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¿Quién dijo que los blogs están muertos? Aquí huele a vivo

Un post del pasado: Jorge existe

Recupero un post del año 2006 que escribí después de una gloriosa noche de conversación con Jorge Hombre, dueño del mítico Galo D’Ouro de Santiago. Hoy me he encontrado en una convocatoria con su hijo, que es cámara en Televisión de Galicia, y me acordé de aquella charla que me entusiasmó. Vaya, pues, a la salud de los “Hombres”.

3 de marzo de 2006

Jorge Hombre y la gramola de O Galo D'Ouro. Foto: María Moldes, La Voz de Galicia

Jorge Hombre y la gramola de O Galo D’Ouro. Foto: María Moldes, La Voz de Galicia

Vengo de tomarme una copa en O Galo D’Ouro, uno de esos sitios irrepetibles como su dueño. Se extendió el rumor de que a Jorge Hombre, el propietario, le había pasado algo; se dijo que se había fugado para no volver; se comentó que tenía intención de traspasar el local. A tal punto llegó el rumor que hubo quien visitó a su mujer para proponerle hacerse cargo del negocio, como quien saquea a un muerto que todavía respira. Pero lo cierto es que Jorge existe todavía, y de qué manera. A lingotazos de güisqui, y mientras en la gramola de cedés cantaban por turnos Bony Tyler, Pavarotti y Elvis Presley, ahora tú, ahora yo, Jorge nos contó durante sesenta minutos la verdad sobre su ausencia y su verdad sobre el viaje más intenso y también el más peligroso de su vida: el que lo llevó a Mongolia. Este aventurero insaciable, viejo lobo que viaja solo, nos describió las noches claras en la estepa; los dos meses que en los que convivió con un porteador, chófer y criado nativo al que contrató, todoterreno incluido, por seiscientos dólares; y relató como si leyese un gran libro de viajes cómo cambian los valores humanos a tantos kilómetros de distancia; y cómo bebió cerveza fermentada con escupitajos de mujer sobre leche de cabra, y escuchó sinfonías de lobos que le ayudaron a conciliar el sueño… Jorge sobrevivió a la nada con casi nada, se jugó la vida, las pasó putas para poder tener una experiencia irrepetible y, mira tú por donde, fue a estrellarse, qué ironía, cuando volvía en un taxi desde el aeropuerto de Barajas. Subirse a aquel coche, con aquel individuo occidental, fue la experiencia más peligrosa de la travesía, tanto que estuvo a punto de costarle la vida y eso siempre se lo recordarán cada uno de los tornillos que le sujetan el húmero. “Venía de Mongolia cojonudamente de coco y, mira tú, para estrellarme en Madrid“. A Jorge se le empañan los ojos al explicar cómo un taxista con poca pericia estuvo a punto de arruinar esa máquina de viajar que es él mismo. Pero, de todo su relato, me quedo con tres cosas: Cuando dijo aquello de “volamos en un Yakolev y ¡qué cosa! ¡llovía dentro!”; cuando se lavó en un río que difícilmente saldrá en un mapa con jabón de La Toja (contemplado de lejos por un puñado de nativas incrédulas); y cuando convenció a su compañero y porteador, mongol y desconocido, para subir una montaña después de todo un día de caminata para poder disfrutar de un momento irrepetible: cagar en lo alto de un monte teniendo a sus pies el desierto del Gobi.
“¡Gracias por haberos preocupado de mí!”, nos dijo al despedirnos.
“A ti por existir”, le contesté. Hacía tiempo que no disfrutaba así de una conversación.

Musas de los ochenta, #musasochenteras

Para Jose Menéndez Zapico @zapi, con mis respetos.
IMPORTANTE: Recomiendo la lectura mientras suena esto, para entrar en ambiente:

http://www.goear.com/listen/f918454/im-not-scared-eighth-wonder

No me pregunten por qué, pero me acaba de atracar a punta de navaja la adolescencia. A los casi 42 y en mi propio sofá. He caído, no sé cómo, en aquel vídeo en el que Patsy Kensit susurraba con Eight Wonder que no tenía miedo y, de repente, he recuperado el flequillo, los náuticos, tres espinillas y mis pósters secretos de Sabrina Salerno y Samantha Fox en bPatsy+Kensitolas pegados en la puerta del armario.

Eran aquellas imágenes de revista documentos secretos, aunque secretos a voces. Aquellas santas -ya, no lo eran, pero yo les rendía un culto inquebrantable- eran mi muro privado de las lamentaciones. Mi madre no dijo nada el día que las descubrió. Las tenía pegadas a la puerta por la parte de dentro, igual que los camioneros cuelgan en las literas de sus cabinas a unas señoras estupendas y lubricadas que anuncian discos para el tacógrafo. Cada vez que me guardaba la ropa planchada y dobladita, mamá se cruzaba con ellas, que apuntaban con sus tetas al infinito como Corea del Norte apunta a Corea del Sur y, por extensión, a la humanidad. Pero ni se inmutaba. Jamás dijo nada. Y ellas, entre las tres, respetaban cada una su territorio: mi madre las turgencias de mis musas y ellas las labores de plancha. Las fotos eran casi de tamaño natural. Quiero decir las cabezas de las fotos, porque aquellos pechos inmensos, dos pares, estaban claramente inflados por encima de sus posibilidades. De eso se trataba, de desbordar.

Cuando caía la noche y la casa estaba en calma, me encerraba en la habitación, abría el ropero y rezaba a las chicas mi particular novena. Los rudimentos de Física me decían que semejante  falta de respeto a la ley de la gravedad no era posible. Y, sin embargo, allí estaban, al alcance de mi mano, sustentadas en el aire como cuatro zepelines a punto de reventar en una gran bola de fuego. Dos cordilleras. Sendas venus afroditas inconmensurables. Dos pasos en una procesión en la que yo era el único cofrade, costalero y penitente.

Aquel voyeurismo unidireccional acababa siempre de la misma manera: en espasmos y lucería. Creo que en la Fox y en la Salerno descargué energía suficiente para alumbrar Ponteareas. Brindaba por ellas y por sus canalones  y, después de eso, moría. Es cierto que la catequesis salesiana me dejó poso hasta el punto de que, al principio, después de mis primeros escarceos adolescentes con aquellas diosas de la neumática,  la conciencia me escocía y me juraba que jamás volvería a dejarme seducir por las tetas de dos señoras retratadas. Aunque siempre había una segunda vez. Incluso una tercera y una cuarta; eran los excedentes propios de la edad.

No sé en qué momento arranqué las fotos y encaminé los esfuerzos a tratar de descubrir y fundar en cuerpos humanos reales, superada la teórica. Bueno, sí lo sé, pero no viene a cuento. El caso es que aquellos pósters hicieron conmigo y con los de mi generación un servicio público impagable; nos desatascaron, nos destensaron y nos mantuvieron en forma como Eva Nasarre hacía con las jubiladas. Y solo por eso, a Sam y a Sabrina deberían condecorarlas.

Ya de mayor conocí en Cambados a Samantha Fox, a la verdadera. Escribir Cambados y Samantha Fox en la misma frase parece descabellado, pero hay situaciones que no por inverosímiles dejan de ser ciertas. El caso es que la versión humana de mi póster me dejó indiferente. Ella, a quien tanta gimnasia brindé. Ni frío ni calor. Una mujer transparente.

Con Patsy Kensit, mi relación fue diferente. A ella la quería para hacer el Cristo en los aros de sus orejas y llenar el planeta de niños con su sonrisa y mi apellido. Inducido por Patsy, me enamoré de verdad de una chica del instituto que le clavaba el estilo. Pero jamás fui correspondido y tuve que consolarme brindando en soledad, como un perro abandonado, a la salud de mis madonas hinchables, que siempre me aceptaban como animal de compañía. Por esa época leí a Xavier Alcalá, que mal sabe -dígocho agora, Xavier- que me ayudó a librarme del complejo de culpa que me invadía con frecuencia al tocar como solista en mi propio auditorio. Y gracias a la lectura en clase de A nosa cinza, los colegas del Meixoeiro acabamos dándonos cuenta, aliviados, de que ninguno estaba solo y de que, de habernos reunido todos los virtuosos que entonces éramos, habríamos fundado una fabulosa orquesta de zambombas. Todos menos Elías que nos juraba, por sus muertos, que jamás se había puesto la mano encima.

Yo soy producto de aquella adolescencia. Y de la pasión desatada por Patsy, mi musa ochentera que marcó una línea a la que he permanecido fiel. Vaya mi recuerdo para ella y para los hijos que no tuvimos. Sobre Andie McDowell y Demi Moore, si eso, ya les hablo otro día y les cuento, de paso, cómo la plantilla completa de Durán-Durán me firmó sus autógrafos vestido de gaiteiro.

Un post del pasado: Revolviendo Roma y Santiago

“Papa Francisco, te quiere todo cristo”, proponía el otro día en Twitter como lema Julián Hernández ante una posible visita del nuevo papa. Los excesos informativos pontificios de estos días no dejan de traerme a la memoria la visita de Benedicto “equis, uve, palito” que yo cubrí, tanto en Santiago como en Barcelona. Recupero una anotación de aquellos días, que decía así.

Santiago, 2 de noviembre de 2010.

Faltan cuatro días y la ciudad rezuma olor a santidad. Vivo en San Lázaro, en Santiago de Compostela, el barrio dedicado al único santo resucitado del que se tiene conocimiento. Siempre me he preguntado si San Lázaro, el que se levantó “y andó” -no me corrijan, que me matan la rima- volvió a morirse y, si fue así, de qué la espichó. Menudo relato forense. ¿Y si resulta que Lázaro no remurió? A veces, camino de casa, fantaseo con que Lázaro adoptó, por ejemplo, la identidad de Gerardo Fernández Albor y sigue entre nosotros, haciéndose el jubilado; o me imagino que, durante 2.000 años, mi santo se ha ido reencarnando en personajes diferentes, como hacían Cristopher Lambert y Sean Connery en aquella película de espadachines inmortales. Vivo en San Lázaro, decía, y trabajo para el periódico más importante de Galicia, lo que me permite implicarme doblemente en una visita igual de esperada por algunos que despreciada por otros. A mí me tocará poner por escrito mis sensaciones, sin entrar a valorar. Acudo a esta llamada sin prejuicios, desde el respeto. Y el respeto no debe estar reñido con el sentido del humor. Creo, no obstante, que no podré objetivar tanto como sería deseable. Porque soy vecino de una calle que, a cuatro días vista, concentra tanta policía y tan poca diversión que mucho tiene que cambiar el asunto para que, de aquí al sábado, el dispositivo deje de parecerme un exceso. Los preparativos me inquietan y por eso tengo que echar para afuera, tienen que perdonar.

Hoy, sin ir más lejos, vi con estos ojos cómo un funcionario del Ayuntamiento arrancaba con una espátula los anuncios pegados sobre una farola, como si desde el Papa Movil fuese a fijarse Benedicto en el teléfono de una licenciada que da clases particulares. Yo no sé si este trabajo me servirá algún día para presentar como eximente en el juicio final. O si, por el contrario, pesará en la lista de agravantes del fiscal celestial especializado en fulanos irreverentes. A ojos de la Iglesia, tengo un amplio catálogo de pecados pendientes de reparación y, a diferencia de otros que también son conscientes de sus máculas y hacen por corregirse, no tengo en mis planes inmediatos acometer el desagravio, ni en el servicio oficial ni tan siquiera en un taller autorizado. Quién sabe, igual después del sábado y el domingo recapacito y encuentro el camino. De momento, para qué vamos a engañarnos, soy capaz de cargar todavía con mi mochila de pecador; es un modelo reforzado que venden en Decathlon, especial para pecadores de diario que no pesen más de cien kilos.
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La visita de Benedicto nos afecta, de una u otra manera, a todos los que vivimos en esta ciudad. Incluso los que rechazan al santo padre y a lo que representa tienen que asumir que viven en un sitio que es producto de una experiencia sobrenatural. Fue Paio, el eremita, el que vio sobre una campa unas extrañas luces que, de ninguna manera, podían ser pirotecnia, ni aeronáutica yanqui. Eran, en todo caso, los tiempos de Alfonso II el Casto y las guerras se trabajaban a macheta. Eran aquellas batallas tremendos ejercicios de casquería. No había dios capaz de pacificar a unos humanos que, día sí, día también, se embarcaban en cruzadas cinegéticas en las que el éxito se medía por los metros de entrañas arrancados al enemigo. Por eso, en aquellos tiempos convulsos, hacia el Año del Señor de 813, unas luces sobre el cielo de ninguna parte se convirtieron en una buena excusa para pacificar, para poner orden en la tierra en el nombre de Dios Todopoderoso. Paio el eremita jamás pudo ir a contar su visión a Cuarto Milenio, con las caras que habrían puesto Iker Jiménez, Carmen Porter y Guillermo León, el analista de guardia de fotos de aparecidos. Pero sí que le fue con el asunto a Teodomiro, que era el obispo de Iria Flavia. Y Teodomiro, que tenía una visión más de conjunto de hacia dónde debían progresar aquellas tierras en lo espiritual y en lo material, lo vio claro: “Un día, amigo Paio -exclamó Teodomiro- el AVE llegará a este lugar dejado de la mano de Dios y tendremos progreso, mercado, Catedral, Palacio de Congresos, la taberna O Gato Negro y una ciudad empedrada que será crisol de caminos y de culturas. Tú déjame a mí”. No puedo jurar que fuera exactamente así la frase, fruto de mi imaginación, pero no me cabe la menor duda de que Teodomiro se anticipó mil y pico años al actual ministro de Fomento. Ambos pasarán a la historia por ser unos visionarios. Tanto tiempo después de aquello, nos visita el Papa, que es el obispo de Roma. Acabo de recordar aquella broma infantil. Te ponías en posición de bendecir y bendecías al tiempo que ibas diciendo: “Yo soy el Papa de Roma, para que te acuerdes de mí…. ¡Toma!” y, con la misma, le soltabas un sopapo al incauto que miraba cómo tu mano realizaba la coreografía de la cruz. Los humanos somos tan tontos que, cuando alguien señala, miramos el dedo y no al horizonte.

El caso es que nos visita el Papa, el jefe de un Estado descapotable. Como Redondela, tan pequeño que, si te descuidas, casi no sale en el mapa. Después de Santiago, Ratzinger estará en Barcelona y yo me iré con él como observador. El viajará en el Papa Force One y yo, más modesto, en el Papa Force Two, una aeronave llena de monseñores en la que, mentiría si dijese lo contrario, uno se desplaza con una cierta paz interior. Desde la misión del verano en Marbella, cuando me tocó cubrir la visita da la primera dama de los Estados Unidos, Michelle Obama, no había vuelto a tener un encargo de tal calado. Quedan cuatro jornadas de vísperas. Confío en que no llueva, porque mi plan es utilizar en un día tan concurrido el medio de transporte que mejor puede resolverme la jornada: mi Vespa-pa-móvil. Vale, vale, no haré más chistes fáciles por hoy. Las monjas de Santa Clara llevan toda la semana metiendo huevos en la máquina de fabricar anticiclones y tienen que tener uno listo para el sábado. Ánimo, sores.

Un post del pasado. La trastienda del papa

Qué mejores fechas que estas para recuperar aquella experiencia única que viví cubriendo el viaje de Benedicto XVI a Barcelona. Hasta conocí al padre Apeles. Así lo conté hace más de dos años: Tengo que hacerme mirar esta facilidad pasmosa que tengo para encontrarme frikis por la calle. A ver:¿Cuántas posibilidades puede haber de que te envíen a Barcelona a cubrir una visita del Papa y te des de bruces con el Padre Apeles?. Pues a mi me ha pasado hoy. Y, como hicieron muchos, no pude evitar la tentación de sacarle una foto con el móvil. Si no lo hago -me dije- no me creerán. Apeles vestía sotana hasta el suelo, me dio la impresión de que era un cura en traje de noche y me pareció verme a mí mismo en un capítulo de Amar en tiempos revueltos. Junto al pinturero Apeles, dos idiotas de adolescencia poco trabajada se dejaban la garganta: “¡Viva España, una y Católica!”. Miré a mi alrededor, convencido de que, en cualquier momento, saldrían a escena los demás personajes de Martínez el Facha. Entiendo a los católicos y a sus razones, incluso las que no comparto -aún no he apostatado, así que hablo desde dentro-, pero soy incapaz de comprender a los fanáticos. Y lo que es más: soy completamente incapaz de respetarlos. “¡Viva España, una y Católica!”, seguía vociferando el idiota mientras yo me abría paso en esta cuadrícula maravillosa que es el Eixample barcelonés, una ciudad de papel milimetrado. Allá lo dejé, desbocado junto a Apeles. Carne de cañón. No voy a entrar en muchos detalles de lo que fue la cobertura papal, o lo visteis en la tele o lo leéis en el periódico de mañana, que es de lo que vivo. Pero sí que puedo desvelar alguna trastienda que ni habéis visto retransmitida ni leeréis en ningún diario. Por ejemplo, no os he contado lo entretenido que fue mi viaje desde Santiago a Barcelona a bordo del Papa Force Two, el avión especialmente fletado por la Conferencia Episcopal Española. Los de Iberia, que se deshacen en atenciones con el clero, incluso le pusieron al los asientos unos reposacabezas conmemorativos de la visita de Su Santidad. Y, así, me encontré con que, durante todo el viaje, Benedicto XVI me palpaba la cabeza. Llegué a temer que hubieran sustituido el chaleco salvavidas por una casulla. ¡Dios, cómo inflo una casulla! ¿Soplando por un tubo? En el avión iban facturados cien obispos y arzobispos y, en las plazas sobrantes, algunos periodistas como yo. Estaba convencido de que rezaríamos en medio de la travesía, como en aquel viaje a Torreciudad con el cura de A Salgueira; empezamos a rezar el rosario en Benavente y acabamos, más o menos, en el desierto de Monegros. Pero no, nada de rezos en el aire. Después caí en la cuenta, claaaro, de que Dios nunca daría de baja en acto de servicio a la Conferencia Episcopal toda junta. Eso obligaría a Nuestro Señor a replantear la empresa y a convocar un concurso de méritos. O, lo que es peor, a un cierre patronal. Viajé, por lo tanto, con una seguridad desconocida, como si el avión lo pilotara directamente la virgen de Loreto. Mientras la aeronave llegaba y no llegaba a buscar tan selecta carga, en Lavacolla departí con monseñor Luis Quinteiro, obispo de Tui-Vigo; y también con Alfonso Carrasco Rouco, obispo de Lugo y sobrino del cardenal Rouco Varela. He entrevistado a ambos, así que ya nos sonábamos. Aunque lleva poco tiempo en Vigo, Quinteiro le tiene perfectamente tomada la medida a sus parroquianos, a la esencia de cómo somos en esa ciudad donde, detrás de cada farola, sale en su defensa una asociación de vecinos; nos tiene calados. Rouco me sorprendió cuando, del bolsillo de su chaqueta de obispo, sacó un flamante iPhone negro. “Caramba, monseñor -le dije- está usted a la última”. Carrasco sonrió -todos los del iPhone ponemos risa tonta cuando nos adulan- y nos pusimos a hablar de nuestros teléfonos móviles como solo sabemos hacer los devotos de San Steve Jobs. Tengo que desmentir a mi compañera Tamara, que está convencida de que todos los curas hablan “en cura” -así le llama a esa manera de expresarse canturreada y aguda que se enseña en la escuela oficial de idiomas del seminario-. Fuera de servicio, algunos obispos son magníficos conversadores. Con Quinteiro hablé de la sociedad civil y para nada intentó plantar olivos ni recoger espigas por el camino. Y con Rouco, del último IOS del iPhone. “Yo espero a que salga el 5 ¿Para qué quiero el 4?”, me dijo vacilón. La de puntos Movistar que debe de tener la Conferencia Episcopal Española. A pesar de las tres horas que duró la ceremonia de hoy -alguien debería convencer a la Iglesia de que, a veces, menos es más- vengo razonablemente satisfecho, sobre todo en la parte musical. He descubierto que, bien cantadas, las letanías no tienen por que tener la monotonía insoportable del sorteo de Navidad. Es más, el recitado de santos se mi hizo corto, arropado por ochocientas gargantas del Orfeó Català, el coro Sant Jordi y la Escolanía de Montserrat, entre otros. Qué delicia. Tal como ordenaba el protocolo, he ido de traje. Reconozco que el traje me queda bien, pero yo no me veo. Para diario soy más de Decathlon. “Neno, qué bien te queda el traje”, me dice mi madre, que siempre que me quiere halagar empieza las frases por “neno”. El caso es que, al ser gris oscuro e ir combinado con una camisa negra sin corbata, me dio la impresión de que mi presencia, más que seductora, era pastoral. Igual es una impresión mía. Solo así se puede explicar la sonrisa piadosa que me dedicó una voluntaria del Arzobispado de Barcelona que, por cierto, tenía un interesantísimo piercing en la nariz. Yo creo que, nada más verme, sintió ganas de confesarse. Pero.. estoy pensando, ¿y si la mirada no era piadosa? No, seguro que sí que lo era… ¿y si no era?. Vengo de Barcelona ungido de santidad, no cabe duda. Tres horas y pico de misa hoy, más todas las visperas de Santiago… ¿No podría convalidar todos estos créditos por una docena de mis peores pecados? Como nos colocaron en una tribuna en el segundo nivel de la Sagrada Familia, el humo del incienso que quemó el Papa para inciensar la basílica menor subió sobre su cabeza y acabó incrustado en mi traje de legionario de Cristo del servicio secreto. He estado todo el día oliendo a tiraboleiro y me acabo de dar cuenta ahora, al llegar al hotel y quitarme la ropa. Si me pilla Armando, el tiraboleiro mayor, me para girando y acabamos fundidos en un tango. Va a ser por el olor y por la camisa negra por lo que me hacía ojitos la del piercing. Y es que uno ya tiene una edad y con las canas supongo que infunde una mezcla de ternura, seguridad y absolución latente. Aunque… ¿y si no era eso? Vade retro, Satanás. Me ha pasado una cosa muy curiosa en la tribuna de prensa. Me explico, primero, para los que no saben cómo va esto del periodismo. Normalmente, cuando nos envían a cubrir un acto -el verbo suena fuerte, pero no es algo en absoluto carnal- los periodistas no tomamos parte. Es decir, si nos ponen delante a un político soltando una sarta de estupideces, como acostumbran, tomamos nota, si acaso preguntamos -cada vez preguntamos menos- y ya está. Nunca jamás aplaudimos ni nos levantamos por respeto, así se esté firmando la paz en Oriente Medio. Estamos trabajando, como ellos, y así lo hacemos ver, yendo a lo nuestro Sin embargo, en la tribuna que me tocó hoy todo fue diferente. No reparé en que, conmigo, la mayor parte de los compañeros acreditados eran redactores de publicaciones católicas, desde Radio Vaticana hasta L’Observatore Romano. Había muchos, como veinte. Me di cuenta cuando una de las voluntarias se nos acercó y pidió que levantasen la mano todos los que querían comulgar durante la macromisa, que ella se encargaría de que subiera un cura para dispensar el sacramento. Fue muy violento cuando, menos la mía y otras dos, se levantaron todas las manos. Tan violento me resultó que me puse a recitar mentalmente los santos de las letanías: San Pedro y San Pablo, San Andrés, Santiago, San Juan, Santa María Magdalena… Se me pasó un poco el agobio cuando comprobé que don Juan Carlos de Borbón también ayunó el cuerpo de Cristo, mientras su mujer sí que participaba en la cena del Señor. Pero eso no fue lo peor del trabajo en la tribuna. Hace un momento os conté que los periodistas jamás nos levantamos ante el que nos convoca -siempre hay alguna palanganera excepción, por supuesto-. Pero es que aquí el que convocaba era el Papa y los que cubrían a mi lado la ceremonia estaban a la vez en misa y tocando la campana, esto es, trabajando y participando de la eucaristía. Y eso provocaba un continuo levantarse y sentarse de compañeros que hacía realmente difícil mantener la atención. Tanto viento generaban que casi me vuela un discurso embargado de Benedicto XVI. Y claro, si el de delante te tapa la pantalla gigante porque viene la consagración, te da reparo mandarle que se siente, que no ves. Fue una cobertura nada fácil, desde luego. No faltará quien me tache de irreverente por contar las cosas como las cuento. Pero diré en mi descargo que, para ser irreverente, hay que serlo en el momento en el que uno debería tener un respeto, y yo en eso soy muy escrupuloso. Quitando que no comulgué -estoy plenamente convencido de que algunos de mis compañeros estaban, por lo menos, empatados conmigo en el gol average pecador- soy un maestro en el arte del respeto in situ. Sin embargo, lo que sí me parece irreverente es un acólito del Padre Apeles salivando en medio de Barcelona: “¡Viva España, una y Católica!”, eso sí que me parece irreverente. Me pasó lo mismo cuando, el día de la Guardia Civil, un chaval de doce o trece años se puso a vociferar como un animal, sin venir a cuento: “¡Viva España, viva el Rey, viva le orden y la Ley!”. Soy alérgico a tales declaraciones de principios. Lo que yo cuento, guste más o menos, no deja de ser un retrato fiel de la realidad, adobado si acaso, pero retrato. Creo -y ahora opino- que la Iglesia ganaría purgándose de fanáticos y de parafernalia y que, en general, el mundo espiritual está falto de sentido del humor. El padre Isorna, un franciscano al que le tengo fe, me decía el otro día que no soporta a los fanáticos de ninguna religión. Y en eso estamos de acuerdo: ni a los de la religión, ni a los del fútbol, ni a los de la política. Ha sido un fin de semana intenso, pero ahora me voy a la cama sin cargos de conciencia.

Laika

(Esta se la dedico a mi prima Celia, que es mi hermana mayor).

Hoy hasta los gallegos mandamos al espacio satélites fabricados con nuestra propia tecnología. Nosotros, que patentamos la rueda de afilar. Pero, sin duda, la primera consecuencia de la carrera espacial en Galicia nada tuvo que ver con la investigación, ni con las telecomunicaciones o las microondas, nada de eso. Lo primero que nos cambió el duelo en el que se enzarzaron americanos y rusos para ver quién la tenía más cósmica fue la manera de llamar a nuestros perros. De 1957 en adelante, las casas gallegas se llenaron de Laikas, lo que contribuyó a ampliar considerablemente un catálogo de Lúas que empezaba a ser insoportable. ¿Quién no le ha hecho monerías a alguna Lúa? Pero una vez que los rusos embarcaron a su primer astrocán en un supositorio, aquí abajo, en la Tierra, nos crecimos y empezamos a sembrar Galicia de Laikas de palleiro a las que solo les faltaba hablar.

La primera Laika que yo conocí era la perra de unos taberneros de Lugo, Sara y Ramiro, que tenían el negocio en Vigo, muy cerca de mi casa. Sara mimaba a aquel animal yo creo que hasta la obsesión. Lo alimentaba exclusivamente con merluza fresca que compraba a propósito en la pescadería de Roberto. Y en aquella época, en los ochenta, la merluza no era un pescado para todos los días, ni siquiera para todas las personas. Para que no pasase frío, Sara acostaba a Laika sobre una manta de calceta frente a una estufa de butano que se parecía a R2-D2 y la perra envejecía y engordaba mirando desde su trono cómo Ramiro despachaba vino. En sus últimos años apenas podía caminar. Su dueña la tentaba para que saliese a pasear, como si creyese que una carrerita desentumecería a un animal que, más que morir, se gastó: “¡Laika, a Sara vaise!”, le decía la tabernera intentando que la siguiera. Y la perra cabeceaba a un lado, a otro, avanzaba medio metro escaso rozando con la barriga en el suelo y desfallecía sobre su propio fuselaje como un Antonov sin tren de aterrizaje. “No sé quién pasea a quién”, decía mi padre. Sara le daba la merluza desmenuzada a la perra con un tenedor. Y a mí me gustaba imaginarme que aquella cadela de taberna, fondona y lenta era, en realidad, la perra astronauta de los rusos, solo que jubilada y vigilada de cerca por una agente de Moscú.”Laika, пожалуйста, a Sara Vaise!”.
Creo que mi segundo contacto supraestratosférico fue en el cine Ronsel, viendo ET. Tenía once años y me metí de lleno en el papel de Elliott, aunque sin la orejas parabólicas de Henry Thomas, que también nació en el 71. Sin embrago, no fue hasta que llegué a la universidad, en el 89, cuando mi profesor de Teorías de la Comunicación en la Universitat Autònoma de Barcelona, Enric Saperas, me reveló que la historia de aquel pequeño marciano que se parecía a una profesora de gallego estaba basada en los Evangelios, desde la llegada ultraterrenal a la persecución, el martirio, la resurrección y el ascenso al infinito. Un pequeño Jesucristo cabezón que tenía un dedo inflamable.
Mi propia carrera espacial, no obstante, no pasó de un par de proyectos pirotécnicos temerarios que tuvieron como base de lanzamiento el campo del Carballeira, abuelo de mi amigo Xosé Enrique Costas, hoy vicerrector de la Universidade de Vigo. El ingeniero jefe de aquellas misiones aeroespaciales era Jandri, un primo de mis primas mayor que yo, que era como un primo más y que tenía, además, los huevos que me faltaban a mí para algunas aventuras. Con una lata de calzoncillos Abanderado y la pólvora comprimida de varios petardos de cola de ratón de la pepelería Porras, éramos capaces de lanzar un artefacto a alturas nada desdeñables. Hacíamos la cuenta regresiva parapetados en el fondo de un terraplén. La explosión atronaba el grupo sindical completo. A veces metíamos dentro de la cápsula pequeños paracaidistas de plástico que comprábamos en el quiosco de la Amancia. Aquellos militares de molde acababan siempre colgados de los cables de la luz y jamás regresaban a la base; morían en acto de servicio. Y entonces había que llamar al presidente.  El lanzamiento se sucedía de la bronca de mi tío, O Perucho, que estaba convencido de que, cualquier día, la carrera espacial nos costaría una mano y unas hostias.

No muy lejos de mi casa, mi curiosidad por el universo la alimentaba un amigo de mi padre, un obrero de Barreras que cultivaba inquietudes galácticas nada frecuentes en mi barrio y que, de vez en cuando, nos invitaba a su casa para viajar al infinito a través de las lentes de su telescopio. Recuerdo perfectamente su tarjeta de visita: “Antonio Fernández Pombar, observatorio astronómico amateur”. Era lo más parecido a un científico que teníamos entonces en Campelos, que es el lugar donde se solapan Sárdoma y A Salgueira. Antonio Balón, que era un hombre menudito con gafas, tenía instalado el observatorio en el piso de arriba. Y, además de una completa biblioteca sideral y un telescopio fabuloso, entre otros tesoros guardaba el sidecar de una Vespa lleno de plantas. Era un lugar formidable. Me pasé horas allí, con mis hermanos y mi prima Celia, mirando por un ojo los misterios que cuelgan, suspendidos, sobre nuestras cabezas. Protegido por las pantallas de soldadura de mi padre, llegué incluso a disfrutar de eclipses espectaculares mientras los otros niños tenían que apañárselas ahumando cristales con una miserable vela.

No hace mucho tiempo, revolviendo en casa encontré un pequeño tesoro: un sobre en el que mi hermano recopiló un completo dossier cuando la NASA presentó su primer transbordador espacial, en 1981. Escrito con una regla de rotular dice: “Proyecto espacial Columbia”. Allí dentro hay recortes de prensa, de revistas, dibujos, croquis… todo lo que un chaval de trece años consiguió reunir sobre aquel salto de gigante de los americanos en su obsesión por expandirse y fundar. En el sobre hay todo eso y una parte de mi infancia espacial. De haberle gustado un poco más las matemáticas, mi hermano habría dado un gran ingeniero aeronáutico.

La Laika de Sara se murió de vieja, rellena de merluza, en su cosmódromo vigués; Antonio Balón partió un día hacia aquella inmensidad que tanto le gustaba enseñarnos a nosotros y a sus hijos, Toñi y Ana, y se dejó en casa aquel sidecar con forma de satélite soviético, con el gran servicio que le habría hecho aquella nave en el espacio. Yo los recuerdo a ambos cada vez que monto mi telescopio de Lidl para viajar un poco a las estrellas. ¡Ojo, que ahí están, junto a Saturno! ¡Laika, Laika, espabila, que a Sara vaise!

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