isaac?

-¿Quen o chama?

-Son Nacho Mirás

-¡Entón son Eu! No sabía nada el viejo. Si eras otro al que no le apetecía ver te decía: “Vai no médico”. Era un hombre enorme en un cuerpo menudo.

Pero yo abrí y subió el mensajero, que traía un paquete grande. En un bolsa, quiero decir. Y junto con el bulto, una carta. Me entregó el lote y se fue con las buenas tardes, sin firmar nada. No me lo podía creer. La carta era de los mismísimos Reyes Magos, de los tres. A ver si va a resultar que como ha estado estos días por aquí Garzón y de nombre es Baltasar ha habido una confusión; o con mi compañero Xurxo Melchor… Pero no tengo ningún Gaspar en la agenda, así que, republicano como soy, no me ha quedado más remedio que dar por bueno el documento real. ¿Qué había en la caja? Pensad… Tres, dos, uno… ¡Premio! El Scalextric que llevo esperando 35 años. Yo he llorado de la emoción y mis hijos de la alegría. Majestades, les perdono el retraso y ustedes no me tengan en cuenta la República. Sabré recompensarlos en comida, que es como solemos agradecer en Galicia. La República y las monarquías están condenadas a entenderse hasta que ustedes se extingan.

Por último, antes de salir volando -voy a echarme la calle con ciclogénesis o sin ella- os dejo el poema de Manoel Emilio Amado que ayer me dedicó en el Teatro Principal el gran Carlos Blanco durante la presentación del proyecto audiovisual CoraSons. Está en gallego, pero los de fuera lo entenderéis bien. Nuestro bardo de guardia, Eduardo Pondal, dijo que “los buenos y generosos nuestra voz entienden”. Aquí sobra bondad y generosidad. Es la historia de un enfermo que está enamorado de su médica del ambulatorio. Y de propina, otra pieza para la banda sonora del cáncer, una muy propia de un viernes especial: 14 de febrero, San Valentín, día de los enamorados. Hoy me voy a tomar la quimio en una parrillada del Ensanche de Santiago. Anote eso en el expediente, doctor, para la estadística. Buenas noches, buena gente.

VÉXOVOS NA PORTA DA CONSULTA E SÚBEME A UREA,
PERDO O CONTROL DE ESFÍNTERES,
SÚANME AS MANS.
O RÍTMO CARDÍACO DISPÁRASE NUN BAIPÁS SE RUMBO, PIM PAM,
PIM PAM.
SÉCASEME A GORXA, RESPIRO A MEDIAS,
BUSCO A TENTAS O VENTOLÍN
E TÓPOME COA TARXETA DO SERGAS, PEQUENA, CADRADA…
CO MEU NOME ESCRITO NELA, E UN NÚMERO.
FAIME UN TAC,
AUSCÚLTAME, PROISPECCIÓNAME, TÓMAME A TENSIÓN.
VERÁS QUE ESTOU COIMO UN CARBALLO VELLO POR TI,
MIÑA SEÑORA E AMA,
ENFERMEIRA DA IALMA DA MIÑA DOENZA.
CÚRAME, VÉNDAME,
PONME NA LISTA DE ESPERA DO TEU CORAZÓN
ESPECIALISTA.
QUEN FORA GLUCEMIA NO TEU SANGUE
QUEN LEUCOCITO QUE TE PERCORRESE
VÁLVULA, VENTRÍCULO, CÁLCULO BILIAR
ESPASMOS TEÑO, PEDRAS NO RIL DO RÍO SIL,
CAÑÓN QUE DISPARA, INTESTINO DELGADO,
TROMPA DE FALOPIO,
ESCÁNER.
FAIME UN ESCÁNER SE TI QUERES
PLACA SON.
APLÁCAME COMO TI SOA PODES FACELO
DULCE CALMANTE
TRANXILIUM MEU DE CADA NOITE.
DURMO PENSANDO EN TI
DISOLVIDO NO TEU VASO EFERVESCENTE,
TOLO POR TI, SEÑORA E AMA
CIRCUNCISIÓN
EXTREMA-UNCIÓN DOUTORA DO MEU MAL, QUE NON TEN CURA
QUEN FORA CRÍSE PARA EXPIRAR EN TI AO FIN DOS DíAS.
TERMINAL
E NAMORADO.   (Manoel Emilio Amado)

The Cure. Friday I’m in love (El viernes me enamoro)

45. El mejor peor momento de mi vida

Entre todos conseguís que esté pasando el mejor peor momento de mi vida. Antes de ponerme a jugar otra vez a las farmacias, voy a hacer un repaso rápido de la jornada y a escribir otro capítulo de mis obras sanitarias completas. Arranqué a primera hora del miércoles gastándole corriente a chorro al servicio de radioterapia, con lo que debe de tragar un acelerador lineal. Es entrar en el hospital, todo iluminado y lleno de enchufes y cables, y me imagino lo que sufriría mi padre si fuera el gerente, todo el día apagando luces.

-Papá, mira que si apagas el acelerador lineal tiene que volver a arrancarlo un físico…

-¿A quién carallo alumbran esos fotones? ¡Que no somos accionistas de Fenosa! ¿No los hay de bajo consumo?

A veces tengo la sensación de haber crecido en una nebulosa por culpa de Fenosa. A lo que iba. Fue salir de la churrería atómica y me entraron unas ganas tremendas de mojar el churro, en sentido literal. Así que me fui a la cafetería a darme el gusto. En marzo del año pasado publiqué en La Voz de Galicia un reportaje titulado Los últimos churros de autor, una historia  en la que le ponía cara al responsable de los 1.500 churros que se mojaban entonces a diario en el Hospital Clínico Universitario de Santiago, además de otros quinientos repartidos entre el Gil Casares, el Psiquiátrico y el Hospital de Conxo: Valeriano García Temprano, compañero de servicio militar de mi padre. Es increíble, pero el día que fui al hospital a buscar el diganóstico fatal me encontré en el ascensor al churrero de la mili. Era una señal de la frituroterapia que me esperaba. Valeriano es, además, y ya lo sabe él, el protagonista de otra de las frases con las que Mirás educó a sus hijos en la puntualidad: “¡Eres como Valeriano García Temprano, que siempre llegaba tarde!”. Un mito de mi formación; el culpable de que siempre soy yo el que espera.

Mojado el churro y mojado el tiempo, mi amigo Julio STC (Sobrino de la Tía Claudina) me hizo de taxista en la ruta absurda del bacalao de los miércoles: ambulatorio-empresa-Universidad. Todo para mover un burda fotocopia por media ciudad para demostrarle al sistema que tengo cáncer y que me estoy tratando. La Seguridad Social debe de ser, a estas alturas, la única institución de España donde no saben de lo mío, por eso se lo tengo que recordar cada siete días. La parálisis burocrática de este país en la era digital es de vergüenza. La de pacientes que podría atender un médico de familia en el tiempo que dedica a tramitar formularios evidentes. Como no hay mal que por bien no venga, moverme con uno de Ourense por Santiago me aporta kilos de sabiduría popular. O frases grandiosas del tipo: “Un ourensano es el único fulano del mundo capaz de comprarse un Ferrari de gasoil”. Hay mucha idiosincrasia en semejante afirmación. Y porque la dice uno de Ourense, que si la digo yo me corren a hostias, con lo que quiero yo a Ourense y a su género humano. Nos reímos poco de nosotros mismos, con lo sano que es.

Después de la turné la mañana se complicó sanitariamente por circunstancias que no vienen al caso, pero improvisamos y salimos airosos. El final del día fue inolvidable. Asistí en el Teatro Principal a la presentación del proyecto audiovisual y literario CoraSons, me reencontré con viejos amigos como Uxía Senlle o Xosé Manuel Budiño y Carlos Blanco, enorme, acabó dedicándome el poema sanitario más bonito que ningún hombre me haya dedicado jamás. ¡Incluso firmé un autógrafo! Yo, que solo toqué las palmas. Por este tipo de detalles digo que, entre todos, conseguís que esté pasando el mejor peor momento de mi vida. Estoy fuera de hora y tengo todavía que jugar al Quimicefa con el cáncer. Así que os dejo con João Afonso, que cantó así de bien y que me recordó que estas memorias sanitarias no dejan de ser, en todo caso, una larguísima carta de amor. (la letra, después del vídeo).

Quando for grande vou ser
quero ser um realejo
ter um pedaço de terra
fogo que salta ao braseiro
dormir no fundo da serra
quero ser um realejo

Carteiro em bicicleta
leva recados de amor
vem o sono com a música
ao som do realejo

Quando for grande vou ser
quero ser um realejo
ter um burro viola e cão
chamar a dança dos sapos
correr com a bola na mão
quero ser um realejo

Quando for grande vou ser
quero ser um realejo
colher amêndoa em telhados
dar banana às andorinhas
dobrar o cabo do mundo
quero ser um realejo

Carteiro em bicicleta
leva recados de amor
vem o sono com a música
ao som do realejo

Quando for grande vou ser
quero ser um realejo
ter um burro viola e cão
chamar a dança dos sapos
correr com a bola na mão
quero ser um realejo

Carteiro em bicicleta
leva recados de amor
vem o sono com a música
ao som do realejo

44. Y yo con estos pelos

Los martes acabo reventado. Seré breve, pues (esto del pues al final es un giro vasco que he incorporado a mi vocabulario). Como cada martes, hoy tocaba evaluación general. Cuarta semana de tratamiento para castrar a mi astrocitoma anaplásico en grado III, mi tumor, mi Casiano, mi anticristo, mi tesooooooro. Los análisis de revelado rápido han salido bien, sin sorpresas. Así que podemos seguir friendo y gaseando al enemigo sin bajar la dosis. “¿Qué aprecia en el paciente?”, le preguntó mi oncólogo a su residente. La alumna se tomó su tiempo, y no me extraña. Todos con los que me encuentro dicen que tengo un aspecto cojonudo. Yo me siento bien, pero el hostión físico y químico es diario, así que algo tiene que afectar. “¿El color?”. Era eso: el color. No es que esté mutando en Antonio Machín, pero es cierto que la radioterapia me está dando un tono afrutado. Anda que como me salgan unas maracas…

En lo que no se fijaron, y yo tampoco hasta que llegué a casa y me miré al espejo, es en que los pocos pelos que tenía sobre la oreja derecha han empezado a abandonar el barco, como las ratas. No me preocupa. Conste que me estoy echando cremita hidratante, pero cuando uno acumula ya diecisiete sesiones de fritura atómica, que se te caiga el pelo supongo que es el menor de los problemas; entraba dentro de lo posible. Seguro que me aceptarían como liquidador en la planta nuclear de Fukushima, pelado y todo. Mañana me paso el cortacésped, para sanear. O igual podría ir a una peluquería y retar a la peluquera: ¿Me cortas las puntas?

Análisis, oncólogo, farmacia, radioterapia, papeleo… Los martes le hago gasto al sistema. Al menos ha salido un poco el sol en Santiago, no ha sido un simulacro. Sigo conociendo a gente nueva que me para por la calle, en el hospital… incluso en los bares. Que nadie se corte, lo agradezco, que paso muchas horas caminando solo y cada día vuestro son tres míos. El paseo larguísimo ha incluido paradas con grandes conversadores como el catedrático de Derecho Civil Domingo Bello Janeiro; el presidente del Consello da Cultura Galega, Ramón Villares -hemos apalabrado una celebración para cuando acabe el serial-; como mi especialista en PlayMobil de cabecera, Manolo Villar; o como el fotoperiodista, amigo y vecino Anxo Iglesias… Y he acabado la jornada en horizontal, cuerpo a tierra, bajo las manos de mi fisioterapeuta, que me descubre músculos de la espalda que ni siquiera salen en los libros. Todavía me quedan restos de la contractura que me hice cuando colapsé, el 6 de octubre del año pasado. Gracias, Patricia. Esos dedos sí que tienen energía y  no el acelerador lineal alemán. Y tú, además, me das conversación, que la Siemens Primus siempre me toca la misma canción. Otra cosa es el personal que maneja la máquina, mis dulces liquidadoras radiactivas.

Mañana cambio de horario en la churrería por necesidades de la producción, así que no me voy a extender. Más calvo que ayer, pero menos que mañana, me voy a meter la droga dura y me voy a la cama con Elton John, que me pone tierno; no todo van a ser Los Chunguitos y Los Suaves, que os dan un dedo y cogéis el brazo entero. Van dos vídeos, el de advertencia y el musical. En el primero, imaginaos que yo soy Luis Ciges y Elton John es Antonio Resines. Hecha la aclaración, música maestro. My gift is my song and this one’s for you…

43. Los orígenes. Dame veneno.

A unas horas de otro episodio de hostilidades, recupero un texto antiguo que me sirve para reflexionar sobre los orígenes; quién soy, de dónde vengo, a dónde voy… A dónde voy lo tengo claro: De momento, y por catorce sesiones todavía, a la Siemens Primus del servicio de Radioterapia del Hospital Clínico Universitario de Santiago -la churrería atómica- y a la guerra química de la Temozolomida. Mañana, además, toca control general. A los que me saludáis por los pasillos de oncohematología o de radioterapia -incluso en la calle-, muchas gracias. Y a los que, encima, me dais las gracias, más gracias todavía. A este paso, con tanto buen rollo y tanto abrazo, el hospital de día va a parecer un congreso de Oblatas. Con mis mejores deseos para todos los que os habéis alistado, ahí va, en reedición, Tardes de crónica negra, que arroja algo de luz sobre este fulano que firma. Lo escribí hace unos años, y dice así:

El periodismo de sucesos me vino de casta, aunque soy el único de la familia que lo ha ejercido de manera colegiada. La culpa fue de una hermana de mi abuela que estaba suscrita a El Caso. En la casa de la tía de mi padre en O Sobreiro, (Lavadores-Vigo), el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada. En aquel gres de la tía Carmen, sentado en una banqueta de formica con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán, padre de mi amigo Paco Pérez Caballero. Y conocí a Eleuterio Sánchez El Lute antes de que le trasplantasen la cara de Imanol Arias. En aquella enciclopedia del crimen de usar y tirar aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión a través de películas y series en las que al asesino siempre lo pillaban porque regresaba como un bumerán tarado al escenario del crimen. Con Colombo hice un máster en blanco y negro. Pero la base de mi educación criminológica está en casa de la tía Carmen y en esa devoción que le profesaba la hermana de mi abuela al semanario más desgarrador de la prensa española. Para cuando me licencié en Periodismo en Barcelona, en 1994, ya tenía más horas de vuelo en las morgues del Estado que muchos estudiantes de medicina.

La tía Carmen tenía toda una semana para documentarse antes de que llegasen los cadáveres nuevos. La abuela Pura no sabía leer. Pero se conocía hasta las telarañas de los archivos de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba por las tardes su hermana, tomando la fresca, en aquella escuela alternativa de práctica jurídica que mi familia montaba en la calle. Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados por la tarde en O Sobreiro, que era un plató de telerrealidad del país. En la acera, la plaqueta marrón que revestía la casa de Carmen y Benito -esa plaqueta todavía existe- hacía de respaldo. Cada vecino se llevaba su silla y acudían, puntuales como clavos, los demás tertulianos: Moncho, Chirula, Carme do Román, La Navarreta, Marcial el de la tienda… No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado y al que le quedó para siempre el apodo de O detetive. Mi padre siempre dice: “Meu primo, o detetive”. La plana mayor de Scotland Yard de Lavadores. El cuadro lo completaba Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, que venía a arreglar algún asunto funerario o para organizar el desahucio de un cadáver caducado que debía dejar sitio a otro más fresco. Milito jugaba al Tetris con la muerte: nadie sabía organizar mejor el espacio de un nicho para urbanizar, sin aprietos, a un finado y los huesos de otros seis enlatados en zinc.

En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen, el ministro portavoz, informaba de la maldad española con tanta autoridad que daba gusto escucharla. “¡Lo mató chas, chas, chas y pintó las paredes de la casa con sus entrañas, así como te lo digo, Purita, un salvaje!”.

Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacían antes los niños cuando hablan los mayores. Como para meter baza en semejantes expedientes. Y la tarde se hacía larga en aquella mesa de autopsias de O Sobreiro. Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por genética, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre -un día escribiré sobre ellos, que son una tropa-, lo apodaban Chessman porque era clavado a un criminal al que gasearon en el penal de San Quintín. “Meu primo O Chessman”, decía Mirás. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, mie abuela me revolvía el pelo y me decía: “¡Ahhhhh, Landrú? De aquellos polvos vinieron estos lodos. Y ya después, con el paso del tiempo, el título, el periódico… La vida, que es la verdadera crónica de sucesos propia.

Hoy ya no me dedico casi a redactar de tripas. Bueno, de momento cuento el suceso en el que vivo instalado, pero como hobby, que para eso estoy de baja. Solo una cosa más: si un día no escribo, que nadie se preocupe más de lo necesario. Puede ser simplemente que me apetezca descansar. Si la cosa se alarga, consultad entonces las esquelas de La Voz de Galicia, que por convenio me tienen que poner una en un sitio visible. Por cierto, ahórrense la tinta de la cruz, que no están los tiempos para derrochar en rayas. No es nada personal. No diréis que no mola estar seguro de que tu necrológica saldrá gratis en el quinto periódico de España. Voy con la droga dura. Qué mejor que esta canción de Los Chunguitos para amenizar el envenenamiento controlado de mis células. “Dame veneno que quiero morir, dame veneno. Antes prefiero la muerte que vivir contigo, dame veneno, ay para moriiiiiir”. Lo de que quiero morir, astrocitoma anaplásico de los cojones, es una licencia poética. Buenas noches. Mañana más.

42. Minutos musicales

Algunos me habéis preguntado cómo es eso de utilizar la música para contrarrestar algunos efectos de la quimioterapia. Básicamente, como palillar con bolillos para putear a la artrosis, En la primera semana que empecé con los citotóxicos noté una especie de hormigueo desagradable, sobre todo, en los dedos de las manos. Me di cuenta de que, sin embargo, después de una sesión de escritura con teclado, la cosa mejoraba. Como nunca he sido cojo con las cosas que se hacen con los dedos, he incorporado la músicoterapia a la física, la química y la escritura. Sin receta, porque me da la gana. Y me va de puta madre. Como soy viejo gaiteiro, lo que hago ahora es utilizar más que antes, sobre todo por las noches, un controlador MIDI con digitación de gaita conectado a un MacBook, concretamente la MasterGaita de José J.Presedo, y hacer covers sobre todo tipo de temas, desde el pianista coreano Yiruma y su River flows in you a mi adorado Kepa Junkera. La gaita electrónica me permite tocar sin que los vecinos me sometan a un consejo de guerra. Aquí debajo van tres minutos de gaitaterapia sobre la Xota da Guía que, en el doble álbum Galiza, Kepa toca acompañado de mi colega Xosé Manuel Budiño. Aprovecho para dedicársela a ellos y todo el que se haya embarcado conmigo en este ejercicio de supervivencia a largo plazo. Si la música no amansa a la fiera, al menos que la acojone. Feliz lunes. Los oncólogos tienen que estar flipando.

41. Suplemento. Entrevista al oncólogo Juan Cueva

El 19 de mayo del año 2013 publiqué en la contraportada de La Voz de Galicia, en la sección La Cara B, una entrevista con el oncólogo Juan Cueva Bañuelos. Mal sabía yo lo que me esperaba. Hoy la recupero como suplemento dominical por lo mucho que aporta; hay reportajes y entrevistas que deberían tener vida más allá de la prensa del día. En aquel momento era Angelina Jolie la que anunciaba que, para prevenir un cáncer futuro, se disponía a extirparse las dos mamas y los ovarios.

Juan Cueva: «El paciente oncológico se engancha a su médico»

Casos como el de Angelina Jolie provocan un gran revuelo, pero positivo

xoan a. soler
Xoán A. Soler / La Voz de Galicia

«Nos llevamos el trabajo a casa, pero procuramos dejar a los pacientes en la consulta; de otro modo, nos quemaríamos». Juan Fernando Cueva Bañuelos (Avilés, 1960), adjunto de oncología médica en el Hospital Clínico de Santiago, dice que noticias como la decisión de la actriz Angelina Jolie [extirparse ambas mamas y los ovarios para prevenir un cáncer] descolocan a los especialistas, pero son buenas porque ayudan a gente que está en la misma situación y duda.

 -Una decisión dura que provoca un terremoto mediático…

-Dificilísima. Se trata de una mujer sana con antecedentes familiares que se hizo el test genético y le salió positiva la mutación del gen BRCA1.

 -Y eso supone…

-Que el riesgo de tener un cáncer de mama y de ovario a lo largo de su vida es de entre un 60 y un 85 %, aunque cada caso es diferente y existen unas tablas para calcular el riesgo concreto en función de antecedentes y otros factores. El cáncer no se hereda, se hereda la predisposición, pero es muy alta.

 -En Galicia hacemos este tipo de test, supongo…

-Y, desde hace tiempo, en toda España. Pero no se lo puede hacer cualquiera, hay una serie de criterios que los oncólogos conocemos bien y son los que nos llevan a plantearle al paciente el test. Si la mutación del gen da positivo, hay varias opciones: la primera, un seguimiento muy cercano que hay que empezar pronto. Es lo que hace la mayoría de la gente, pero es muy estresante porque no elimina el riesgo. La segunda, tratamientos quimiopreventivos, aunque los estudios no parece que vayan por ahí. La tercera sí que reduce el riesgo en un noventa por ciento e incluso más: una cirugía profiláctica de mama bilateral.

 -¿Cómo va la batalla contra el cáncer de mama?

-Estamos a la cabeza del mundo en esperanza de vida de la población. Y, a más edad, más riesgo de cáncer de cualquier tipo. En mama, la supervivencia ha aumentado desde hace unos diez años. Las campañas de detección y los tratamientos nos han hecho llegar a un porcentaje de curación en estadios iniciales de un 80-90 % a diez años.

 -¿Y qué hay que mejorar?

-Lo más urgente es la atención a la paciente superviviente en aspectos como el psicológico o la reinserción laboral.

 -¿Y quién atiende a los oncólogos? Su día a día es duro…

-Hoy, la parte técnica obliga a un estudio tremendo, sacando horas a la familia. Y das malas noticias, pero también buenas. Lo peor es cuando a algunos no los puedes curar y llega la fase final, muy intensa emocionalmente para el médico. Antes nadie se preocupaba de esto. Ahora se publica sobre el burn-out (síndrome del quemado) de los médicos, y los oncólogos estamos a la cabeza. Trabajamos mucho, nos gusta lo que hacemos, y el paciente oncológico se engancha al médico, se establece una conexión especial. Hay momentos duros, pacientes que te marcan. Yo tengo cuatro o cinco que recuerdo siempre aunque los tratara hace veinte años. Al salir de la consulta procuro olvidar cada caso concreto hasta el día siguiente.

40. Qué bueno que viniste…

Con quince sesiones de radioterapia y veinte de quimio, todavía sigo siendo yo. ¿O quizás soy más yo que antes de que me diagnosticaran un cáncer? Cuando me preguntan cómo estoy suelo contestar con la frase que me decía a mí Isaac Díaz Pardo: “¡Vivo, estoy vivo!”. Queda otro tanto en la freidora radiactiva del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela y varios ciclos de citotóxicos al triple de dosis. Si después de semejante invasión los médicos consiguen de verdad matar solo lo malo y dejar lo bueno, entonces les deberé la vida. No está en mis planes deberles la muerte. En todo caso, estamos todavía en el camino, doctores, tómense su tiempo.

Ya he contado que para radiarme el cerebro con precisión me sujetan cada día la cabeza a la camilla del acelerador lineal Siemens Primus con una máscara de plástico hecha a medida. “¿Qué hacéis con las máscaras una vez que termináis el tratamiento?”, le pregunté el otro día a uno de los técnicos. “Se tiran -me respondió- no valen para nadie más”.

-¿Y si quiero quedármela?

-¿Y para qué vas a quedártela?

-No sé, para acordarme de todo esto.

-¡De todo esto lo mejor es olvidarse!

Puede que no le falte razón al churrero atómico, pero yo estoy convencido de que el vaciado plástico de mi cabeza quedaría estupendamente decorando en 3D una pared, aunque sea la del trastero. Siempre he sido un chatarrero.

Cualquiera que tenga la idea de que la sala de espera de radioterapia es un lugar triste donde la gente comparte las penas debería darse una vuelta por la del Clínico de Santiago a la hora que voy yo. Allí se encontrará a J., por ejemplo, un tipo de Vista Alegre que habla alto y que dice lo que piensa sin contemplaciones. Generalmente pone a parir al Gobierno, a Aznar, a Ana Botella… Y lo hace con gracia. Eso le quita hierro a la seriedad de lo que se cocina detrás de las puertas. Es difícil que no acabemos descojonándonos por la ocurrencias de un compañero de lucha que, siempre que despotrica de la realeza o de los políticos, acaba las frase con la misma jaculatoria: “¡A nai que os pareu! (la madre que los parió)”.

J. suele entrar en el acelerador justo después que yo, así que cuando nos cruzamos en el pasillo le digo: “Te queda la máquina caliente, aprovéchala”.  Estar de una pieza después de tres semanas de caña química y radiactiva, no obstante, tiene algunos inconvenientes. Corres el riesgo de que los que te rodean te vean demasiado entero y te exijan que funciones como antes; lo que llevas dentro lo sabes solo tú. Que nadie pierda la perspectiva.

En todo caso, la energía mediterránea que necesitaba para acabar bien la semana me llegó por el aire y ninguna ciclogénesis fue capaz de impedirlo. Cuando accedí a la sala de llegadas A del aeropuerto de Lavacolla, todavía con la noche encima, me sorprendió encontrarme con un espacio lúgubre y mal iluminado en una terminal que nos ha costado una pasta a los contribuyentes. Además, la terraza de la cafetería, un negocio privado, se come la zona pública y deja solo unos pocos metros para el reencuentro. Una millonada en la nueva terminal para acabar desembarcando en un trastero. Y cada cinco minutos, que son eternos cuando esperas noticias del cielo, un trenecito infantil que funciona con dinero y se come otro metro cuadrado toca a toda pastilla: “Hola, don Pepito, hola, don José”. El horror.

Como ya no me callo nada, como J., mientras llegaba mi viajera me fui al mostrador de AENA y, sin tono borde, le dije a la chica que estaba detrás: “Buenos días. He visto tanatorios mejor iluminados que la sala de llegadas. Entre el tiempo que tenemos fuera y la penumbra de dentro, lo raro es que alguien quiera aterrizar aquí”. Después se quejarán de que disminuye el tráfico aéreo. Aunque la empleada me contestó que quizás hubiera un fallo eléctrico derivado del temporal, a los cinco minutos la luz se hizo, justo cuando se abrieron las puertas y desapareció el riesgo de abrazar, equivocado, a un técnico de mantenimiento. Protestar sirve. Ahora hay que conseguir que AENA coloque los paneles informativos junto a las puertas y no en el quinto carallo. Y mantener a raya a los chiringuitos privados que nos comen el espacio que pagamos todos. En todo caso, logística aparte, tengo medio lleno el saco de los abrazos que me han llegado por vía aérea. Si de aquí a mañana consigo llenarlo entero, que se preparen en la freidora.

Ahí van Los Secretos, en acústico. A los resucitados nos pone la letra, que es toda una declaración de intenciones. Puedes llevártela en el avión de vuelta sin pagar suplemento; pesa poco para lo mucho que dice. Feliz domingo.

 

39. Simulación de la vida

Con la mierda de tiempo que tenemos, encharcados de tantas ciclogénesis explosivas encadenadas, o pones la imaginación a trabajar o te ahogas y te tiene que levantar el forense. A mí, esta mañana, como a Roberto Benigni en La Vida es Bella, me ha dado por la simulación, pensando precisamente en aquella maravilla de artículo que me dedicó Manuel Jabois en El Mundo. Así que, justo después de dejar a los niños en el colegio, me fui directo al garaje donde tengo guardada la caravana. La excusa era pagar el mes, pero se me fue la mano. Entré en mi casa con ruedas, me tumbé sobre la cama y me imaginé que estaba en el cámping Pavillon Royal de Bidart, en el país vasco francés, rodeado de esas familias holandesas y alemanas tan ordenadas que planchan las tiendas de campaña con raya. Afuera, en la realidad, llovía a dolor, pero disfruté del momento tanto que si me descuido me quedo a comer. Mi caravana siempre huele a verano, si es que me acuerdo a qué huele el verano.

Después regresé a casa y seguí imitando mi vida anterior. Me fui al sótano y, de una sola patada, arranqué mi Vespa 150 Sprint de 1966 con matrícula de Córdoba, metí primera y me di unas diez vueltas entre los coches de mis vecinos. No había vuelto a oler el motor de mi novia italiana made in Spain desde que me operaron, así que disfruté del viaje a ninguna parte medio colocado por los vapores de la gasolina mezclada con aceite. Cuando me subo a alguna de mis motos -la otra es una Suzuki Burgman 400- me convierto en el centauro con manillar que realmente soy. No poder disfrutar ahora del parque móvil es otro daño colateral del puto cáncer y sus mariachis, por eso la simulación me sirvió para recordar cómo era la vida antes y para reafirmarme en cómo será después.

Acabé la mañana de simulacros tomándome una cerveza en mi local de cabecera, La Bodeguilla de San Lázaro. Vale, era una cerveza con truco, pero la disfruté en una mesa interior igual que en un chiringuito. No sé si lo sabéis, pero en el mundo de la oncología corre como la pólvora una marca concreta: la Superbock negra sin alcohol, quizás, de las descafeinadas, la que más se parece a la cerveza verdadera. Menos mal que nos queda Portugal. No me pagan por anunciarla, pero probad y me contáis.

Después tocó volver a la realidad sanitaria en la que vivo instalado. Llovía tanto y hacía tanto viento que estuve por llamar a los buzos de la Guardia Civil para que me llevaran al hospital en una lancha neumática con la sirena puesta. Al final lo hizo un amigo en un coche anfibio. Os aseguro, en cualquier caso, que entre la caravana, la Vespa y la cerveza entré en la freidora como quien va a tostarse al solarium. Lo que no fue una simulación fue el apagón provocado por la ciclogénesis que afectó a todos los aceleradores lineales de la churrería del Clínico Universitario de Santiago. Y estas máquinas, que son alemanas, no se arrancan tirando de una cuerda. Tuvieron que venir los físicos a resucitarlas y eso provocó algún problema en el servicio, solventado en todo caso por el magnífico equipo profesional que lo gestiona. No puede ser que semejantes aparatos estén a expensas de las tormentas. Los sistemas de alimentación ininterrumpida (SAI) se usan ya hasta en las lavanderías, conselleira. Menos escayolar montes y más inversión donde hace falta.

Me acuesto, que necesito descansar. Un consejo para todos aquellos a los que os toca la dura carga de acompañar a un enfermo oncológico: la escala de valores, prioridades y tiempos de los que tenemos cáncer no tiene nada que ver con la del resto del mundo. Por eso ayuda mucho que no estallen discusiones provocadas por chorradas; ayuda que nos digan que sí a cualquier estupidez que nos apetezca, por mucho que a otros les parezca una tontería o simplemente no lo entiendan. Olvidad la racionalidad como precepto. El problema verdaderamente importante es el cuadro clínico, con el que cargamos nosotros solos. No me canso de decirlo: nadie se radia ni se envenena por nosotros; nadie sufre los efectos secundarios de la radiactividad y de la química. Así que dadnos el gusto, aunque sea la razón del tonto. Veréis que bien nos va, a los que cuidan y a los cuidados. Me voy a la cama con Pasión. Con Pasión Vega y sus cosas que hacen que la vida valga la pena. Ahora toca ser feliz… (continuará)

38. Burrocracia semanal en la era espacial

“Ya te vi ayer en la tele, neniño, te sacaron bien, pero estás más guapo en directo, mucho mejor que en el periódico”. Escuchas eso a primera hora de la mañana en el pasillo del Hospital de Día de Oncología y te ves capaz de invadir Portugal. La mujer que me lo dijo tendría setenta años. Pero el piropo me sentó de bien como si ella tuviera 26. Quiero pensar que las señoras de setenta no le mienten a un paciente oncológico. ¿Baila?

Hoy me han radiado a las nueve, así que he cambiado un poco la rutina, que tampoco viene mal. Mi festival diario de fotones vuelve mañana a su horario habitual. Después de las hostilidades radiactivas he caminado largo hasta el centro de salud para cumplir con la burocracia sanitaria. Parte de confirmación de baja número 18. Y los que quedan. Burrocracia de papel mientras estamos pensando en mandar fulanos forrados de papel Albal a plantar repollos a Marte. ¿Quién dirige la mecánica de los partes semanales obligatorios? ¿Matusalén?

Después me hice mis kilómetros para entregar el parte en mano en la empresa, en la facultad… Podría hacerlo por correo electrónico, pero ya que estamos prefiero caminar. Lo que jode es que el trámite sea semanal. Y, como ya dije, de ir al ambulatorio a buscar la baja no te libras. Si se trata de que te despidan, sin embargo, lo pueden hacer por buró fax. Le firmas la entrega al cartero y estás en la puta calle. Así de simple. Disfruten lo votado.

Como también he contado, cada día redescubro olores nuevos. Con el trozo de cerebro que me rebanaron en la operación del 12 de diciembre del 2013, con su correspondiente astrocitoma anaplásico dentro, el neurocirujano se llevó casi toda mi memoria olfativa, así que sigo acumulando novedades. Ayer olí por primera vez la pintura en un plató de la Televisión de Galicia. ¡Qué colocón! Por la calle, los perfumes de la gente son todos nuevos. Me pasa también con los sabores. Este mediodía me he reencontrado con el cocido, del que recordaba que me gustaba, pero no a qué sabía cada ingrediente. Menuda alegría: comida exótica con grelos.

No siempre es una sensación agradable volver a almacenar olores y sabores. Sobre todo porque se graban por separado, me explico: de una sopa no guardo el recuerdo del sabor a sopa, sino cada ingrediente: el agua, la pasta, la carne o los tropezones… Y detecto a menudo un olor afrutado que lo mismo está presente en la Coca Cola Light que en el Disiclín o en la crema hidratante.

Noto que me crecen más rápido las uñas; serán también efectos de la física o de la química. Cualquier día empiezo a disparar telas de araña por las muñecas y tengo que pedirle a mi madre que me calcete un traje para salvar a la humanidad. Y sigue acentuándose la sequedad de la boca. Como no creo que me vayan a hacer una transfusión de saliva allí donde me la quitan, tendré que probar con alguno de los inventos que la gente me receta: zumo de aloe vera, poner una gominola debajo de la lengua… El recurso de la saliva artificial me da más asquito que la posibilidad de buscar donantes. Bueno, depende de la donante. Tampoco pongáis esa cara, que anda que no hemos intercambiado todos salivazos y gérmenes con bocas ajenas desde bien jóvenes. Y sin causa médica. Vaaale, lo dejo.

Hoy les he puesto a mis hijos la versión de Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, que hicieron Los Suaves, la que cerraba el post de ayer. Y les ha entusiasmado. La blogoterapia es un tratamiento autorrecetado que complemento con músicoterapia. Hoy me voy a la cama con una banda sonora que me emocionó cuando Televisión Española estrenó El Gran Héroe Americano. Teníais que verme con diez años, decidido a pedirle matrimonio por teléfono a Connie Selleca y traérmela para A Salgueira. Me voy al sobre, que ya está el agente Bill Maxwell gritando: “¡Ponte el pijama, muchacho!” Stay tuned; to be continued.

37. Ciclogénesis, saliva y polvos

Mi amigo Julio, el sobrino de la tía Claudina, dice que, desde que soy un paciente oncológico, estiro los días hasta el punto de que es como si viviera en una jornada sola lo que darían de sí tres. Ese es el espíritu, Julio. Lo de hoy ha sido especialmente intenso, incluida una ciclogénesis explosiva en sesión de tarde con una baja: Sí, amigos, mi paraguas Jani Markel, mi Tizona china, se ha doblegado ante los elementos. Al margen de la desgracia paragüera no podía dejar de echar una mano, en el Día Mundial contra el Cáncer, a mis compañeros de los distintos medios de comunicación que contribuyen con sus informaciones a normalizar algo que todavía no es normal. Así que si levantáis la tapa de la olla de la sopa y aparece dentro mi cicatriz, pensad que es un tropezón puntual, un picatoste radiactivo. Perdón por las molestias, pero tocaba. Gracias a todos los que han pensado que podía aportar algo a una fecha tan especial para los que tenemos células salvajes que se empeñan en trascender por encima de nosotros mismos.

He cerrado la gira mediática de hoy con una entrevista en mi propia casa, en V Televisión, y no os  podéis ni imaginar la alegría que me llevé cuando mi compañera y amiga Fernanda Tabarés me recibió con un fuerte abrazo en el vestíbulo de la redacción central de La Voz de Galicia y me dijo: “Ven, que antes de nada vamos a echarte unos polvos”. ¿Así, sin bailar? Que los polvos fueran maquillaje para que no me brillase el cartón en plató era lo de menos. Qué frase, Fernanda. He estado tan a gusto hablando del cáncer en Vía V que, por un momento, casi me olvidé de que el cáncer era mío. El enlace al programa ya lo pongo mañana. Pero a Fernanda le prometí que hoy os daría las buenas noches con la versión que hicieron Los Suaves de las Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, con las que rematé el post de ayer. Y yo soy un tipo de palabra, con polvos y sin ellos.

En cuanto al parte médico de hoy, todo muy bien. Los análisis de control, inmejorables, así que podemos seguir fumigando al enemigo sin contemplaciones. Hoy ya sé que la sequedad de boca y de garganta es un daño colateral de la freidora y no de la quimio, como pensaba, pero el oncólogo -que me estrechó la mano a la vista de los resultados de una analítica que no descartéis que sea mejor que la suya propia- me dijo que no me preocupara: “Existe incluso saliva artificial. A ver qué tal vas con la sequedad de mucosas la semana que viene y lo valoramos”. No tenía ni idea de que existiera saliva artificial. Pero ahora que lo sé se me ocurren de repente varios usos posibles, aunque ninguno es terapéutico.

De nuevo me han despachado en la farmacia del hospital de día la medicación para la próxima semana, mi cena de astronauta a razón de 150 miligramos de Temozolomida cada 24 horas. Y me han cocinado al punto una vez más en la churrería atómica del sótano -3, donde nunca me siento solo frente a los isótopos. Me retiro, que mañana hay un pequeño cambio de horario en el acelerador lineal. Maestro Yosi, te cedo la palabra. Palabras para Julia. Pensando en ti, como ahora pienso.

36. De la muerte y de la vida

La única diferencia entre los tanatorios y los aeropuertos es que en los primeros todas las puertas son de embarque; no anuncian llegadas. Eso y el Duty Free. Hacia tiempo que no iba a despedir a nadie para siempre pero, en dos días, me ha tocado dos veces. Igual pensáis que un fulano en mi situación, esquivando la guadaña a tiempo completo, debería evitar ciertos lugares, pero cuando hay que estar, hay que estar. “Está morrendo xente que non morrera nunca” (se está muriendo gente que nunca antes había muerto), decía el domingo mi padre, tesorero de la retranca familiar, en el velatorio de mi madrina. Allí estaba ella, con el traje verde que se compró con mi madre en el Corte Inglés, la manicura hecha y el pelo arreglado como si tuviera billete de ida y vuelta a Madrid. Los tanatorios van camino de competir en los premios a la excelencia hostelera. El domingo había en el Vigo Memorial sofás de piel, calefacción programable con pantalla digital, una Nespresso, un bizcocho para matar -que ironía- el hambre, caramelos, Wifi, la prensa del día… Y azafatas de Alavai Airways que se preocupan de que a los vivos no les falte de ná. Restaurante, tiendas, habitaciones por si alguien quiere velar dormido… He pagado pastones por hoteles mucho más cutres. Lo del bizcocho es la rehostia.

Hoy me ha tocado repetir en Oroso, muy cerca de Santiago. Las comparaciones son odiosas, pero el Tanatorio Martínez, con sus columnas neoclásicas, mantiene el tipo. Por un momento pensé que estaba en el Casino de Torrelodones. Si el negocio le va mal a Martínez, que no debiera porque ya dice mi padre que “está morrendo xente que non morrera nunca”, siempre puede reconvertir el local, que los bordes de la Nacional 550 dan mucho juego para la hostelería alternativa. En todo caso, y ahora me pongo serio, tanto en Vigo como en Oroso me centré en la circunstancia y no me dejé impresionar por la pompa. Los que embarcaron en el finger sin retorno merecían la mejor de las despedidas y así se la dimos. En realidad merecían quedarse, pero Dios sigue haciendo el indio. A ver si nos centramos de una vez, que esto ya está pasando de castaño a oscuro. Siga así, Señor, que acabarán abriéndole un expediente en el Consejo General del Poder Celestial y lo degradarán a perro de San Roque . ¿No está llevando la broma demasiado lejos? ¡Pare ya, que aburre!

No tengo ninguna prisa por acabar expuesto en un escaparate al otro lado de un bizcocho, así que sigo escapándole a la hostelería del juicio final como mejor sé: con rayos, truenos y centollos. De los rayos se ocupan Raquel, Mónica, Jesús… el personal de esa churrería atómica en la que hoy me han vuelto a freír el cerebro durante diez minutos. Ya solo quedan 19 sesiones de radioterapia; voy a acabar echándolas de menos. A ellas. A falta de una Santa Bárbara a la que rezar, los truenos los pone la Temozolomida, la química citotóxica de autor que me mata las células malas y las buenas. Es cierto que todavía no hay demasiados daños colaterales, aunque hoy he empezado a notar sequedad constante de garganta. No está probado que los centollos tengan propiedades anticancerígenas, pero los despachan sin receta.

En estos últimos días, entre tanatorios, acelerador lineal y drogas para putear al máximo a mi astrocitoma anaplásico en grado III y a su sombra, no dejo de pensar en una frase que me dijo el especialista hace dos semanas, seguro que con buena intención: “Aquí tenemos gente que, con lo suyo, lleva incluso veinte años viniendo a las revisiones”. ¿Os habéis fijado en el detalle? Sería reconfortante si no fuera por el “incluso”, que hace de la supervivencia a largo plazo una excepción. ¿Incluso? Pues no me deja nada tranquilo, doc. Si tengo 42 años y puedo durar, incluso, hasta los 62 ¿A quién coño le estoy pagando la pensión? Con semejante pronóstico voy a tener que empezar ya a bailar los Pajaritos de María Jesús y su acordeón en Benidorm, porque yo tenía planes para retirarme hacia los setenta tacos y pasarme otros veinte disfrutando de la jubilación. Joder, qué panorama.

Mañana (cuando publique el post ya será hoy), 4 de febrero, martes, es el Día Internacional contra el Cáncer. Por si no tuvisteis bastante con el Telediario del domingo; con la entrevista de la agencia EFE reproducida por varios medios escritos de toda España; con las charlas con Carles Francino en La Ventana, con Ramón Castro en Compostela en la Onda y con Isidoro Valerio en Voces de Galicia; o con los increíbles artículos de Manuel Jabois en El Mundo, de Jaime Mariño en Diario Responsable o de Luis Pousa o Mario Beramendi en La Voz de Galicia, mañana seguiré contando mi guerra de Gila para quien la quiera oír en el Bos Días de la Televisión de Galicia, por la mañana, y en Vía V, de V Televisión, por la noche. ¿Está el enemigo? ¡Que se ponga! La asistencia no es obligatoria. Prefiero eso a huir de la ciclogénesis explosiva de los cojones vegetando en el sofá mientras en el Discovery Max subastan las miserias de Norteamérica. Que estos días esté en todos los fregados es una cuestión de momento y de circunstancia. El estatus de celebrity de la oncología no me reporta más beneficio que el sentirme útil. Pero lo hago con gusto porque sigo convencido de que llamarle al cáncer por su nombre es una labor de servicio público. Mi propio padre sigue llamándole “petate”. “O meu fillo ten petate”. No, papá, soy cáncer y tengo cáncer. Además, paso de entrevistador a entrevistado también porque me da la gana; en mi vida soy yo ahora el único que tiene derecho de veto. Es una pena que no pueda venir conmigo Manolo, mi carnicero, que lleva diez años manteniendo el bicho a raya a base también de rayos, truenos y criollos. Manolo, amigo, ¡Menos mal que nos queda el hospital!

Acabo. En el Día Internacional del Cáncer me toca control semanal, que incluye análisis, consulta con el oncólogo, farmacia, papeleo, freiduría… día completo, día Comansi. Solo quiero dar por último las gracias a Jon Amil (@AmilGZ) por haberme dedicado un espacio generoso en ese blog cojonudo de los Médicos Internos Residentes 2015 que se llama As MIR e Unha Noites. Y, al cierre, poesía llena de vida para esa gente especial que no habría conocido de no ser por el puto cáncer. Menudo peaje. Pero lo pagaré.

PALABRAS PARA JULIA (José Agustín Goytisolo)

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

35. Dios toca de oído. Suplemento dominical

Voy a tener que hablar con el radiólogo, porque con la cantidad de energía que recibí ayer  en el concierto de Kepa Junkera en el Teatro Principal de Santiago bien me podrían convalidar dos sesiones de freidora.  Hay más Grays (gy) en una txalaparta que en un acelerador lineal alemán. Al final va a resultar que fueron los vascos los que inventaron el telégrafo; lo único que hizo Samuel Morse fue ponerle un cable y patentarlo.

Valió la pena, de verdad, retrasar la química de la noche para estar allí, a pie de obra. Ya contaré más sensaciones del concierto, porque ahora tengo la cabeza en otra cosa.

Escribo desde el tren, camino de Vigo, triste y un poco más solo que ayer. Me espera en el tanatorio Vigo Memorial mi madrina, de cuerpo presente.  Teresa Soto Ogando, Tere, se marchó ayer a los 83 años, sin avisar. Ella cumplió con creces el papel de ángel de la guarda que firmó con la llama de una vela el 24 de julio de 1971, día de Santa Cristina. Yo iba a ser Cristina para completarle a mis padres la pareja, pero no me salió de los huevos, literalmente.  Cristinito creció protegido por la sombra alargada y generosa de Tere; en mi casa se lo debemos todo. Yo, especialmente,  le adeudo ser el fulano que soy; la pulserita de oro; la esclava con mi nombre para el babero; aquel Ibertren con el que mi hermano y yo nos convertimos en factores de Renfe… Y tantas cosas inmateriales sobre las que construimos entre todos el ser humano que soy.  El cáncer, mi cáncer, madrina, vino por añadidura; vivir mata.

Tere solo fracasó en hacer de mí el buen católico que le habría gustado tener como ahijado pero, a cambio, edificó, y así lo creo, una buena persona. De beatos andamos sobrados. Y ahora, por si no hubiera hecho ya bastante, va y se me adelanta. No me cabe ninguna duda de que lo primero que hará en cuanto tenga ocasión de encararse con el que manda será pedirle explicaciones y no por lo suyo, sino por lo mío. Está en su derecho, ella que tanto rezó. ¡Ya está bien de estafar a los creyentes!

Espero que algún día me convaliden en el otro barrio el carné de conducir que mi madrina se empeñó en pagarme en la autoescuela Bonasort de Cerdanyola del Vallés, convencida de que un tipo de 18 años no estaba completo sin el B1. Nunca olvidaré la generosidad infinita de Tere, mi madrina, mi hada madrina.

La puta casualidad y la falta de criterio de Dios ha querido que Tere se vaya el mismo día, justo cuatro años después, de que nos abandonara, también sin avisar, mi tío Antonio García Vila, el penúltimo de Os Peruchos de Castrelos. En la familia no estamos hoy para hostias. Así que, como suplemento de los domingos, rescato la crónica que escribí hace cuatro años, cuando despedimos con honores  a otro de los puntales sobre los que me sostengo. Pasad buen domingo.

Rumba para un gaitero muerto

 3 de febrero de 2010

Iglesia de San Pedro de Sárdoma, Vigo. 16.45. Bajo jodido del tanatorio Vigo Memorial con tiempo suficiente para hablar con el cura antes de que empiece el funeral de cuerpo presente. En el atrio me encuentro con mi amigo Nando Costas, que me va a acompañar en la gaita para despedir a mi tío como se despide a los viejos gaiteiros, con el instrumento al hombro, presentando armas. Hablamos sobre la conveniencia de comentárselo al cura, que no tiene fama de bailón. “¿Tú crees que no le parecerá bien?”, dice uno. “Yo, de los curas me espero cualquier cosa”, responde otro. Mientras el párroco aparece, le explicamos la jugada a Pedro, el sacristán, que no solo lo ve bien, sino que echa pestes contra el Faro de Vigo por no haber publicado una sola línea sobre la muerte de un gran gaiteiro: “¡E despois din que son o Faro de Vigo, se non lle dan valor ao de aquí!”, dice mientras tañe a difunto de memoria, sin partitura. “En calquera caso -añade sin soltar la cuerda que le une al badajo- dicirllo ao cura, non vaia ser”. Justo llega  el esperado que, como buen vigués, conduce un Citroën.

-Buenas tardes, don Antonio, estos chicos querían hablar con usted.

-Gracias, Pedro. Ustedes dirán.

“Mire, don Antonio -me arranco-. Como sabrá, el finado fue gaiteiro toda su vida, un gran gaiteiro. Nos gustaría despedirlo tocando una pieza”.

Don Antonio me coge del brazo izquierdo y sopesa mi masa muscular. Algunos curas tienen unos extraños ataques de fisioterapia.

“¿Y qué vais a tocar?”, dice carameloso. Yo iba con la idea de arrancarnos con una muiñeira, que es lo que le gustaría a mi tío, nada de marchas procesionales, antiguos reinos y otras piezas solemnes que están bien para investir presidentes, pero no para despedir a familiares. Pero, para no descubrir mis intenciones, le respondo: “Algo de lo que él tocaba, no sé, una rumbita, algo suave…”.

El cura piensa, sin soltarme el brazo.

“Hombre, no sé yo…”, dice. “¿Cuáles son sus intenciones?”, inquiere.

“Pues, pues… [reflexiono] nuestras intenciones son que, cuando termine el funeral, le toquemos en la puerta de la iglesia y lo acompañemos hasta el cementerio”.

Don Antonio mueve la cabeza. “No sé, no sé…” No tiene ni idea de con quién está tratando. Finalmente, resuelve: “Tocáis algo cuando salga, pero solo hasta la puerta del cementerio. Dentro no, que a alguien podría parecerle mal”. Y desaparece por la puerta de la sacristía.

Estoy completamente seguro de que ni a uno de los que fuimos al entierro le habría parecido mal semejante despedida, todo lo contrario. Pero, por no armarla, que me conozco, respiro hondo y acepto. “Hay que joderse con el clero”, pienso para mí.

Durante el funeral permanezco, como es costumbre, fuera de la iglesia, que me sé la misa de memoria y hace años que no escucho allí dentro nada que me llame la atención. Cuando, por fin, sacan el féretro por la puerta, hinchamos los fuelles de goretex y nos arrancamos con una rumba, que percute magistralmente al tambor mi amigo Xosé Oliveira, heredero de Os Morenos de Lavadores.

“Voulle quitar o bordón ao tambor”, dice Oliveira. “Nin de coña, déixao, que se amole o cura”, le contesto.

Los empleados de la funeraria -entre los que reconozco a Luisito Caride, que estudió conmigo en el instituto del Meixoeiro- hacen gala de una impecable profesionalidad. Se detienen con mi tío a hombros delante del trío de gaitas y redoblante y aguantan toda la pieza sin perder ni el equilibrio ni el rictus. Me imagino a mi tío moviendo los pies en la caja. Pensando más en los de la funeraria, que están trabajando, que en la decisión  absurda del cura, muevo la cabeza para indicarle a Nando que podemos ir acabando. Los gaiteiros siempre nos damos los finales moviendo el melón. La gente arranca un aplauso espontáneo que, bien lo sabemos todos, no es para nosotros, sino para el penúltimo de Os Peruchos de Castrelos. Se llora bastante, incluso yo tengo problemas para hinchar el instrumento y florear las notas mientras me sorbo los mocos. El cortejo continúa hacia el cementerio ya sin gaitas, silencioso, “no vaya a ser que a alguien le parezca mal”.

Al final, después del responso, no hay opción a unos minutos de silencio. A mi tío lo despide una cumbia que llega rebotada al camposanto, por el aire, desde el vecino Castrelos, donde celebran la fiesta de As Candelas. La megafonía de Collazo no conoce de límites parroquiales. El enterrador sella el nicho y a nadie le parece mal la cumbia pachanguera que nos sirve Collazo, interminable, porque la música no suele parecerle mal a nadie, si acaso a un cura con poco oído. Pero el párroco prefirió dejar las gaitas fuera del cementerio, no fuera a ser que se levantara la difunta de mi abuela a bailar una muiñeira y hubiese que exorcizar. Me imagino lo que habría dicho mi tío: “¡Non me joda, don Antonio, por María Santísima!”. Como él ya no puede, lo digo yo.

34. A descansar

Fin de la segunda semana de hostilidades. Me mantengo vertical, que no es poco. Pero el mérito creo que no es tanto seguir de una pieza, que lo estoy, como soportar semejante carga de física y de química con esta mierda de tiempo compostelano con el que acabaré mutando en rana. Eso sí que tiene una entrevista. La radioterapia se para hasta el lunes, no así la quimio. Hoy ha sido un día de emociones, de entrevistas… Ya he dicho que no estaba en mis planes convertirme en una celebrity de la oncología, pero es verdad que lo que cuento desde hace cuatro meses ha despertado un gran interés en muchos medios y foros sanitarios. Y yo, que a fin de cuentas trabajo en los medios, recibo y contesto a todo el que quiera preguntar. Sin hacer espectáculo. Por eso es posible que me escuchéis, me veáis o me leáis en un montón de sitios, incluido el Telediario de TVE. Ya está, serán unos días y luego se pasará. Hoy prefiero hablar que escribir, por eso os dejo el enlace a la entrevista que mi compañero Isidoro Valerio me hizo esta mañana en RadioVoz. Me toca responder a mí que, normalmente, era el que preguntaba. Valerio me hizo un regalo final que no me esperaba y que me hizo mucha ilusión: ponerme al teléfono con Kepa Junkera, al que mañana veré tocar en el Teatro Principal de Santiago. Solo quiero volver a dar las gracias a todos los que me enviáis mensajes de apoyo, de ánimo, a los que me contáis experiencias similares a la mía que acabaron bien o no tanto… incluso a los que rezan desde la buena fe. Descanso hasta el lunes con la física y también con las historias. Solo una cosa más. Como hice el otro día con mi amigo Santiago Calviño, hoy quiero cederle el post a mi buen amigo Jaime Mariño (@xayme), que me ha hecho este pedazo de regalo en Diario Responsable. Gracias a todos desde la trinchera. Abrazos radiactivos.

En los zapatos de Nacho Mirás (Jaime Mariño, para Diario Responsable)

No puedes entender a un hombre hasta que no te hayas calzado sus zapatos y hayas caminado con ellos”, explicaba el abogado Atticus Finch a su hija Scout en una memorable escena de “Matar un ruiseñor”. Es una frase sabia, que explica quizás porqué nos cuesta tanto ponernos en lugar de los demás y transitamos por esta vida chocando unos con otros como si fueramos bolas de billar.

Cuando alguien querido enferma, ese abismo íntimo que nos separa suele ensancharse. ¿Cómo comprenderlo? ¿Cómo saber lo que piensa, qué necesita, qué bulle en su rincón más secreto? En definitiva ¿Cómo calzarse sus zapatos?

Nacho Mirás (con tilde) es un periodista de La Voz de Galicia con mujer, dos hijos, Vespa y bar de cabecera. Durante años ha sido el primero que leíamos aquellos que comenzabamos el periódico por la última página, devorando sus entrevistas de la Cara B. Nacho nos ha contado durante años atracos, asesinatos, juicios, vendavales, escándalos, elecciones y presidentes.

Pero hoy nos cuenta otra cosa, quizás más importante. Porque a finales de 2013 a Nacho Mirás (con tilde) le detectaron un tumor en el cerebro que necesitaba operación urgente. Sí, esas cosas que siempre le pasan a los demás. Y desde el primer día lo cuenta en su blog llamado “Rabudo” y que son como los zapatos que nos deja a la puerta, para que nos los pongamos, hagamos kilómetros y podamos entenderlo.

Animo a todos a caminar con sus zapatos. Leer “Rabudo” es asomarse a los sentimientos de frontera de un hombre enfermo que no teme al lenguaje. Es caminar por terrenos embarrados y pedregosos de quimioterapia, familia, hospital, vida, esperanza, pero también de empanadas, Mankell o churrerías. Caminad con los zapatos de Nacho Mirás (con tilde) y comprenderéis mejor vuestra propia vida, porque los senderos de “Rabudo” son los de tu propio corazón, sus miedos son los tuyos, sus pasos te acercan a ti mismo.

Y es que el título de su blog le define bien. “Rabudo” es una palabra gallega que describe a los niños que no se conforman facilmente, que se resisten ante lo establecido, que no se pliegan ante lo cotidiano. Rabudo es aquel que lucha, se rebela, resiste, aguanta, avanza, sufre, desafía. Seamos todos rabudos.

Gracias Nacho, por los zapatos.

Gracias, Jaime, por tus pies. A todos, por los vuestros.

33. Travolta y yo. Ficción vs realidad

Hay una película de cabecera para los que, como yo, hemos sido asaltados por un tumor maligno en el cerebro: Phenomenon. Ojo, que es ficción, lo mío es una serie basada en hechos reales. La cosa va así: El día que cumple 37 años, George Malley, que lleva puesta la cara de John Travolta, ve un fogonazo en el cielo y empieza a tener súper poderes: se descubre más inteligente, se le aclara el pensamiento… A mí, como a Malley, se me dispararon también varios sentidos el 6 de octubre del 2013, cuando convulsioné en el cuarto de baño y acabé tumbado en calzoncillos en una ambulancia medicalizada del 061, todo rodeado de fontanería y electrónica. Desde ese día el mundo ya nunca olió igual; los sonidos se amplificaron; los sentimientos se intensificaron… La telequinesia y la capacidad de predecir terremotos que le colocan a Travolta en la producción norteamericana que dirige Jon Turteltaub son exageraciones propias de Hollywood, es comprensible, así que no me pidáis que mueva bolígrafos con la vista ni que adivine si se os va a caer la casa. Tampoco he probado a aprender un idioma en veinte minutos. Pero cuando George Malley Travolta dice que ve las cosas con mucha claridad y que se concentra mucho, entiendo exactamente a qué se refiere; es como si me hubieran atornillado un ventilador en la cabeza y tuviera el microprocesador refrigerado.

A Travolta le asusta que todos lo miren diferente. A mí también, aunque él se lo busca, todo el día haciendo el gilipollas con la telequinesia, con lo que llama la atención. Como la película ya tiene sus años (es del 96) y no me queda otro remedio, la voy a destripar. Así que el que no quiera leer que pare aquí. “Hay un tumor en tu cerebro que se ha esparcido como una mano. Hay ramificaciones por todas partes pero, en vez de disfunciones, y ese es el misterio, en vez de destruir la función cerebral, de momento la ha estimulado, y no podemos entenderlo”, le dice a Malley su amigo y médico Rober Duvall. “Tienes más área cerebral útil de la que jamás se haya tenido noticia, y se debe a esos tentáculos”, continúa. NO ES MI CASO. De momento. La siguiente frase del guión es la que más acojona a alguien en mi situación y también la dice el médico: “Ya hemos visto antes tumores como este. Se llama astrocitoma y eso explica los mareos y la ilusión de la luz. Pero el modo en que avanza, despertando tu mente, eso es un gran misterio”. Lo que le diagnostican a Travolta es, en fase avanzada e irremediable, lo que tengo yo en pequeño formato aún; él tiene en el tarro la famosa coliflor de la que me habló mi radiólogo y que ahora tratamos de que no florezca en el mío intoxicando la semilla con Temozolomida y radiactividad. Malley tiene la coliflor completa, full equip; yo el embrión en un punto localizado. Travolta ni se inmuta cuando se lo dicen. Ni pestañea, no se acojona. Y, sobre todo, no pierde el sentido del humor ni las ganas de vivir. Y se enamora de la vida y de la gente con todas sus consecuencias. En ese sentido, George Malley y yo tenemos más que ver de lo que pudiera parecer. En España subtitularon la película como Algo extraordinario más allá del amor. En fin…

Paso de leer demasiado sobre la enfermedad. Desde que Internet entró en nuestras casas es muy fácil informarse o intoxicarse acerca de los males propios y ajenos. Yo he decidido que no quiero saber más que el médico, pero tampoco menos que cualquiera de mis compañeros que se dedican al periodismo sanitario. Alguno me ha dado palmaditas raras en la espalda, como de compasión, por eso me he documentado lo básico, sin obsesionarme. Lo juro. A estas alturas creo que sé lo que tengo que saber, lo suficiente para plantearme prioridades y, si acaso, sueños. Si empiezo a predecir terremotos o a mover bolígrafos con el pensamiento, desconfiad. Pero, de momento, la cosa está muy verde. Ya dije el otro día lo del saco de besos. Pues sigue a tope.

Acabaré pronto el relato de hoy, que tira de mí la fuerza de gravedad del colchón viscolástico. Breve parte médico del día de contienda número 11. Si en los bares de Santiago suelen dar callos de tapa los jueves, a mí los jueves me toca consulta de enfermería antes o después de la sesión radiactiva. Se trata de que Isabel, amabilísima como resto del servicio de Radioterapia, evalúe cuestionario en mano los daños colaterales del tratamiento: más o menos pelo, náuseas, convulsiones, mareos, más o menos apetito, daños en la piel… No me pregunta por la nómina. Pero tampoco hay cambios: paga la Seguridad Social. Isabel apenas ha tenido que anotar nada; sigo de una pieza.

Si ayer me encontraba algo cansado y sin apetito, hoy me levanté hecho un Sansón. Caminé quince kilómetros, participé en un acto de homenaje al primer decano del Colexio de Xornalistas de Galicia, mi amigo Xosé María García Palmeiro, y llegué puntual al hospital para la sesión de churrería. El hambre se me despertó con un bocata de calamares del Latino, un clásico de la calle República Arxentina de Santiago y, a última hora de la noche, antes de drogarme por obligación, me sentí inevitablemente atraído por unos melocotones. Eso ocurrió después de disfrutar toda la tarde de esos dos locos bajitos que tengo de hijos.

Pienso mucho durante todo el día y no me cuesta nada escribir lo pensado. No os recomiendo que alquiléis Phenomenon si sois de los que enseguida se ponen en la piel del otro. Yo lo hice como un reto que me ocupaba la cabeza desde que supe del diagnóstico; y no me ha hecho mal verla, todo lo contrario. Me ha servido para reforzar otro poco ese espíritu vital que, creo, siempre he tenido. Las cosas cambian mucho cuando te faltan dedos para decir que la vida son cuatro días. Sí, ya, cada caso es distinto, que patatín, que patatán… pero disfrutemos sobre seguro.

Sigo animado, voy a por todas… Todo eso. Que estas memorias sanitarias hayan trascendido no me preocupa, más bien todo lo contrario, porque sé que a mucha gente le están haciendo mucho bien. Y así me lo hacen saber. No escribo ni por presión ni por obligación, así que si pasan días sin noticias que nadie desespere, que el ritmo lo pongo yo. Mankell, amigo, el sábado te pierdes en Vigo la empanada de Toñita, pero la oferta sigue en pie. Continuará (cuando y como sea). Buenas noches.

32. Carta a Henning Mankell

Escribirle de tú a tú a Henning Mankell me trae a la memoria una escena que presencié en Barcelona a principios de los años noventa. El entonces presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, visitaba un centro gallego, una de esas embajadas de la diáspora en la que yo trataba de buscarme la vida como profesor de gaita.

Como toda asociación legal, aquel colectivo de emigrantes tenía su propia junta directiva. Y el tipo que la encabezaba, que creo que era taxista, no se anduvo con hostias: Fue cruzar la puerta Pujol con su séquito y el jefe de los gallegos emigrados le espetó: “Señor Pujol, ¡de presidente a presidente!” ¡Ole tus cojones!, me dije al escuchar a mi compatriota. Claro que enseguida pensé: También tiene razón; qué más dará el número de presididos, el asunto es presidir. Complejos, los justos. Así que, querido y admirado Henning Mankell, de presidente a presidente:

Ni yo conozco Suecia ni tú la empanada de mi madre, y a eso hay que ponerle remedio. Aunque tú vives de escribir lo que quieres y yo de hacer lo que puedo o lo que me dejan; aunque tú eres Dios y yo un humilde fontanero del periodismo, leo con agrado que has decidido hacer pública tu lucha contra el cáncer a través de una columna en el Göteborgs-Posten. Digo lo de “con agrado” porque eso nos une: yo llevo haciéndolo cuatro meses a través de este blog y te puedo asegurar que me ayuda mucho. A ti te ayudará también. Ojalá coincidiésemos escribiendo de las enfermedades ajenas y no de las propias, pero en el bombo de la vida una mano ha sacado tu número, el mío, el de mi amigo y admirado José Luis Alvite… Y el sorteo sigue. Aunque nos separan la tierra, el idioma, la edad y la cuenta corriente, el cáncer, el puto cáncer, Henning, nos junta en este viaje en el que no podemos hacernos los suecos.

Tú creías que tenías una hernia discal -deberías conocer a mi padre, que sufre más por las hernias fiscales que por las discales y por la pensión que por la tensión- y, de un día para otro, te ataron un lazo rosa. Lo mío tampoco fue tan diferente. Escribías ayer en el Göteborgs-Posten que la ansiedad que te provocan tus tumores “es muy profunda” aunque, a grandes rasgos, puedes mantenerla bajo control. Conozco bien esa sensación, que también es la mía. Y dices que quieres afrontar la narración de tu cáncer como una lucha “desde la perspectiva de la vida”. En eso también somos iguales, desconocido sueco; desde la perspectiva de la muerte ya se encargan el enterrador y el señor de marrón que viene cada mes a cobrar el recibo del seguro de decesos. No me digas que también te gusta Abba.

Lo tuyo es grave, pero lo mío no es leve: ataque epiléptico por sorpresa; tumor cerebral; craneotomía pterional y tres placas de titanio; anatomía patológica con resultado de astrocitoma anaplásico en grado III; y ahora, desde hace ya más de una semana, radioterapia y quimioterapia a todo lo que aguante el animal. Los detalles están en los otros 31 textos de este blog, pero seguro que tienes más cosas que leer o que escribir. Te saco ventaja.

Cuando yo empecé a enseñar mis paños mayores aquí para poner en orden mis sentimientos y dolerme acompañado, como suelo decir, no me esperaba que conseguiría alistar semejante ejército para llevármelo a la guerra. Y si lo he hecho yo, que a tu lado soy un breve en una página par, qué no conseguirás tú. Como comparar a Xan das Bolas con Ingrid Bergman.

Hoy, Henning, cuando van ocho días de tratamiento, han empezado a flaquearme las rodillas y tengo menos apetito, pero confío en que sea una sensación pasajera. Hasta ahora no había ocurrido. A ti y a mí nos van a meter mucha física y mucha química en las entrañas y toda esa carga, como el estrés o la rabia, afectan por acumulación. Hoy he asistido a la octava sesión de radioterapia en la churrería radiactiva del Complexo Hospitalario Universtario de Santiago y, mientras me cocinaban el cerebro, una mano anónima borró el “Ignacio” de mi tarjeta de paciente oncológico y lo sustituyó por “Nacho”, sabiendo que me hacía ilusión. No podía menos que agradecérselo al personal con una pedrea de Toblerones importados de Suiza por mi amigo Juan Capeáns. Bah, retazos de mi nueva vida como paciente oncológico.

Termino, que hoy estoy especialmente cansado y soy consciente de que tengo menos posibilidades de que me leas que de que los Reyes Magos me traigan un Scaléxtric. Si los dos salimos de esta, que vamos a salir, te propongo en todo caso un trato: tú regresas a Galicia y pruebas la empanada sobrenatural de mi madre. En la sobremesa te pondré al corriente de una cantidad de sucesos tal que convencerás a Wallander para que se mude a un piso en Fontiñas, junto a los juzgados de Santiago, donde se corta el bacalao de las tragedias españolas. Aquí, de un tiempo a esta parte, en la crónica negra somos los putos amos. Hasta conseguiré que mi compañero Xurxo Melchor te presente al juez Vázquez Taín, a cuya mesa van a parar los asuntos más gordos. Estoy seguro de que si nos invadieran los extraterrestres, el caso le tocaría también a Taín. En compensación -vale, serás Mankell, pero la empanada de Toñita no la vas a encontrar en Ikea-, yo vuelo a Suecia -corro con los gastos, faltaría más-, tú me guías por tus dominios y me dices cómo carallo tengo que hacer para que tu hijo Kurt Wallander deje de tener la cara de Kenneth Branagh. Es como cuando me hablan de El Lute, no dejo de ver a Imanol Arias. ¿Hay trato? Ánimo con lo tuyo amigo, ánimo con lo mío. Si el cáncer y los periódicos nos han unido, que sea por una buena causa. Venceremos nós, Henning, que en el otro mundo nunca saben qué hacer con los muertos de izquierdas. Lo sé por todos los difuntos de mi familia que siguen ocupando ilegalmente las ruinas del purgatorio. Un abrazo radiactivo.

31. Día completo, día Comansi

Diario de campaña. Día 9 de las hostilidades. Si al enemigo no lo freímos con los aceleradores lineales del Hospital Clínico Universitario de Santiago o lo envenenamos con lingotazos de Temozolomida, siempre nos quedará la posibilidad de ahogarlo. Y que nadie me venga con que en Santiago la lluvia es arte; ¡la lluvia es agua, señora! Y qué manera de caer. Hoy ha tocado ITV en el cuartel general: análisis de control, visita al oncólogo y radiación vuelta y vuelta; me he ganado el sueldo que me paga la Seguridad Social.

En el hospital de día del servicio de oncología los resultados de los análisis corren prisa. De lo que te salga depende que puedas continuar o no con el tratamiento, así que el revelado es rápido, casi a la misma velocidad con la que la señora Julia, viuda de Sandine, positiva los carretes de 35 milímetros de los turistas japoneses en su tienda de la Rúa do Vilar.

Con la vena perforada y taponado con algodón y esparadrapo acudí a la puerta 11. Cuando entras en el depacho de un oncólogo la sensación es parecida a la que tienes si te llaman del departamento de recursos humanos de la empresa: o te perdonan la vida o date por jodido. Desconfiad de toda gestión sanitaria o laboral que no se pueda resolver por teléfono. Esta vez hubo suerte. “Los análisis están perfectos -dijo el especialista- está todo muy bien. ¿Algún síntoma?”. La verdad es que, excepto el hormigueo en los dedos que se suaviza escribiendo o tocando a la gaita electrónica a toda hostia The Clumsy Lover, no. Me dan más náuseas algunas noticias y algunas personas que la quimioterapia, y eso dice mucho de mi resistencia física al Temadol y poco de mi tolerancia hacia el género humano. Pero se trata de cáncer, no de principios.

Antes de despedirme con un apretón de manos y de darme la enhorabuena por haber sobrevivido a la primera semana de tratamiento físico y químico, el doctor me recomendó que instalase en el iPhone una aplicación para contar los kilómetros que camino cada día. De momento los cuento por horas y me salen no menos de quince o dieciséis. 

Siguiente parada de la mañana: la farmacia del hospital, esa cámara frigorífica en la que el Servicio Galego de Saúde refrigera por igual a los medicamentos y a los farmacéuticos. De ahí sales con tu dosis personalizada de veneno en una bolsa de plástico y con una sonrisa segura. Qué bien sienta un poco de aire del sur en este humedal compostelano.

Papeleos, trámites, citas… Esto de matar al cáncer tiene una logística a la que enseguida te acostumbras, pero da lata. Mientras esperaba mi turno en el mostrador de control me fijé en un cartel que anuncia el banco de pelucas para pacientes oncológicos. “Mondo y lirondo como estoy -pensé- como no done pelos del pecho…”. Es un gran servicio, sin duda. Porque esta enfermedad, en sus múltiples formas, es de las que no se conforma con comerte por dentro. Como yo voy pelado de serie es algo que llevo ganado, no hay mal que por bien no venga.

Ya en la planta -3, la única novedad en la séptima sesión de radioterapia fue musical. Me atornillaron a la máquina número 1 y me frieron una vez más sobre un patrón musical que incluye algún cambio: Do-Do (octava)-Do-Sííííí. Me acuerdo mucho estos días de los dictados del conservatorio. Nadie ha sabido explicarme todavía por qué cada máquina tiene su propia sintonía radiactiva. Soy todo oídos.

Cuando salía de radiarme, en el pasillo me paró un hombre de barba y jersey gris. “¿Nacho Mirás?”, preguntó. No me pareció momento para contestar con el grito de guerra familiar -el que no lo conoce es que no está a lo que está-, así que respondí que sí. “Pues yo -dijo- soy el jefe de la churrería”. Ha sido una manera diferente de conocer a Antonio Gómez, responsable máximo del servicio de radioterapia del Clínico de Santiago. Si se les va la mano con la sartén ya sé a quién pedirle la hoja de reclamaciones. Pero eso no va a pasar. Ahora que tengo el olfato disparado huelo de lejos a los que saben lo que se traen entre manos. Y aquí hay calidad profesional y humana, no es peloteo. La única queja que tengo es el ruido que hacen las puertas. La agudeza auditiva es otro súper poder fruto de la operación en la que me descorcharon el cráneo para sacarme un astrocitoma anaplásico en grado tres con su correspondiente rebozado de cerebro. Así que cada vez que alguien le da un hostiazo a una puerta pienso que va a salir Tejero mandando callar a Gutiérrez Mellado; el corazón en un puño.

Y por fin, después de las cuatro, por si no me había radiado bastante, acudí puntual a los estudios de Radio Galicia-Cadena Ser en Santiago. Si me dicen hace cuatro meses que Carles Francino me invitaría a tomar café con Isaías Lafuente, Juanlu Sánchez, Roberto Sánchez, Jon Sistiaga, Cristina Fallarás o con él mismo en La Ventana no me lo habría creído. No entraba en mis planes ser una celebrity de la oncología, pero el día que decidí enseñar mis paños mayores lo hice con todas las consecuencias. Y qué mejor excusa para ser mi propio reportero de guerra en Prime Time que la etiqueta #atomarporculo, sobre la que Francino y su equipo montaron el programa de ayer. Lo que dije está aquí, incluida mi intención de sodomizar al cáncer. Lo que no dije, pero pienso en firme, son las cosas y las personas que pienso mandar #atomarporculo cuando se acabe esta emergencia sanitaria en la que vivo instalado y pase a ser un enfermo crónico. Sí, lo mío es para siempre. Soy el sueño de cualquier mujer soltera: casado, dos hijos, una gata y un cáncer. Me van a llover las ofertas. Pero, por si eso no ocurre, de momento las prioridades las pongo yo. Si la vida son cuatro días y te dicen que a ti igual te dan tres, me sobra lastre indeseable del que desprenderme. ¡A tomar por culo! Gracias por prestarme el micro amarillo, Francino. Si mañana me convalidan la sesión de radio en la churrería ya te informaré, aunque me da que Gómez va a decir que no. Voy con la droga y os dejo una foto de una de las sesiones radiactivas recreada con clicks por mi amigo Xoán A. Soler y su hija Lola. Mañana toca renovación semanal de la baja laboral, esa mierda burocrática que pienso tramitar yo mismo mientras me mantenga vertical. To be continued.

clicks

30. Al enemigo, ni agua

Como no hice la mili porque objeté a trabajar gratis para el Estado -bien lo sabe el catedrático Luis Hervella, que fue mi comandante en la Facultad de Matemáticas de la Universidade de Santiago y me llamaba al orden porque ni siquiera aparecía para firmar los partes-, desconocía que las guerras se parasen los fines de semana. Como expliqué en el capítulo anterior, el intermedio del sábado y el domingo solo afecta a la fase radiactiva, no a la química; los citotóxicos son perfectamente compatibles con el agua bendita y con Informe Semanal. Así que ya llevo siete raciones, ocho con la de esta noche, de polvos mágicos. El caso es que hoy ha vuelto a ser lunes para el cáncer y, como voluntario forzoso que soy, he tenido que presentarme de nuevo en el cuartel general clínico y universitario de Santiago de Compostela.

En la sexta sesión radiactiva ya me han llamado como Dios manda; no predico en desierto: Nacho Mirás. Le han añadido un “don” que no me importa porque, en general, somos muy dados a los formalismos. Por lo menos es mejor eso que lo que hacía aquel segurata que nos ponía el “don” en el apellido y acababas convencido de que trabajabas para la Cosa Nostra: “¡Don Mirás! ¡Don Cambeiro! ¡Don Soler!”. A lo que no acabo de acostumbrarme es a que algunas secretarias -siempre me ha pasado con mujeres, ya lo he contado- les digan a sus jefes que ha llamado de La Voz de Galicia, “un tal Nacho Vidal”. El cerebro y otros órganos tienen vida propia. Gracias, de todas maneras, por el cumplido. Esta mañana no fue el caso. Hoy he entrado yo mismo en el acelerador lineal Siemens Primus, y no ese “Ignacio Miras” (sin acentuar) que lleva suplantándome 42 años en todos los ambulatorios. “¡Bua! -me dije- hoy, por lo menos, me fríen en tempura”. Pero no hubo novedades en la cocina del tercer sótano, todo marchó sobre lo programado. Solo una breve conversación entre los técnicos me inquietó un poco: “‘¡Ya tengo noventa cargados!” ¿Cartuchos? ¿Grays? ¿Postas para matar jabalíes? ¿Grados para el ángulo recto? Me quedé con la duda.

Como cuando me radian estoy ciego -una máscara hecha a medida me impide ver-, me imagino los destellos radiactivos que percibo como las cámaras de infrarrojos de la CNN retransmitiendo las hostilidades norteamericanas sobre Bagdad, solo que con el patrón musical Do-Do (octava)-Do-Soool interpretado por el torno de un dentista. Ñi-Ñi-Ñi-Ñiiiiiií.

Mientras me quede fuelle me niego a que el cáncer, invasor transplantado en mi cerebro en forma de astrocitoma anaplásico en grado III, se apodere también de mi ánimo. Al enemigo, ni agua. Eso no quiere decir que le pierda el respeto, por mucho que la entereza que presento pueda dar otra impresión. “Si no estuviera asustado sería usted un insensato”, me espetó el neurocirujano cuando me informó de que la crisis comicial del 6 de octubre (ataque epiléptico, que los médicos hablan esperanto) había sido provocada por un tumor que requería sacacorchos.

He comprobado, y de qué manera, que se puede estar acojonado y no por eso doblegarse ante el enemigo. Hoy me han preguntado dos personas de dónde saco la fuerza. Seguro que muchos de los vecinos de Angrois que se metieron en el Alvia tampoco sabían de lo que eran capaces. Situaciones extremas provocan reacciones extremas. ¿Cuánto me va a durar encendido el motor? No lo sé, espero que lo suficiente; quizás me caí dentro del caldero de la poción mágica cuando era pequeño. ¿Hay algo que no me hayas contado, mamá?

El momento del día en el que siento más soledad es justo ahora cuando, después de haber recibido ánimos a granel y con todo el mundo en la cama, me voy derecho al armarito del cuarto de baño. Como un cura novato ante el sagrario, asalto mi propia farmacia y me llevo la Temozolomida a punta de navaja. Entonces cuento cápsulas hasta sumar 150 miligramos de veneno, ni uno más ni uno menos. Nadie, absolutamente nadie, me acompaña en ese trance; nadie me presta su estómago; nadie se pone en mi lugar. Aunque el arma radiactiva de la mañana también tiene peligro, al menos percibo la humanidad del personal del servicio de Radioterapia. Vale que, cuando empieza la sesión de discoteca, junto a la máquina no se queda ni Cristo, pero sé que están allí, mirándome a través de una cámara; que si levanto un brazo o hago ¡chas! aparecerán a mi lado.

Maña toca consulta con el oncólogo, análisis de control, farmacia y sesión de freidora radiactiva otra vez, la séptima de treinta. Toda una jornada laboral. No sé si será por la medicación o por los ánimos que me traspasáis, pero os juro que ahora mismo le tengo más miedo a tirarme en paracaídas que al enterrador.

“Favor, no se molesten,
que pronto me estoy yendo.
No vine a perturbarles
y menos a ofenderlos.
Vi luz en las ventanas
y oí voces cantando,
y sin querer ya estaba
tocando.”  (Monólogo, Silvio Rodríguez)

To be continued.

29. Suplemento del domingo. Dos rombos.

Hoy me he levantado tan de una pieza que durante un rato me he olvidado del cáncer. Pero el muy hijo de puta enseguida ladra. En cuanto pasé por delante del espejo que tengo en la habitación, la cicatriz de la craneotomía en el lado derecho de mi cabeza, que tiene forma de interrogación, me recordó que la incertidumbre sigue acampada y que tiene pensado quedarse a vivir. Tengo que reconocer, ya que estamos, que la calidad del zurcido es máxima. Durante mucho tiempo atribuí el remate a la mano experimentada de un neurocirujano. Craso error. “¿Coser nosotros? ¡Eso lo hacen los residentes!” Ya, que sois unos chulitos, vaya. Pero es comprensible: si un francotirador no anda por ahí dando barrigazos con la infantería ni llevando bocadillos a las trincheras, los neurocirujanos tampoco están para entretenerse con la aguja y el dedal. “Ya me tocó coser mucho cuando empezaba en esto”, se justificaba el doctor Allut. “Como dice el refrán, doctor -intervine- a base de cortar collóns, faise un capador“.

Hagamos pues justicia con el o la residente que me zurció la cabeza con grapas el 12 de diciembre del 2013. El trabajo, querido/a aprendiz de eminencia de la neurocirugía, es digno de la academia de corte y confección de Susa Suárez. Aunque me has marcado de por vida, te agradezco que no te ensañaras con los pespuntes. Me acuerdo de ti cada vez que me afeito. Si reconoces tu obra por los pasillos del hospital no dejes de saludarme, que es normal que un autor visite sus obras. Hasta me puedes firmar la cicatriz. Sirva este reconocimiento de acto de desagravio con todos los residentes del Hospital Clínico Universitario de Santiago. Gracias por vuestro tiempo entre suturas.

Como es domingo no tengo que ir a la freidora; parece que la radiactividad interfiere con la gracia de Dios. Os diré que a mí la gracia de Dios no me hace puta gracia. Lo que no interacciona con el día del Señor es la química, por eso no dejo de cenar mis raciones diarias de Ondansetrón y Temozolamida regadas con las mejores aguas de la traída. Como no todo va a ser oncología y por ser hoy festivo, como jefe máximo de mis propias memorias sanitarias que soy, voy a tirar de nevera. Como bienvenida a todos esos que os habéis incorporado a la lectura de http://www.rabudo.com a través del increíble obituario en vida en que me ha hecho Manuel Jabois en El Mundo, ahí va, en reedición especial de fin de semana, el suplemento Musas Ochenteras, que escribí hace casi un año, después de un tórrido intercambio de tuits con mi amigo Zapi. Seguro que más de uno se ve retratado en alguna escena. Astrocitoma anaplásico, no sabes dónde te has metido.

Para Jose Menéndez Zapico @zapi, con mis respetos.
IMPORTANTE: Recomiendo la lectura mientras suena esto, para entrar en ambiente:

http://www.goear.com/listen/f918454/im-not-scared-eighth-wonder

No me preguntéis por qué, pero me acaba de atracar a punta de navaja la adolescencia en mi propio sofá. He caído, no sé cómo, en aquel vídeo en el que Patsy Kensit susurraba con Eight Wonder que no tenía miedo y, de repente, he recuperado el flequillo, los náuticos, tres espinillas y mis pósters secretos de Sabrina Salerno y Samantha Fox en bolas pegados en la puerta del armario.

Eran aquellas imágenes de revista documentos secretos, aunque secretos a voces. Aquellas santas a las que yo rendía un culto inquebrantable eran mi muro privado de las lamentaciones. Mi madre no dijo nada el día que las descubrió. Las tenía pegadas a la puerta por la parte de dentro, igual que los camioneros cuelgan en las literas de sus cabinas a unas señoras estupendas y lubricadas que anuncian discos para el tacógrafo. Cada vez que me guardaba la ropa planchada, mamá se cruzaba con ellas, que apuntaban con sus tetas al infinito como Corea del Norte apunta a Corea del Sur y, por extensión, a la humanidad. Pero ni se inmutaba. Jamás dijo nada. Las fotos eran casi de tamaño natural. Quiero decir las cabezas de las fotos, porque aquellos pechos inmensos, dos pares, estaban claramente inflados por encima de sus posibilidades.

Cuando caía la noche y la casa estaba en calma, me encerraba en la habitación, abría el ropero y rezaba a las chicas mi particular novena. Los rudimentos de Física me decían que semejante  falta de respeto a la ley de la gravedad no era posible. Y, sin embargo, allí estaban, al alcance de mi mano, sustentadas en el aire como cuatro zepelines a punto de reventar en una gran bola de fuego. Dos cordilleras. Sendas venus afroditas inconmensurables. Dos pasos en una procesión en la que yo era el único cofrade, costalero y penitente.

Aquel voyeurismo gráfico acababa siempre en espasmos y lucería. Creo que en la Fox y en la Salerno descargué energía suficiente para alumbrar Ponteareas. Brindaba por ellas y por sus canalones -escribiendo canalillos no les haría justicia- y, después de eso, moría. Es cierto que la catequesis salesiana me dejó poso hasta el punto de que, al principio, después de mis primeros escarceos adolescentes con aquellas diosas de la neumática, la conciencia me escocía y me juraba que jamás volvería a dejarme seducir por dos retratos. Aunque siempre había una segunda vez. Incluso una tercera y una cuarta; eran los excedentes propios de la edad.

No sé en qué momento arranqué las fotos y encaminé los esfuerzos a tratar de descubrir y a fundar en cuerpos humanos reales, superada la parte teórica. Bueno, sí lo sé, pero no viene a cuento. El caso es que aquellos pósters hicieron conmigo y con los de mi generación un servicio público impagable; nos desatascaron, nos destensaron y nos mantuvieron en forma como Eva Nasarre hacía con las jubiladas de Benidorm. Solo por eso, a Sam y a Sabrina deberían condecorarlas.

Ya de mayor conocí en Cambados a Samantha Fox, a la verdadera. Escribir Cambados y Samantha Fox en la misma frase parece descabellado, pero hay situaciones que no por inverosímiles dejan de ser ciertas. Está de testigo Alfredo Suárez Canal, que era conselleiro del asunto rural. Sin embargo, la versión humana de mi póster me dejó indiferente. Ni frío ni calor. Una mujer transparente. No es nada personal, Sam. No eras tú, fui yo.

Con Patsy Kensit mi relación fue diferente. A ella la quería para hacer el Cristo en los aros de sus orejas y llenar el planeta de niños con su sonrisa y mi apellido. Inducido por Patsy, me enamoré de verdad de una chica del instituto que le clavaba el estilo. Pero jamás fui correspondido y tuve que consolarme brindando en soledad, como un perro abandonado, a la salud de mis madonas hinchables, que siempre me aceptaban como animal de compañía. Por esa época leí a Xavier Alcalá, que mal sabe que me ayudó a librarme del complejo de culpa que me invadía con frecuencia al tocar como solista en mi propio auditorio. Y gracias a la lectura en clase de A nosa cinza, los colegas del Meixoeiro respiramos aliviados al darnos cuenta de que ninguno estaba solo y de que, de habernos reunido todos los virtuosos que entonces éramos, habríamos fundado una fabulosa orquesta de zambombas. Todos menos Elías, que nos juraba sobre la Biblia que jamás se había puesto la mano encima.

Yo soy producto de aquella adolescencia. Y de la pasión desatada por Patsy, mi musa ochentera que marcó una línea a la que he permanecido fiel. Vaya mi recuerdo para ella y para los hijos que no tuvimos. Sobre Andie McDowell y Demi Moore, si eso, ya os hablo otro día y os cuento, de paso, cómo la plantilla completa de Durán-Durán me firmó sus autógrafos vestido de gaiteiro.

Nada más por hoy. Mañana, cuando José Antonio Marcos salude a España en Hora 14 a través de las ondas de la Cadena Ser, acordaos de que yo estaré gastándole corriente al Servizo Galego de Saúde atornillado a la freidora radiactiva sin otra misión que putear al cáncer. Feliz domingo.

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