Podéis votar -si os apetece-
Podéis votar por este blog en los premios 20Blogs siguiendo el enlace. Gracias.
Podéis votar por este blog en los premios 20Blogs siguiendo el enlace. Gracias.
Ane cumple hoy cuatro años. Reedito un post de aquellos días que decía así:
Hola a todos. Soy Ane. Nací ayer a las 10.15 horas en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela, por lo que, según mi padre, contribuyo con mi presencia a ampliar ese censo de la capital de Galicia que se resiste a llegar a los cien mil habitantes. ¿Será por eso por lo que me llamó nada más nacer el mismísmo alcalde para saludarme? El alcalde es un señor muy simpático que habla como si estuviera afónico y que siempre tiene respuesta para todo. Como os decía, llegué al mundo ayer, pesé dos kilos y ochocientos gramos y nací de cesárea porque, como hija de un rabudo y de una navarra, se me dio por revirarme y me quedé de culo, que es la manera clara de decir "podálica", por lo que tuvieron que llamar a la fuerza pública para desalojarme. Las doctoras Dueñas y Arias hicieron un buen trabajo con mamá y el zurcido de la barriga seguro que, en unos días, ni se le nota. El sobrino de la tía Claudina, que es un señor de gafas muy gracioso al que conocí esta tarde, dijo en mi presencia que, por haber nacido el 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, debería llamarme "Ane de casi todos los santos". Pero me da que mis padres lo van a dejar en Ane, a secas. No, no es como la Igartiburu, es con una "n" solamente, como lo escribirían los vascos (¡y las vascas!, que diría ese señor con las orejas de punta sale en Star Trek). Por lo demás, tampoco tengo mucho que contaros de mi vida: duermo, cago, chupo de la teta, duermo, cago... No, no soy funcionaria, aunque ya sé que muchos lo estabais pensando ¿eh? Tengo que decir que en el Clínico no se está nada mal. Como dicen los tíos de Pamplona: "¡Se está más a gusto que a gusto!" En la habitación tenemos vistas al monte de Vidán y viene gente que me visita, y me toca, y me regala cosas: cuatro ramos de flores, ropa que me queda grande, bombones que se comen los demás... Es divertido, todo el mundo sonríe y mi padre babea y dice tonterías... He cagado ya cuatro pañales con un chapapote negro y espeso que tiene textura de tinta de calamar y nombre de petrolero: El "Meconio". Cuatro sentinazos en toda regla que mi padre limpió sin rechistar, como un voluntario en Carnota. No lo hace mal el tío. Puede mejorar, pero pone interés. Entre sus atenciones y el calostro de mamá, no me puedo quejar. Aunque me han dicho que, mejor que el calostro, es otro alimento de tres sílabas que, lo mismo que lo que yo me bebo, también suena a palabra polaca: el churrasco. Pero no he visto churrasco en la carta del hospital, igual elevo una queja a la gerencia. ¡Churrasco si, calostro non! Las enfermeras se portan de maravilla y hay una que se llama Marisol que me lava en un fregadero de acero inoxidable como quien lava una olla. Esta mañana le meé en la báscula mientras me pesaba, pero no fue un accidente, fue a propósito; yo hago como las Harley Davidson, que no es que pierdan aceite, es que marcan territorio. El lunes quizás nos manden para casa, porque mi madre evoluciona muy bien y ya casi le han retirado toda la fontanería que le pusieron después de nacer yo. Las navarras somos muy resistentes y enseguida nos venimos arriba, ¡cojona! Hoy he conocido al tío Jose, que es parecido a papá pero con la barba un poco más blanca; a la tía Isa, que es más rubia y más bajita que el tío Jose; y a los abuelos de Vigo, entre otras personas mucho más altas y con más gafas que yo. Lo mejor ha sido ver este mediodía las caras de los abuelos Pepe y Toñita. El abuelo Pepe sólo tenía una preocupación que hoy desapareció: morirse sin nietos. Así que ya se pude ir buscando otra comedura de tarro, que la anterior no le cuela. Que no, abuelo, que ya estoy aquí, que soy la primogénita, y te viene otro en camino por la calle Ramón Nieto. Por la noche llegará desde Pamplona la abuela Inés, que dicen que cocina un ajoarriero y unas pochas y un atún con tomate que quitan el sentido. Lástima que aún no tengo dientes... La abuela Inés se subió a un tren sobre las once de la mañana y llegará pasadas las ocho de la tarde. Dice mi padre que por delante de nuestra casa en San Lázaro pasan peregrinos andando que no tardan mucho más en llegar que la abuela Inés en el tren. Menuda estafa; y me juraron que nacía yo en el futuro...Tengo mucha curiosidad por conocer a mis otras tres tías: Sonia, Nerea y Sandra, que tienen cada una, incluso, su propio marido. ¡Uno para cada una! No sé si me acordaré de todos los nombres, lo mismo tengo que anotarlos en una libreta. Os dejo, que mi padre lleva toda la noche durmiendo sobre un potro de tortura y me dice que se va a echar un rato en una cama como Dios manda, por lo menos hasta que llegue el tren borreguero de Vitoria. Os enseño mi foto y un vídeo que me grabó papá esta mañana mientras Marisol me lavaba en una pileta difícil de olvidar porque era de acero inolvidable. Como podéis oír, tengo buenos pulmones, herencia directa de mi madre, que tiene una voz muy potente porque habla en la radio y la tienen que oír en toda Galicia, y para eso hay que gritar. A veces incluso la oyen en toda España, cuando le da paso un señor que tiene nombre de flan insulso: "Flan-cino" Lo dicho, que estoy encantada de conoceros y que ya os iré contando cosas. Aquí debajo va el vídeo del baño. No es precisamente el spa de Sanxenxo, pero teniendo en cuenta que paga la Seguridad Social... La Seguridad Social también le paga la paternidaZ a mi padre. PaternidaZ, con Z, de Zapatero. Se despide con cariño, Ane Mirás Apestegui, que soy yo.
Cuando haces limpieza, siempre encuentras cosas que no quieres tirar. Esta tuvo su momento de gloria. Hoy la recupero. Por ellos.
Hace setenta años, que un niño muriese al nacer o que naciese muerto era algo habitual. Lo raro era llegar de una pieza, completo, vivo. La mujer paría con dolor extremo, como paren las bestias, y si algo salía mal nadie se andaba con contemplaciones, eran cosas de la vida; "Estaba de ser", decían las viejas. Si por medio andaban los curas, entonces había que rezar para que no hubiera complicaciones porque, si tocaba escoger, los curas siempre miraban antes por el hijo que por la madre. In dubio, pro orphanus. Históricamente, la mujer siempre ha sido para el clero un vehículo, lo que de verdad les importa es el pasajero y no el taxi. Todavía hoy algunos lo piensan.
Un domingo, hace unos años, en Peitieiros, mi tío Carlos me contó la realidad terrible a la que se tuvieron que enfrentar sus padres, mis abuelos, poco después de haberse casado, mucho antes de nacer él. Pura Domínguez y Pepe Mirás contrajeron matrimonio jóvenes, sin dote, con el pasado sufrido, el presente justo, las habas contadas y el futuro incierto. Pero llenos de amor. Se me escapan las fechas pero así, a ojo, el casorio tuvo que celebrarse, más o menos -calculando la edad de mi padre y la de mis tíos- en medio de la Guerra Civil, con Franco sublevado y crecido a partes iguales.
Mirás era tranviario, corredor de campo a través e hijo de la Rusia Chica. Mirás era un rojo. Y Pura repartía pan y daba por bueno lo que hiciese su marido, aunque rezaba por los dos. Por si acaso. Pero se querían. Cuando la abuela se quedó preñada por primera vez, a la pareja le invadió una mezcla de felicidad y vértigo. Eran años malos para traer gente a España. Mirás lo asumió como algo natural, como el curso lógico de los acontecmientos: desembarcaba otro paria en la tierra. Para Purita, que respetaba las ideas bocheviques de su marido pero que comulgaba doble, no fuera a ser, un hijo era un enviado de Dios.
Mi abuela no dejó de repartir en los nueve meses que tardó la criatura en crecer en su interior, de sol a sol, caminando hasta veinte kilómetros diarios con una cesta de pan sobre la cabeza. Hasta que llegó el día. Con las aguas rotas piernas abajo, Pura y Mirás se fueron apurados a la maternidad de Teis en el tranvía. Nunca he sabido realmente si el tranvía de Teis era el seis, como dice mi padre, o si eso es una rima premediatda que falta a la verdad. La partera le dijo a mi abuela que soplara, que empujase como si de ello dependiesen las mareas. Y Purita empujó tanto que casi se le va la vida por la boca; hubo que cerrar la ventana para que no hiciese corriente. Dios, que debería haber estado allí porque hacía falta, porque Dios siempre hace falta cuando nace un pobre, hizo dejación de funciones y abandonó a su suerte a mi abuela, a mi abuelo y a la criatura. "La niña está muerta, no hay nada que hacer", le dijo bruscamente la comadrona a mi abuelo que, detrás de una cortina, había empezado a pensar que un parto es chacinería inútil si no se escucha el llanto de un bebé. Mirás apretó la cabeza de su mujer contra su pecho y lloraron juntos las lágrimas más amargas jamás lloradas. Aun no habían tenido tiempo de tomar aire cuando la encargada de la maternidad le dijo a mi abuelo: "Tiene que llevarse el cuerpo y enterrarlo usted". No sé exactamente en qué año fue, pero sé sin duda que era Navidad porque alguien vació los higos secos de una caja de madera que había llegado a aquel paritorio precario y metió dentro el pequeño cuerpecito de mi tía muerta, amortajado con una toalla. Mientras mi abuela se quedaba allí, destrozada y sola por dentro y por fuera, Mirás se puso la caja debajo de un brazo, le dio un beso en la frente a Purita y se subió en marcha al 6 para llegar al cementerio lo antes posible. Lloró hacia adentro durante el trayecto y deseó haber creído en Dios para poder maldecirlo y llamarle hijo de la gran puta. Los demás pasajeros sólo vieron a un hombre flaco que llevaba un paquete, quizás un encargo; un regalo de Navidad. Nadie reparó en que, aquel día, la tragedia viajaba en tranvía. Ni tampoco en que Dios no estaba allí.