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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

97. Reflexiones musicales a 28 grados

No suelo escribir con auriculares. Puede sonar la música de fondo, pero si me aíslo con los audífonos tengo una sensación parecida a la que se sufre cuando los mocos no te dejan respirar por la nariz y acabas jadeando solo por la boca: sientes a medias, como si estuvieras capado. Esta noche, sin embargo, haré una excepción. En esta madriguera con ruedas de ocho metros cuadrados en la que convivimos con la camada un mes de cada doce, mientras mi hija se inicia en la lectura de tebeos con los Súper-Humor que sobrevivieron a su madre, mi hijo resuella dormido y la madre de las criaturas me engaña con Javier Marías, yo me dispongo a reflexionar por escrito enchufado a una lista aleatoria de mi Spotify, que es una ensaladera musical que de tan poco criterio espanta.


Dadle al play antes de seguir leyendo. Ahora suena Ronan Hardiman, que es un irlandés que trabaja un new age folclórico que le arregló la cuenta corriente para una temporada cuando parió Lord of the dance. Él, que era un simple cajero de banco que lo dejó todo para cumplir su sueño musical. Mi Alvite irlandés. El mundo es de los valientes, Ronny. Hardiman me toca al oído Siamsa y me entran unas ganas terribles de marcarme un tacón punta tacón sobre el mostrador de un pub de Dublín. Me corto por no despertar al enano.

Esta tarde, cuando la química acumulada en esta borrachera citotóxica sin fin que me mantiene vivo me recordaba mi oncológica condición, no me veía capaz siquiera de hacer el picado de la jota a cámara lenta. Hay que ver cómo me va fallando el andamio según le sigo metiendo a la droga legal. Los 28 días de descanso entre ciclos no mejoran el cuadro. Bien al contrario, según se acerca el ciclo siguiente, más escarallado me noto. “Eso es la edad, a mí también me pasa”, me suelen decir. Ya. Igual es la edad… Pero además.

Sigue la lista de reproducción. No es que Melendi sea mi tipo, con esas greñas y ese muestrario de ferretería incrustado en la cara, pero reconozco que el himno que le dedicó a Asturias, “casi entre dolor y llanto, a la gente que cayó”, es una obra de arte. Qué propia para una intifada improvisada esa llamada a hacer caso a don Pelayo “luchando con pundonor, pues mientras nos queden piedras, lo que nos sobra es valor”. Buen ripio, Milindri; el adoquín es un arma cargada de futuro.

En un ataque de “jisterismo” -que diría mi querida Tamara Montero, la máxima experta en hípsters que conozco- hoy hemos celebrado un consejo familiar para decidir que, de momento, me dejo barba. A ver cuánto aguanto, que me conozco y a la que el espejo me devuelve la imagen de un señor mayor que se me parece, me acojono y me paso la goma de borrar de tres hojas. Al final mandarán los enanos, como siempre. Hoy les hacía gracia, y eso que solo es el tercer día. El caso es que, no sé si por el tratamiento o por la edad, he blanqueado que parece que me hubiera rebozado en harina para allanar el chalé unifamiliar de los siete cabritillos en ausencia de mamá cabra. Siga con su interpretación, señor Melendi. Y, cuando termine el de Asturias, seguís leyendo mis pajas mentales paridas a 28 grados sobre una lista de reproducción.

“Here you go way too fast
Don’t slow down, you gonna crash
You should watch, watch your step
Don’t lookout, gonna break your neck…”

Efectivamente. Ahora son The Primitives, con esa versión moderna del “Precausiooooón, amigo condustoooor, la senda es peligroooosa”. Los escucho y me acuerdo del elemento sobrenatural que llevo pegado en el salpicadero del coche desde hace unos días. Yo pecador me confieso: un San Cristóbal con su niño Jesús a la chepa troquelado en una chapa redonda de color bronce. Sí, yo, incapaz de rezarle a nadie que no me responda en alguno de los idiomas que hablo, que tampoco son tantos. Nunca he tenido facilidad para sintonizar voces de otros mundos, no paso de la TDT y de las psicofonías del más acá. Pero este San Cristóbal me pidió a gritos venirse de vacaciones. Apareció junto a mi coche en una calle de Pamplona. Por el aspecto, el santo protector de los conductores debe de tener trienos acumulados en algún taxi. Y, o bien lo retiraron sin honores, o bien el dueño lo perdió y todavía lo está llorando. Tal manera de aparecerse, como uno de esos santos Cristos que acaban varando en una playa, fue motivo suficiente para que le conmutara la pena del olvido y lo pegase bajo la palanca de cambios. Como encuentre en un chino un “Papá no corras” soy capaz hasta de añadirlo a este collage móvil que completa, desde hace un año, un pequeño Fary articulado que llevo colgando del retrovisor, la joya de la corona que compré por dos euros en la gasolinera de Lavacolla.

Ahora viene lo más sobrenatural de todo: el San Cristóbal apareció en el suelo, junto a la puerta del coche, sucio y mojado, ¡El 10 de julio!, que es la fecha que ahora le dedica a su conmemoración la Iglesia Católica. Aún siendo un irreverente como yo soy… ¿Quién en su sano juicio pasaría por alto semejante confluencia de señales? Le he hecho al mártir de Licia un contrato indefinido en el Citroën, que tampoco me hizo mal que toda la comunidad carmelita vedruna de Vitoria me dedicara el rezo de la mañana aquel 12 de diciembre del año pasado, cuando me abrieron la cabeza con una radial quirúrgica para sacarme un tumor cancerígeno y regresé al mundo de los vivos para contarlo.

Han ido rindiéndose a la noche, mientras escribo y escucho música de distintos pelajes, todos los seres humanos que respiraban a mi alrededor en este carromato alemán de ocho metros cuadrados. Ni siquiera Javier Marías es ya una garantía en la cama de nadie. Así que yo también voy a ir cogiendo postura, que mañana será otro día. Mi lista musical con menos criterio que el piano de David Guetta me lleva ahora al francés susurrado -me refiero al idioma, claro- de Alizée Jacotey, que se me presenta como Moi… Lolita. Sí, comercial, facilona… pero no me diréis que no os pone tontorrones la corsa con nombre de viento; todo sensualidad en esta France Gall del siglo XXI.

Dormid tranquilos y, como ya he dicho alguna vez, si está en vuestra mano, no durmáis solos, que anda al acecho el hombre del saco haciendo lo que mejor sabe hacer: dar por saco. Abrazos transmediterráneos. ¿Que cómo estoy? ¿En serio? Vivo. Si cabe, más que antes.

 

 

96. Imitación de las vacaciones y la “baja” en el ojo ajeno

Tremendo día escogido por el Gobierno para aprobar el Real Decreto que, desde ayer mismo, 18 de julio de 1936, perdón, 2014, -en qué carallo estaría yo pensando- regulará la incapacidad temporal de los trabajadores españoles. Aunque el texto hay que leerlo con antiparras, que es farragoso en lo que tiene que ver con los plazos, la mediación -en mi opinión excesiva- de mutuas y otras situaciones burrocráticas que no acaban de solucionarse, por lo pronto, los incapacitados temporales no tendremos que ir todas las semanas al médico a buscar la baja. Hace dos días, y gracias a la ayuda de mi compañera y amiga Mercedes Prego, que vale el triple de lo que pesa, entregué el parte de confirmación número 41 de esta odisea oncológica y administrativa que se inició con las hostilidades de octubre del año pasado. Son 41 semanas, una tras otra, visitando el centro de salud para recoger un papel y, cual mensajero pachucho, entregarlo en el curro. Perdiendo el tiempo y haciéndoselo perder a otros.

Pueden estar contentos en Madrid. Como España funciona a velocidades diferentes según el punto cardinal al que te dirijas, en Navarra, por ejemplo, ya llevaban tiempo con un sistema más o menos racional que aliviaba al paciente de la pena añadida del papeleo. O, al menos, es un sistema más cuerdo que el que gobernaba hasta ayer mi condición de paciente oncológico empeñado en sobrevivir a un pronóstico malo. Dicen que ahora las bajas se ajustarán “a la previsión del seguimiento clínico” -aunque parezca increíble, no era así, daban igual unas anginas que un astrocitoma anaplásico grado III- y, en cierto modo, cambiará para bien una situación que no hacía más que echar sal sobre las heridas. Me sigue dejando pasmado la autoridad de las empresas privadas que ampara la normativa nueva a la hora de decidir sobre las enfermedades de terceros, sus altas, sus bajas… ¡Si mandan las mutuas más que el médico! ¿No es suficiente el aparato del Estado para semejante cometido? Mi experiencia con esta vigilancia privada no es para tirar cohetes: no olvido con qué premura insistieron en solicitar una incapacidad permanente revisable que de ningún modo me he tragado.

Sigo huyendo en familia hacia el este para escapar del juliembre que, según me cuentan, se ha vuelto a instalar en Mordor de Compostela, ese lugar donde llueve tanto que, como decía Gila, los terrenos se venden por litros cuadrados. A esta hora disfruto de unos sudorosos 30 grados en el interior de mi caravana y de 24 en el exterior, pero prefiero el sudor al orballo, como el polvo al rapapolvo, un bombero a un bombardero y el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional (gracias, Serrat, por ser partidario de las voces de la calle más que del diccionario).

El este es ahora mismo Cambrils, un lugar de Tarragona que, en realidad, es una colonia de Navarra; Pamplona con vistas al mar. Entre Cambrils y Salou, si llamo a mi hijo a voz en grito: “¡Mikel!”, no se vuelven menos de media docena de niños navarros. Eso no me pasa en Galicia, claro, donde lo “aberchándal” de los nombres de mis herederos es, precisamente, lo que marca la diferencia. La gente se saluda de una acera a otra, en esta parte del Mediterráneo,  al grito de “¡Epa!” y la prensa de referencia en el quiosco es el Diario de Navarra. Hoy en la piscina tuve la sensación de que si a los que estaban en el agua les quitase el bañador y les anudase un pañuelico, me sonarían más de cincuenta caras de los últimos Sanfermines. Verás la que se lía como se independice Cataluña y la mitad de la población de la comunidad foral se quede atrapada en chanclas en plena secesión.

Fui muy dichoso en otra vida en Cambrils. Solo duró un fin de semana, pero éramos dos y no salimos de la tienda de campaña en 24 horas, podéis imaginaros el olor. Vale que había una tormenta de arena del siete, pero tampoco es que se me perdiese nada fuera de aquel tálamo canadiense con vistas a Alemania. Aunque 22 años después he vuelto en otro plan, me gusta quebrantar la ley de Sabina, que acuñó sobre una partitura un artículo que ordena que, al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

Mañana seguiré bañándome con mi familia en ese Ganges colectivo hecho con agua de mar baja en sal, rodeado de holandeses y de otros bárbaros del norte como nosotros mismos y nuestras camadas. Es el epejismo de las vacaciones que no lo son porque, y no me olvido, soy un incapacitado temporal que sigue intentando ponerle palos en las ruedas al cáncer para que la vida le dé una prórroga. Es, en todo caso, la parte del tratamiento que más se parece a las vacaciones tal y como eran antes.

Que os acueste Serrat, y cada loco con su tema. Tócala otra vez, Nano. Y de propina, su primo Sabina, que dice que hay quien dice que fue él el primero en olvidar cuando, en un si bemol de Jacques Brel, conoció a Mademoiselle Amsterdam. Bona nit, bona gent.

 

 

95. Si me guardáis un hueco en la estantería, que sea en la de las comedias, que de tragedias andamos sobraos

mejpeHace ya muchos meses que puse por escrito tres deseos que me gustaría ver cumplidos para certificar que le he jodido la estadística al enterrador: conducir hasta Dinamarca sin mirar atrás; tocar a la gaita la Xota da Guía con Kepa Junkera en la Casa das Crechas de Santiago; y ver publicadas en un libro estas memorias sanitarias que he ido improvisando sobre un pronóstico malo y sin un trozo de cerebro porque me lo invadió un astrocitoma anaplásico grado III que acabó, con su rebozado neuronal, en la palangana quirúrgica de los doctores Ángel Prieto y Alfredo García Allut.

El único riesgo que tiene desear cosas es que la vida te haga caso. Con Kepa Junkera estamos en tratos para hacer manitas; lo de Dinamarca es solo cuestión de llenar el depósito; y el libro nacido de este pronóstico malo redactado con alevosía, mucha nocturnidad, irreverencia y, aún así, respeto por el enemigo, aparecerá en las estanterías de las librerías el 16 de septiembre.

Paidós-Grupo Planeta me tendió la mano. Y no estoy yo como para rechazar manos que me ayuden a llegar a la orilla. El mejor peor momento de mi vida es el título de un post que publiqué el 13 de febrero. A los editores les pareció que esa frase resumía un poco el espíritu de esta crónica que se va ampliando cada día. Hemos cribado, seleccionado, pulido… pero la esencia, el instinto de supervivencia y esta caminata interminable sobre un alambre que me convierte un poco en un miembro adoptado de la familia Wallenda son exactamente las mismas. No será el primer libro que sale de un blog; pero sí el mío.

Muchos, que os habéis visto citados en los textos que llevo escribiendo desde octubre del año pasado, os volveréis a leer en letra impresa. Hay que ver cómo impresiona la letra impresa, lo sabemos bien los que vivimos de impresionar. No son pocos los que me han aconsejado encuadernar este material pensando, sobre todo, en todos los compañeros de la guerra oncológica que se pasan horas interminables enganchados a las máquinas que les dan la vida. La lectura es un gran aliado en esta circunstancia. Va por ellos también, por los que me enseñaron a nadar a contracorriente y por los que braceáis cada día conmigo.

El libro se pondrá a la venta el 16 de septiembre. Haremos presentaciones, firmaré lo que me dejen las circunstancias sanitarias -cheques no, gracias- y, en definitiva, haremos ruido. Me produce muchísimo respeto ocupar un hueco en vuestras estanterías, con tanto y tan bueno como hay por leer. Espero que me situéis más en la sección de las comedias que en la de las tragedias. Podéis llevarme al cuarto de baño incluso; soy de digestión ligera.

Quiero dar las gracias de manera especial a Manuel Jabois, por un prólogo que vale su peso en uranio enriquecido; y a Beatriz Rodríguez Salas, por un prefacio que descubre cosas de mí que ni yo mismo sabía. Y a la gente de Paidós-Planeta, a mi hermano Pau de Viba por su esfuerzo, a mi familia biológica y a la familia de La Voz de Galicia por su apoyo inquebrantable… Y a todos los que saciáis con vuestra interacción o como espectadores callados pero fieles mis inagotables ganas de ver crecer a mis hijos y de permanecer de cuerpo presente y en orden de marcha, por lo menos, otros 43 años. Entre todos habéis conseguido que esté pasando el mejor peor momento de mi vida. Gracias.

Aquí tenéis la información oficial

94. A San Fermín pedimos…

Llevo trece años viniendo a los Sanfermines, así que no me extrañó que esta mañana, justo después de una incursión de urgencia en el ultramarinos de abajo para comprar pimentón -teníamos una lata caducada en el 2005-, una señora mayor con acento de lejos me dijera: “Es muy bonito ese uniforme que lleváis”. Soy uno más, un PTV, de Pamplona de Toda la Vida. Así es: la fiesta nos iguala en la indumentaria. Menos la boina roja en la cabeza, que ya es residual a estas alturas del futuro, lo demás lo cumplo tal y como manda la copla: “La camisa y pantalón como la caaaaal… y esa estampa de nobleza, que es la misma de Tudela hasta el Roncaaaaaal”. Mi nobleza será de importación, en todo caso. Pero como en los grupos del Whatsapp ya salgo como Natxo, tengo a estas alturas en mi expediente vital un plus de navarrismo consolidado.

Lo de la nobleza y Navarra es una cosa para estudiar. Incluyen el calificativo noble en todo, desde el comportamiento de los toros -si fuera el caso, que es discutible tratándose de un animal salvaje- hasta las canciones dedicadas a las peñas sanfermineras o a los títulos de los reyes; Carlos III el Noble tiene en pleno Ensanche la mejor calle de la ciudad. Son buena gente los navarros, pero sobraos no hay otros. Y no desperdician ocasión para calzarle el adjetivo “foral” a todo lo que se tercie, incluido ese subjuntivo vasco con el que te dicen, por ejemplo, que “si vendrías, te invitaría a comer”.

Me gusta levantarme a las ocho menos diez para ver el encierro por la tele con mi suegra como comentarista. Y no apagamos hasta que no sale el portavoz del Hospital de Navarra dando el parte de heridos. Tremendas patillas luce el sanitario de guardia, por cierto. Hoy hay uno de Chicago que se marcha a casa con un cuerno embutido en el culo; no va a olvidar el viaje. Las cornadas, qué curioso, tienen efecto llamada y cada vez hay más guiris perforados. El piercing es otra cosa, man! La que lió Hemingway cuando exportó al mundo los excesos del mes de julio en Pamplona.

Las vacaciones y el espíritu sanferminero no evitan los efectos colaterales de la quimioterapia. No hay un momento que olvide mi circunstancia, que ni es noble ni grandiosa: es una putada como un piano de cola, de Tudela hasta el Roncal. Me canso más que antes, muchísimo más que antes. Y no, no es la edad. Así se lo hice saber ayer a una persona muy querida y fundamental en el desarrollo de mis acontecimientos vitales que me inquirió por Whatsapp -mientras asistíamos a la función de Gorgorito en la India en la plaza de Conde Rodezno (otro noble)-: “¿Qué es de tu vida, chaval?”. Estuve a punto de hacerle un Julio Iglesias: “La vida sigue iguaaaal”. Pero me alargué: “Me canso más que antes, pero aquí estamos y tal, gracias por preguntar…”

El tiempo está tan malo que si le cambias la letra a la canción y te sale “Siete de octubre, San Fermín” apenas se notaría. No iba muy descaminada la madre de mis hijos cuando se trajo en el equipaje familiar las chaquetas de nieve de los niños. Ya lo dice Alvite: “Las mujeres, cuando tienen frío, te abrigan a ti”. Y qué bien. Yo voy estos días de julio con el forro polar rojo y no me sobra. Y tres días a la semana, hoy incluido, antibiótico preventivo: Septrín Forte que, como su propio nombre indica, no es precisamente suave. Lo de la flora y la fauna intestinal, no obstante, lo tengo controlado.

Es muy diferente vivir las fiestas de Pamplona como turista que en familia. Yo, que he militado en las dos divisiones, me quedo sin duda con la segunda, que estoy mayor para ciertos excesos. Cambio y corto con música oficial: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el ¿entierro? ¡No, encierro, mamón! daááándonos su bendición!”

A Kepa Junkera lo escuché y lo abracé hace dos días en el parque de La Taconera. Dice mi cuñado Álex que tocar así la trikititxa es la hostia, pero que no tiene menos mérito el que inventó un artefacto como el acordeón diatónico. Dentro vídeo. Kepa con Sorginak, su nuevo proyecto, una maravilla.

 

 

 

93. El día que casi acabo con el Cacereño

Los de Cáceres duermen tranquilos, ajenos a la desgracia que ha estado a punto de eliminar del mapa a su equipo de fútbol, el Club Polideportivo Cacereño que, aunque hace lo que puede en las filas de la segunda división B, sirve para aplacar las tensiones de la afición. Una ciudad sin club de fútbol, aunque sea fútbol de segunda, es una olla a presión. Y no quiero ni pensar lo que habría pasado si la cadena de acontecimientos que se iba a producir, finalmente hubiera ocurrido. Y todo por culpa de la lluvia y de mis vacaciones improvisadas.

Lo que tiene viajar con la casa a cuestas es que la capacidad de reaccionar es infinita. Pusimos rumbo a Pamplona con el objetivo de, hecha la fiesta y revisados los bares, llegar al valle del Loira. Pero este año tenemos un tiempo rencoroso e hijoputa, que no merece otro nombre, así que cambiamos la hoja de ruta y buscamos en los pronósticos meteorológicos un lugar en el que el cielo no se desplomara sobre nuestras cabezas. Y así es como hemos acabado en Cáceres donde, sacando un “churrasco” aislado, el verano está de cuerpo presente.

Para escoger destino no solo buscamos sol, sino también algún aliciente: “¡Ya está! -dije- vamos a Cáceres, veraneamos y visitamos de paso a mi amigo José Ramón Alonso de la Torre!”. Meu dito, meu feito. Extremadura vale la pena no solo por el decorado, sino, precisamente, por extremeños como Alonso de la Torre, a quien me refiero cariñosamente como “Alonso de la Porra”. Él ya hacía periodismo de calle en La Voz de Galicia cuando eso de ponerse en la piel del otro a tiempo completo era incluso friki. Y los 21 días de Samanta Villar no estaban ni en las vísperas. Alonso de la Torre se metió en el alzacuellos de un cura, vendió pañuelos en el semáforo para poder contarlo, le cantó los mismos pecados a varios confesores de la catedral de Santiago para comparar las penitencias… periodismo de pura raza, de ese que revaloriza la prensa de papel. Yo bebí mucho de sus fuentes y hoy no soy otra cosa que el resultado de haber pisado tugurios y vidas ajenas con él y con otros de su pelaje.

El reencuentro en Cáceres después de tantos años ha sido emocionante. Alonso de la Torre abraza en mono, pero es el manco menos acomplejado que hayáis conocido jamás. Zurdo a la fuerza, José Ramón me inspiró también cuando me tocó luchar contra los elementos y hacer de la necesidad virtud. Mucho te debo amigo.

El caso es que, y ahora vuelvo a la terrible cadena de acontecimientos que pudieron dar en el exterminio del Cacereño, comimos con Alonso de la Torre y con Esperanza Rubio en un sitio de esos que deberían ser espacio protegido: El Paladar de Felisa, en el número 10 de la calle Sergio Sánchez, en la zona vieja.

Entre el cocido y la ternera con salsa de almendras, y con un nubarrón sobre nuestras cabezas, se me dio por pensar en si no me habría confiado demasiado con la meteorología. “Creo que he dejado las ventanas de la caravana abiertas, los enchufes a la intemperie, el tostador en el fregadero… No sé, si viene a llover lo mismo tenemos problemas”. Tengo fama de precavido, de ahí que en algunos foros me apoden “don pluscuamperfecto”. No creo que llegue a la obsesión -o igual sí- pero, en cualquier caso, prefiero tomar precauciones.

Según comíamos, arreglábamos el mundo y nos poníamos al día, no podía dejar de pensar en las consecuencias que un chaparrón indiscreto tendría sobre la instalación caravanauta con la que viajamos: “No sé si acercarme a ponerlo todo a cubierto, no vaya a ser. Mira que si hay un cortocircuito….”.

Entonces ya le di pie a Alonso de la Torre para transformarse de lleno en el vacilón Alonso de la Porra y anticipar los acontecimientos que, de no reaccionar ante el nubarrón, derivarían en catástrofe.

-Diréis lo que queráis, pero como se ponga a llover la liamos. Me preocupan los enchufes al aire.

-¡Bah, no será para tanto!

-Que sí, José Ramón, que puede saltar un chispazo y la jodemos.

El cámping Ciudad de Cáceres está junto al estadio del Cacereño, bautizado en su día con el hoy desfasado nombre Príncipe Felipe. ¿Qué tal Infante Froilán? Es una idea.

-¡Buf, si salta un chispazo será terrible! ¡Provocarías un incendio en el cámping, jajaja!

-Sí, tú ríete, Alonso de la Porra, ríete.

-¡Y el fuego se extendería por todo el cámping, vendrían bomberos de todas partes!

-Quién sabe. Joder, qué bueno está este cocido.

-¡Y el incendio se extendería al campo del Cacereño y a la única empresa potente que tenemos en la zona, que no está muy lejos. ¡Doscientos puestos de trabajo! Todo quedaría arrasado. ¡Ve corriendo! (decía Alonso de la Torre descojonándose para el deleite de nuestras mujeres) mientras no perdía bocado.

“Creo que voy a llamar por teléfono -resolví-, a ver si allí pueden hacer algo, tapar los cables, no sé”.

-¡Y si arden el campo y la empresa, el Cacereño tendrá que hacer frente a las consecuencias, no podrá afrontarlo y desaparecerá porque Nacho Mirás se dejó los enchufes de la caravana al aire!

Y venga risas….

-Sí, descojónate, pero yo llamo.

El caso es que los del cámping me tomaron en serio, recogieron la electrónica, la pusieron a cubierto y, gracias a eso, el Cacereño puede seguir dando barrigazos en las filas de la segunda división B. Porque llovió a chorro. Poco pero suficiente para acabar con el fútbol en Cáceres.

Así que ya sabéis: mirad al cielo antes de salir de casa; tomad precauciones, que el efecto Cacereño es mucho peor que el efecto mariposa.

Gracias a todos los que me estáis felicitando por cumplir años en este 4 de julio. En mis circunstancias, sumar otra vela a la tarta no es cosa menor. Eso sí, soplaré a lo bestia, no vaya a ser que se incendie un toldo, arda el cámping y me nombren persona non grata y mangurrino indeseable en toda Extremadura.

Me canso algo, pero no es nada nuevo. Sigo de reposo terapéutico hasta el 29 de julio, cuando arrancaré el quinto ciclo químico contra mi astrocitoma anaplásico grado III. Buscad las magníficas historias de Alonso de la Torre en las últimas páginas del Hoy. Y rescatad las viejas. Descubriréis a un tipo que escribe con una mano como si tuviera tres; a un periodista pura sangre que vive las vidas de otros. A fin de cuentas, de eso se trata en este oficio.

Dentro vídeo: Extremoduro. So payaso http://youtu.be/1Iw1Qx7c2yc

92. Libertad vigilada para un chatarrero renacentista

Y como quien no quiere la cosa, ya estamos a 25 de junio. Ayer brindé a la salud de los Juanes que en el mundo son con un lingotazo de 400 miligramos de temozolomida, dando así por inaugurado el cuarto ciclo de citotóxicos con los que la sanidad pública gallega se afana por mantenerme en el más acá. De los efectos secundarios, lo ya sabido: me canso, me canso… La quimioterapia funciona por acumulación, así que lo que va entrando en el cuerpo es más de lo que sale y claro, lo notas. Acabaré de drogarme el sábado por la noche y después tendré por delante todo el mes de julio hasta el ciclo siguiente.
La ventaja es que me podré ir de vacaciones con la familia y la casa a cuestas sin llevarme la farmacia puesta. O, al menos, solo la botica suave, la del antibiótico y el protector gástrico. La idea de viajar con unas cápsulas cuya ingesta accidental por un niño puede causar la muerte del niño y el suicidio del padre no me hacía demasiada ilusión.
Hoy es miércoles y ¿qué pasa los miércoles? Eso es, que tengo que comparecer en el centro de salud, recibir la baja y llevarla de paseo a la empresa y a la universidad. Para desaparecer en julio tengo que resolver la logística burrocrática del mes entero a base de pedir favores: pero así me convierta en un sin papeles, me iré fuera de Galicia, me vestiré de blanco, me anudaré un pañuelico rojo al cuello y correré… detrás de los toros por las calles de Pamplona. Sí, detrás, que ya sobra quien se ponga delante.
Antes de eso deberé cumplir varios requisitos. Primero: el médico de familia tiene que autorizar por escrito mi desplazamiento. Segundo: alguien tiene que encargarse de ir los miércoles a buscar la baja en mi lugar y sacarla de paseo, lo mismo que tienes que empaquetarle a alguien el gato cuando te vas unos días. Yo le propongo directamente al sistema que me coloque en el tobillo una pulsera de esas del arresto domiciliario, así puede controlar telemáticamente mis movimientos y no le jodemos la vida a las amistades. También autorizo a la Administración a que me siga con el helicóptero de control de tráfico, a que me implante un chip en la oreja o a que me ponga una luz en el culo.
No me canso de decir que mientras el Curiosity se hace selfies sobre la superficie de Marte y los coches que se conducen solos están a punto de entrar en el plan PIVE, seguimos soportando un sistema burocrático vintage que en vez de solucionar la vida de la gente la complica. Alguien decía el otro día: “Hacemos un rey en quince días y una radiografía en seis meses”. Y, así, todo.
Sigo entreteniendo la cabeza todo lo que puedo, aunque en los últimos días he tenido algún bajón anímico que, de todas maneras, se difumina si me pongo a atornillar a lo loco. “Eres un hombre del Renacimiento”, me dijo el otro día mi mujer cuando le regalé un soporte para el iPad que fabriqué con los restos de un flexo viejo. Más que un inventor soy un chatarrero renacentista, pero me entretengo.
A veces pienso cómo habrían sido estos ocho meses en las filas de la oncología si me hubiera hundido desde el principio. Habría sido el horror amplificado, para mí y para todos.
El lunes me dieron la bendición urbi et orbi en la consulta 11. Los números de los análisis me acompañan más que el gol average a la Roja (que me la trae floja) en Brasil y por eso hemos podido iniciar el cuarto ciclo sobre lo previsto.
Guardad un hueco en la agenda para el 18 de septiembre, que me gustará veros las caras en Santiago. Ya os contaré.

91. Un “podemos” de la tornillería municipal

Ahora que llevo ocho meses de baja observando obras públicas me doy cuenta de que, en realidad, los jubilados que miran detrás de las vallas lo que querrían es estar ellos mismos en el tajo. O mejor: dirigir la orquesta. Como toda esa gente que se desgañita en la grada porque sabe más que el míster y no le dejan demostrarlo. Porque una cosa es que no puedas trabajar y otra diferente que seas un inútil.

Como adelanté en esa plaza del pueblo que es el Facebook, ayer decidí hacer un “podemos” de las obras públicas y pasé a la acción directa, harto como estoy de llamar por teléfono a los servicios de mantenimiento del Ayuntamiento para que no me hagan ni puto caso. Poco faltó para que acabase en la Audiencia Nacional. Sí, sí, veréis…

Resulta que a pocos metros de mi portal, en la zona peatonal que piso irremediablemente si quiero salir de casa, una papelera de acero inoxidable colgaba de un tornillo desde hace cosa de dos años. No sé ni la cantidad de veces que he llamado para avisar. En el mismo lote, otros recipientes parecidos, también abandonados por falta de mantenimiento, acabaron en la furgoneta del chatarrero de guardia. “¡Pero si esto se arregla con un tornillo del 8!”, bramaba para mí mismo cada vez que pasaba por delante del metálico objeto. Es la herencia de haber sido becario infantil en el taller de carpintería metálica de mi padre.

Ayer no pude más. Arranqué la moto, puse rumbo a mi chino de cabecera y por el módico precio de sesenta céntimos compré un lote de tres tornillos acerados del 8 con sus respectivas tuercas y volví a mi calle. Transformado en un espontáneo del mantenimiento, en un activista peligroso, tardé dos minutos en reparar una papelera que llevaba abandonada dos años. Los vecinos, desde las ventanas, debieron de flipar: “¿Qué carallo hace este manipulando la papelera? ¿Ya tiene que buscar en la basura?”. Pero como últimamente todo me resbala, terminé el operativo, hice unas fotos del resultado  -por si el alcalde se conmueve y me quiere descontar los sesenta céntimos en el próximo recibo del IBI- y di por finalizada la maniobra. “Te pareces a uno que sé yo -me escribió mi amiga Nuria Fernández-, que cuando le sobra un poco de cemento de algún trabajo se dedica a tapar los baches del barrio”. Vaya, Jorge, ¡va a resultar que somos un comando con células independientes!

Lo más cachondo del asunto es que, justo cuando acababa de recoger las herramientas, desembarcó en la zona la Guardia Civil toda junta. No exagero: un despliegue uniformado en toda regla, con sus agentes con pasamontañas -anda que no hacía calor- sus coches oficiales apurando la primera, sirenas… todo un número. Nada menos que un dispositivo especial coordinado por la Audiencia Nacional para detener en el barrio a un supuesto colaborador de un grupo armado. Si llegan a desembarcar solo cinco minutos antes y me ven poniéndole las tuercas que le faltaban  a un bidón de acero inoxidable me aplican allí mismo la ley antiterrorista.  Ya estoy viendo a los Tedax rodeando el recipiente para desactivar las cacas de perro en bolsitas que llenaban el cubo. Y yo explicándome: “Se lo juro, señor guardia, yo soy un vecino aburrido que estaba arreglando la papelera porque el Ayuntamiento no me hace puto caso. Y además tengo cáncer”. “¡Guarde silencio, majadero, ¿no tiene una excusa mejor? ¿Manipulando metralla justo antes de un operativo antiterrorista? ¡Levante las tuercas, digo, las manos!”

Yo es que me tomé muy a pecho que mi enfermera favorita de oncología me recomendase tener “la cabeciña ocupada” ¿Verdad, Isabel? Por eso me he convertido en un activista de la tornillería así, a lo loco, de la noche a la mañana. Y soy reincidente: hace días enderecé una señal de tráfico que alguien tumbó dando marcha atrás. A mano. Eso sí, señores alcaldes entrante y saliente (Santiago tiene una gestión municipal muy complicada): a lo que me niego es a baldear los contenedores de la basura que huelen a podrido que tumban. Algo huele a podrido en Santiago… jeje. Así que eso se lo dejo a los del mantenimiento de Urbaser. No será que escasea el agua este año. Que hablen las fotos de mi intervención y sigo:

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Activismo aparte, me encuentro razonablemente bien. El día 25 toca control y, si todo está en orden, preparar otro nuevo ciclo químico, el cuarto. Aunque me canso cada vez más, sobrevivo con una calidad de vida de ocho en una escala del uno al diez. ¿O acaso conocéis a más pacientes oncológicos con un tumor en grado III que se dediquen a arreglar papeleras? Ahora me preparo para la ruta burrocrática de los miércoles, ya sabéis: centro de salud, empresa, universidad… A ver si ahora no me viene la Inspección y me empura por arreglar una papelera pública estando de baja.

Sigo capeando los problemas gástricos que me generan la quimioterapia y el Septrin Forte con la leche sin lactosa y los yogures con bífidus. El resultado es bastante aceptable. Lo que sale, al final, es tan importante como lo que entra.

La moqueta que me había abandonado en el cuero cabelludo, sobre todo en el lado que me radiaron, ha vuelto a hacer acto de presencia. Tengo ese pelillo fino que Camilo José Cela etiquetaba de “pelo de hijo de puta” pero, según pasan los días, aumenta el calibre y viste más. No, si aún acabaré haciéndome las mechas californianas después de haber lucido mondo y lirondo tanto tiempo.

Tengo que preparar la logística burrocrática para poder abandonar Santiago un mes entero, con la quimio en el neceser, y procurar que mi familia tenga unas vacaciones lo más normales posibles. No es fácil, con esa mierda de la baja semanal. Pero si el trozo de cerebro que no me han extirpado me ha bastado para solucionar un problema de mantenimiento del mobiliario urbano que el Ayuntamiento no resolvió en dos años, malo será que no encontremos la fórmula. Qué ganas de poner tierra por medio. A lo ancho, no en vertical, que ya estáis haciendo segundas lecturas. Si en la resonancia magnética de octubre sigo teniendo el cerebro saneado será el momento de volver a hacer vida normal. Aunque, después de todo y convertido en un paciente crónico, ¿existe la vida normal? Existe la vida, en cualquier caso.

Dentro vídeo. Tócala otra vez, Steve Harley, que tienes apellido de moto y me animas la mañana.

90. La ventriloquia y el periodismo: Charlas de nunca

alviteNoventa, un número redondo. Un peso pesado en la báscula, un límite de velocidad… Quiero dedicarle la entrada número 90 de esta etapa de www.rabudo.com a mi amigo, maestro y camarada José Luis Alvite. Charlas de nunca es el título de su nuevo libro, recién salido del horno gracias a Ézaro. No exagero si os digo que es una de las mejores lecturas que os puedo recomendar. Marilyn Monroe, Frank Sinatra, Alfred Hitchcock, Al Capone, Franco, María Callas, Verónica Lake… ¡El mismísimo Jesucristo entrevistado por Alvite en este ejercicio de ventriloquia periodística imprescindible e inteligente! Es la primera vez que soy prologuista. Cuando el editor Alejandro Diéguez me pidió que hiciera los honores fue como si me hubiese regalado las llaves de un un portaaviones nuclear: un juguete acojonante cuyo manejo implica, claro, una enorme responsabilidad. La asumo con orgullo. Haber participado en este increíble musical de entrevistas, aunque sea desde la posición de esta humilde corista, supone una de las mayores satisfacciones que haya podido tener en este tan jodido momento de mi vida. Crónicas de nunca llegará en días a las librerías. Os adelanto el prólogo en la confianza de que este verano desayunaréis diamantes con Audrey Hepburn, esa mujer de la que se enamoró mi amigo “el día que comprendí que en su cuerpo incluso la Vespa de Vacaciones en Roma era ropa”.

El periodismo y la ventriloquia

Nacho Mirás

Prólogo, Charlas de nunca. Ézaro, 2014

Pablo Picasso era un genio con flequillo encantado de conocerse; Frank Sinatra, la clase de hombre que esnifa ostras; Hitler solo quería ser profesor de gimnasia del Tercer Reich, pero la coreografía se le fue las manos; y Jesucristo añora un pasado en el que la Iglesia que fundó no era más que un equipo de trece sindicalistas cruzando el lago Tiberiades en una patera. Seguro que usted, como yo, tenía pocas dudas de semejantes hechos. Pero algunas de las personalidades más relevantes de la Historia han tenido que hablar por boca de José Luis Alvite para para certificar lo que siempre sospechamos: que a los personajes históricos nos los han contado mal, sin profundizar, con poco interés.
Me gusta imaginarme al hijo de Dios Nuestro Señor dándole las gracias al periodista por haber publicado en un suplemento dominical una entrevista en la que el propio Jesús de Nazaret, empeñado en que lo tuteen, confiesa su miedo a aparecerse con la cruz a cuestas en una playa de Marbella por si algún niño lo confunde con un surfista en camisón. “Alvite, magnífica entrevista; la próxima vez avisa, no vaya a ser que me pregunte el Jefe y no sepa qué decirle”.
Las Charlas de nunca son el ejercicio de ventriloquia periodística más grande que jamás haya soñado entrevistador alguno. Sin el riesgo del desmentido, que siempre provoca situaciones desagradables, Alvite se desdobla en el que pregunta y en el preguntado. Y más de uno sale ganando, porque cuesta imaginar a Marilyn Monroe declamando para el New York Times que el himen fue menos importante en su vida que la última cereza del Martini. El autor de esa frase que dice que el amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre es generoso, incluso, para repartir pedreas de inteligencia como un donante de sangre que tuviera excedente de cupo.
El día que leí en ese pregonero de 140 caracteres que es Twitter la declaración de mi maestro y amigo José Luis contando que tenía dos cánceres, me desplomé: “Me han diagnosticado un cáncer de pulmón y otro de colon. Nunca pensé que envidiaría el estado de mi coche”. Era la confirmación de que Dios, el padre del surfista, llevaba ya una temporada leyendo poco, tocando de oído, esparciendo mierda por aspersión. ¿Es que no le gustó la entrevista a su hijo, Señor? ¡Rencoroso!
Alvite, incluso con la ITV caducada, es el espejo periodístico en el que me miré cuando yo tenía diecinueve años y él ya era un veterano de este oficio de contar la vida. “No te preocupes, camarada, este fulano ha confundido la selva con un manojo de grelos”, me escribió para defenderme en público un día que un concejal me llamó al orden por preguntarle una inconveniencia.
En aquellos tiempos, a principios de los noventa, el coche de Al era una madriguera infestada de colillas y recibos de Fenosa. Llegó a vivir dentro. Pero me gustó el reflejo que me devolvió aquel retrovisor torcido una vez que estábamos parados frente a la puerta del Maycar, ese local nocturno de Santiago que no es si no la trastienda del Savoy que gobierna Ernie Loquasto.
Yo no le llegaré jamás a mi maestro ni a las uñas de los pies, ya no digo escribiendo, sino a la categoría de sus enfermedades. El mío es un cáncer solo; para empatar tendría que recurrir al horóscopo.
Pero no estamos solos. Siempre creí, camarada Alvite, que las carreras no serían posibles sin toda esa gente que está en los arcenes animando a los ciclistas. Gracias a ellos nos queda un montón de recorrido y de gasto para la Seguridad Social, que se empeña en mantenernos de una pieza como si de verdad le importásemos al sistema. Estamos pasando los mejores peores momentos de nuestras vidas y, además, vivimos para contarlo.
 Te quiero, maestro; Ya sabes que mi coche es tu casa. Puedes instalar también a esos personajes que llevas en la maleta donde José Luis Moreno transporta el hambre de cartón de Monchito, la lucidez de Macario y la mala hostia de Rockefeller, ese cuervo que saluda como Shakira, con la pelvis; a esa gente que vegeta en la mochila de Maricarmen y sus muñecos como doña Rogelia, tirando con una exigua pensión de viudedad y una pañoleta; incluso podemos hacerle sitio al profesor de gimnasia del Tercer Reich en el hueco de la rueda de repuesto, que seguro que cabe.
Será divertido que las charlas de nunca sean las conversaciones de siempre. Y para siempre. Ya te dijo aquella vez Joseph Pulitzer, que era un sabio del periodismo al que entrevistaste nunca, que ahora la gente solo se conecta cuando está lejos y que lo que los periodistas debemos conservar es “la curiosidad de una peluquera, la dignidad de un mendigo y ortografía bastante para saber que un texto no se puede empezar con una coma”. Pues por nosotros que no quede. Tuteémonos, compañero, camarada, amigo.

89. Me canso, luego existo (que no es poco)

Hoy hace justo una semana que, a la que me levanto, en lugar de recibir los buenos días es como si me dieran una tunda. Eso tiene que ver con que los citotóxicos se van acumulando e incluso un cuerpo de acero inolvidable como el mío, con motor Barreiros que ha dado buenos ejemplos de consistencia, tiene su erosión. “La quimioterapia suave no existe, señora”, le dijo el oncólogo a mi santa aquella vez que le preguntó si, por el hecho de ser oral, la quimio era menos quimio.

Tampoco es que el cansancio acumulativo me imposibilite, pero se manifiesta varias veces a lo largo del día. No me quejo, qué va. Si eso es lo peor que me espera del tratamiento firmo ahora la renovación por un par de temporadas. O, al menos, para los tres ciclos que me quedan a razón de cinco días de drogas duras y veintiocho de parada. Pero si algo he aprendido de mi máster acelerado en oncología y astrocitomas anaplásicos propios en grado III es que los futuribles tienen poco futuro, tanto en la enfermedad como en su tratamiento. Vivo hoy como si no hubiera mañana.

La peor parte de este festival terapéutico en el que vivo instalado se la llevan las piernas, que me abandonan a traición y acabo, y es literal, abrazando farolas. Las caminatas son ahora más cortas porque el andamio ya no me sostiene como antes. A cambio, le doy aún más a la cabeza -por si no le daba ya bastante- y me entretengo con cualquier instrumento que caiga en mis manos, ya sea musical o de natural obrero. Escribo menos, es cierto… pero procuro no perderme cualquier convocatoria a la que me inviten: baños de multitudes en los que recargo las baterías y, salvo excepciones, vengo bastante autoconvencido de que hasta tengo buen color y todo. Claro que también hay quien se columpia de carallo. Porque vamos a ver: aunque no esté para competir en Miss Universo, no cuesta nada decirle a tipo en mi situación que luce estupendamente. Esta clase de trolas están exentas de penitencia: pia-do-sas, se llaman mentiras pia-do-sas. Los analfabetos emocionales no salen en el informe PISA, claro. Me resbalan. Las faltadas las compensan con creces mis hijos, de quienes me contagio más de ilusión y alegría que de mocos.

Vengo de compartir con casi mil personas el concierto de despedida de Berrogüetto, uno de los grandes emblemas del folk gallego que, después de diecinueve años, se disuelve justo en el momento en el que va a haber mudanza en la Zarzuela. Contraprogramando, vaya. Suya es la pieza que, echando mano del humor negro que tanto bien me hace, acompaña este post de urgencia que escribo desde el agotamiento, pero que sirve de fe de vida para los que se siguen preocupando: Se titula Cancro Crú (Cáncer Crudo). Y también Berrogüetto le pone música a esa letra cargada de sentidiño -el sentido común gallego- que dice:

Sabe Dios de hoxe nun ano
sabe Dios de hoxe nun día
sabe Dios de hoxe nun ano
quén terá máis alegría.

Traducción para los de más allá del telón de grelos

Sabe Dios de hoy en un año,

sabe Dios de hoy en un día.

Sabe Dios de hoy en un año,

quién tendrá más alegría.

Un día, un año… planazos,en cualquier caso.

No me quiero meter en el sobre sin dar por escrito la enhorabuena a mis ex alumnos de la promoción 2010-2014 de la Facultad de Derecho de la Universidade de Santiago de Compostela, con quienes ayer compartí su acto de graduación. Siempre he dicho que daría clases igual aunque no cobrase, aunque tal como andan en las consellerías con la tijera de podar, haced como que no he dicho nada. Ayer consiguió emocionarme esta tropa de hipsters con toga ya no solo con el hecho de recordar a un tipo que les dio clase en el 2011. Muchos no entendían al principio qué pintaba una asignatura como Técnicas de Comunicación Oral y Escrita Aplicadas al Derecho en una carrera de puñetas, códigos y jurisprudencia. Pero que alumnos como Miguel Mallo (por citar a uno de una promoción que es enorme en calidad y en cantidad, de la A a la Z) te confiesen que en esa materia y conmigo haciendo de Augusto Algueró le perdieron el miedo a hablar en público ya me pagan los servicios prestados. Incluso me abonan los que, por una causa de fuerza oncológica mayor, no he podido prestar este año a sus compañeros de Redacción Informativa I en la Facultade de Ciencias da Comunicación.

Antes de desmayarme mecanografiando todavía me da tiempo de rescatar un escrito del pasado, uno de esos textos que me trasladan a aquellos días de trabajo frenéticos y desordenados en los que, sin embargo, no me costaba encontrar a alguien que estuviera más enfermo que yo. Dentro de diez días, el 19 de junio, hará 49 años que una Vespa entró hasta el mismísimo altar mayor de la catedral de Santiago. Hoy, que he vuelto a subirme en mi chavala de 1966, rescato la historia de aquella ofrenda extraña que consiguió meter una moto en la cocina de la casa de Dios. Y al final el cáncer crudo de Berrogüetto. Confío en que no me sigan abandonando las fuerzas. Gracias por los ánimos, los achuchones y los “qué bien se te ve”, sean verdades absolutas, relativas o, simplemente, trapalladas.

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Una Vespa en la casa de Dios

El cardenal Quiroga recibió en la catedral en 1965 la donación de una escúter

La Voz de Galicia, 7 de abril de 2013

Nacho Mirás. Santiago

Si nunca se han puesto a los mandos de una Vespa, entonces no saben lo fantástico que es, como dice la celebrada canción del grupo Lùnapop, «dar vueltas con los pies sobre sus alas». La Vespa, la escúter más vendida del mundo, es algo más que una moto. Es un objeto de culto que nació en Italia del intercambio de pensamientos e inquietudes entre el empresario Enrico Piaggio (1905-1965) y el ingeniero aeronáutico Corradino D’Ascanio (1891-1981).

Finalizada la segunda Guerra Mundial, a Piaggio se le ocurrió la idea de fabricar un vehículo que fuese cómodo, barato y fácil de manejar. Don Enrico encargó un primer diseño que no colmó ni por asomo sus expectativas, así que se puso en contacto D’Ascanio y este replanteó la situación partiendo de cero. Primero dibujó a una persona sentada y erguida, en posición cómoda, y luego diseñó un vehículo a su alrededor. «Bello, sembra una vespa!», dice la leyenda que exclamó el empresario cuando el ingeniero D’Ascanio le mostró un boceto que, en cierto modo, recordaba a las líneas de una avispa.

No pasaron demasiados años hasta que Galicia se contagió de la picadura del insecto más famoso del mundo, encarnado en una moto con una mecánica sencilla y un robusto bastidor de acero que le daba a quien la conducía una libertad de movimientos que jamás habría soñado. Y una legión de entusiastas de la gasolina con mezcla se pusieron de acuerdo para disfrutar de sus motos en comunidad.

Un año especial

El año 1965 fue especial en muchos sentidos para Santiago de Compostela. Fue, quizás, el primer año santo a lo grande y el Régimen se volcó para que el mundo pusiera sus ojos en la tumba de Santiago el Mayor, patrón de las Españas, más que un apóstol o un santo, un símbolo por el que Franco sentía debilidad, como también por ese despojo sagrado que es la mano incorrupta de Santa Teresa.

Política y religión aparte, el caso es que a los clubes vespistas les pareció que Compostela, en pleno fragor jacobeo, bien valía una visita. Y fue así como se organizó una de las peregrinaciones motorizadas más numerosas que se recuerdan. La gestionaron las asociaciones españolas, pero fueron muchísimos los vesperos de toda Europa que acudieron a la llamada; vinieron más de mil.

La prensa de la época, principalmente El Mundo Deportivo y La Vanguardia, dedicaron amplias crónicas a la concentración que se desarrolló el sábado, 19 de junio de 1965.

El momento álgido llegó cuando el presidente del Vespa Club de España, Manuel Aguilar, entregó al cardenal Fernando Quiroga Palacios una moto nueva del trinque «para que fuese destinada a una de las parroquias de España más necesitadas y pobres». Era una 125 fabricada ese mismo año por Moto Vespa S.A. en Madrid y su donación supuso algo nunca visto hasta entonces: la Vespa entró hasta el mismísimo altar mayor de la catedral, tal y como se observa en la foto, y allí -apagada, eso sí- la recibió su eminencia reverendísima, que se cuidó mucho de subirse encima.

Quiroga contestó la ofrenda con un discurso a la altura de las circunstancias: «Veo en vosotros un elemento más de esa puesta al día que el Padre santo, y con él el Concilio, nos enseñan a todos, con vuestros aires renovadores. Vuestros vehículos, que trepidan por las carreteras, son un auténtico homenaje al primer motor inmóvil: Dios nuestro señor». Y aceptó el «peculiar presente» como «símbolo de los tiempos modernos». El único humo que se olió a continuación fue el del Botafumeiro. Sabe Dios qué habría pasado en la batalla de Clavijo si Santiago Apóstol, en lugar de a caballo, se hubiese aparecido, escarranchado, sobre las cachas de una Vespa blanca.

Jorge Negreira: “Durante toda mi vida me he caído de la moto dieciocho veces”

Jorge Negreira Guzmán fue uno de aquellos entusiastas de las dos ruedas que participaron en la organización de la peregrinación masiva de vespistas. Hoy tiene 81 años y recuerda con nostalgia los tiempos en los que las distancias se medían en horas de disfrute sobre una Vespa. Tuvo dos y conserva la segunda en perfecto estado de revista. «Mis hijos -lamenta- me dicen que nada de moto, que estoy mayor». Pero todavía le queda gasolina en la sangre, y por eso, de vez en cuando, cabalga su montura de acero en un tramo de unos cien metros que hizo hormigonar, pensando en la escúter, en la finca que tiene en Aríns. «Durante toda mi vida me he caído de la moto dieciocho veces, pero nunca me he roto nada. En un par de ocasiones me pude matar», recuerda. Pero para un amante de este tipo de vehículo siempre son más las ventajas que los inconvenientes.

Jorge sonríe al recordar cómo embistió por detrás al primer Seat 850 que circuló en A Coruña y acabó en horizontal, con la Vespa «encartada».

El Vespa Club de Santiago funcionó entre 1965 y 1970, con Andrés Villaverde, propietario del concesionario de la ciudad, como presidente. Por allí también andaban el mecánico Suso Pedreira, el comerciante Luis Aldariz o el hoy propietario de Motos Adán y mecánico de referencia en el mundillo, Manolo Pérez Adán. «Llegamos a ser unos setenta, estas motos las tenía gente de cierto nivel», cuenta el ex secretario. Si a usted también le ha picado la avispa, puede encontrar un montón de material gráfico sobre el vespismo gallego en la web de Pablo Osorio http://www.miabueloteniaunaigual.es.

Dentro el cáncer crudo de Berrogüetto, que ya lo pongo yo en pepitoria.

88. Hoy hace 35 años ¡Y el Rey contraprogramando!

La resaca de la abdicación de Juan Carlos Último -¿me estoy liando o es el subconsciente?- y otros fenómenos paranormales, como la dimisión de siete concejales del ayuntamiento en el que pago el IBI, el agua y la luz (Santiago de Compóntelascomopuedas), han dejado en un segundo plano otra celebración. Hoy, 3 de junio, hace exactamente 35 años que, convenientemente cubierta de pecados la libreta de Félix Rodríguez de la Fuente en la que anotaba mis faltas graves, hice la primera comunión. ¿Os acordáis de que, en Vigo al menos, los niños nos llamábamos “pecadentos” los unos a los otros a la que alguno se soltaba un taco? Pecadento tiene mucha más potencia como calificativo que pecador, dónde va a parar. Yo fui pecadento hasta el punto de que tuve que usar las guardas de la libreta para que me entrase completo el currículo del mal. ¡Y eso que evadí información!

El 3 de junio del año 2007 colgué un boceto de esto que reedito y tuneo a continuación en aquel http://www.rabudo.com que era un ventanuco por el que apenas entraban familiares, amigos y algún curioso que quizás buscaba porno y caía de rebote en mis vergüenzas puestas a serenar. Recupero gran parte del texto, reescribo algún pasaje y cambio el 28 por el 35 . Y pongo la foto, que es un todo un documento de época. Y después el vídeo, dedicado a los que por la razón que sea deciden cambiar de aires, nos entretienen los días y nos dan trabajo a los de la prensa. Como decía el enterrador: “Deus lle dea traballo a cada un no seu” (Dios le dé trabajo a cada uno en lo suyo).

Pecadento

Hoy hace 35 años de esta foto. Y, total, para nada porque, como decimos aquí, “non fixeron bo de min”. Lo único que queda de la escena es la vela historiada, guardada en un baúl del tiempo que tienen mis padres. Y también, es cierto, el crucifijo nacarado, una preciosidad de la época que hacía de antena en la retransmisión espiritual entre el niño y el infinito.

Ese día me regalaron mi primer coche teledirigido ¡sin cable!; también un reloj con la esfera azul al que había que darle cuerda dos veces al día; si te despistabas vivías atrasado. Me cayó también algo de pasta para la hucha; una cámara Instantmátic de Kodak que aún conservo; algunos juegos de mesa; el clásico puzzle que nunca monté pero sí montó mi hermano… No me acuerdo del resto.

La hostia me la dio don Jesús, el cura de San Pedro de Sárdoma, en una comunión a discreción celebrada en el comedor del colegio. Fui sin desayunar, que nos insistieron mucho en que los jugos gástricos podrían interactuar con la sagrada forma. Vamos, como la quimioterapia si no le metes antes el Ondansetrón. No nos desmayamos de casualidad.

Fue un sacramento comunitario, por aspersión. Leí sin confundirme en la misa y me sabía bastante bien los pecados y las obligaciones del buen cristiano que, durante todo el curso, había ido anotando en una libreta en cuya portada salía Félix Rodríguez de la Fuente amarrado en un pasodoble con una anaconda.

La cuchipanda la sirvieron Pepe Costas y Conchi Núñez en su restaurante, Casa Pepe de Juan, y no faltó de nada. Hay una foto muy simpática de la abuela Pura, la madre de mi padre, metiéndole un zarpazo con todos los dedos en la tarta, que tenía pisos como las de las bodas. Después que si le subía el azúcar… Hacía bien la vieja, que le quiten lo bailao.

Por lo demás, ya digo, poco queda de aquello. Ni siquiera ese flequillo vintage llamado “perrera” con el que nos peinaban a finales de los setenta. La chaqueta marinera y el pantalón de Tergal gris -cómo picaba ese pantalón- eran heredados de mi hermano; es lo malo de ser el segundo, que no estrenas ni los calzoncillos. Otros después de nosotros recibieron sus comuniones con el uniforme prestado y pecadento hasta casi la descomposición.

La cara de devoto que recoge la foto de Mary Quintero no diréis que no la tenía, con esa posición marcial de ¡Presenten velas! que casi parezco una cariátide confundida digitando para el Papa sobre una gaita de cera la Muiñeira de las siete palabras.

Creo que después de aquello sólo me confesé dos veces más y enseguida deserté de las filas de Dios Nuestro Señor. Mantuve, sin embargo, el contacto con los Salesianos, que son unos religiosos que me caen bien y que nos ponían películas de Bud Spencer y Terence Hill los fines de semana en el Colegio Hogar de San Roque. ¡Incluso fui Scout en el grupo 181-Salesianos Vigo! Listos, siempre listos.

No sé si 35 años después habrá prescrito el delito de haber tomado el camino de la izquierda o si, por el contrario, sigo siendo un pecadento que te cagas en busca y captura. El caso es que el recordatorio con su foto deja claro que yo, lo que es recibir a Jesús… lo recibí. Que Jesús se quedara ya es otro debate.  ¿No tengo un aire con Joselito, el pequeño ruiseñor? Era pecadento, era, pero tenía una buena pelambrera y el cáncer solo asomaba en el horóscopo de los nacidos el 4 de julio. En 1979 también pasaban todas estas cosas.

Acabo. El de ayer fue un día de esos en los que todos recordaremos qué carallo estábamos haciendo cuando don Juan Carlos hizo Borbón y cuenta nueva. Yo caminaba por la calle General Pardiñas de Santiago escuchando la radio, me crucé con Santiago Pemán, el hombre del tiempo de Galicia, y sentí la necesidad de hacerle partícipe de la Historia allí mismo:

-¡Qué buen día para abdicar, Santiago!

-¿Y eso?

-El Rey, que planta.

-Buf, a ver si no volvemos todos a los fusiles. Mira lo que pasa con Ucrania, cuando falte el gas y no tengamos agua caliente para ducharnos verás cómo sale la gente a la calle.

-No te molesto más, Santiago, que están las radios echando humo.

Ayer por la noche acabé el tercer ciclo de quimio; ya solo me quedan otros tres y reválida. De todos los tuits que se han escrito a propósito de la borbonada me quedo con éste de José Collado (@13_Jota): “Hemos conocido a tres papas, dos reyes, cuatro presidentes y a un solo presentador de Saber y Ganar“. La vida es como una caja de borbones; nunca sabes qué te va a tocar (este último, bastante facilón, es mío).

Dentro Sabina y Viceversa: Adiós, adiós.

87. Normandía, día D, hora H

El fútbol lo mismo me da que me da lo mismo. Pero tengo un porrón de amigos del Deportivo. Así que, aun habiendo nacido en Vigo, voy a rescatar rapidito un reportaje de hace 3 veranos. Realmente es un salto de 70 años al 6 de junio de 1944. Aprovecho la conmemoración de la liberación de Europa por los aliados, se lo dedico a los deportivistas y hago tiempo para meterme la química que, como decía el filósofo Camilo Sesto en su obra maestra Tanto Amor, “me mata y me da vida a la vez”. Condensador de fluzo a tope. El monte coruñés de San Pedro es la costa de Normandía. Vamos allá.

Normandía, día D, Hora H
La Voz de Galicia, 8 de agosto de 2011

Nacho Mirás
Pocos podemos presumir de haber ido al desembarco de Normandía en autobús. Y si no se lo cuento, reviento. Día D. Por una extraña circunstancia espacio temporal que no tengo tiempo de contarles, y gracias a la mediación de la asociación The Royal Green Jackets de A Coruña, me convierto en el reportero de guerra Ernest Pyle (Dana, Estados Unidos, 1900) y me empotro en la fuerza internacional que tiene como misión, un domingo, a la hora de la merienda, liberar Europa del yugo nazi.

«No nos disfrazamos, nos caracterizamos, somos recreadores», dice Antonio Osende, lugarteniente de Manuel Arenas en el mando de los Royal Green Jackets. Así que, debidamente compaginado, soy Ernest Pyle de pies a cabeza. Llevo al cuello mi cámara Argus made in USA de 1939. Uniforme de infantería. Casco. Botas. No pienso morir en esta guerra, solo contarla, pero pongo, como los demás, mi vida en las manos infinitas de Dios. Soy un reportero de guerra, un empotrado.

Seis de junio de 1944. Hoy va a pasar algo gordo, un hecho que cambiará el mundo. El mando me supervisa y se asegura de que no hay nada en mi atuendo que se haya fabricado en el siglo XXI. Me destinan a la torreta de un M-8, un blindado de la Segunda Guerra Mundial. Y es subirte en la torreta, a los mandos del cañón, y te asaltan unas ganas inexplicables de liberar París. Tranquilidad, en este año de 1944 me darán el Pulitzer.

Atardece en el monte coruñés de San Pedro. A lo que estamos: amanece en la costa de Normandía. Antes del desembarco propiamente dicho hay preparada otra recreación: la toma del Nido del Águila en los Álpes Bávaros. No queda a mano, pero el monte de San Pedro, con sus baterías auditando el Atlántico, puede ser lo que uno quiera que sea. La toma del Nido del Águila es un paseo. Hay tiros, humo, bajas, rugen las entrañas de los blindados. Los muchachos se entregan a la misión y le arrancan la victoria al enemigo, que claudica. Llevamos cuatro Jeeps, un Dodge, tres motos alemanas con sidecar, el M-8 y un semioruga. Parque móvil suficiente para recuperar Europa.

Y ya nos vamos a Normandía. Los alemanes ni se imaginan la que se les viene encima. El Atlántico está sereno y se presenta ante la vista como una paellera abisal. El general alemán, que es alemán, ve pobres las defensas y pide que se refuercen. No las tiene todas consigo. Los centinelas patrullan. Nada hace prever un ataque masivo y brutal salido de las entrañas mismas del océano Atlántico. Una sirena, un disparo. Ya están aquí. Desde Illinois, desde Arkansas, desde Kentucky… los muchachos suben la colina para liberar el continente. Veo a Smith, a Tylor, veo a Harris dejándose el aliento para liberar a Europa. La reconquista no ha hecho más que empezar. Sus madres estarían orgullosas.

Valor y emoción
Los aliados escalan la costa de Normandía como jabatos con piolet. El enemigo abre fuego sin contemplaciones. Al frente tienen ya un cañón 38,1 que defiende la costa, un artefacto capaz de hacer blanco a 38 kilómetros de distancia. Como suele ocurrir en las guerras, el general enemigo es el primero en ponerse a cubierto.
«¡Granadeeeeen!», grita un soldado de Hannover justo antes de que una detonación sorda deje a un par de alemanas viudas, su mujer incluida. Los muchachos avanzan y se produce el inevitable cuerpo a cuerpo, la lucha desesperada. O tú o yo. Y serás tú. Los aliados dinamitan la defensa y ya, por fin, celebran la victoria.
Los generales Patton y Leclerc aparecen en un Cadillac del 41 y pasan revista a las tropas y las bendicen por la acción. Y se acaba así una recreación tan auténtica que durante algo más de una hora uno se olvida de que el mundo del año 2011 ya es otro, aunque las guerras sean parecidas.
El presidente de los Royal Green Jackets, Manuel Arenas, destaca la labor de difusión histórico-cultural que realiza esta entidad. «Nuestra idea -dice- es difundir las épocas, medieval, templaria, napoleónica, la Segunda Guerra Mundial y toda la historia de Galicia y España».
Además, aprovechando la recreación de ayer se rodaron secuencias para un documental que se está haciendo sobre Cariño López, que bien podría ser el soldado Ryan gallego.

86. Maruja, Coralia y Calamaro; miércoles de Marías.

Cuando uno le ha visto las orejas al lobo como yo se las veo todavía -orejas, tronco y extremidades-, las letras de Andrés Calamaro brillan el doble: “Porque vivir es jugar, y yo quiero seguir jugando; porque buscando tu sonrisa estaría toda mi vida; yo soy un loco, que se dio cuenta que el tiempo es muy poco…”. Yo también me he dado cuenta de lo raquítico del calendario, por eso la idea de participar de ese gran karaoke calamariano que ha sido esta noche la plaza de A Quintana, sugerida por mis queridos Alberto Casal y Pilar Comesaña, me pareció un planazo.

Una gran propuesta, sin duda, ver en directo a Andrel-lo a dos horas de iniciar en mis trasteros digestivos otro ciclo químico de cinco días para complicarle la vida al máximo posible a mi astrocitoma anaplásico en grado III. A ese cabrón con pintas, a ese corrupto que se empeña en recalificarme el cerebro; al cáncer  más socializado de cuantos se hayan retransmitido en directo. ¡Qué mejor que escuchar a quien tanto se ha metido antes de metérmelo todo yo!

Con el lingotazo citotóxico preparado encima de la mesa del salón, los niños acostados y la madre calentándome la cama -he vuelto en moto, así que agradeceré que sea primavera aunque solo sea bajo el edredón- reflexiono sobre la cantidad de cosas que he hecho en las últimas horas mientras hago tiempo para el festival químico después de haberme metido ya los ocho miligramos de Ondansetrón que evitarán que se me salgan las tripas.

Qué día largo, qué día raro. Regresé por la mañana de Vigo, donde dejé operada a mi madre -en mi familia vivimos empeñados en llevar la sanidad pública a la bancarrota- y entre Caldas de Reis y Padrón se me dio por reírme solo pensando en una escena del otro día, que me sirve además para introducir lo que ha ocurrido esta misma tarde, solo unas horas antes de que Calamaro le dijera otra vez a una flaca pesada que no le clavara sus puñales por la espalda.

-Oye, Guerra, ¿cómo te llamas, que siempre me dirijo a ti por el apellido?

-Mejor llámame Guerra, porque me llamo Ricardo, pero todo el mundo me conoce por Enrique.

¡Arrecarallo! No me digáis que no somos grandes los gallegos. A esta pequeña pero intensa pieza dialéctica  asistí el lunes por la noche como testigo en el quirófano musical de Oli Xiráldez, al que recurrí para sanear de urgencia el más erótico de los instrumentos patrios: mi gaita de madera africana tallada hace casi treinta años por las manos de Nancy Mouriño. Oli despedía a Guerra a la vez que me recibía a mí y le prometí que no pasaría por alto la profundidad de semejante diálogo onomástico. Ahí queda, y voy con el parte médico y la explicación de las causas de mi emergencia musical en el taller de Xiráldez.

Como Nacho Vidal, yo también llegué a la categoría de virtuoso de mi instrumento a base de darle. Hay que convencerse de que la única manera de destacar en algo, da igual si son las muiñeiras que los maratones sexuales, es meterle horas. Igual que mi tocayo el actor, cobré por ello -ya lo he contado alguna vez- y me pagué de esa manera buena parte de los estudios de periodismo. O, al menos, los caprichos, que fueron tan importantes en mi formación como la cobertura de las necesidades básicas y los amores correspondidos.

Fui, como Vidal con el suyo, un mercenario del instrumento, aunque también lo tocaba, y sobre todo, por gusto; un vicioso, vaya.  El asunto es que tuve que poner de urgencia la gaita a punto porque la gente del Ateneo de Santiago me pidió que tocase un par de piezas en el cementerio santiagués de Boisaca ante la tumba de María y Coralia Fandiño Ricart, Las Marías, remachando así musicalmente un acto ciudadano de homenaje y reparación de la memoria histórica de dos mujeres que forman parte de las memorias vivas y muertas de Compostela. Los detalles de la convocatoria los podéis leer aquí. Todo partió de este reportaje que publiqué en febrero del año pasado. Es la primera vez que acabo un reportaje tocando la gaita y no me ha disgustado la experiencia.

Acabo de hacer una paradiña para meterme los cuatrocientos miligramos con los que Panorámix López quiere mantenerme muchos años en el más acá. Así que iré plantando la redacción de estas sagradas escrituras según se me vaya poniendo voz de Luis Zahera en Celda 211, como es habitual. Hoy he regado el veneno con Fontvella Sensación con sabor a manzana. Y así me imagino que estoy en una sidrería de la Seguridad Social. López me felicitó el martes en la sesión de control, en ese debate sobre el estado del astrocitoma que mantenemos regularmente en el servicio de Oncología Médica:

-Tiene usted más linfocitos que la última vez. Estupendo.

-¿Será la alta cocina navarra de mi suegra, que me ha traído en palmitas toda la semana?

-Será.

En el acto emotivo del cementerio municipal me arranqué con dos piezas. Siempre he creído que las marchas procesionales y los himnos están bien para investir presidentes o para sacar santos en procesión. Para un desembarco pueden valer, pero no para un decorado con nichos al fondo. Por eso digité para María y Coralia Fandiño Ricart, para lo que queda de ellas, la Muiñeira de Chantada que Avelino Cachafeiro elevó a monumento artístico musical y cerré con “Ven bailar Carmiña, Carmiña, Carmela, con zapato baixo e media de seda”, un tema que no me consta que haya tocado nunca un gaitero entre las tumbas de un camposanto. Y el público cantó conmigo y dio palmas y seguro que María y Coralia, la mujer que siempre se quiso llamar Rocío, bailaron de contentas. He visto cosas que no creeríais; pero es que… ¡también las hago!

No tuve demasiado tiempo de besar mucho a mis niños y a su madre porque tiraban de mí las letras de Calamaro, a quien conocí por primera vez en 1998; las drogas eran otras. Pero me voy a desquitar este jueves, que es festivo en Santiago, y voy a ejercer de padre a tiempo completo y marido a tiempo parcial.

Ya empiezo a notar los efectos de la droga. De la legal, que la otra ambientaba la plaza de la Quintana esta noche que pensé que habían sacado el botafumeiro al exterior para desodorizarnos a todos quemando hierbas prohibidas. “¡Andrel-lo, fúmate un grelo!”, le gritaban a Calamaro, que lo único que se metió en el cuerpo en todo lo que duró el concierto fue la energía del público. “¿Calamardo? ¿Alguien ha dicho Calamardo?”. Imaginaciones mías.

Me voy con una letraza. ¿No os pasa que cuando estáis enamorados todas las canciones hablan de vosotros? A mí me ocurre ahora con mi realidad sanitaria. Por eso me convierto en la doña Rogelia de Andrés Calamaro y canto con su voz a los amigos que se fueron antes. No me esperéis levantados en el más allá; ya iré llegando. Hasta mañana.

  
Si te toca ir arriba, antes que yo, 
porque existe la vida eterna, 
lleva de parte mía un cucumelo, 
por si no llovía en el cielo, 
y de parte de los 22, 
se lo das al chico, cuartetero, 
y dale un abrazo muy largo, 
a mis amigos que se fueron primero 
También lleva algunas canciones de nosotros, 
Que van a causar gran posterioridad, 
Supongo que habrá una ciudad entera 
y me sirve de consuelo, si me esperas allá. 
Muchos amigos se fueron antes que yo, 
y me dejaron solo, por eso si el invierno hace frío, 
también bajo al infierno un poco 
supongo que nadie se va del todo, 
espero que exista algún lugar, 
donde los chicos escuchen mis canciones, 
aunque no los escuche opinar. 
Toma una lista de mis amigos , 
quiero convencerlos que vuelvan conmigo, 
si no van a esperar mucho, y hace mucho 
que los quiero ver. 
Por eso si el invierno hace frío, 
también bajo al infierno un poco, al infierno un poco. 
Toma una lista de mis amigos , 
quiero convencerlos que vuelvan conmigo, 
si no voy a esperar mucho, y hace mucho 
que los quiero ver.

 

85. La cuchillada y los delitos

Tengo apadrinados a un par de buscavidas callejeros de Santiago; supongo que es un poso de la catequesis salesiana, de la que saqué en claro -además de las proyecciones dominicales de los grandes éxitos de Bud Spencer y de que yo tengo un amigo que me ama, me ama, me ama- que hoy eres tú el que necesita un euro; mañana puedo ser yo. No salgo a buscar a mis beneficiarios pero, si me los encuentro, sonríen porque saben que me rascaré el bolsillo. Uno de mis favoritos es un punkie malabarista que se pone con su pareja en el Preguntoiro compostelano, un poco más arriba de la central de El Correo Gallego. Eso que hace de estirar la mano y pedir “¿Una monedilla?” mientras sobre su cabeza vuela un artefacto de madera que se parece a un bolo deforme me parece incluso arriesgado; la cresta lo protege, claro. Pero yo no tengo.

Hemos intercambiado pocas palabras en todo este tiempo. Pero el otro día, justo después de haber cotizado unas calderillas para su número artístico, se fijó en la cicatriz en forma de interrogación que me cierra el lado derecho de la cabeza y me señaló con el dedo esa raja por la que traje al mundo por cesárea un tumor cancerígeno, al tiempo que se desgañitaba en aspavientos.

-¿Pero quién te ha hecho eso, muchacho? ¡Menudo hijo de puta! ¡Su maaaadre!

-No es lo que parece, fue para bien.

-¿Cómo va a ser esa cuchillada para bien? ¡Mira que hay cabrones sueltos! ¿Quién te lo hizo, tío!!!???

-Que no, que me lo hizo el médico, que me tuvieron que operar.

-Joder, me dejas más tranquilo, pensé “que te rajaran”. Pero menuda cuchillada, tío. ¿Te duele?

-Solo cuando me río.

Me gustó que el malabarista punkie saliera en defensa del acuchillado y en ataque del carnicero aún sin conocer los detalles de la craneotomía pterional. Solidaridad obrera. Y agradecimiento. Me sentí tenido en cuenta por un tipo que bastante tendrá con salir adelante haciendo equilibrios en el alambre de la vida y tirando mazas al aire como para ponerse en mi pellejo. La gente es cojonuda, de verdad. Allá lo dejé.

Le conté la anécdota el otro día a mis compañeros de la central de La Voz de Galicia, a los que me gusta ver de vez en cuando, sobre todo ahora que estoy de baja. Cuando llevas 23 años trabajando en el mismo equipo, si el roce no hace el cariño es que igual estás como Bruce Willis en El sexto sentido y no te has dado cuenta. O estás en el sitio equivocado. Es cierto que en los trabajos se suele hacer más compañeros que amigos, pero con grados y todo me siento muy acompañado por mis colegas de La Voz, capaces la mayoría de liarse a piñas con el neurocirujano, como el punkie de las mazas, para devolverme la honra si llegara el caso. Y no es por corportativismo, que es otra cosa. Somos familia. El jueves tenía el olfato especialmente disparado, así que el festival de perfumes de mujeres de la comunicación que me traje impregnado de Sabón me alegró el día. El olor es un sentido infravalorado; estoy por no lavar la camisa en una temporada.

Me gusta que muchos de los que leéis este blog vayáis descubriendo, por efecto rebote, el trabajo de otros compañeros que se dejan la piel mecanografiando la realidad en estos tiempos convulsos. ¡No sabía que hubiera tan buenos periodistas en Galicia!, me dijo el otro día alguien por correo electrónico desde el otro lado del telón de grelos. Lo que no hay es trabajo en el sector, señora, pero talento y ganas sobran.

Quiero cederle ahora espacio a mi compañera Tamara Montero, que hoy se marca una simpática opinión en las páginas de sociedad de La Voz. Hay un nuevo periodismo que se hace en las trincheras de los medios que, en algunos sitios, siguen llamando “regionales” con ese desprecio igual no pretendido con el que también se refieren “a los de provincias”. “¡De provincias son ustedes, que cuando salen de Madrid tienen Segovia o Guadalajara; yo desde Ferrol, tengo del otro lado de la ría Nueva York!”, se defendía Torrente Ballester calzándose los puños con los guantes de boxeo de la retranca patria.

La Montero me entusiasmó el fin de semana pasado con su retrato del mundo “jister” desde dentro: “Soy jister y no doy hecho“, se titulaba la pieza. Hoy ha vuelto a hablar Tamara, “e falou ben”.  Una columnita cargada de sentido común y una cierta irreverencia muy necesaria en los tiempos del cólera. Que siga “haciendo” delitos como este, que dice así:

Muchos delitos decimos

Tamara Montero

La Voz de Galicia, 24 de mayo de 2014

He vuelto. Vengo de andar un rato por el Twitter, que como sabrán es la fuente de todo mal, que lo dice el que más sabe de cosas de mala gente, el ministro del Interior. Este señor está poniendo a unos señores policías a leer todos los días el Twitter entero —supongo que serán muchos, porque esto es como intentar leer Internet hasta el final o pasar el Super Mario sin usar la flauta esa que te cambiaba de mundo— para ver qué ladramos y si hacemos delitos. Y parece que hacemos delitos todos los días, hacemos delitos seguido, casi cada tuit que echamos al mundo es constitutivo de delito. Pero el señor ministro no está abordando el problema en toda su extensión. Se queda corto. Porque yo sé que también se dicen delitos en la barra del bar, muchísimos delitos, creo que hasta más que en Twitter. Así que le recomiendo que asigne a un señor policía a todos los bares. Y a las paradas de bus, que también se dicen muchos delitos. Y a la cola de la charcutería, y a las horas del café de los trabajos. Es más, podría acabar con el paro si contrata a los policías que hacen falta para controlar todos los sitios donde decimos delitos. Debería poner un policía en cada casa a la hora de comer, que ahí decimos muchísimos delitos. Hay que poner a toda la policía a ver qué delitos decimos. Porque es el mayor problema que tenemos en este país. ¿No?

Y, para Tamara, Los Tamara, que fueron unos “jisters” de su época que incluso se atrevieron a meter parrafadas en gallego en sus canciones. ¡Unos tipos de provincias! Pucho, Prudencio, Tocho… first, we take Manhattan… Feliz fin de semana. Entre el furbo y las elecciones, como diría Montero, “no vais dar hecho”.

 

84. Rajoy tiene razón: ¡Tengo brotes! (en la cabeza)

Aunque las seguridades sociales incompatibles de Cataluña y Galicia se empeñen en matarme y la mutua en jubilarme a los 42, les he salido rana. Pero cuidado, una rana peluda. Para muestra, un botón: me está saliendo tal cantidad de pelo en la cabeza que en cualquier momento tendré que volver a peinarme. Ahora, que me estaba acostumbrando a ser mondo y lirondo… No sé si la germinación capilar es una prueba de que el tratamiento va bien o un efecto secundario de alguna de las pociones farmacéuticas que me meto. En cualquier caso, y es un hecho, me sale más pelo, me sale más rápido y me sale más duro; cuidado que no empiece a brotar el acné…

Es cierto que escribí el último post, el de la receta electrónica bluf, con muy mala leche y sobrecarga semántica. O sea, tacos. El taco es el desahogo del pobre. Yo recurro al exabrupto cuando la realidad me retuerce las tripas. Si alguien se escandaliza es algo que me la trae al pairo; lo que no puedes es cogértela con papel de fumar para no herir sensibilidades. Recuerdo con insistencia que estas memorias sanitarias son mi desahogo, una válvula de escape que me sirve de terapia. Agradezco compartirla, pero tampoco es un ejercicio obligatorio. Lo de la incompatibilidad entre sanidades públicas es algo que me calentó de tal manera que, creedme, casi mejor haber explotado de palabra que de obra.

No hay que equivocarse tampoco: no tengo nada contra Cataluña, más bien todo lo contrario. Simplemente me fastidia que un lugar tan avanzado, el sitio donde se me cayeron los dientes de leche, no vaya un paso por delante del resto en cosas tan elementales como conservar la vida de los seres humanos que la pueblan, ya sean propios o importados. He vuelto bien de coco a Santiago, que es de lo que se trataba.

El cansancio acumulativo del tratamiento sigue haciendo mella, pero yo no se lo pongo fácil. Me quedan cuatro ciclos de quimio citotóxica y en esta carrera de fondo pienso aguantar. Y ahora que me está saliendo pelo, hasta con más ganas. No quiero ni pensar en la cara de mi peluquero cuando vea entrar por la puerta al hijo pródigo pidiéndole que le haga las puntas.

La hiperacusia (ese síndrome que produce una disminución de la tolerancia a sonidos cotidianos del ambiente) crece también en consonancia a la pelambrera incipiente. Es como si no mezclara bien todavía todas las frecuencias que me rodean que, además, sintonizo en Dolby Surround. Es más acusada algunos días que otros. Puedo convivir con ella, pero tengo una feria instalada en la cabeza.

Para corroborar la teoría de mi padre, que está convencido de que se está muriendo gente “que no se había muerto nunca”, los óbitos siguen salpicándome los pies en el entorno más cercano. Los amigos -el oncólogo también lo hace- me recomiendan que no me pase en el hospital más tiempo del estrictamente necesario. Y también me persuaden, incluso con más insistencia, de que evite los tanatorios. Pero a veces toca pisar, como esta tarde, esos aeropuertos que solo tienen fingers de salida. Hoy quiero tener un pensamiento para Avelino, que apellidándose Nistal Nistal y siendo de As Pontes, era el más maragato de los gallegos que haya conocido jamás. Aunque esté mermado, todavía tengo fuerzas para la exportación, y por eso quiero compartir el ánimo con Curru, su viuda; con su hijo Julio y con Minia García, la madre de sus nietos, Nicolás y Carolina; con sus consuegros Maite Angulo y Benedicto García. Rebuscando en el baúl de los recuerdos periodísticos di esta tarde con un viaje en el tiempo que publiqué el año pasado en esa hemeroteca rara que me inventé porque un jefe me recriminó que no firmase más en el periódico. “Es que con tanta actividad frenética y tanta concentración de sucesos en la capital de Galicia, cada vez me queda menos tiempo para la creación -le respondí- pero, aún así, por mí que no quede”. Y no quedó.

Creo que a Avelino Nistal le habría gustado conocer a Cary Grant, que pisó la plaza del Obradoiro en 1956 en el rodaje de la película Orgullo y Pasión. Quién sabe si el de As Pontes no salió quizás de extra y no lo contó nunca. Por él y por los que lo lloran, que pase Cary Grant hasta la cocina. Descansa, amigo, que lo dejas aquí queda en buenas manos.

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Y Cary Grant pisó el Obradoiro

El actor rodó en Santiago en 1956 un par de escenas de Orgullo y pasión

La Voz de Galicia, 15 de abril de 2013.

Nacho Mirás. Santiago

«Llevaba el pantalón todo lleno de mierda». Es lo primero que le viene a la memoria a Suso Rey, mítico hostelero de la Facultade de Ciencias da Comunicación de Santiago, cuando recuerda a Cary Grant bajándose de un carruaje en la mismísima praza do Obradoiro. Rey, que tenía 18 años en 1956, había empezado a hacer sus pinitos como barman en el recién inaugurado Hostal de los Reyes Católicos. Pero libraba el día que desembarcó en la ciudad la industria pesada de Hollywood para rodar unas escenas de Orgullo y pasión, así que pudo observar los toros desde la barrera. Pero vamos por partes, que aunque Suso tiene buena memoria para las caras y los pantalones, no le viene mal una ayuda.

Año 1956. Rainiero y Grace Kelly se casaban en Mónaco. Televisión Española estaba a punto de comenzar sus retransmisiones, cosa que haría en octubre. Se morían Bertolt Brecht, Pío Baroja y Juan Negrín. Y, en España, el Gobierno de Francisco Franco Baamonde, caudillo por la gracia de Dios -porque Dios era muy gracioso- abría su país a la industria cinematográfica de Hollywood a lo grande, delegando tan importante misión en sus ministro de Asuntos Exteriores, Manuel Martín-Artajo; y de Información y Turismo, Gabriel Arias-Salgado.

No era la primera vez que los americanos rodaban en España, pero nunca hasta este año una superproducción a lo bestia, en Cinemascope, había puesto los ojos en la península Ibérica. Y mucho menos en Galicia.

La Historia, a su manera

La película se basa en la novela The Gun, de Cecil Scott Forrester -el mismo que escribió, por ejemplo, La Reina de África-, que se desarrolla en una España que lucha en 1810 por sacarse de encima al invasor francés, a las órdenes de Napoleón. Para darle emoción, el director Stanley Kramer introduce en esta tesitura guerrillera a tres de los más afamados actores del momento: Cary Grant, que da vida al capitán Anthony; Sofia Loren, en el papel de Juana; y Frank Sinatra, que interpreta al líder de la resistencia española, Miguel. Les gustará saber que, esa época, Sinatra tenía un lío tórrido y tumultuoso con Ava Gardner, aunque esa es otra historia.

A lo que íbamos. A Kramer se le ocurrió que como, total, los americanos, su público, con trabajo sabían situar a España en el mapa, nada mejor que regalarles una sucesión de estampas y paisajes imposibles de ver en un país joven como el suyo. Así que no lo dudó y localizó los exteriores más impresionantes que pudo pasándose por el objetivo el rigor ya no histórico, que también, sino geográfico. Todo valía para brindarle al público yanqui la mayor apoteosis monumental que jamás hubiera soñado.

Claro que, gracias a esta falta de criterio, conseguimos que el paseo da Ferradura, la praza do Obradoiro y la Catedral de Santiago llegaran en Cinemascope a las salas comerciales norteamericanas y dejasen al público, suponemos, con la boca abierta.

Tan lamentable es el planteamiento en este sentido que Grant desembarca en un puerto del norte -se supone que Santander- y, para llegar a Ávila, pasa por delante del Alcázar de Segovia, por la Alameda compostelana y se entrevista con el líder de la resistencia en su cuartel general, situado en el mismísimo Hostal de los Reyes Católicos; el cine siempre fue una gran mentira y esta vez no iba a ser menos.

Llama la atención que Grant entra por la puerta principal del Hostal -mientras en el Pazo de Raxoi se arma la de San Quintín, como se puede ver en el fotograma de arriba- y aparece a cientos de kilómetros para entrevistarse con Sinatra, que mira con desconfianza al aliado inglés. Segovia, Madrid, Cuenca o Ávila fueron algunos de los lugares donde se rodó un largometraje que, sin embargo, y a pesar del gran despliegue de medios humanos y materiales, fue un fiasco de crítica y taquilla.

Entre los extras que rodaron en Ávila se encontraba un jovencito que, años más tarde, sería uno de los protagonistas principales de la política española: un tal Adolfo Suárez. El propio Franco se presentó más de una vez en el rodaje. Más que nada, para incordiar.

La osadía de Sinatra con su «Franco, cabrón»

En su libro Rodado en Galicia, Miguel Anxo Fernández recuerda buenas anécdotas de aquel rodaje. En un artículo publicado en La Voz hace cuatro años, Fernández dice que la más audaz de todas es la que atribuye a Frank Sinatra, cuando el equipo rodaba en Ávila, una pancarta con el texto: «Franco, cabrón».

En el año 2001, Sofía Loren desveló en una entrevista concedida al diario italiano La Stampa que, cuando rodaba en España, Cary Grant le pidió matrimonio. Y ella le dio calabazas a la manera puramente española: «No, no y no». Carlo Ponti vigilaba ya de cerca a su protegida.

Miguel Anxo Fernández cuenta también que, inicialmente, tanto el productor del largometraje como el propio Stanley Kramer pensaron en volar de verdad una parte de la muralla de Ávila para darle más realismo a la historia. Por suerte, tuvieron que conformarse con una maqueta. Y cita al historiador Xosé Enrique Acuña, que recordaba el rodaje en el semanario pontevedrés Litoral. «Afirmaba -escribía Fernández- la intención de rodar cinco o seis planos en los que, en plena guerra contra el francés, un cañón cruzaba el río Miño por Arbo». La prensa local llegó a anunciar que Sofía Loren y Cary Grant se alojarían en un hotel pontevedrés. «Pero ese hecho nunca fue confirmado ya que, oficialmente, Sofía Loren nunca rodó en Galicia», dice el experto en cine.

El director del Hostal, Julio Castro Marcote, confirma que Cary Grant tampoco llegó a firmar en el libro de oro del establecimiento. Pero estuvo aquí.

Vamos con una marcha triunfal digna de la banda sonora de Orgullo y pasión. Lástima que cuando se rodó, mi querido Kepa Junkera todavía no fuese siquiera un proyecto de acordeón diatónico. Kepa, tío, añade tu Gaztelugatxeko Martxa al repertorio que podemos mecanografiar juntos, que la tengo muy trabajada. Pamplona no me parece mal sitio para la prestidigitación, así que si me aceptas como animal de compañía… A mí también me gustaría que un día me despidieran así de bonito, con una esquela telegrafiada sin hilos con una txalaparta. Buenas noches. Dormid con los pies tapados, que por ahí entran todas las enfermedades. Mañana más. Y más pelo. Kepa Junkera eta Euskadiko Orkestra Sinfonikoak.

83. La trola de la receta electrónica. Europedos.

Cuando, como es mi caso, eres un paciente oncológico que se toma al mes un cargamento de pastillas, es posible que te pierdas en la cuenta y te quedes sin género antes de lo que pensabas. Me pasó el miércoles con el Septrin Forte, ese antibiótico de caballo que tengo que tomar tres veces a la semana para que una infección oportunista no me coma la vida a traición. Me di cuenta en el aeropuerto de Santiago, a punto de embarcar hacia Barcelona: ¡Mierda, estoy sin Septrin! Aprovechando que ahora el Servizo Galego de Saúde te deja hablar con tu médico de familia por teléfono si la cuestión es más técnica que propiamente sanitaria, lo cual habla bien del sistema, llamé al centro de salud y le conté el problema al doctor.

-No tengo cargado el antibiótico en la tarjeta y tengo que tomarlo. ¿Me lo pone? Me despisté…

-Ahora mismo.

Dicho y hecho. En segundos, un señor de bata blanca pulsó un botón en Fontiñas y la prescripción quedó registrada en la tarjeta sanitaria de mi cartera viajera. El futuro parecía la hostia.

“Ahora llego a Barcelona, voy a una farmacia y andando”, me dije. Iluso de mí; hubiera sido más fácil intentar la operación en París o en Sebastopol.

Ya en Cataluña, busqué una farmacia, que con las cosas de vivir mejor no se juega.

-Bon día. ¿Me podría despachar por favor el antibiótico que tengo cargado en esta tarjeta? (traduzco del catalán, que todavía me defiendo)

-Bon día. De ninguna manera, es una tarjeta de otra comunidad autónoma.

-Ya lo sé. Pero es de España. De Europa, en cualquier caso.

-Lo siento. No leemos recetas electrónicas de otras comunidades.

-¡No fastidie! Es un tratamiento que tengo que tomar sí o sí. Soy un paciente oncológico y esto es un antibiótico preventivo. Ya sabe, las defensas bajas… Pues cóbremelo al precio normal, me sella el envase y ya veré cómo arreglo.

-Le digo que no se lo puedo ni despachar sin receta.

-¡Pero la receta está aquí, en mi mano! Se lo estoy diciendo…

-Pero la Seguridad Social de aquí y la de Galicia no tienen sistemas compatibles. No tiene nada que hacer.

Me empecé a calentar, pero me contuve, que me conozco y acabo en el cuartelillo. Los Mossos no se andan con chiquitas…

-¿Qué hago entonces?

-Lo siguiente: Se va usted a un dispensario de este mismo barrio. Les cuenta que es un paciente desplazado, le asignan un médico, le da cita, lo atiende y convence usted al doctor de que necesita ese antibiótico. Si no se fiara, él llamaría a su médico a Santiago y lo arreglan. Entonces el médico de aquí le da una receta de papel, vuelve a la farmacia y yo lo vendo el Septrin Forte.

-¿Está de broma? ¡Y de dos días en Barcelona me tiro uno en un dispensario convenciendo a un médico de que tengo cáncer y haciendo papeles? ¡Por el amor de Dios! ¡Qué me está contando!

-No puedo hacerle otra cosa. El sistema funciona así.

-Ese es el problema. El sistema, que NO funciona así.

No di un portazo porque la puerta de la farmacia era automática, pero no fue por falta de ganas. Al final decidí jugármela y posponer la ingesta del salvavidas un día, así, a lo loco. No pasa nada, seguro, pero el hecho en sí me inflama. Tengo unas ganas de mandar un poquito a la mierda a los políticos que se baban tanto en el nombre de Europa que se me está avinagrando la sangre, con sus linfocitos bajos y todo. Mucha campaña para las europeas y mucha hostia y resulta que si te recetan en Santiago te jodes en Barcelona. Lo del libre paso de personas y mercancías no llegó a las farmacias, lástima. No somos europeos; somos europedos, que no es exactamente lo mismo.

Incidente burrocrático galaico-catalán aparte, estos dos días han cundido mucho y bueno. Aún no puedo dar detalles, pero lo haré pronto. Os vais a hartar. En este viaje se trataba de hacer más que nunca de la necesidad virtud. Y así ha sido. Escribo desde el Prat, con muchas ganas esta vez de volver a casa y abrazar a mi familia hasta el agotamiento y arriesgarme, de paso, a que mi hijo pequeño me contagie unos mocos que den con mis huesos en el hospital. ¡Por haber calculado mal las dosis de antibiótico antes de atreverme a moverme por mi propio país! ¡Si hasta tengo un título por una universidad catalana! ¡Soy medio catalán hasta en el primer apellido! Hay que fastidiarse con la sanidad 2.0. O carallo vintenove.

Así baje del avión, no me puedo olvidar de ir a una farmacia de Santiago en la que puedan resolver algo tan complicado tecnológicamente para la sanidad catalana como es leer una tarjeta sanitaria gallega. Supongo que en Galicia tampoco leemos las recetas electrónicas que se prescriben más allá del telón de grelos, que para chulos nosotros. Para mear y no echar gota, oigan. A ver si además de arreglar lo de Europa arreglamos también lo de España de un carallo de una vez. Que el cáncer no entiende de fronteras, rehostia! Burrócratas, pero mucho. Voy con Celso Emilio Ferreiro musicado por Luis Emilio Batallán. Porque, por suerte, algunos de los muertos que mata la burrocracia, gozamos de buena salud. Disfrutad del fin de semana como yo pienso hacerlo. Y gracias por permanecer a la escucha.

82. Quimio, quimio, assim você me mata…

Que tarde en escribir cada vez más tiene su lógica: la acumulación de química me deja la sangre, como decía mi compañero de armas José Luis Alvite, “como a Urdangarín, del montón”. Hay más cosas: en la última semana me tocó enterrar a un compañero de profesión y de guerra y, para completar, yo soy uno de esos tipos que se empeñan en escribir sobre hechos reales. Y para hacer eso, primero tienen que ocurrir las cosas, no me las puedo inventar. Por eso pensad que, si pasan días y no hay novedades escritas, entonces es posible que esté descansando, viviendo o ambas cosas. Ya presiona bastante la enfermedad.

Ahora mismo vengo de escuchar a mis idolatrados Kepa Junkera y Xavier Díaz en la praza das Coles de Melide. La música tiene por fuerza que amansar a mi fiera, sobre todo con ese final apoteósico en el que Junkera al acordeón diatónico y Díaz a la pandereta bordaron las bandas sonoras de Superman e Indiana Jones mientras, en el público, el señor Benigno hacía contorsiones debajo de una boina.

Si el sábado por la noche no me enganché al Twitter para comentar las mejores jugadas del festival de Eurovisión fue simplemente porque estaba disfrutando de mis hijos en nuestra casa con ruedas con las ondas del mar de Vigo de fondo. Vivo, luego existo.

La semana que arranca promete, ya iré contando según vaya cerrando frentes. El martes y 13 me toca estriptís oncológico de control y después volveré a subirme a uno de esos coches de línea de los cielos que son los aviones de Ryanair para regresar a Barcelona por unos días.

Entre que nunca he tenido mucho culo y que cada vez arrastro más los pies al caminar debo de tener una pinta de Cantinflas calvo para flipar. De todos modos, gracias por los piropos que me van llegando. Os aseguro que a un tipo con cáncer, craneotomizado, radiado treinta veces y quimicado casi cincuenta si hay algo que le siente bien es que le digan que tiene buena cara, aunque no sea cierto. Si no os lo parece y no os veis con moral de mentirle a un enfermo con un pronóstico malo, entonces dejad que hable el silencio.

Voy a rescatar un reportaje de esos que fueron flor de un día y me voy al sobre, que estoy urdangarinizando. Esta vez vuelvo a mi particular guía de Santiago de Compostela, a la historia que no sale en las publicaciones oficiales, para volver al origen del cruceiro de Ramírez. Porque donde hubo un cruceiro hubo un pecado. Al final, el minuto musical, más santiagués que nunca. Boas noites, boa xente.

El secreto del Cruceiro de Ramírez

El hito, hoy desubicado en San Fiz, guarda la memoria de un asesinato

Publicado en La Voz de Galicia el 2 de junio de 2013

Nacho Mirás. Santiago

Cruceiro de Ramírez que t’ergues solitario / D’os Agros n’a expranada / entr’as rosas dos campos / O sol d’a tarde pouse en ti o postreiro rayo / Coma n’un alma triste pouso un sono dourado. Algun-ha vez n?oestio, eu o teu pe sentada / escoito silenciosa, mentras a tarde acaba: Baixo d’as pedras mudas, qu’ o teu secreto gardan…». Efectivamente: cuando Rosalía de Castro escribió esta estrofa, incluida en el capítulo IV de Follas Novas (Da Terra), hablaba del cruceiro de Ramírez, pero no de la pieza de cemento que, el otro día, unos obreros colocaron como remate a la remodelación del parque infantil situado junto a la Praza Roxa. Rosalía jamás le hubiera cantado a un cruceiro de cemento ¿no creen? ¿

De qué secreto habla el poema? ¿Cómo es que una cruz de piedra intrigaba tanto a la autora? Vamos por partes. Si desconocen la verdadera historia del cruceiro de Ramírez, sigan leyendo, porque les garantizo que, en cuanto lleguen al punto y final de esta página, su curiosidad se verá gratificada. De otro modo, pueden pasar directamente a Los Ocho Errores, en la página 62. Permítanme la ambientación fabulada para situar unos hechos, sin embargo, ciertos.

Nos vamos a 1718. Moría aquel año el pirata Barbanegra, terror del Caribe y la costa atlántica de América del Norte; era asesinado el rey Carlos XII de Suecia… Y aquí, en Santiago, el estudiante de Artes Manuel Joseph Ramírez de Arellano y Sotomayor camina la madrugada del 25 de abril por un descampado en la zona conocida como Agros da Carreira. Nervioso, ha cruzado por Matacáns y casi se destroza las rodillas contra unas piedras. No está claro qué pinta Ramírez en semejante lugar, apartado de la ciudad, una zona de labradío que no queda de paso a ninguna parte. Él es un joven de familia adinerada y apellidos compuestos que jamás le ha metido mano a un sacho. Y no son horas de pasear. ¿Entonces…? En el lugar donde hoy se levanta la iglesia de San Fernando, frente al antiguo Peleteiro, Ramírez se detiene preocupado. Se sube el cuello de la capa y se calienta las manos con el aliento. Manuel mira con desconfianza a los lados, temeroso de que lo estén observando; tiene intuición. Ladra un perro. Suena a lo lejos una campana. Por fin, el estudiante divisa entre la niebla formas humanas que aumentan de tamaño según se acercan. Maldición, son ellos. Han venido.

«¡Ramírez de Arellano -le grita el más fiero-, daos por muerto!». «Santo Apóstol, dadme fuerza en este tránsito», masculla el muchacho aferrándose a la daga que guarda bajo la capa. Los gritos de los hombres despiertan a más perros y, campo abajo, una polifonía de aullidos se estrella contra los muros del convento de Santa María de Conxo. Los frailes mercedarios duermen ajenos a la tragedia que se va a producir kilómetro y medio más arriba.

Cruz de navajas, como en una canción de Mecano del siglo XVIII. La luz de la luna se refleja en el filo del puñal segundos antes de que el acero le atraviese el pecho al estudiante, que cae de rodillas, ensartado y desconcertado. «¡Madre, rogad a Dios por vuestro hijo!», balbucea. La sangre de Ramírez abona la tierra que pisa. Qué solos se quedan los muertos.

Doña Isabel de Sotomayor llorará amargamente el resto de su vida a su hijo, a quien enterrará el 26 de abril de 1718 en la capilla de Santa Teresa, en la iglesia de Salomé de la Rúa Nova. Este dato lo recoge Manuel Suárez Serantes en una crónica publicada en El Compostelano el 27 de noviembre de 1945. No obstante, el investigador Javier Rey, autor de un completo inventario sobre Salomé, no ha hallado pruebas documentales sobre el sepelio, pero tampoco lo desmiente La desconsolada madre encargará a uno de los mejores canteros que levante un cruceiro en el mismo punto donde su hijo encontró la muerte. Fue Castelao el que dijo: «Onde hai un cruceiro, houbo sempre un pecado».

¿Y dónde está hoy ese hito, el verdadero cruceiro levantado sobre el pecado que mató a Ramírez? Lejos de allí. Exactamente, en la plaza de San Fiz de Solovio, frente al pub La Radio. En el despiece cuento los detalles del traslado. La cartela barroca ya no se lee. Pero, tal como recogió en un escrito el archivero del Ayuntamiento de Santiago e historiador Pablo Pérez Costanti, dice así:

AQUI

FINO D. MANV

EL JOSEPH RA

MIREZ DE ARELLA

NO RVEGVEN

A DIOS POR EL

AÑO DE 1719

Señala Raimundo García Borobó en el periódico La Noche (14 de mayo de 1954) que la manera en la que se redactó la inscripción dio lugar a confusión. Los canteros escribían aprovechando el espacio disponible, sin reparar en que separar el apellido Arellano en dos líneas (ARELLA-NO) iba a dar como resultado que, con el paso de los años, se forjase un misterio sobre Ramírez. La gente leía: «No rueguen a Dios por él». Una simple sílaba fraguó la leyenda de un maldito que no lo fue.

Un callejero descriptivo del Ayuntamiento de Santiago de 1883 da cuenta del duelo en el que murió el estudiante Ramírez de Arellano. En el capítulo 84, dedicado a la Calle de Matacanes, dice: «Camino al crucero y campo de Ramírez de Arellano, donde se dice muerto este caballero en desafío (1719)». Dejando a un lado si el alma del finado Manuel Joseph encontró la gracia de Dios o la nada infinita, su memoria pétrea se vio expuesta en los siglos siguientes a las gracias de los hombres que lo sucedieron y a sus despropósitos. Cuando el tan cacareado progreso -que a veces no es otra cosa que interés presentado en un bonito envoltorio- puso los ojos en los campos sobre los que hoy se levanta el engendro que tenemos como Ensanche, un iluminado municipal decidió mover el cruceiro de su emplazamiento original y cargarse con su gesto, de paso, el significado del propio conjunto. Lo llevaron a la plaza de Fonseca en 1954, tal como relata Borobó en su crónica para La Noche. El maestro de periodistas lamentaba que el traslado suponía «un quebrantamiento de la fidelidad histórica y un motivo de confusión para cuantos, en los siglos próximos, les dé por conocer, a fuerza de oír conferencias, el pasado próximo o remoto de Santiago». Insistía el cronista, fallecido en el 2003, en que lo esencial de un cruceiro es el lugar en el que se erigió, y más teniendo, como es el caso, una inscripción que hace referencia a una muerte en un lugar determinado.

La penitencia post mórtem de la memoria de Ramírez de Arellano tampoco acabó en Fonseca. Alguien decidió sustituir la cruz por una fuente traída desde Carme de Arriba y llevarla a la zona donde todavía está hoy, San Fiz de Solovio. Estos días, Agros de Ramírez ha recuperado un cruceiro que no es sino una copia del original, hecha en cemento hacia 1960 y pagada por los vecinos junto con las 212 viviendas construidas por Franco, unos edificios que en su nombre guardan la esencia de aquella tragedia: Las casas de Ramírez.

Adelante Los Tamara y Pucho Boedo: A Santiago voy…

81. En la muerte de Chema Veloso, compañero

Si es verdad que, como dice mi querido Carlos Blanco, escribo estas memorias sanitarias con las tripas, hoy toca trabalengüizar la expresión y añadir: escribo desde mis tristes tripas. El sábado por la noche acabé la quimio de este segundo ciclo y ahora disfruto -es un decir- de veintiocho días de reposo guerrero. Pero entre la Temozolomida y el Septrin Forte, que es un antibiótico tan preventivo que parece que me lo hubiera recetado Gallardón, siento que me han trasplantado el estómago de Moby Dick en pleno maremoto.

Aunque sabéis que paso, de momento, de la medicina alternativa, sí que le doy al bifidus, por ejemplo, que me regenera bastante bien la flora y, a este paso, la fauna intestinal. No quiero ni pensar en el festival químico que tiene que haber ahora mismo en mis entrañas. Estoy en el segundo ciclo y me quedan otros cuatro, así que hasta el otoño seguiremos rodando en mis escenarios intestinales nuevos episodios de la madre de todas las batallas.

El malestar físico, sin embargo, no me hace mella en el ánimo. Igual los neurocirujanos Prieto y Allut se llevaron pegado al bisturí, con mi astrocitoma anaplásico grado III, el mecanismo que regula los bajones. En serio, algo han debido de tocar, porque ni siquiera me hundo anímicamente ante el desfile de compañeros de batalla que causan baja. El último se fue ayer. Se llamaba Chema Veloso Castaño y durante casi tres lustros fue la mano derecha de Manuel Fraga Iribarne, que ya hay que valer para ser la mano derecha de un señor tan de derechas. Veloso era un periodista de raza, controvertido a veces pero buena persona siempre -al menos lo fue conmigo-. Me imagino a Chema cruzando la puerta del más allá y al viejo encendido, del otro lado, con una carretilla de recortes de prensa acumulados en todos estos años: “¡Veloso, ¿Quiere decirme dónde se había metido???!!”.

-Estaba viviendo, presidente.

-¡Déjese de tonterías, que hay mucho trabajo. Y póngame con Dios!

-Ahora mismo, presidente.

Como periodista de La Voz de Galicia viajé con Fraga por algunos escenarios de Europa y compartí entretenidas expediciones con Veloso y su jefe. Iribarne era genio y figura. Recuerdo el día que el sistema aleatorio de control del aeropuerto de Heathrow encendió una luz sobre mi cabeza en el arco de seguridad. Fraga, su séquito y los demás periodistas habían cruzado sin problema, pero a mí me pitó la electrónica. Dos agentes al servicio de Su Majestad me abrieron de brazos y piernas, me embutieron contra una pared y comenzaron a masajearme, digo yo que en busca de alguna hernia. El viejo se coscó y, seguramente más preocupado por el retraso que por mi persona, desenfundó el pasaporte diplomático, se fue a los policías y les gritó en inglés: “¡Este señor viene conmigo!”. No hubo más que hablar. Los del masaje acabaron de sacudirme el polvo, pidieron disculpas y nos dejaron ir.

-Gracias, presidente.

-¡Tire!

Como homenaje a mi compañero Chema Veloso recupero las dos entrevistas que le hice para La Voz de Galicia, la primera en el 2005 y la segunda en el 2012, cuando Fraga le tomó la delantera, víctima de esa manía casi insana que tenía el león de Vilalba de llegar a los sitios antes de tiempo. Y al final, el minuto musical sabiniano, que sé que a Veloso le ponía Sabina. Pasad buena semana, que yo de momento arranco con fuerte marejada detrás del ombligo pero muy bien situado de coco.

Chema Veloso: “Fraga no es un león tan fiero”

Publicada en La Voz de Galicia el 13 de marzo de 2005

Nacho Mirás. Santiago

Es la sala de máquinas de un portaaviones nuclear; ha tenido que adaptarse y renunciar a la vida privada, pero está orgulloso de ser la sombra de su patrón

En las fotos siempre sale un paso por detrás de Fraga, pero lo bastante cerca como para leerle el pensamiento y anticiparse a sus órdenes. Es la cara b del de Vilalba, su sala de máquinas. Es José María Veloso Castaño (Vigo, 1958) y es de este mundo.
-¡Veloso, dónde está Veloso! ¿Cuántas veces al día escucha eso?
-Si estamos en el despacho, tres o cuatro. Si estamos fuera, alguna más. Procuro no alejarme mucho por si acaso, por la cuenta que me trae.
-¿Cómo sobrevive a Fraga?
-Es cuestión de adaptarse y de dormir un mínimo de horas diarias. Siempre me gustó madrugar y lo llevo bien. ¡Incluso algún día me da tiempo a tomar una copa!
-¿Le molesta que digan que es el hombre sombra?
-En absoluto. Primero, porque es verdad y, segundo, porque es un honor ser la sombra de un señor como Fraga.
-¿Se le han pegado las sábanas alguna vez?
-Una vez sí que me levanté tarde, hace años…
-¡Menudo paquete!
-No. Tuve la suficiente imaginación como para llamarle directamente y decirle que me había quedado dormido. Es humano y me entendió.
-¿Recuerda haberse dicho a sí mismo alguna vez ‘Chema, la has cagao’?
-No, pero seguramente alguna haya.
-¿Tiene úlcera o acidez?
-No, de salud bien. Tuve un susto cardíaco hace seis o siete años, pero lo llevo bien. Procuro hacer algo de deporte los fines de semana.
-Cuénteme un día tipo…
-Me levanto a las 5.50. Salgo de casa a las 6.50. Paro en el quiosco que hay frente al antiguo Hospital Xeral de Santiago a coger los cuatro periódicos gordos, los leemos en casa de 7.10 a 7.30. A las 7.30 vienen los coches y nos vamos a San Caetano. Llegamos sobre las 7.40 y hasta las 9.00 despachamos los dos, mano a mano. Y lo que vaya dando el día.
-¿Y uno sobrenatural?
-El viaje de hace dos semanas: salida lunes noche, duerme en el avión, martes en Uruguay, vuelta al día siguiente…
-¡Por lo menos viaja!
-Sí, la vuelta al mundo la tengo dada. Pero, viajando con este señor, no te da tiempo a conocer nada. Sé que la Ópera de Sídney era una cosa que estaba a la izquierda.
-¿Cómo se relaja?
-Leo algo que me distraiga o con música suavecita: Beethoven, Bach, Tchaikovsky. Y soy de la generación de Sabina, Silvio, Pablo Milanés. Hace año y pico descubrí a La Oreja de Van Gogh, u otro tipo de cosas para poner en el coche, como Milladoiro.
-¿Escucha La Oreja de Van Gogh en el coche de Fraga?
-No, en su coche siempre los informativos de Radio Nacional a las horas en punto.
-¿Escribirá sus memorias cuando cumpla ochenta?
-Seguramente, pero cuando tenga esa edad.
-¿Lo peor de su trabajo?
-La falta de vida privada.
-¿Él le pide consejo?
-No. Gran parte de su vida la ha hecho solo. Él va por libre. A veces le recomiendas que se ponga un traje liso para ir a la tele y, aunque al final te hace caso, siempre tiene algo que decir. Y no le gusta nada el maquillaje.
-¿Le riñe el patrón?
-Desde fuera todo el mundo piensa eso. Pero es una persona encantadora, no es tan fiero el león como lo pintan, incluso es entrañable.
-El alcalde de Negreira dice que «Don Manuel tiene un estado en la cabesa» ¿lo ha visto usted? ¿es grande?
-¡Ja, ja, ja! El alcalde de Negreira le dio una vuelta a una frase de Felipe González que decía que Fraga tenía «el Estado» en la cabeza. Lo que es cierto es que es una persona muy inteligente.

Y la segunda entrevista que le hice en La Voz, publicada el 17 de enero del 2012.

Chema Veloso: “Fraga era una persona tímida”

Nacho Mirás. Santiago

Dice José María Veloso Castaño (Vigo, 1958) que cuando se enteró, el domingo por la noche, de la muerte de Manuel Fraga, le asaltó un sentimiento de pesar: «No como si se muere tu padre, no es eso, pero sí alguien importante que se va. Era el típico señor que, una vez que lo retiras de la actividad, se va desinflando. Y se desinfló». Chema Veloso fue asistente personal de Fraga y director xeral del Gabinete de Apoio en su última etapa en Galicia. Su mano derecha. Su sala de máquinas.
-Era usted la auténtica sombra de Fraga…
-Empecé a trabajar con él en la campaña del 89. Vine a ayudar al equipo de Jesús Pérez Varela y Enrique Beotas. Cuando se acabó la campaña, tres o cuatro nos quedamos. Hicimos la transición de lo que era el Gobierno de González Laxe a la toma de posesión del 5 de febrero del 90. A partir de ahí estuve en el gabinete de comunicación dos años y, desde el 92, viajé constantemente con él. En el 2001 me nombró director xeral.
-¿Todavía tiene activado el reloj biológico que programaba el patrón?
-Sin duda. Me levanto a las 5.50 y a las siete y media estoy en el despacho. Me gusta desayunar con calma. Fraga tenía una actividad que se contagiaba. Y durante los años que estuve con él no puedo decir que acabara agotado, que no pudiera levantarme al día siguiente. Solo recuerdo una vez que no pude seguirlo, pero no por agotamiento, sino por un gripazo con cuarenta de fiebre. Íbamos a Potes, en Cantabria. Lo comprendió perfectamente.
-¿Fraga lo veía a usted solo desde el punto de vista profesional, como la pieza de un engranaje, o también lo tenía en cuenta en lo personal?
-Compartíamos también lo humano. Como cuando estuvo preocupado por la situación de su señora o cuando tenía algún problema personal. Si eso ocurría, se lo notabas. Y si veía que tú estabas mal, enseguida se interesaba por saber qué te ocurría y si podía hacer algo.
-A veces no lo parecía, con los desplantes que daba…
-Soy de los que pienso que él, en el fondo, era una persona tímida. Entonces, para autoprotegerse, daba esa imagen de dureza. Pero en la intimidad era la persona más cariñosa del mundo. En un momento determinado te podía decir que algo no le había gustado pero, a los dos minutos, si veía que no tenía toda la razón, enseguida lo reconocía. Era impulsivo y podía tener algún desplante con el primero que tenía delante y ese, claro, solía ser yo.
-¿Todas las anécdotas que se cuentan son verdad o hay leyenda urbana?
-Supongo que son verdad. Recuerdo que cuando viajábamos y vivía doña Carmen todavía, había que estar más pendiente de ella que de él. Él era súper puntual, pero ella era más de pararse a hablar con la gente. Él mismo te decía: «¡Encárguese de ella y esté atento, que tenemos que salir en diez minutos!».
-¿Hizo usted renuncias personales por estar al pie del cañón?
-Sí. Tuve que elegir: o sigo con esta persona, con la que cada día aprendo más cosas y me desarrollo más, o me dedico a otra cosa. Tuve que renunciar a la otra parte, pero pasó y no voy ahora a preguntarme si hice bien o mal; lo hice.

Dentro Joaquín Sabina, acompañado de su primo Joan Manuel Serrat. Veloso ya no será muchos hombres, pero fue otros. Borrando contacto…

80. Cualquier noche puede salir el sol

Quién no ha oído hablar del síndrome de Stendhal. Voy a la wikipedia, por si acaso a alguien le pilla con el pie cambiado: “También denominado Síndrome de Florencia o estrés del viajero, es una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente bellas o están expuestas en gran número en un mismo lugar”. Pues yo soy uno de esos fulanos capaces de experimentar el síndrome de Stendhal en un bazar chino, sobre todo en la sección de ferretería. Hay que ver cómo se lo curran los chinos. Supongo que en las palpitaciones tiene bastante que ver el hecho de haberme criado entre dos talleres, el de carpintería metálica de mi padre y el de carpintería de madera de mi tío Antonio. Soy, como dice mi amigo Javier Zunzunegui, mi hermano astronauta de Rois, un obrero ilustrado.

El caso es que esta tarde, haciendo inventario visual en mi ferretería asiática de cabecera, fibrilando ante la contemplación del género, me puse a pensar en todo lo que ha dado de sí el día, este 29 de abril que, en un rato, finalizará con la ingesta masiva de Temozolomida: 400 miligramos de citotóxicos para mí solo. Dosis ampliada. Que corra la droga, que paga el Servizo Galego de Saúde. Un día largo; un día completo; otro día Comansi.

Amanecí a las seis de la mañana con el culo de mi hijo sobre la cara. No es contorsionista: el culo era suyo y la cara mía. Me costó convencerlo de que a las seis de la mañana, si acaso, se toman café los panaderos, que ya llevan dos horas con las manos en la masa, pero los periodistas de prensa suelen vegetar, y más si están de baja. Miniyó grita tanto para pedir el desayuno que cualquier día me llamará a la puerta la Guardia Civil con una báscula exigiéndome informes sobre la alimentación de la camada. “Que sí que come, agente, mire qué lorcitas, pero es que se empeña en desayunar a las seis de la mañana, y eso ya lo hará cuando empiece a salir de marcha en el Galicia, en un after… yo qué sé. ¡Pero es que tiene tres años, que lo hace por llamar la atención!”. Confío en dar un con un guardia con hijos, con un hijo del Cuerpo que tenga nietos.

A pesar del tratamiento, sigo ocupándome del zampabollos y de su hermana por las mañanas. Los deposito en el colegio, siempre sobre la hora en punto, como quien deja ropa pequeñita en una tintorería sin criterio que entra limpia y sale para lavar. No hay demasiado tiempo para contemplaciones por las mañanas, con esa trenza que reciclar, ese flequillo que cambiar de lado, venga esa leche, que llegamos tarde, que hagas pis de una vez… Es la logística matinal del cole, cuando la diferencia entre llegar o no llegar, entre el “lo hice” y el “Dioooooooos bendito, que nos quitan la tutela!” la marcan pequeñas chorradas como la potencia del microondas o el abastecimiento de Nesquik. ¡La que me montaron el otro día mis hijos cuando se dieron cuenta de que el Nesquik alemán de Lidl no tiene la misma fórmula que el español! Hay que decir que tenían toda la razón. Yo en su lugar también me habría dicho que se lo tomara mi padre.

Depositados los niños y despedida la madre en la puerta de la Cadena Ser -y continuamos con el relato de acontecimientos del martes- puse rumbo al Hospital Clínico para atender a otra convocatoria del míster de la oncología en esta liguilla contra el Casiano Fútbol Club. Me siguen temblando las piernas cuando bajo por la avenida de Barcelona y veo al fondo ese enorme edificio de espejos que refleja los dolores de toda el área sanitaria, esa especie de terminal de aeropuerto por la que llegas al mundo encogido y sales de él cuando se te acaba la ficha con los pies por delante. Hoy tocaba control, como volverá a tocar el 13 de mayo. Me da igual que sea martes y 13,  no soy supersticioso. Como me trae sin cuidado si los niños portugueses Lucía, Francisco y Jacinta vieron bajar de los cielos ese día, pero en 1917, a María Santísima o a ET disfrazado de Rocío Jurado. Allí estaremos.

A ver, que me centro. Cuando ya llevas un tiempo como paciente del servicio de Oncología Médica no puedes evitar hacer inventario de compañeros. No es que los conozcas a todos, pero las caras te van sonando y sueles sospechar cuando no ves a alguno de los habituales, para mal o para bien. Yo vivía hasta hoy muy preocupado con la idea de que, pasando lista, me faltara un día la presencia inmensa de mi maestro y amigo José Luis Alvite, una referencia tan importante que hasta la puta suerte ha querido unirnos en el cáncer. Pero allí estaba él, de cuerpo presente, este martes 29, en estado de revista, renovado.

-“¡Hostia, Alvitiño, si hasta me pareces más alto!

-Eso es que me inyectan aire con un bombín cada vez que entro en las salas de tratamiento.

Que el humor haya vuelto a la boca de Al solo puede ser una buena señal. Hace un mes coincidí en oncología con un tipo que llevaba puesta su cara, pero que no era él. Era un señor con el traje de Alvite. El de esta mañana sí que era el autor de la frase que encabeza mis memorias sanitarias: “El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él”. El genio barbudo que parió también esa otra declaración certera que dice que “el amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre”.

“Si quieren me cambio y así se pueden sentar juntos”, nos dijo una mujer que esperaba en el pasillo de Farmacia al vernos tan entusiasmados de habernos encontrado. “No se preocupe, no somos pareja”, le dijo Alvite declinando la invitación. Siempre fantaseé con la idea de atracar una farmacia con José Luis para refugiarnos luego en el Savoy, pertrechados detrás de las piernas de Lorraine Webster. Ahora que sé la pasta que cuestan los químicos que nos recetan a los dos, lo de hoy en el pasillo de la farmacia del hospital ha sido lo más cerca que he estado de compartir una recortada con mi maestro y salir a celebrarlo. ¡Ay, Lorraine!, la mujer que una madrugada le dijo a mi amigo: «Raras veces me verás sin un cigarrillo entre los dedos. Supongo que esa es la razón por la que me hago la manicura en el estanco».

Como cada martes que acudo al hospital, tuve que pagar con sangre la atención de un personal sanitario que vale su peso en uranio enriquecido. ¡Ni me los toquen, conselleira! Me pinchó Alba, que es de Rianxo, y me pinchó bien, a chorro. Me sacó la cantidad suficiente para media docena de filloas infantiles. Y después, ya directo a la consulta del oncólogo, que me dio la bendición urbi et orbe con ese apretón de manos que certifica, cuando ocurre, que los análisis han salido bien y que, completada línea, seguimos para bingo.

También me transmitió Súper López la enhorabuena por el triunfo en los premios 20Blogs y abrió mucho los ojos cuando le dije que, a día de ayer, estas memorias sanitarias improvisadas sobre un pronóstico malo llevan un acumulado de 392.000 visitas y 1.563 comentarios. “Desde luego, los residentes las leemos todos”, apostilló la doctora que ayer me supervisó los números de la vida. A veces siento una extraña responsabilidad, no tanto por lo que cuento como por tener la culpa de que la gente deje de hacer cosas interesantes para dedicar su valioso tiempo a la lectura de este estriptís oncológico. “Prefiero ponerme en bolas en la plaza del Obradoiro que hacer lo que haces tú en el blog”, insiste mi amigo Julio Mosquera, el sobrino de la tía Claudina, que es un lector fiel y lleno de sentido común, pero recatado en las intimidades.

Completé la mañana ampliando la letra B de la agenda con otra de esas personas talismán que este pronóstico malo me va colocando en el camino, como amuletos de un vídeo juego basado en hechos reales que, aunque diseñado para joderte la vida, te salpica apoyos en pantallas escondidas; bolas extra. Encontrarlas es mi responsabilidad. Acabé la sesión matinal comiendo a base de bien en el Domínguez de Sar, donde las manos de Carmen transformaron un pescado de día y unas fabas de Lourenzá en la poción de Astérix, pero en caldeirada. La compañía, magnífica.

Voy con el cubata de Temozolomida y agua del grifo, sin pepino, ni enebro, ni mariconadas. En media hora se me pondrá la voz de Releches en Celda 211 y será el momento de esconderme del mundo debajo del edredón nórdico, que el culo del pequeño inquisidor de los desayunos se me aparecerá de nuevo antes de que el gallo toque diana. Un gran día, sin duda. La música la pone hoy mi amiga Lola Camiña, otra de esas personas con podio en esta carrera frenética contra una muerte prematura. Y se la dedica a mis hijos. Suscribo. Como dice Jaume Sisa, qualsevol nit pot sortir el sol. ¿Será esta noche? Bah, y ya que estoy catalanfófilo como de costumbre, bola extra con Llach. Que tinguem sort.


 

79. Pensando en los hijos de Tito Vilanova

Puedo comprender que en el luto de Tito Vilanova la gente hable más de fútbol que de cáncer; sé en qué país vivo: “Nosotros somos gente normal hasta que llega el domingo…“, cantaba Gabinete Caligari en ese himno a la ignorancia patria que es la Canción del Pollino. Pero, sin ponerme estupendo y con respeto al ocio mayoritario, desde el tiqui-taca de la oncología solo diré que llevo tres días sin dejar de pensar en los hijos del técnico de Bellcaire llorando en el funeral de un compañero de guerra. Si el Barça necesita refuerzos es una cosa que, como la Roja, me la trae floja. Y no puedo evitar hacer la cuenta: si Tito llevaba dos años y medio luchando y cayó a los 45… ¡joder! Cada loco con su su tema.

Desde la última vez que me pasé por aquí han ocurrido cosas. Dejé mis memorias sanitarias el 21 de abril, en vísperas de presentarme el 24, bajo amenaza franquista (Orden Ministerial del 21 de marzo de 1974), ante la Inspección Sanitaria de área de Santiago de Compostela. Llegué a la cita, como suelo hacer, antes de la hora, que yo soy mucho de ir a los sitios a poner los bancos. De camino fui afilando la lengua con la piedra de esmeril que llevo escondida en el coche por si fuese el caso tener que acribillar a la inspectora con una ráfaga de dardos impregnados en curare. Iba muy caliente, mucho. Pero no hizo falta echar mano de las armas secretas.

Me alegró encontrarme del otro lado de la mesa con una funcionaria que se interesó primero por mí y por mi salud y que ya luego, roto el hielo sanitario, se reveló como otra víctima del sistema burrocrático que gobierna nuestras vidas y se empeña también en gobernar nuestras muertes. Agradezco haber encontrado humanidad en ese cuarto de los ratones unifamiliar que la Consellería de Sanidade heredó del antiguo Instituto Nacional de Previsión en la calle Manuel Murguía. La inspectora no ha visto en mí, al menos de momento, un incapaz en ciernes. Y eso me alegra porque me devuelve un poco la confianza en un sistema esclerotizado que desnuda al enfermo y lo convierte en un número con el culo al aire. Tengo derecho a un año completo de bajas temporales y a otros seis meses de prórroga. Así que, señores de la mutua, incapaciten a otro, que ni a mí ni a la inspección nos sale la inutilidad de los cajones.

Lo de Madrid ya es sabido: viajé lleno de ilusión y medicamentos para participar en la gala de entrega de los premios 20Blogs y regresé con una estatuilla y un diploma firmado por Arsenio Escolar. Supongo que es lo más parecido a hacer de la necesidad virtud. Ni en mis peores pesadillas me habría imaginado que la crónica de mi propio cáncer daría tanto juego; y os anticipo que estas memorias sanitarias todavía tienen recorrido.

A 24 horas de regresar a la dosis ampliada de Temozolomida venenosa durante cinco días, me quedo con las sensaciones de un fin de semana familiar pedaleando por la orilla del río Miño; con la ocurrencia de mi hijo Mikel, de tres años, convencido de que el ratón Pérez dirige una fábrica en Pontevedra y es allí adonde se lleva los dientes de su hermana;  y con un remate de cifras gastronómicas en la finca del tío Carlos en Peitieros (Gondomar), donde arreglamos el mundo comiendo como sabemos hacer los Mirás: por delante… y por detrás. Para los minutos musicales recupero uno de los clásicos que, volviendo de Madrid, cantamos en el coche el sobrino de la tía Claudina y yo a pecho partido. Si el helicóptero de la Guardia Civil tiene imágenes, que las mande, por favor, que estos documentos siempre se revalorizan. Luis Mariano lo clavó cuando, pasando por Villafranca del Bierzo y a punto de cruzar el telón de grelos, se puso profundo y sentenció: “Sabes, que ya no habrá primaveraaaaaaa…” Y, efectivamente, ya no la hay. Continuará.

78. Flojera en las bisagras y burrocracia franquista

Vuelve la normalidad meteorológica -que no es otra cosa que la humedad perenne- a Mordor de Compostela, la ciudad donde llueve por aspersión. Y regresan las hostilidades justo cuando menos falta me hace, ahora que noto los efectos acumulativos de la Temozolomida con la que Súper López trata de frenar el avance del súper villano que tiene reserva de espacio en el lóbulo temporal derecho de mi cerebro: Casiano Luthor, un cabrón con pintas.

No, amigos, no estoy curado. Soy un aspirante a enfermo crónico y me daría con un canto en los dientes si, en los días de mi vida, el cáncer y yo mantenemos la distancia suficiente para que el invasor me deje ver crecer a mis hijos. Estoy operado, sí. Craneotomizado. Frito en la churrería radiactiva que dirige el doctor Antonio Gómez hasta treinta veces a una potencia tal que, si hago fuerza y no me hago caca, podría iluminar el rótulo de neón de un puticlub de la Nacional 550. Y sometido a 45 dosis de quimioterapia oral, que para nada es una quimio menor; la cicuta y el arsénico también se pueden administrar por la boca y no por eso te perdonan la vida. La única ventaja del tratamiento domiciliario es que te puedes envenenar con vistas a tu propio váter mientras tu gato se te frota entre las piernas.

Es ahora, precisamente ahora que el simulacro de primavera finaliza, cuando el veneno se ensaña con mis rodillas, que dejan de sostenerme de repente, como si se acojonasen ante los acontecimientos, e incluso con mis codos. Tengo la sensación de haber estado tirando flechas al pebetero olímpico de Barcelona 92 para no acertar ni la primera. Vaya, que el Temodal es para mis articulaciones un antídoto del 3 en 1. Por suerte, sigo siendo capaz de neutralizar la potencia de la Kriptonita movilizando al trozo de cerebro que no me han extirpado, poniendo a trabajar la cabeza: caminando, en moto, entre la tornillería del taller clandestino que tengo montado en el trastero… Pero me asusta pensar en cómo estaré de aquí a octubre, cuando terminaré la primera oleada de ciclos químicos a la que estoy convocado por la Seguridad Social.

Esta semana, al menos, tengo tareas para no aburrirme e incluso para hacer mala hostia, que también es una manera de entretenerse. La burrocracia española y de las JONS va un paso más allá con la visita obligada -y bajo amenaza escrita- a la inspección médica. Porque, señores de la Consellería de Sanidade, citar a un tipo con cáncer para que comparezca en sus instalaciones por primera vez y calzarle un párrafo que dice literalmente: “A súa NON COMPARECENCIA -atención a las mayúsculas- inxustificada poderá dar lugar á emisión do parte de ALTA en aplicación da Orde Ministerial do 21 de marzo de 1974″ es una amenaza. Y apelando a una norma franquista. Ahórrense la pistola, que voy a ir. A quien corresponda: va siendo hora de darle una vuelta al formulario de la notificación,  por preconstitucional y por burdo.

También me exige -“deberá achegar” es una exigencia- la Inspección que me lleve tanto los informes médicos como los resultados de cualquier prueba diagnóstica que se me haya realizado “y tenga en su poder en relación con su proceso de baja médica”. Ya me veo con la carretilla llamando a la puerta el jueves por la mañana cual repartidor de Gadis. Lo cachondo es que me lo piden desde la propia consellería que, en un carísimo sistema informático, custodia mi historial médico completo, que no es de principiante, igual que hace con los vuestros si vivís en Galicia. ¿No tiene poder un inspector para darle a un botón y acceder a mis entrañas? Claro que lo tiene. Pues no mareen entonces. Menos mal que no me mandan llevar lacre para sellar los sobres o incienso para espantar el meigallo. Ya contaré cómo me va, pero ya adelanto que no me gusta un carallo el tonillo de la carta de convocatoria. Para informar no hace falta amenazar con normas de la Administración sanitaria del régimen anterior.

Me entra tal flojera en las rodillas que voy a tener que acabar escribiendo en una máquina de coser. En cuanto salga de la inspección médica y certifiquen burocráticamente que tengo, como sabe media España, un astrocitoma anaplásico grado III, clasificación de la Organización Mundial de la Salud, para poder seguir dedicado a curarme sin trabajar -a cuenta de lo que llevo más de veinte años cotizado-, pondré rumbo a Madrid. Sabréis, claro, que si estás de baja tienes que pedirle permiso al médico de familia para que te deje desplazarte a otra comunidad. Porque para acojonarte desde la inspección vale echar mano de las normas franquistas, pero para ir a una entrega de premios a la capital del reino te tienen que autorizar el desplazamiento, no vaya a ser que te pongas a trabajar en una inmobiliaria de Alpedrete y al Servizo Galego de Saúde no le conste porque las autonomías no cruzan los datos de sus respectivas seguridades sociales. Dan unas ganas de cagarse en todo…

Lo de Madrid, el jueves por la noche, es la gala de entrega de los premios 20Blogs, a la que llegamos ilusionados sesenta finalistas cribados entre 7.000 blogueros. Si me dicen hace un año que aspiraría a un premio por escribir la crónica de mi propio cáncer me habría echado a llorar.  Vaya, justo como ahora, disculpad. Qué bonito sería hacer de la necesidad virtud.

Voy acabando, pero tengo que cumplir con mi primo Miguel Cabaco Mirás (por delante y por detrás). Miguel es el pequeño de una familia de supervivientes que se merece su propia crónica y que seguramente firmaré yo si vivo para firmarla. Mi primo, el hijo menor de la hermana de mi padre, me pidió que rescatase dos historias viejas de cuando http://www.rabudo.com era un asunto de alcance doméstico. La primera hablaba sobre nuestro abuelo común, el abuelo Mirás, y la segunda sobre la madre de mi padre y de su madre, la abuela Pura. Ahí van, primo, en rigurosa reedición para que se las imprimas a tu madre. A mi tía Estrella el nombre le marcó la vida hasta el punto de que de sus seis hijos, mis primos carnales, solo viven tres. Tres tragedias con mi apellido. Y para sobreponerse a semejante mutilación hay que estar hecha de una pasta especial. Os hablaré otro día de la madre de Miguel. Hoy cumplo con su hijo y cierro el capítulo de una semana santa (no me da la gana de usar mayúsculas en la conmemoración del asesinato de Jesús de Nazaret) en la que solo he echado de menos alguna presencia que no pudo ser. Ahí va, primo:

¡Era cierto! Homenaje a Mirás 

(Publicado en http://www.rabudo.com el 23 de octubre de 2005)

Mi padre siempre predicaba, cuando éramos pequeños, acerca de la necesidad de compartirlo todo, de trabajar en equipo, de no ser un outsider en un mundo en el que, aseguraba, estábamos para vivir en comunidad. Nada era mío; era nuestro; nada era tuyo; era de todos. En su sermón, Mirás insistía en que no podíamos hacer como hizo su padre quien, para no tener que entenderse ni pelearse con nadie, había fundado en un bar de Vigo una peña de la que él era el único miembro: presidente, secretario, tesorero y vocal. Todo para él bajo un nombre que no dejaba lugar a dudas: la peña “Mi Solo”. Eso no impedía que mi abuelo fuese un comunista de Lavadores, la Rusia Chica. Pero en el reparto recreativo prefería ir a la suya. Por eso mi padre decía que en una casa de cinco personas no podía existir la peña Mi Solo. Siempre pensé que había mucho de leyenda en eso de la peña Mi Solo, que era una de esas historias exageradas con fin didáctico, con algo de base real, pero con más imaginación que datos.

Mi padre borda las historias que rayan lo imposible, así que igual lo de la peña del abuelo también era un ejercicio de lógica borrosa de la rama Mirás. Qué equivocado estaba. Un día, el marido de mi madre me sorprendió con un tesoro rescatado de lo más profundo de la memoria familiar. A través de mi primo Eladio y de mi tío Carlos, a mi casa de Vigo fue a parar una reliquia, una prueba real de que la peña Mi Solo, la del abuelo Mirás, no era fruto de la imaginación de mi padre. Es un espejo en forma de corazón que mi abuelo les regaló a los miembros de otra peña. El recuerdo es de 1964 e incluye una foto de Mirás en el centro de un corazón: “La peña Mi Solo de todo… (corazón) a la peña Amigos de Todos. 1964″. La obra de cristalería la firmó su cuñado, el tío Alfonso, desde la cristalería La Belga. La foto encabeza este texto.

No queda ninguna duda de que mi abuelo fue un personaje: proletario; preso rojo durante buena parte de su juventud -incluido el penal de San Simón, en la ría de Vigo-; escapado en los montes; miembro de la selección gallega de Campo a Través y campeón de España en Lasarte en 1934; perdedor represaliado de la guerra; tranviario; fumador de Record a tiempo completo… y muerto prematuro, a los 60, cuando yo aún no tenía 6 años. Fue baja, precisamente, por su dedicación inquebrantable a las labores del tabaco. Y el caso es que me acuerdo como si fuera hoy del día de su entierro, con los grises montando guardia en la casa de mi abuela, en O Sobreiro, y sus colegas de la Agrupación Comunista del Calvario estirando sobre el ataúd del viejo la bandera roja con la hoz y el martillo. ¡En diciembre del 77, con dos cojones! El cura de Santo Tomé de Freixeiro pidió que le quitaran los galones bolcheviques al abuelo, al menos, para entrar en la iglesia. Porque él era más ateo que Dios, pero Purita rezaba por ella y por su marido, que una cosa es el matrimonio y otra la libertad de credo.

Mi madre no nos dejó bajar del coche, temerosa de que una carga policial convirtiese el sepelio en una charcutería. Nunca volví a ver tanta gente en un entierro; quizás el padre de mi padre no estaba tan solo. A los pocos días de apagarse para siempre con un pitillo colgando del labio, el diario Pueblo Gallego publicó: “Adiós a Mirás”. Arriba los pobres del mundo, abuelo.

Para no alargarme, el texto sobre el pan y la abuela Pura lo cuelgo mañana. Además, necesito echar a andar antes de que se me salgan los goznes. Saludos. Y minuto musical pensando en que el cáncer se ha comido en pocos días a  Gabriel García Márquez y a Hurricane Carter, entre otras miles de víctimas que tienen quizás la misma letra pero menos banda sonora. Yo, que no les llego a las uñas de los pies, sigo cubriéndome con los puños de las hostias del enemigo común. Y leña al mono, hasta que hable inglés.

 

77. De cuerpo presente

Que el cáncer no se tome vacaciones no quiere decir que yo no pueda hacerlo. Que sea Semana Santa es lo de menos, me valdría igual si fuera la novena a la Virgen del Carmen o la Semana Fantástica de El Corte Inglés. Insisto, aunque a estas alturas ya no debería: escribo cuando me lo pide el cuerpo, pero si el cuerpo me pide otras cosas, las hago. Está la blogosfera llena de relatos fantásticos que echarse a los ojos, pero si uno elige leer hechos reales, entonces tocará esperar a que los hechos reales ocurran ¿no? Y tengo dos hijos en casa. ¿Hacen falta más excusas?

En los últimos días he encontrado más refugio espiritual entre las estanterías de Leroy Merlín y en los ocho metros cuadrados de mi caravana que en el teclado del Mac. Agradezco el interés de los que se preocupan, pero no hay motivo. Repetiré por última vez: la esquela está en el convenio colectivo de La Voz de Galicia, a cuya plantilla sigo perteneciendo desde el exilio sanitario. Así que, como escribí hace unos días, no news, good news.

Vengo de cumplir, como cada miércoles, con la burrocracia; en cualquier momento me darán las llaves del ambulatorio o me dirán que apague la luz al irme. Total, ya soy de casa… Van 28 partes de confirmación y todavía me quiere ver la inspectora médica el 24.

Ayer tocó consulta con el oncólogo, que encontró en mí ese roble calvo del que se pueden seguir podando ramas para salvar el tronco. Linfocitos bajos, sobre lo previsto. El veneno está haciendo su efecto. Le comenté al médico lo del cansancio repentino de piernas, como si las rodillas no me sostuviesen ante la visión misma de Daryl Hannah en la sección de congelados de Mercadona. Resulta que lo de la flojera también forma parte de la puesta en escena de los citotóxicos, de la Temozolomida; es como si me enamorase varias veces al día, pero inducido en un laboratorio. Daryl, tranquila, lo mío contigo es sentimiento puro, no botica.

Los ciclos de arranca-para (droga-descanso) serán finalmente de 5  días de hostias químicas (a dosis más altas de los 300 miligramos que me ponen la voz  de Luis Zahera haciendo de Releches en Celda 211) y 28 en boxes. Empezaré la noche del 29, así que todavía puedo viajar a Madrid para participar en la gala de entrega de los premios 20Blogs sin llevar la farmacia puesta. Me hace mucha ilusión, incluso aunque no pase de finalista.

Mucho me acuerdo de mi abuela Pura estos días. Siempre que venía a dormir a casa, la madre de mi padre se traía una bolsa del supermercado Kanguro (ella decía “Carungo”) llena de medicinas en todo tipo de formatos y cometidos, desde la Pruína para hacer andar al vientre al Primperan que se bebía por la botella. ¡Pareces la abuela Pura!, se dice siempre en casa cuando a uno le toca meterse más de la cuenta. Se murió demasiado pronto mi abuela. Fue víctma de otra de esas ejecuciones sin criterio con las que Dios premia a los que incluso se lo creen, como era el caso. Vale que era la mujer de un comunista, pero rezaba también por su marido y ni siquiera tuvieron el detalle de convalidárselo en el juicio final; cuánto rencor ultraterreno, carallo.

Bricolaje, familia, paseos… volando voy, volando vengo, por el camino… yo me entretengo. “Tenme la cabeciña ocupada”, me recomendó el otro día en una gran superifie una de las enfermeras que me clavan las banderillas en el servicio de oncología los martes que toca. Ya sabes, Isabel, que en mi caso la cabeciña mueve a todo lo demás, por eso no paro. Al no llover, además, hago menos vida indoor, de ahí que me disperse. Agradezco más tu consejo, que sabes que te tengo fe, que los de quienes, seguro que desde la buena intención, insisten en que lo que me va a matar no es tanto el cáncer como el tratamiento. Desde el respeto y sin intención de generar debate: yo confío completamente en los oncólogos, radiólogos, radioterapeutas, farmacéuticos, neurocirujanos y neurólogos que me tratan. Y en el doctor Blanco Corbal, mi médico de familia, que me receta que lea a Tucídides entre sesión y sesión. Confío en las manos que me llevan. Y solo en el indeseado caso de que la cosa fuera a peor y mi grado tres medrase a  cuatro probaría hasta con los conjuros de la bruja Avería o iría de vivo a San Andrés de Teixido.

No estoy en contra de los remedios naturales. Pero cuando la alternativa a lo convencional no es más que otra química envasada, solo que con leyenda de alternativa sana, estoy en mi derecho a desconfiar. No, no voy a dejar el tratamiento, que un astrocitoma anaplásico grado III no son unos mocos. Una cosa son los calditos depurativos de apio y otra diferente marcarme un Steve Jobs. Agradezco, en todo caso, los consejos, las lecturas… pero mi cáncer lo gestionamos, de momento, el Servizo Galego de Saúde y yo. Y aquí sigo, de cuerpo presente. No tengo el cerebro ahora mismo para conspiraciones farmacéuticas. Que no tengo el coño para ruidos, vaya. Gracias a la medicina convencional, a la física y a la química colegiadas, sigo aquí; es un hecho. ¡Y mirad las barbaridades que soy capaz de escribir a 505 pulsaciones por minuto!

Quiero agradecer a Jesús Méndez que haya tenido en cuenta mi aportación bloguera para el artículo La enfermedad tiene quien la escriba, publicado hoy en Dixit y cuya lectura os recomiendo. Da claves interesantes acerca de por qué esto de narrar el cáncer me hace tanto bien. Cierro este post de urgencia del miércoles con una dedicatoria musical a mis amigos Alberto Casal y Pilar Comesaña, que ayer me iniciaron con nocturnidad en la lectura de las tripas escritas de Manuel Vilas y en la música terapéutica de Neil Hannon. La extiendo también al enorme Agustín Fernández Paz para comprometerlo a que en la próxima visita a Vigo brindemos a la salud de los que lo merecen mientras leemos a Vilas. Esta noche volamos. Poneos los cinturones. Gracias por seguir ahí.

76. Yo pecador me confieso (con intención de reincidir)

Si me abandonaran las fuerzas como lo hace la meteorología, a estas alturas del cáncer sería uno de los cadáveres más calvos del cementerio. Es curioso: en este intermedio de la guerra todavía sigo sin saber si el ánimo es lo que tira del tratamiento o si, al dar resultado la física y la química, la moral te sube como efecto secundario. Nadie sabe darme razón colegiada, pero lo cierto es que el ánimo pinta mucho en este documental en el que no hay día que no me sienta como Bear Grylls comiendo churrasco de culebra en otro episodio de El último superviviente. Un día tras otro, aquí, en el Discovery Max de la oncología médica.

En estas tinieblas perpetuas en las que vivimos instalados en la capital de Galicia, y que han contribuido -no hablo por hablar- a que se vengan abajo más compañeros de lucha de lo que sería normal, ayer Santa Clara nos dio una tregua que nos está cobrando el día después en litros por metro cuadrado. ¡Rencorosa, carallo!

Voy a ser sincero: nunca me ha caído bien una santa que solo te fabrica un anticiclón si le pagas en huevos un impuesto revolucionario. ¿Me quiere decir que la máquina de quitar nublados funciona con tortilla? ¿Y si se pasa al gas natural, señora? ¿No ve que el combustible gallináceo no tiene octanaje? ¡Piense en el colesterol de sus monjas! Entre su racaneo de rayos ultravioleta y su jefe sulfatando enfermedades a gente que no las merece, se están coronando allá arriba. Voy a consultar con Buda, no vaya a ser que tenga mejores precios. El día 15 vuelvo al oncólogo y en nada ya le estoy dando de lo lindo al Temodal, ese citotóxico que envenena las células por aspersión y que me desgasta los linfocitos. Una cosa le digo, Santa Clara: pare ya de tocar los huevos con los huevos, hágame el favor.

El de ayer fue un día enorme no solo porque brilló Lorenzo. Compartí un paseo largo con una de esas personas talismán que me voy encontrando de repente en este vídeo juego basado en hechos reales. Me parece como si detrás de toda esta película de la que soy protagonista a la fuerza un programador inestable hubiera ido colocando, escondidas en algunas pantallas, vidas extras que me ayudan a continuar. No son muchas, pero son fundamentales para que siga la partida. Gracias, madre de familia numerosa. El Game Over no es una opción.

Voy a confesar algo, neurocirujanos implicados que sé que me leen: ya les he dicho que llevo un ruido entre las piernas desde la adolescencia. Y no son gases. Ayer ya no pude más, me fui al garaje, arranqué de una patada mi Vespa 150 Sprint de 1966, me cubrí la cicatriz y las placas de titanio que me cierran la cabeza con el casco, metí primera y salí al espacio exterior disfrazado de Calimero. Cuando quise darme cuenta estaba en Recesende, en los dominios de mi amigo Martiño Noriega, alcalde de Teo. A marce ingranate dalla prima alla quarta. Hicieron mal en no extirparme con el tumor el ruido. No se hacen una idea, doctores, de lo que siente uno de 42 montado sobre una de 48 por la carretera de Cacheiras, libre, sano, como cuando el único cáncer de mi currículo era el 4 de julio.

En la moto del tiempo llegué a casa de uno de los amigos que merecen podio: Xoán A. Soler, francotirador del fotoperiodismo y uno de los tipos que más ha sabido estar a la altura de mis circunstancias. Y de allí nos marchamos a visitar a Zapatones, el popular peregrino del Obradoiro, el tipo más retratado de Galicia. A Zapa lo atropellaron hace unos meses en Melide, cuando salía de una pulpería. Le rompieron las dos piernas y todos los dientes. Cuando lo vi en Urgencias, vendado hasta las orejas, Juan Carlos Lema Balsa, que así se llama, era la viva imagen de Tutmosis II a punto de ser depositado en el Valle de los Reyes.

¡Vaya cambio! Ayer tenía mejor aspecto que mucha gente sana. Es otra persona, por dentro y por fuera. Y confío en que pronto vuelva a su sala de estar del Obradoiro para dejarse querer por los peregrinos japoneses y por los políticos gallegos. La transformación de la momia de Zapatones en Juan Carlos es producto del cariño de quienes lo cuidan en su cuartel general de Teo. He vuelto maravillado de un lugar en el que no me importaría retirarme yo mismo dentro de cuarenta años, a la sombra del olmo gigante. Sé muchas cosas de la vida de Zapatones y de sus circunstancias. En otra entrega os dibujo un perfil. Me tomo muy en serio que me considere amigo de verdad: “Te tengo presente -me dijo- cada vez que me pongo la bata de casa que me regalaste”. Me gustó ver en su armario, colgado y planchado, el hábito marrón que transforma al ciudadano Juan Carlos en el súper héroe Zapatones.

Por hoy paro, que me van a acabar cobrándome desgaste de silla en el Tosta e Tostiña. Dentro vídeo, con cariño, como un árbol carnal, generoso y cautivo, para mis neurocirujanos: LùnaPop, Vespa Special.

75. Seis meses desde que todo cambió. Y suplemento dominical

El 6 de octubre del 2013 también era domingo. Me levanté raro después de haber casado por todo lo alto a mi amigo Fernando Blanco con su novia Marta en el Pazo de San Lourenzo. Amenizaron la ceremonia Manuel Manquiña y el enorme Germán Fandiño-Tony Lomba y la gozamos.

Aunque era domingo me tocaba trabajar. Pero sin tener siquiera tiempo de quitarme el olor de la boda bajo el agua medicinal de la ducha, convulsioné en el cuarto de baño pequeño a primera hora de la mañana, perdí la consciencia y mi padre tuvo que abrirme la boca con una cuchara para que no me tragase la lengua mientras mi madre escondía a los niños en el salón. Conté el episodio con todos sus detalles el 4 de noviembre en el blog bajo el título Los días tristes. Claro que entonces todavía pensaba que todo aquello no había sido más que la puntilla a dos semanas de tensiones personales y laborales que, estaba claro, no podían traer nada bueno. Quién iba a pensar hace medio año que en el servicio de Oncología del Hospital Clínico Universitario de Santiago había una ficha en blanco esperando a que le rotularan mi nombre y mi peso; que acababa de aprobar unas oposiciones a funcionario del cáncer.

 Seis meses, una craneotomía pterional, 30 sesiones de radioterapia, 45 de quimioterapia y 75 post después soy un poco más calvo, pero creo que estoy un poco más vivo. Llevo medio año tratando de ordenar pensamientos a través de estas memorias sanitarias que son a la vez terapia y periodismo en primera persona. Nunca le estaré lo bastante agradecido a Manuel Jabois por haber escrito eso de que “pocas veces un periodista de raza se ha llevado la libreta al fondo de la raza misma”. El batallón que recluté en aquellos primeros días para no ir solo a una guerra que me acojonaba por extraña resultó ser un ejército invencible. Y aquí seguimos juntos, pegando barrigazos en primera línea, para complicarle lo más posible la invasión alienígena a un enemigo con pintas.

Hoy, 6 de abril de 2014, solo quiero dar las gracias a las miles de personas -escribo miles y tengo que tragar saliva, sigo sin creérmelo- que me han transfundido las fuerzas que necesitaba para llegar hasta aquí. Hemos ganado varios rounds, pero nos queda mucha guerra. Menos la mía, entenderé cualquier otra deserción, que ya escribió Jabois la dureza de la batalla de las Ardenas desde los bosques terribles de Valonia.; para lo que cobráis, ya me extraña seguir tan acompañado. Gracias, pues; valéis vuestro peso en nécoras.

De casualidad, y ya sirve el reportaje como suplemento dominical, he dado con el último texto que publiqué en La Voz de Galicia el mismo día que acabé sin pantalones en la ambulancia medicalizada del 061, aquel 6 de octubre del 2013. Contaba con espíritu de domingo -qué bien que se esté recuperando el espíritu dominical del periodismo de papel que tanto llevo reclamando- cómo el 1 de septiembre de 1961 ocurrió algo en Santiago que, como a mí  en octubre del año pasado, nos cambió la vida: la tele llegó -con retraso- para quedarse. Os lo dedico otra vez. Dentro vídeo:

Compostela Vintage

El día que la tele llegó para quedarse

El 1 de septiembre del 61, RTVE empezó a emitir desde el Pedroso

La Voz de Galicia, 6 de octubre de 2013

Nacho Mirás. Santiago

El 1 de septiembre de 1961 fue un día inolvidable. Sí, estaba Franco en Galicia, pero eso no era ninguna novedad. Lo que de verdad importaba era por qué su excelencia y su señora volaron hasta la ciudad y se pasaron aquí toda la semana: para inaugurar el primer centro emisor de Radio Televisión Española en Galicia, el del Monte Pedroso. También tuvieron tiempo para cortar la cinta de una exposición sobre el Románico, para asistir a una corrida benéfica en A Coruña -toreaba Antonio Bienvenida- y para bendecir con su divina presencia los catorce arcos del viaducto sobre el río Sar. Pero esas historias las dejamos para otros vintages.

La Vespa del tiempo se va directamente a las 14.30 horas del mediodía de aquel viernes de acontecimientos. Sin entrar en detalles sobre la mecánica del viaje, ampliamente explicado en ediciones anteriores, tenemos que llegar al 48 de la rúa do Hórreo. No hay grandes problemas para aparcar la moto en el Hórreo en 1961.

El revuelo es absoluto. Frente al escaparate de la tienda que regenta Juan Portela Seijo, una muchedumbre se apelotona para ver algo increíble: la tele. Es cierto que desde el 58 había emisiones en pruebas, pero reservadas, si acaso, a un público muy exclusivo. Hoy, 1 de septiembre de 1961, la tele ha llegado para quedarse.

Tres años tarde

Con tres años de retraso sobre lo previsto (en 1957 se anunció a bombo y platillo que Galicia vería las emisiones de RTVE en el verano de 1958), de repente se ve lluvia en la pantalla de veintitrés pulgadas de un televisor Zenith importado desde los mismísimos Estados Unidos; igualito al que tiene el presidente Kennedy en el despacho oval.

-¡Maravilloso!

-¡Mágico!

-¡Franco, Franco, arriba España!

-¡Ave María Purísima!

Cada uno exclama como le parece ante la aparición. El tubo de rayos catódicos («¿Rayos católicos?», pregunta una beata con mantilla) de la Zenith empieza entonces a escupir sus primeras imágenes a discreción. En las horas siguientes se sucederán por la pantalla los espacios Panorama, Cada semana una historia, el Telediario de las tres -que dura media hora-, El Séptimo Arte o Por tierras de España. La programación, que arrancó a las 14.32, se corta a las 16.05 y no regresa hasta las 19.30, con Escuela TVE. La gente se lamenta. Pero los del turno de tarde regresarán al escaparate de Portela, sobre todo para ver, a las 21.45, un capítulo de la serie Danger Man, protagonizada por Patrick McGoohan. Acaba de nacer en la ciudad el televidente nocturno, un corredor de fondo que tiene por delante millones de noches en vela.

Hipnotizados

Es curioso ver de qué manera, en los periódicos de los meses siguientes, la llegada de la tele dará pie a notas como esta, publicada en El Pueblo Gallego el 12 de octubre del 61: «En este mes y medio que llevamos recibiendo los programas, se ha notado la influencia de este moderno medio emisor de noticias. Las antenas empiezan a descubrir a las familias de posibles de la ciudad y los bares permanecen abarrotados a las horas de programa. Ha sido la fiebre del momento. Una fiebre que ya ha decaído, en parte, aunque todavía podamos encontrar personas embobadas viendo las imágenes, como hipnotizadas, por los modernos adelantos de la técnica». Si nos vieran ahora…

Desde el Hotel Compostela

Juan Portela Seijo está contentísimo con la expectación. Se arrima y me cuenta que, antes del 61, uno de los pocos lugares donde se podía ver televisión, aunque no los programas de TVE, era el Hotel Compostela. Desde 1958, la antena instalada en el Pedroso permitía seguir las emisiones, en pruebas y con interrupciones, de la Rádio e Televisão de Portugal (RTP) y de la novedosa Televisión de Castilla. «Esto ya es otra división, amigo», me espeta nervioso.

Junto con Portela Seijo, otra figura principal en la llegada de la televisión a Santiago de Compostela y a Galicia es Ricardo Bescansa, el farmacéutico que quiso ser ingeniero aeronáutico pero que, en un viaje a Lisboa realizado en 1955, descubrió la televisión. Quedó tan impactado que, tres años después, acabaría fundando con Amador Beiras una firma que que conocen bien en el mundo entero: Televés.

Para llegar a este día en el que Galicia encendió definitivamente la televisión se ha trabajado duro. Largas jornadas monte arriba en jeeps y camiones para montar la antena del Pedroso. Y muchas horas de croquis, planos y mantel con los ingenieros de telecomunicaciones Castro y Mañas en la casa familiar de Juan Portela Seijo y María Gómez Romarís en La Rosaleda, una de las primeras en la ciudad, por cierto, en disponer de televisión.

Tan exclusivo era el medio que los Portela dejaban la persiana abierta para que, desde la casa de enfrente, los vecinos pudieran verla. Médicos, abogados, bares y algún que otro industrial fueron los primeros en hacerse con antenas y televisores gracias a la mediación de los pioneros Portela o Bescansa. El invento salía, más o menos, por el sueldo completo de dos años de un obrero; un capital.

La calidad de la imagen era todavía tan precaria que el espectador veía nieve aunque sacaran imágenes de una playa de Tenerife.

Localismo y rivalidad

Y el caso es que entonces, como ahora, la llegada de la tele a Galicia vía Santiago no estuvo exenta de polémica localista. Recuerdan los herederos de Juan Portela que su padre les contó cómo el mismísimo Franco, harto de que A Coruña y Compostela se pelearan por tener el primer centro emisor de RTVE, decidió que, hasta que se calmasen los ánimos, los ingenieros del régimen se irían a trabajar a otra parte, exactamente a Zaragoza. A los de A Coruña no les gustó nada que, una vez empezó a funcionar el centro emisor del Pedroso, si bien la recepción llegaba perfectamente a Vigo, el monte Xalo ocasionara «interferencias feroces». Y volvieron a protestar.

Feliz domingo. Nos vemos por la calle. El sol siempre brilla en la televisión. Qué ganas de ir a Noruega. ¿A-ha? PD para el personal de radioterapia: Os habéis fijado en el parecido entre el muro de máscaras que sale en el vídeo de A-ha y el armario donde depositáis los moldes de nuestras cabezas? Aquí todo tiene varias lecturas.

74. ¿Quién es el incapacitado?

Cuando llegas a la mutua, después de seis meses de baja por un asunto oncológico grave como el mío, y te dicen que lo mismo te tienen que mirar “lo de la incapacidad laboral revisable”, a los efectos tóxicos de la radioterapia y la quimioterapia acumulados se suma la mala hostia. Me están tratando para curarme, no para desahuciarme. No estoy todavía en cuidados paliativos, así que dejen de anticipar acontecimientos que ojalá no lleguen.

De entrada, no tengo nada contra las mutuas, que cumplen con su función. Pero tengo todo contra un sistema, y no me canso de repetirlo, que me obliga a pedir semanalmente la baja en el centro de salud, llevarla en mano a la empresa con su correspondiente “neoplasia maligna de cerebro” y, además, a que una mutua privada que defiende su legítima cuenta de resultados supervise mi cáncer, que está en manos de la sanidad pública y, si acaso, de la suerte.

¿Me quieren explicar de una vez por qué tengo que llevar a mi tumor de paseo a una mutua? ¿No se fía la Seguridad Social de sus propios médicos de familia, neurólogos, neurocirujanos, oncólogos y radiólogos? Ya sé, y ya lo he dicho, que en la cosa de las bajas no faltarán sinvergüenzas que se van a la vendimia aprovechando unas anginas; gente que sulfata viñas con hernias falsificadas. Pero no es el caso, oigan, burócratas de cuello duro, no es el caso. Astrocitoma anaplásico grado III de la OMS. CÁNCER, cojones, CÁNCER. Y ahora que me sugieren lo de la incapacitación laboral soy yo el que considero la posibilidad de incapacitarlos a ustedes, por inútiles. Lo que no tengo muy claro es si incapacitar a los que legislan o a quienes, como corderos, hacen cumplir normas absurdas sin discutirlas. “Es el protocolo”. O carallo vintenove.

Que el cáncer y sus ritmos nos impiden a los enfermos oncológicos someternos a la disciplina de los centros de trabajo es una obviedad que, en todo caso, supervisa ya el sistema público de salud con una insultante frecuencia semanal que interfiere en el Iron Man de los tratamientos médicos. ¿Qué sacan pues los intermediarios? ¿Por qué se empeñan en hacerme una ITV de cuerpo presente para sugerirme en la cara que igual me tienen que incapacitar? De pasta no hemos hablado, pero solo faltaba que la metástasis que no tengo se presente ahora en la cuenta corriente.

Yo tengo la suerte, al menos, de formar parte de la plantilla de una empresa que no me ha dejado tirado, de un equipo que, desde que el tumor se manifestó por primerva vez en el cuarto de baño pequeño el 6 de octubre del 2013, me ha prestado un apoyo inquebrantable: “Lo primero eres tú, cuídate. Cuando un problema como este le toca a uno de nosotros, nos toca a todos. Ponte bueno. Eso es lo fundamental, lo demás es accesorio. Lo que necesites, tú o tu familia. El tiempo que sea”.

Juro por mis hijos que la enfermedad ha ordenado de tal manera mis prioridades en la vida que si hubiera sido de otra manera lo habría denunciado lo mismo que ahora lo agradezco. Hoy quiero darle las gracias a Santiago Rey Fernández-Latorre porque me da la gana y porque cada vez que echo la mano al bolsillo sigo notando en el llavero la llave de la delegación y en el cerebro el número del portero electrónico que da acceso a este coro de compañeros y amigos en el que yo soy una voz más de Galicia. Las llaves de casa.

Acabo. La familia, los amigos, la sanidad pública y la empresa están a la altura. Lo único que llevo mal es la burrocracia. Eso y tener el horóscopo tatuado en el historial médico para lo que me quede de vida. Y ahora, si quieren, discutimos en un despacho lo de la incapacidad. Perdonen si me viene una arcada: es un efecto secundario de la quimio y del sistema; miren en el prospecto.

73. Podemos ser héroes, aunque sea por un día

Acabo la jornada del miércoles realmente cansado, pero esta vez no hay que buscar explicaciones en la oncología, en la física o en la química. Vengo de salvar al mundo desde una sala de cine metido en la piel del Capitán América. En la piel y en la camiseta licenciada por Marvel Comics, que a la guerra, ya lo dice el prota, siempre hay que ir de uniforme. Y aunque la quimioterapia y las demás putadas que me hacen para controlar al cáncer que me acampa en el cerebro son duras, no creáis que lo es menos ponerse durante dos horas en la piel de Steve Rogers, arreando mamporros con un escudo redondo a la edad pasada de Gerardo Fernández Albor.

Tanto me he metido en la trama que incluso me he mordido las uñas, que es un algoritmo que se me borró después de la craneotomía por causas que ningún científico me ha explicado. Hay quien piensa que en la palangana del quirófano, junto con una rebanada de cerebro y un astrocitoma anaplásico grado III, Allut y Prieto echaron también mi ansiedad. Han tenido que pasar 40 años y un cáncer para que mis propias uñas hayan dejado de interesarme como aperitivo ligero. Y viene un superhéroe ultracongelado para reprogramarme las neuronas. Espero que los efectos no duren, que ya me había acostumbrado a rascarme la espalda sin muñones.

Aparte de los efectos de subidón de la película, que he gozado con la tripulación del USS Alabama (@luipardo, @zapi, @joseprecedo, @jinetefugaz y @GermyPaul), puedo decir ya a estas alturas de la madrugada que el de hoy ha sido el mejor día de la segunda etapa química. La kriptonita citotóxica que me metí desde el martes hasta el sábado, ambos incluídos, me dejó la sangre, como diría mi amigo José Luis Alvite, “como a Urdangarín, del montón”. He tenido que refugiarme en las ofertas de Leroy Merlin para sobreponerme; el bricolaje y los apaños domésticos siempre han sido unas buenas contramedidas contra los bajones anímicos. Y han resultado ser un gran antídoto también contra la drogodependencia impuesta por la Seguridad Social. Cuando le pregunté al oncólogo que por qué había programado un descanso de 23 días entre cada ciclo de quimio me respondió: “Te van a hacer falta”. Va a ser que era verdad. Me quedan todavía otros cinco. He leído por ahí que hay incluso a quien le dan vacaciones terapéuticas de 28 días; será una cuestión de resistencia. Yo he tardado casi ocho en venirme arriba del todo, pero eso no quiere decir que mañana no acabe en el inframundo. Tranquilos, en cualquier caso; las películas en las que salen tipos que llevan el calzoncillo por encima del pijama siempre tienen secuelas. En la nueva versión del Capitán América muere tanta gente que en realidad no muere que he llegado a pensar en la resurrección de Chanquete; llamadme iluso.

Esta mañana me ha tocado de nuevo pasear mi parte de baja entre el ambulatorio y mis centros de trabajo que, como sabéis, son dos: el periódico y la Facultad, actividades completamente compatibles aunque haya quien crea, y no sin motivo, que la universidad y las empresas se dan cada vez menos la mano y más la espalda. Yo hago mi aportación para que se encuentren, lástima que el cáncer haya interrumpido temporalmente nuestro baile agarrado. No me hace gracia entregar en las dos secretarías, en la privada y en la pública, un papel que acredita al portador como poseedor de una “neoplasia maligna en el cerebro”. Espero que los de la mutua se lean este post, que si algo me aburre es responder a diagnósticos que conoce todo el mundo menos los de la mutua. Al Capitán América quería yo verlo toreando a la burrocracia española con el escudito. Seguro, además, que si va al centro de salud con la estrella en el pecho se creen que es de Resistencia Galega y llaman al 091.

No quiero acostarme sin compartir unos enlaces que me ha hecho llegar esta noche, mientras salvábamos al mundo de las cabezas con recidiva de Hydra, mi amigo José Menéndez Zapico (@zapi). El primero lleva hasta un reportaje que firmaron mis compañeros de La Vanguardia el 23 de diciembre del año pasado en la sección Vida con este titular: Un hospital cambia el suero de quimioterapia por suero de superhéroes. Lo hacen en el centro brasileño A.C. Camargo donde, como cuenta la información, “la agencia JWT ha convertido las tediosas sesiones de quimioterapia de los niños enfermos en una sesión de súper poderes”. Añaden que todo es cuestión de empaquetar de otra manera: tunear el medicamento de toda la vida con envases de súper fórmulas convenientemente etiquetadas con los símbolos de Batman, Superman, Linterna Verde o la Mujer Maravilla. Acojonante es poco. Y todo lo que inventen para subir la moral de la tropa, sobre todo de la tropa menuda, es acojonante aunque se quede en el intento. No dejéis de ver el vídeo que arranca con la frase que le da sentido a todo: “El primer paso en la lucha contra el cáncer es creer en la cura”.

Es @zapi el que me pone también sobre la pista de otra iniciativa enorme: la de los limpiacristales de un hospital infantil que se cuelgan del edificio con trajes de súper héroe. Veis la fotos [aquí]. Después de semejante despliegue de poderes, el vídeo musical no puede ser otro, aunque sea recurrente. Buenas noches. Mañana, si eso, viajamos un poco al pasado en la Vespa del tiempo y conocéis cosas de mi ciudad que los de las guías turísticas se callan. Tened cuidado ahí afuera.

72. No news, good news. Y suplemento dominical

Quién me iba a decir que el humidificador que compramos para los niños le iba venir bien ahora al padre de mis hijos. El sábado por la noche terminé el primer ciclo de droga dura de los seis que están programados, aunque no sin efectos secundarios. En los cinco días, a razón de 300 miligramos de Temodal por toma, ha habido de todo pero, sobre todo, cansancio y sequedad de mucosas, de ahí que mi gata se haya pasando la tarde observando cómo sale vapor de un aparato verde que está enchufado a la pared para que yo pueda respirar sin que se me acartonen las cañerías.

El cansancio aparece de repente, sobre todo por la tarde. Ya lo había notado antes, pero ahora se agudiza hasta el punto de que, en ocasiones, me flaquean las piernas igual que cuando ella se me apareció fuera de los sueños. Desde el martes hasta el sábado he tenido que parar varias veces, pero no han vuelto los vómitos. Como esta noche ya no tengo que meterme nada, y así hasta dentro de veintitrés días, el panorama cambia.

Solo hace tres jornadas que no escribo, así que tranquilidad. Lo digo porque ya solo me faltaba que, en mi situación, haya quien me riña por desaparecer. Acordaos de lo fina que es la línea que separa el cariño del control. Y recordad que tengo la esquela en el periódico pagada por convenio. Así que, hasta nueva orden, “no news, good news”. Y si no cojo el teléfono o no respondo a todos los mensajes no es nada personal.

Hoy he probado a engañar al cansancio cansándolo más. Como la primavera sigue siendo de fogueo me he dedicado a pasear a cubierto. Un tipo acatarrado que tiene los linfocitos bajos no debería exponerse demasiado. Me han advertido de que podría acabar ingresado antes por una neumonía que por complicaciones derivadas directamente del tumor. De ahí que me cubra.

Los de Santiago siempre acabamos paseando bajo la lluvia en Área Central, que es un centro comercial y residencial que ya tuvo momentos mejores, pero que lucha por sobrevivir dignamente con su calle acristalada de seiscientos metros. Las dieciséis vueltas de hoy dan como resultado 9,6 kilometros caminados que no están mal para un paciente oncológico que lleva encima 45 sesiones químicas y los efectos de otras treinta radiactivas. Hay gente sana que se mueve bastante menos.

Agradezco los comentarios y las preguntas que me llegan por todas las vías imaginables. Ya me gustaría tener respuesta o consuelo para todos, pero conviene no olvidar que lo que yo hago es improvisar sobre un pronóstico malo. Y lo que es bueno para mí no tiene que serlo necesariamente para otros. Yo nado hacia la orilla agarrado a un tronco. A veces le doy a los pies; otras me tumbo y me dejo llevar por la corriente. O me hago el muerto para descansar.

El viernes coincidí de nuevo en la plaza de abastos con Manolo Fernández Otero, mi carnicero, un tipo que ha visto al cáncer con las gafas de cerca, por eso nos entendemos tan bien. Además vive en Angrois, que es un sitio donde siembras unos repollos y te salen superhéroes. Me contó Manolo que el otro día le despachó unos bistés a mi neurocirujano, cliente y amigo, y que, antes de despedirlo, frunció el ceño y lo amenazó: “¡Ya lo puedes haber dejado perfecto, que es mi colega!”, le espetó. Me gusta imaginarme la escena con Manolo blandiendo un cuchillo sangrante y Prieto defendiéndose con un bisturí pequeñito. Y de la risa se me abre la cicatriz. Qué grandes tipos los dos, cada uno en sus armas.

Aunque ya es casi lunes quiero cumplir la reedición dominical de mis memorias periodísticas, ya no sanitarias, respondiendo a una petición de mi amigo José Ramón Mosquera, que me facilitó la fotografía que dio pie a este reportaje que publiqué en La Voz de Galicia el 19 de mayo del 2013. El gobierno municipal de Santiago de Compostela inauguró la semana pasada un parque infantil en la plaza de Galicia, un espacio que destrozó un alcalde de 1975. El regidor de entonces se cargó una joya arquitectónica para construir un aparcamiento subterráneo y se quedó tan ancho. Lo mejor del nuevo parque del siglo XXI es que la atracción principal para los chavales es un barco pirata en el que alguien ha sustituido la bandera con las dos tibias y la calavera por el escudo consistorial. Qué mala hostia ¿no? Qué propio para el momento informativo que nos ocupa, donde las páginas de política municipal y los sucesos se confunden. Está al caer el cliché Sucesos/Municipal.

Voy con el reportaje que abrió la serie de viajes en el tiempo a los mandos de mi Vespa 150 Sprint de 1966, recorridos que espero recuperar en cuanto la salud me deje. Por cierto, la restauración de la moto, con estas manitas, la conté hace ya ocho años en este otro blog, que lo mismo le puede interesar a alguien; hay gente para todo, incluso para el óxido. El reportaje está lleno de lugares, personajes y situaciones que entenderán mejor los de Santiago de toda la vida, pero aporta información creo que valiosa para todo el que se acerque a la capital de Galicia por el motivo que sea, ya sea para comer o para rezar. Mirad cómo era la plaza de Galicia y acercaos hoy o mañana para ver cómo es. Los culpables tienen nombre y apellidos; apuesto por inmortalizar las cagadas con placas de mármol, lo mismo que se inmortalizan las inauguraciones. “Esta plaza fue destrozadada siendo alcalde don fulano de tal”. Después, el minuto musical.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy cargarse esta joya que coronó, desde 1926 hasta 1975, la plaza de Galicia; pasen y lloren . Archivo de José Ramón Mosquera.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy cargarse esta joya que coronó, desde 1926 hasta 1975, la plaza de Galicia; pasen y lloren . Archivo de José Ramón Mosquera.

Salvajada en la plaza de Galicia

Después de 38 años, el mayor crimen urbanístico de la ciudad sigue impune

La Voz de Galicia, 19 de mayo de 2013

Nacho Mirás. Santiago

He descubierto una manera de viajar en el tiempo, pero no voy a profundizar en los detalles. He instalado en mi Vespa Sprint 150 de 1966 un auténtico condensador de fluzo comprado en e-Bay y así, a escarranchaperna, me muevo adelante y atrás solo para mirar; soy un voyeur espaciotemporal. Hoy, sin embargo, haré una excepción. Me voy echando leches al 8 de septiembre de 1975 a parar un crimen que se perpetrará ese día y en los siguientes: el derribo del edificio Castromil. He tenido que rectificar el condensador de fluzo para que, en lugar de funcionar cuando uno va a 140, lo haga a ochenta, que es lo más que da la moto. Y cuesta abajo.

Me llevo la foto que ilustra esta página, que me pasó mi amigo José Ramón Mosquera, amante de los autobuses y del pasado a partes iguales. Arranco de una patada y enfilo hacia la avenida de Lugo, donde me pondré a 80 para que la máquina del tiempo haga su trabajo y me lleve a 1975. Espero no encontrarme a mi madre de excursión paseando con un niño de cuatro años parecido a mí. La avenida de Lugo ya existe en el 75; si me metiera en el periférico o en la AP-9, acabaría roturando una leira. No hay tiempo que perder. Bajo por Rodríguez de Viguri, me salto todos los semáforos, acelero a fondo fondo con el objetivo de llegar a 80 en el cruce de Sar. Los árboles pasan veloces. Salta el radar. Me persigue la policía. Por fin, el condensador hace su magia, se produce un fogonazo y no veo nada. «¡Mamaaaá!». Al segundo vuelvo a ver y me dejo las zapatas frenando para no estamparme con un camión de gaseosas Espiña. Parece que estoy en la fecha adecuada: La carretera es poco más que una corredoira y llego sin problema al cruce del Hórreo. Ni rastro del túnel, voy bien. No llamo la atención; viajo en un vehículo de época. Hay dos soldados haciendo guardia delante del cuartel que un día será el Parlamento de Galicia. Si llego a venir diez años antes, el soldado igual era mi padre.

Casi estoy. Aparco a la derecha, a la altura del 41, sin problemas. Arriba viven las hermanas Domenech y Hors, que observan la maniobra desde el balcón.

Corro como un loco y me planto en lo que en el 2013 será plaza de Galicia, antes llamada plaza de García Prieto. He llegado a tiempo. El edificio Castromil está rodeado por una cinta. Un regimiento de obreros se dispone a echarlo abajo porque así lo ha decidido el ayuntamiento que preside Antonio Castro. Una alcaldada. Varias personas le gritan a los obreros. Llevan carteles. «¡Criminales!». «¡Parad!». «¡Pesará sobre vuestras conciencias!». No tardo nada en ponerme del lado de los del escrache. Los grises rondan. ¡Anda! ese es el arquitecto Carlos Almuiña con 38 años menos. Ramón Castromil llora.

Almuiña, desolado

Almuiña está que trina. Me da una fotocopia y me dice que estamos a punto de presenciar el mayor crimen urbanístico de la historia de Santiago. No es un visionario: es un tipo que tiene los dos dedos de frente que le faltan al consistorio. Me sumo al griterío sin dejar de leer la fotocopia: «El edificio Castromil, antes café Quiqui-Bar, se sitúa en la plaza de García Prieto, entre la calle del Hórreo y la calle Entrecarreterras. Sus promotores fueron Manuel Ramallo Gómez y Ángel Gontán Sánchez». «¡Ramallo! -me digo- el mismo del Café Español!». La cosa se pone fea. Llega más gente, más obreros y más policías. Ese de ahí es el jefe Carril. Menos mal que tiene fama de buena persona. Pero también hay grises, y esos me gustan menos. Una excavadora Caterpillar 235 está a punto de largarle el primer zambombazo a la estructura. ¡No! Me vienen a la cabeza Rafael González Villar, el arquitecto que lo proyectó en 1922, y Antonio Alfonso Viana, que coordinó la obra en el 26. «¡González Villar ha sido, sin duda, uno de los mejores arquitectos gallegos de origen coruñés, no se le puede hacer esto a su memoria!», me dice, indignado, Almuiña. A mi lado, una señora me llora en el hombro y me lo pone perdido de mocos: «¡Ai, neniño, cincuenta anos collendo aquí o coche de línea e agora bótanno abaixo!». Tranquila, señora, que esto lo paramos.

Me consta que el Colegio de Arquitectos se mojó desde que, en 1974, el Ayuntamiento expropió el inmueble modernista, precioso, para construir un aparcamiento. Pidieron hasta la extenuación que fuera declarado monumento histórico artístico, pero ganó la Corporación en nombre de un progreso equivocado. No lo soporto. Voy a dar un paso más: me salto la línea de seguridad y me subo a la excavadora.

Crónica de un fracaso

«¡Bájese de ahí, majadero!», me grita Carril. «¡Ni de coña! ¡Si tiran esto se arrepentirán los próximos 38 años, lo sé bien!». La gente me jalea. Me crezco. «¡No pasarán!». Los obreros paran y fuman. Me enciendo tanto que no veo a dos fulanos que suben por detrás, se me echan encima y me ponen una camisa de fuerza. «¡No me toquen, desgraciados, que vengo del futuro!». «Sí, y yo soy Juan XXIII». Noto un pinchazo. Caigo. Despierto en el psiquiátrico de Conxo. «Soy el doctor Seoane, ¿cómo se encuentra?». «¡Ostras, el del grupo Milladoiro!», me digo. Enseguida me centro. «Bien, doctor, yo solo quería que no tiraran el edificio. Pero estoy bien. Y usted grabará muchos discos». «¿Usted cree? Pues sepa que han dejado un bonito solar allá arriba». Lloro. Espero que no me hayan robado la moto.

Dentro música. After de lights go out. Los hermanos Walker, de la banda sonora de Enemy.

71. Bola extra en morse

Mientras espero la media hora de reloj que tiene que pasar entre el Ondansetrón antivomitivo y los trescientos miligramos de Temodal, se me acaba de ocurrir rescatar de ese baúl de los recuerdos que gestiona mi padre desde su archivo secreto del garaje el reportaje que le dediqué a Manuel López cuando se jubiló como el funcionario de Correos más veterano de España. Manolo todavía entiende morse de oído. Me he acordado de él después de recuperar la cobertura del móvil al salir del Dado Dadá de Santiago y empezar a recibir la correspondencia atrasada de dos horas: la de Dios. Pero reírse con Carlos Blanco acompañado de buenos amigos como mi consuegro Jorge Ribó o Gonzalo Cortizo en el local de Carmen Eixo bien vale estar apagado o fuera de cobertura. Voy con Manolo mientras me preparo el gintónic de Temozolomida bañado con agua de la traída on the rocks en copa ancha. Un día hasta le pongo enebro para decorar. A ver si no me da tanta resaca como el de ayer, que me arruinó la mañana y me hizo entender la literalidad de la frase “hacer de tripas corazón”. Al final del post, el minuto musical de rigor para los que prefieren las putadas del mundo real a la ficción televisada y que hurgan a deshora en las memorias sanitarias de este tipo que lleva un huevo Kinder instalado de serie. Buenas noches.

Manuel López, una historia con punto… y raya

Se jubila el funcionario de Correos más veterano de España

La Voz de Galicia, 13 de mayo de 2013

Nacho Mirás. Santiago

“Juanita. Un niño. Todo bien. 3,600. Besos. Mamá». «Llego mañana exprés. Espérame estación». «Te quiero, mi vida. Sufro. Mariano» «Yo bien. Todos bien. Mandadme cien». Bien mirado, tampoco hay tanta diferencia entre los telegramas que acaba de leer y un WhatsApp cualquiera. La de historias que se han contado por telegrama, primero en morse, luego a través de teletipo… Manuel López Méndez (Sarria, 1944) dice con la autoridad que da ser el funcionario de Correos más veterano de España que hoy, sin embargo, un telegrama no deja de ser «un correo electrónico con entrega domiciliaria». Pero cuando Manolo era Manolito y empezó, con catorce años y de pantalón corto, a repartir telegramas en bicicleta, aquella forma de comunicación seguía siendo tecnología punta.

Hoy, el que más y el que menos sabemos que Samuel Morse fue un inventor norteamericano que contribuyó, con Joseph Henry, a la invención del telégrafo y al código de puntos y rayas que lleva su apellido. Pero solo con que se fije un poquito, solo un poquito, encontrará a su alrededor más morse de lo que se cree. Verá cómo, después de leer esto que le cuento, hoy escuchará los partidos en la radio con otro interés. ¿Sabía que cuando cantan un gol y se oyen de fondo unos pitos frenéticos, lo que suena es una palabra? Lo es: «Gol», pero traducida al código de don Samuel Finley Breese Morse: «–. — .-..».

Todavía hay más. Si en casa alguien tiene un móvil Nokia, es muy posible que, cuando reciba un SMS, la terminal le avise con unos pitos. Morse también, exactamente las siglas de Short Message Service (SMS), pero en versión pitada: «… — …».

Manolo López se jubilará esta semana, después de toda una vida dedicada comunicar a la gente, buena parte desde Santiago. Y con él se lleva una habilidad que cada vez es menos común: entender morse de oído. «Con la práctica -cuenta- el oído se te va haciendo a la musiquilla de cada letra y, por extensión, de cada palabra». Justo después de eso muestra el dedo con el que telegrafiaba y dice: «Llegué a tener callo».

En Compostela aterrizó en 1965, con 21 años, pero llevaba desde los catorce entregado a la causa de transmitir la vida de los demás. «En la oficina -dice- había tres días especialmente intensos, con colas kilométricas para poner telegramas: el 13 de febrero, víspera del día de los enamorados; el 18 de marzo, justo antes de San José (el nombre más común); y el San Manuel. Con semejante cantidad de trabajo, en Telégrafos no tenían más remedio que hacer copias de los telegramas en Santiago y mandarlos a Madrid por avión, tal era la cantidad de felicitaciones. Manolo apela a la ética profesional de este que escribe y deja a mi criterio que cuente o calle ciertos «pecados» que tenían como intermediario al telégrafo. «Decimos el pecado, no el pecador ¿de acuerdo?». Levanta una ceja.

El funcionario cuenta que era habitual que, cuando se celebraba la fiesta del pueblo y alguien tenía un hijo en la mili, de repente enfermasen muchos familiares de los quintos. «Eran mensajes tipo Tu padre enfermo. Ven a verlo. Pide permiso urgente». Eso conllevaba que el jefe del cuerpo en el que estaba destinado el quinto pidiese informes sobre la veracidad de la dolencia a la Guardia Civil. Nada que no arreglara una caja de puros.

Cuando Manolo era Manolito, Correos no era un todo. ¡La de tiempo que faltaba todavía para que mandara en la casa Alberto Núñez Feijoo! Había entonces dos subdirecciones que dependían de una misma dirección general: Telecomunicaciones por una parte; y Correos, por la otra. «Incluso teníamos cuentas de explotación separadas», precisa López, que se hizo mayor en la parte de las telecomunicaciones y llegó a lo más alto en la empresa.

Al veterano funcionario se le dispara la nostalgia cuando recuerda que, al llegar a Santiago, vivió con un compañero en una pensión de la plaza de Rodrigo de Padrón, frente al cuartel de la Guardia Civil (hoy comisaría de policía). «El telegrafista -cuenta – se pasaba la vida transmitiendo por morse y nosotros, desde la habitación, intentando interceptar las comunicaciones de oreja. Pero muchos telegramas eran cifrados, con bloques de cinco números, y aquello era un coñazo impresionante de transmitir».

Ahorrando palabras

Ahora, cuando uno pone un telegrama le cobran por bloques de palabras. Se hace mucho, por ejemplo, para dar pésames, sobre todo si uno no tiene suficiente confianza con la familia del finado como para descolgar el teléfono. Pero en aquellos tiempos se pagaba por palabra, y eso generaba también alguna situación rocambolesca.

Manolo recuerda un episodio en Muros de San Pedro. En plenas fiestas acudió a la oficina un quinto de permiso, acompañado por un amigo, con la intención de mandar un telegrama trapalleiro al cuartel para que le prorrogasen la libranza. «¡A ver, que poñemos!», le preguntaba el amigo. «Pon… pon… xa sei: Mi padre sigue enfermo. Ruego prórroga permiso». Cuando Manolo se disponía a telegrafiar, el quinto rectificó: «¡Non, que hai que aforrar palabras! Pon así: Padre inmejorable. Ruego prórroga permiso».

López se toma unas merecidas vacaciones indefinidas, que 54 años escuchando las conversaciones de los demás es toda una vida. Para acabar, ¿le apetece un reto? Busque un conversor y traduzca esto: «-.. .. … ..-. .-. ..- – . / –.- ..- . / .-.. .- / …- .. -.. .- / . … / -.-. — .-. – .- ». Manolo lo haría de oído.

Y para los que todavía escribís-escribimos cartas de amor -este blog no es más que una larguísima carta de amor por entregas-, que cante el único Rey verdadero. Love Letters straight from your heart... Cantad bajito, que mis hijos duermen. Si el pequeño se despierta no lo dudéis: se os meterá en la cama y os pedirá el desayuno, así sean las tres de la madrugada.

70. Superhéroe achatarrado

Todavía estoy resucitando después de la ingesta venenosa de ayer. Ya sabéis, el martes por la noche arrancaban los seis ciclos de quimio programados, con cinco días de medicación y 23 de descanso. Así lo ha diseñado mi oncólogo, que ayer por la mañana bendijo con un apretón de manos los resultados de la analítica. Que un oncólogo, que no tiene ningún interés en venderte un coche, te choque esos cinco siempre es una buena señal. “Tiene los linfocitos bajos, pero eso ya está contemplado en el tratamiento”, añadió antes de cargarme en la tarjeta sanitaria, de propina, un comprimido de Trimetoprima/Sulfametoxazol (160 mg/800 mg) que se vende con el nombre comercial Septrin Forte. Un antibiótico en esperanto, vaya. Carlos Blanco, amigo, igual ya lo tienes, pero con un monólogo sobre la industria farmacéutica y sus marcas registradas nos escarallamos todos y si nos morimos, al menos que sea de risa. Completé la jornada hospitalaria del martes -había pleno en oncología- con algo de papeleo y la sonrisa perenne del personal de Farmacia, que te droga por un lado y te anima en la misma receta. Son mis camellos del buen rollo.

Por la noche, acojonado como la primera vez, la andanada de Temodal, 300 miligramos todos para mí, fue un hostión de kriptonita por toda la escuadra. Ya no dormí bien, pero desperté peor. La ración doble de Ondansetrón bloqueó las náuseas de la toma a las 23.30, pero a las seis de la mañana no tenía muy claro si forrarme la cabeza con una bolsa del Gadis o intentar dormir directamente con la cabeza encajada en el váter. Perdonad la claridad de la imagen, pero en esta guerra, lo mismo que das, a veces recibes.

Por primera vez en todo el tratamiento me he sentido realmente mal. Influyó el error de dejarse la calefacción encendida por la noche, con el consecuente reseco de mucosas, atascamiento… Si le sumamos la contractura que llevo de serie, con inicio detrás de una oreja y remate en la cacha derecha, el resultado es un superhéroe caído por el que ni siquiera pagarían la ayuda del plan Pive. Una chatarra calva.

¡Tranquilos! Con las horas me ido viniendo arriba, he comido bien y ya solo me dan ganas de vomitar algunos titulares de los periódicos. He resucitado y en cuanto Patricia, mi fisio, me administre el antídoto digital, volveré a ser el mismo de anteayer y sacaré pecho para desfacer entuertos. Hoy voy con un minuto musical repetido, pero es que la realidad lo impone. Seguimos informando.

69. La muerte siempre puede esperar

Tengo tal empacho de hagiografías de Adolfo Suárez que temo que en cualquier momento aparezca una señora de Ávila atribuyéndole una curación milagrosa y arranque el imparable proceso de beatificación. Ni le quito ni le pongo méritos al difunto que pudo prometer y prometió y pudo dimitir y dimitió, a lo que hizo o a lo que dejó de hacer, pero la cobertura mediática del óbito, incluso la anticipación del óbito mismo, dan para una gran reflexión acerca de la sobreinformación y el exceso. Si se le pueden poner grados al luto, vaya por delante que me ha tocado más en lo hondo la muerte de Iñaki Azkuna, el alcalde de Bilbao, más que nada porque jugaba conmigo en la liga de la oncología y le llamaba al cáncer con sus seis letras. Me he hartado en los últimos días de escuchar tapadillos diferentes para referirse al Alzheimer de Suárez, incluidas la “larga enfermedad” y el “complicado proceso neurodegenerativo”; flaco favor para otros enfermos. ¿Seguro que a un tipo tan sencillo le gustaría semejante cobertura mediática? Menos es más.

Llevo cuatro días sin escribir y no falta incluso quien me riña. Hay que recordar que esto es un blog terapéutico en el que un enfermo de cáncer cuenta su batalla y la comparte con los demás. Pero no son unos deberes. Agradezco el interés y no sobra la mano de obra, pero el ritmo lo marcamos Casiano, yo y los acontecimientos.

En el capítulo anterior di cuenta del premio especial de la montaña que me llevo al conseguir que, después de treinta sesiones de radioterapia y otras cuarenta de química venenosa, el astrocitoma anaplásico grado III siga ausente. La posibilidad de que tengan que abrirme otra vez la cabeza no es menor. Y la recidiva es toda. Ahora se trata de complicarle las cosas al invasor hasta el punto de que se manifieste lo más tarde posible. Como la primera fase física y química ha ido bien, este martes vamos con la segunda.

Esta misma noche empezaré los ciclos con la Temozolomida, en dosis más altas, con la siguiente frecuencia: cinco días de drogas duras, 23 de descanso. Y así, en principio, seis meses. Yo pongo todo de mi parte para responder bien al tratamiento, pero también lo hago para que me toque la lotería y no me toca. Agradezco que me hagáis llegar novedades sobre los avances en oncología. Como la de los investigadores suecos del Instituto Karolinska, empeñados en cargarse al tumor cerebral más agresivo, el glioblastoma -mi Casiano es un glioma con aspiraciones a glioblastoma- con un matarratas que se llama Vacquinol-1.  O ese ensayo de la Clínica Universitaria de Navarra que apuesta por atacar los tumores con virus. Si algo tengo claro es que cada año que gano de vida es un año de investigación, en Suecia o en A Choupana.

Supongo que con la cantidad de cosas que me tengo que hacer mañana en el hospital llenaré el porrón de las historias para seguir informando en tiempo real de mis episodios sanitarios nacionales. Me voy a la cama después de una breve incursión navarra que improvisamos en familia y salió bien y os dejo un proverbio chino que me prestó hoy mi amigo César Casal, que es un tipo que escribe columnas medicinales que se leen sin receta: Nadie es demasiado mayor porque siempre puede vivir un año más; y nadie es demasiado joven porque podría morir esta noche.

No, yo no conocí personalmente a Adolfo Suárez. Pero lo más parecido que me tocó cubrir fue el entierro de Manuel Fraga Iribarne, una crónica que encabecé para La Voz de Galicia al más puro estilo Monterroso y coló. Así que me voy al archivo secreto de mi padre, lo busco y os lo pongo. Lo mejor de los entierros siempre es que no sean el tuyo. Buenas noches.

Fraga, puntual hasta en el adiós

Cientos de personas despidieron al expresidente de la Xunta en San Pedro de Perbres

Publicado en La Voz de Galicia el 18 de enero de 2012

Nacho Mirás. Perbes

Cuando el cardenal Rouco llegó a Perbes para enterrar a Fraga, Fraga ya estaba allí. La comitiva fúnebre que partió de Madrid poco antes de las diez de la mañana alcanzó el cementerio parroquial a las cinco menos veinte, con cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto (16.45) en el protocolo. «Aí o tes: Xenio e figura», decía alguien entre dientes.

Colocados como un regimiento de cariátides sobre un muro de contención que tiene vistas directas al camposanto, cuarenta músicos de la Real Banda de Gaitas de la Deputación de Ourense recibieron al expresidente de la Xunta con el Himno do Antergo Reino de Galicia. En el plano inferior, dirigía la partitura Xosé Luis Foxo. Los nietos de Fraga sacaron el ataúd del abuelo del coche fúnebre, alguien colocó una bandera de Galicia sobre la caja y don Manuel entró en la pequeña iglesia dedicada a San Pedro pasando revista ante el respeto de la mayor concentración de políticos y autoridades que jamás haya llegado a Perbes: desde José María Aznar y su esposa, Ana Botella, a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; los ministros Alberto Ruiz Gallardón, Ana Mato y Ana Pastor; o los presidentes de Galicia, Castilla-La Mancha y Asturias, Alberto Núñez Feijoo, Dolores de Cospedal y Francisco Álvarez Cascos, respectivamente, entre otros.

El féretro llegó con la bandera gallega y se le añadió la española

El funeral de cuerpo presente, al que solo asistieron la familia y las principales autoridades por lo escaso del aforo, duró alrededor de una hora. Y por fin salió de nuevo el ataúd con los restos de Fraga, cubierto esta vez por dos banderas: la de Galicia y la de España. La segunda la trajeron con retraso, pero España llegó a tiempo. Cientos de personas se apretujaban en el exterior para despedir al político, al amigo, al vecino; a don Manuel. No se oía otro nombre.

Sobrecogía la imagen de una de las hijas de Fraga, Adriana, tocada por una mantilla negra mientras caminaba triste con un cirio blanco en la mano. Vibraron entonces los punteiros tumbales de la Real Banda con el Himno Galego. Y Rouco bendijo por última vez el féretro de Fraga, antes de que sus nietos auparan al padre de sus padres a la cuarta altura del panteón familiar, sobre los restos de la abuela Carmen, que murió en 1996. Allí descansa para siempre quien fuera presidente de Galicia durante dieciséis años, en un nicho forrado de granito negro, junto a la familia Dopico Díaz. «¡Viva Galicia! ¡Viva España!», gritó alguien. La respuesta fue más discreta de lo que cabría esperar. En el cementerio de Perbes olía a hierba recién cortada, a mar. Y aún se escuchó un último viva, salido de la garganta desgarrada de una mujer que seguía el entierro desde una finca alta: «¡Viva don Manuel!». «Eso iba a decir yo», se lamentaba un vecino que tampoco anduvo ligero en la despedida de quien hizo de la puntualidad una seña de identidad. Entre los muchos ramos que llegaron llamaba la atención uno, por lejano: el que envió el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas.

«Se quiso despedir como un gallego más al lado de su casa y con su mujer»

Alberto Núñez Feijoo

«Nos hemos convertido todos en deudores de su obra, por eso hemos venido aquí »

Francisco Álvarez-Cascos

«Manuel Fraga foi un home que desparramou o seu gran corazón por España enteira»

Jesús Pérez Varela

El minuto musical va dedicado a los que suben la escalera -o la bajan- para no volver. Aunque esté en inglés, a mí me valdría para despedirme. Pero tranquilos, presidentes, no me esperen levantados, que tengo lío; ya iré llegando. The Parting Glass.

68. Rabudo 2 Casiano 0

Breaking news: Todo en orden. Ni rastro del enemigo que, de momento, se caga ante la física y la química. Tengo el solar temporal derecho saneado y limpito, listo para iniciar la segunda fase química en unos días. Hoy hay motivos para estar contentos. Echémonos a los bares. Gracias, seguiremos informando, que la batalla está ganada, pero la guerra sigue.

67. Acojone semestral. Hoy toca.

Ya sé que voy a tener que acostumbrarme al acojone que me invadirá, de por vida, como hoy me invade, cada vez que me toque pasar por la resonancia magnética de control. Fue tan gráfico el radioterapeuta con aquello de que “en seis meses se le puede abrir una coliflor en el cerebro” que no puedo evitar pensar en que mi cabeza es una olla exprés con temporizador en la que se cocina el plato del día. Eso no quiere decir que me derrumbe, qué va, simplemente es inquietud, no vaya a ser que se me queme el menú y acabemos almorzando en el Burger King. Hoy estoy así, un poco como un flan sísmico con epicentro entre el estómago y los congojos. Ayer tocó resonancia y hasta que el doctor Allut le dé a mis neuronas la bendición urbi et orbi, el miedo es libre.

Antes de profundizar en los hechos magnéticos de ayer por la tarde, hagamos justicia. Me golpeo el pecho con la mano derecha por haber llamado radiólogos a los “especialistas en oncología radioterápica”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. A mí también me molesta cuando llegamos los periodistas a un sitio y nos llaman “paparazzi”. Asumo mi culpa, pero estaréis conmigo, doctores, en que, en general, en el terreno esdrújulo de la medicina, la física y la química la comunicación con el mundo exterior es mejorable. Hace tiempo que los de Periodismo impartimos en Derecho una asignatura que se llama “Técnicas de comunicación oral y escrita aplicadas al Derecho”. ¿Nos ponemos con unas técnicas de comunicación oral y escrita aplicadas a la Medicina? Señores decanos, pueden darle una vuelta; la humanidad que no habla esperanto se lo agradecería. Pacientes, familiares…

Ahí va un ejemplo de mi propio informe del servicio de radioterapia, al que adoro aunque en sus despachos se hable marciano reintegrado: “En el polo anteroinferior del lóbulo temporal derecho se observa engrosamiento de la corteza cerebral que en secuencias T2 y Flair tiene un comportamiento discretamente hiperintenso y es isointenso en secuencia T1“. Si ya sabía yo que el T2 y el Flair estaban en la pomada… Que el índice de proliferación de mi astrocitoma anaplásico grado III es alto lo entiendo sin diccionario.

Hoy escribo desde el Tosta e Tostiña de la Avenida de A Coruña, uno de esos sitios en los que, si te dejas llevar, te quedas a vivir y acabas apagando la luz. Voy pues con lo de ayer. Después de la sesión de despachos de la mañana tuve que guardar ayuno las seis horas siguientes. Como nadie te explica los motivos supongo que es una medida cautelar para que no acabes echando la pastilla en el Magnetom Siemens. No he comentado la sensación de respeto que volví a sentir al cruzar de nuevo, después de tantos días de relax, la puerta principal del Hospital Clínico Universtiario de Santiago. Con tanto apoyo y estando de una pieza es fácil que te olvides de que tienes cáncer. Pero él no se olvida de ti, el muy hijo de puta. De eso se trata, de convivir para sobrevivir.

Agradecí mucho que otros usuarios avanzados de la sanidad pública se me acercasen para saludar. Como Virginia Rodríguez, una colombostelana (nació en Colombia pero lleva 18 años en Santiago), que me dio unos besos terapéuticos y me confesó que no se va tranquila a la cama hasta que no doy señales de vida en el blog. Con tanta compañía vamos a acabar haciendo una fiesta de pijamas en el multiusos Fontes de Sar, ya veréis. Gracias por tu cariño y por el de tantos que se manifiestan justo cuando hace falta.

De nuevo penetré a las seis de la tarde en las entrañas de esa ballena alemana que es el Magnetom de Siemens en posición decúbito supino. Por cierto, después de las treinta sesiones de radioterapia en la Primus, también de Siemens, y de varias resonancias magnéticas y otras putadas en otros tantos aparatos de la marca, si me quieren llevar a Alemania para conocer sus instalaciones ¡iré encantado! Ustedes me prolongan la vida y me lavan los platos en casa, no sería malo que intimáramos más.

El caso es que Moby Dick me tragó, me administró su sesión de música trance y me regurgitó como a una sobra con camisón de usar y tirar. Y de esa coreografía sexual salió la imagen que en breve comentaremos en el despacho de uno de los hombres de mi vida. Los neurocirujanos Alfredo García Allut y Ángel Prieto han metido sus manos en lugares nunca antes explorados, son ya de casa. Cuando me extirparon un trozo del lóbulo temporal derecho del cerebro con su tumor maligno dentro decidí bautizar al solar que dejaron como “plaza de los doctores Prieto y Allut. O Allut y Prieto (no creo que el orden de los factores altere el producto). Recordad que hay muchos descerebrados por ahí, pero yo soy un descerebrado con papeles y una plaza dedicada en medio del tarro. Si hoy me confirman que el solar está saneado, igual me dejo una pasta en marisco.

No me marcho sin recuperar un texto sanitario de esos que me hacen volver a los tiempos cercanos en los que contaba las historias de los demás y no la mía propia. Nos subimos a la Vespa del tiempo acompañados por mi compañero y amigo Joel Gómez para presenciar el desalojo del Hospital Real de Santiago -hoy Hostal de los Reyes Católicos- el 31 de agosto de 1953. Poneos cómodos, que veréis cosas que no creeríais. Al final, el minuto musical. Gracias, y me repito, porque con vuestro apoyo estáis consiguiendo que viva el mejor peor momento de mi vida.

Desahucio en el Hospital Real

La Voz de Galicia, 1 de julio de 2013

Nacho Mirás / Joel Gómez. Santiago

Lunes, 31 de agosto de 1953. Llevan semanas trasladando a todo el mundo al nuevo hospital de Galeras. Es el no va más, dicen. Me he ido escaqueando, pero el doctor Puente Domínguez, hijo del doctor Puente Castro, me dio ayer un ultimátum: «Amigo, hay que irse, que aquí ya no pintamos nada». Es buena gente don José Luis.

El edificio tiene eco. Se han llevado los muebles, las camas, a los enfermos… Quedamos el gato y yo. «¡Mueva eso con cuidado y cárguelo en el camión de la Diputación, merluzo!». Mientras el decano de Medicina, Pedro Pena, manda y ordena, me voy a dar una última vuelta. Franco ha decidido que esto va a ser un hotelazo, el mejor de Europa, y ese no se anda con chiquitas.

Encima de una caja de vendas hay un ejemplar de La Noche de anteayer. «Para el año santo tendremos el mejor parador de Europa», dice en portada. Leo que unos 2.000 obreros, «en ocho meses de trabajo intensivo» convertirán el Hospital Real en la Hospedería del Peregrino. ¿Hospedería? No lo veo. ¿No sería mejor algo más potente, como Hostal de los Reyes Católicos? ¡No la cague en el nombre, generalísimo!

Me pierdo por el edificio, que aún huele a cataplasma y a cloroformo. Un morbo insano me hace ir primero a la morgue, donde todas las plazas están vacantes. Tendría su gracia hacer aquí un restaurante y llamarlo Restaurante dos Reis. Me parto.

Me puede la sangre. No me pregunten cómo, acabo en la sala de autopsias. ¡La de gente que ha entrado aquí de una pieza y ha salido desmontada! Qué ideas se me ocurren: estaba pensando en abrir en este sitio otro restaurante y llamarlo, por ejemplo… Restaurante Enxebre; soy un adelantado a mi tiempo. Mejor vuelvo con los vivos, que tengo palpitaciones. Me planto en el vestíbulo. A la izquierda esta la enfermería de San José, pero hasta el siglo XIX esto era la peregrinería de hombres. Aquí siempre han convivido muy bien la sanidad, la beneficencia y la peregrinación. Voy hacia el refectorio de peregrinos. ¿Y si pusieran ahí una cafetería con sus camareros con chaquetilla? Valeeee, solo era una sugerencia.

Detrás del refectorio ya han desmantelado la cocina de los peregrinos. Apuesto a que con la reforma se cargan la lareira. Y ya no hay nada tampoco ni en la botica ni en la rebotica. Qué bien le quedaría llamar a esta zona Salón San Marcos y darle glamour. Lástima de huerta, con sus casi doscientas plantas medicinales: saúco, malvas, artemisas, adormideras…

Estoy pensando que allá, en la enfermería de Santa Ana, pondría un comedor potente. Ya está: El Salón Real. ¡Viva el Rey! (si me oyen, me destierran a Fuerteventura). Evito pasar por lo que fue hasta 1846 la inclusa, conectada a la plaza de España por una pequeña puerta. Me perturba pensar en la cantidad de madres que han dejado ahí una parte de sus vidas y de sus entrañas. Podrían poner una sala de lectura, por ejemplo, para meditar. En el paritorio, subiendo las escaleras de Belén, ya no llora nadie. Me ha dicho Puente que el último niño nació hace unos meses. Yo ahí dividiría y haría habitaciones. Hay dos inscripciones que me dan repelús: El Observatorio de Agonizados y el Depósito de Sanguijuelas. La acústica del observatorio es increíble. Si un día lo descubre Andrés Segovia seguro que querrá venir aquí a tocar la guitarra. Tengo la corazonada de que mis propuestas serán oídas.

-¿Todavía por ahí, hombre de Dios? ¡Hay que irse!

-Estaba buscando la salida y me he liado, don José Luis. Que pase un buen día. Y perdone.

José Peña, pediatra: “Había mucha prisa por hacer el parador”

Los niños fueron los primeros en ser trasladados desde el Hospital Real al nuevo de la rúa Galeras, entonces conocido como Residencia de la Seguridad Social, sostiene José Peña, quien ya ejercía como pediatra del centro: «Recuerdo que fue en verano. Vino un camión de la Diputación, que transportaba todo, e hice mucha amistad con el chófer. Fuimos incluso juntos algún día festivo a la playa, porque estábamos en la misma pensión. Había mucha prisa para construir el parador: la obra del Hostal se hizo con 3 turnos de trabajo, las 24 horas, para acelerarla y que estuviese dispuesto en el Año Santo para acoger peregrinos», afirma. Peña había acabado Medicina en 1950. Entonces no había especialidades como ahora. La carrera duraba siete años y finalizaba con un curso rotatorio con prácticas en varios departamentos. «Estaba el catedrático Suárez Perdiguero al frente de la pediatría y acordamos que yo siguiese con él», afirma. Peña elaboró un trabajo sobre aquella etapa, presentado en el último congreso de la Sociedad Española de Pediatría y editado este mes por la entidad científica. Este texto memora la transformación que experimentó la asistencia pediátrica en los últimos años del Hospital Real, donde los pacientes procedían del llamado padrón de beneficencia, la Diputación pagaba su alimentación y el Ministerio de Educación su medicación. Suárez Perdiguero logró dinero para cambiar el viejo piso de madera; separó enfermos contagiosos del resto; amplió habitaciones y creó nuevos servicios como el área de radiología pediátrica. De sus colegas de entonces, cita como otro aún vivo «al doctor Gallego».

Vamos con la música. Bowie me acompaña en el iPhone cada vez que tengo que meterme en un aparato. Tócala otra vez, Sam. Podemos ser héroes, aunque solo sea por un día.

66. Viaje en torno de mi cráneo y otros. Rock duro.

Ya me perdonarán mañana en el colegio, pero hay una explicación para que los niños lleguen a clase oliendo a empanada. El pequeño tosía algo y, en una combinación maestra entre la química industrial del Flutox y la medicina del supermercado, hemos dejado en la habitación una cebolla cortada a trozos; pocas cosas resultan mejor contra la tos rebelde. El único efecto secundario es el olor, que no se va aunque te duches con Mistol.

Acabo de llegar de una partida memorable de futbolín terapéutico en nuestro Wembley particular que es el Volga y tengo que acostarme enseguida, que mañana me conectan de nuevo a la máquina de la verdad para hacerle a Casiano unas fotos de carné. No puedo olvidarme de una cosa todavía más importante: “Papá -me dijo Ane- mañana no te puedes levantar antes que nosotros”. Tengo pues que hacer como que no sé que me van a traer el desayuno a la cama para celebrar que soy su padre. Y cada año, desde que me hicieran el primer dibujo con lentejas, lo gozo igual que si me dieran el premio Ortega y Gasset en pijama. Mis hijos son los mejores personajes de mis mejores obras incompletas.

Ayer, en uno de esos paseos que me están dejando las suelas para recauchutar, di en la calle Alfredo Brañas de Santiago con mi amigo Henrique Alvarellos, hoy editor y en otro tiempo compañero de prácticas periodísticas en los veranos interminables de La Voz de Galicia.

-¿Conoces el “Viaje en torno de mi cráneo” de Frigyes Karinthy?

-Ni idea.

-Karinthy, que era un afamado novelista y periodista húngaro, se diagnosticó a sí mismo un tumor cerebral en 1936. Y decidió contarlo en un libro, algo parecido a lo que estás haciendo tú.

Lo bueno de tener amigos editores es que incluso cuando te los tropiezas en la calle te amplían la bibliografía y acabas alquilando una furgoneta para ir a Ikea a buscar más estanterías Billy. No tenía ni idea de Karinthy y mucho menos de su tumor público. Pero me he mirado la reseña que hacen en el blog El niño vampiro lee, y a la que llegáis aquí, y ya estoy entusiasmado con tener un hermano húngaro de enfermedad y terapia. “El proceso de su ingreso e intervención, que constituyen el eje de esta obra, se convirtieron en asunto de interés nacional, seguido minuto a minuto por la prensa”, cuenta El niño vampiro. Casi os ahorro el bajón de saber que Karinthy palmó dos años después de que lo operaran. Olvidad esta frase. Claro que eso fue en el 36; algo habrá avanzado la medicina, Frigyes, ya siento que no nacieras más tarde. Lo bien que nos lo pasaríamos leyéndonos las enfermedades el uno al otro.

Me gustó eso que escribiste, querido hermano de cáncer, de “tengo un tumor muy bien desarrollado para usted, querido doctor, si le interesa… Se trata de un ejemplar magnífico, digno de un especalista y coleccionista como usted. Se lo dejaría a muy buen precio”. A mí me da la risa al pensar que el mío lo guardan en un congelador de la Seguridad Social junto a las croquetas de la madre de un técnico de laboratorio. Gracias, Alvarellos, por encontrar a mi sosias de 1936 y regalarme un billete a su cráneo.

Para completar este día del padre (aunque nos hagamos los tontos porque los niños nos traen el desayuno a la cama, todos sabemos que San José usurpa un esfuerzo que le corresponde al Espíritu Santo), hoy me han entrevistado en la Cope Santiago y he compartido almuerzo y tertulia con los residentes del colegio mayor La Estila. Ya he dicho que, mientras no me cueste dinero, voy allá a donde me llamen. Al menos mientras siga en vertical. Por si no era bastante, el Diario de Morón, que es una publicación comarcal de Morón de la Frontera, va y me dedica un artículo de opinión firmado por Marcos Martínez (@gallo_moron) con tanto corazón que solo se me ocurre agradecérselo plantándome en Morón a la que tenga ocasión.

Antes de pasar por delante de la habitación donde duermen mis hijos encebollados voy a dejar para la hemeroteca dos crónicas musicales, un género que de vez en cuando me gusta cultivar. La primera, dedicada a mi primo Carlos Mirás -que me inició en la música del mal en su piso de la calle Cataluña de Vigo- nos lleva al concierto que dio Barón Rojo en Cambre el 14 de agosto del 2010. Y la segunda también a Cambre, dos años después, pero esta vez ante otra banda de culto: Status Quo. Yo estaba allí. Y debajo de cada relato, su correspondiente minuto musical. Descansad, que mi cráneo y yo tenemos que pensar mucho todavía en la instantánea magnética que nos van a hacer mañana en el fotomatón 3T de la Seguridad Social. El rock también va por ti, Karinthy. Si no acabamos con los tumores, al menos que bailen.

Los rockeros, antes de ir al infierno van a Cambre

La Voz de Galicia, 15 de agosto de 2010

Nacho Mirás

«Se oye comentar a las gentes del lugar: los rockeros no son buenos…». La letra del clásico Los rockeros van al infierno, de Barón Rojo, es casi un himno para los que gastan melena o la tuvieron un día; para las muñequeras con pinchos, las camisetas negras y los pantalones pitillos adornados con cadenas y abundante ferretería. Buenos o no, el caso es que son fieles, para toda la vida. Los roqueros nunca mueren, no; si acaso, envejecen por fuera. Sobre 5.000 personas había -según la Policía Local- en el concierto que la otra noche subió de nuevo a un escenario a Barón Rojo, letras mayúsculas del rock duro cantado en español, en una nueva convocatoria del Rock in Cambre.

Los que llegaron a las nueve y media, con día, tuvieron que esperar. Mucha camiseta de Iron Maiden, de Motörhead, de Ramones, de AC/DC… Cuarentones con melena, cincuentones con el descampado que dejó la melena, seguidores fieles de la causa roquera… Y gente también muy joven, iniciada en el heavy metal por sus hermanos mayores, por sus primos, por sus padres.

El público y el cartel contrastaban con una joya del románico como es la iglesia de Santa María de Cambre; y uno no podía dejar de imaginarse al párroco local empuñando el hisopo para excomulgar jevirulos pecadores en el nombre de Dios. Mucha nevera de playa con refrigerio, mucho calimocho en garrafa de cinco litros, humos de controvertidas hierbas… Ambiente del bueno.

A las 21.40 arrancaron los primeros de la noche, Display of Power. «¡Venga esas melenas!», reclamaba el cantante desde el escenario, todavía con la camiseta puesta. Y venga punteos, venga percusión, venga voces del averno. «¡We are the fuckin’ kings of metal!», reza el eslogan de este grupo, que no es, ni más ni menos, que un tributo a la legendaria banda de Texas, Pantera. Música dura y potente en Cambre, demasiado quizás para algún matrimonio que llegó al recinto confiado en echarse un agarrado, perdidos como María Ostiz en un concierto de Metallica. Los Display lo dieron todo y le dieron tiempo al sol para meterse. «¡A ver esos cuernos!», pedía el cantante. Y sobre las cabezas melenudas o descampadas aparecía de repente un mar de peinetas hechas con dedos índices y meñiques.

El heavy de toda la vida baila mucho, pero, sobre todo, con la cabeza; de ahí la importancia de la pelambrera. Quienes tuvieron y ya no, hacían lo que podían.

A las 22.40 salió al escenario Oath, todos menos uno con generosas cabelleras. El cantante es uno de esos tipos capaces de cambiar del grave al agudo como si la cremallera le hubiera pillado los escrotos. Los Oath y su público son, sin duda, auténticos obreros del metal. «Non dou maniobrado coa silla, macho», decía un padre cuarentón intentando colar entre el público a su hijo de poco más de un año, incrustado en una McLaren.

Por fin, Barón Rojo apareció -resucitó, decían algunos- a las 23.42 a la derecha de Santa María de Cambre. Arrancaron con Concierto para ellos, en cuya letra se cita a roqueros que palmaron en la tierra, pero que viven para la eternidad: «Las campanas doblan por Bon Scott, por Janis, Lennon, Allman, Hendrix, Bolan, Bonham, Brian y Moon». Todos muertos; todos vivos. Uno no podía dejar de mirar a la iglesia: ¿Y si, de repente, las campanas doblaran, ellas solas, por el finado vocalista de AC/DC? Eso no ocurrió -por suerte para el cura-, pero, a partir de este primer tema, ya no dejaron de atacar clásicos para delirio de sus seguidores. No faltó quien sacó a relucir, con cincuenta y tantos tacos en el cuerpo -los roqueros no cumplen años, cumplen tacos-, la camiseta relavada que desde hace 30 años guarda en el cajón de un armario como una reliquia de juventud.

Después fue Incomunicación, luego Chicos del rock, Larga vida al rock & roll… El tiempo sí que pasa por Barón Rojo, pero también los Stones están rozando el pensionismo y no han dejado de ser dioses. Barón Rojo mantiene el tipo en el escenario treinta años después con mucha dignidad. Los que no los vieron el viernes por la noche en Cambre tienen una segunda oportunidad hoy, a las 23.30, en la plaza mayor de Viveiro. Larga vida al rock and roll.

Status Quo, eméritos por la University of Cambre

La Voz de Galicia, 13 de agosto de 2012.

Nacho Mirás. Cambre.

El número 50 que ilustraba el bombo de Matt Letley estaba lejos de ser un límite de velocidad. Letley tomaba teta cuando unos adolescentes del instituto de Sedgehill empezaron a hacer ruido en The Spectres, el embrión de Status Quo. La pasada madrugada, en el Brincadeira Rock in Cambre Festival, la batería de Matt percutía, como un corazón trasplantado, los acordes potentes y afinados de Francis Rossi, Rick Parfitt, Andy Bown y John Edwards. Fue salir al escenario a las doce y diez, británicos y puntuales, y cesar los chistes fáciles del tipo: «¡Pero si estos ya eran viejos cuando empezaron!».

La banda pasó del punto muerto a la sexta en medio segundo para impartir una lección musical magistral digna de la University of Cambre. Parfitt (1948) anticipó ese plato de rock puro que es Caroline. Sin descanso, rebotó contra la tapia del cementerio Something ’bout you baby I like. Justo después, Rossi (1949), el abuelo rockero y elegante que cualquiera querría tener, se quitó el chaleco y dejó claro que lo de cortarse la coleta fue solo en sentido literal. Sin piedad, la cuadrilla de obreros del metal sulfató las leiras de Cambre con What you’re proposing y ese patapatapán, patapatapán locomotorizado que mueve los vagones de este tren de mercancías. Había que ver la boca de Francis, marcando con la lengua cada punteo y cada distorsión como si su guitarra fuese un instrumento de viento.

El público se dejaba llevar ante el derroche de potencia, saber estar y saber tocar que demostraron sobre el escenario del Brincadeira los Status Quo. Conversación (en inglés), la justa; música, toda.

Andy Bown (1946) dejó los teclados para soplar la armónica y también para amarrarse a un mástil, y, a la una de la madrugada, llegaba otro hit: In the Army now, con un estribillo que el público reunido en Cambre se traía aprendido de casa.

A Francis lo dejaron solo ante el peligro para anticipar Down down, que es una canción con la que dan ganas hacer el Camino de Santiago a los mandos de un camión. La apoteosis, para los que todavía no la habían experimentado -ya pocos-, llegó con Whatever you want a la 1.18. Y por fin, después de un bombardeo masivo a orillas del río Mero, donde no se emplearon más armas químicas que los cubatas y la cerveza, los músicos simularon una huida de fogueo a la 1.28 con la evidente voluntad de regresar.

El bis fue uno solo pero sonó como si fuera uno y trino: Bye, bye Johnny, con una brutal distorsión metálica final que, seguramente, habrá afectado al desarrollo futuro de las cosechas de la zona. Después de repartir púas, los ingleses se despidieron a la 1.35 dejando un imborrable recuerdo.

65. Resiliencia

Después de casi seis meses pegando barrigazos en esta guerra de Gila contra el cáncer en la que vivo instalado, donde al enemigo lo llamamos por teléfono para saber cuándo piensa atacar, los psicólogos que se me aparecen por escrito o se manifiestan en persona se empeñan en destacar de mi actitud ante la enfermedad una circunstancia que, hasta hace unos días, ni sabía que tenía: la resiliencia. Vamos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. La resiliencia es, en su acepción primera, la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Y, en la segunda, la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Pero es que en psicología, además, explican que de experiencias traumáticas como la mía se puede salir reforzado. Pues entonces sí, queridos expertos: soy resiliente hasta los tuétanos o, por lo menos, estoy en ello.

Arranco, de todas maneras, la última semana de vacaciones terapéuticas con un hormigueo en el estómago que tiene más de una explicación. La sanitaria es que, en dos días, me meterán de nuevo en ese sarcófago magnético que es la resonancia 3T, la vanguardia de la prueba diagnóstica por imagen. Será el 19 de marzo, día del padre. Otra vez me entrará en la cabeza un señor con pijama blanco sin tener que usar el abrelatas. El radiólogo se paseará por el solar del que arrancaron mi tumor en el lóbulo temporal derecho del cerebro para echar un vistazo como un paseante virtual en Second Life. El terreno debería estar limpio y sin zarzas, pelado, saneado. Pero si no fuera así, con que únicamente hubiera empezado a aflorar el brote de un grelo microscópico, tendríamos, Houston, un problema gordo. Mi astrocitoma anaplásico grado III, ahora ausente, es un tumor de crecimiento rápido, como las lentejas que plantan mis hijos en una fiambrera para que hagan la fotosíntesis en la ventana de la cocina. La mínima reaparición de una espora de Casiano requeriría la intervención inmediata de la fuerza pública: cirugía de precisión otra vez, anestesia, motosierra, unidad de críticos… el lote completo. Según he sabido, los craneotomizados solemos reincidir. Ojalá yo sea la excepción, pero prefiero mantener los pies en el suelo como he venido haciendo. En la salud, como en el amor, escojo la certeza mala a las posibilidades infinitas de la incertidumbre. Comprenderéis que sienta miedo a que treinta sesiones de radioterapia y otras cuarenta de quimio no hayan sido suficientes para aplacar a la bestia casiana que me aflora en las entrañas. Así que perdonad si estoy un poco más nervioso que de costumbre; se me pasará.

Supongo que lo peor será la espera entre la resonancia y el veredicto del neurocirujano. Porque ya sabéis que los radiólogos no te cuentan nada a pie de obra así descubran que tienes la cabeza hueca o infestada de nécoras. El protocolo es el protocolo, así que de las noticias, buenas o malas, se encarga el periodismo científico de los neurocirujanos. Pórtense, doctores, y no me intoxiquen el día del padre más de lo necesario, que tengo que estar a tope para corresponder en besos y alegría a esos dos fans enanos que tengo por hijos. El pequeño, que tiene tres años, me llamó ayer por teléfono para preguntarme: “¿Dónde está la cueva de los cuarenta ladrones, papá?”

He vuelto de Barcelona con tantos sentimientos acumulados que creí que los de Ryanair me iban a obligar a facturarlos. Por cierto ¿os habéis fijado en la cantidad de ropa que llevan puestos los pasajeros de Ryanair? Se nota a leguas que se lo ponen todo para descargar la maleta y no tener que pasar por caja.  O eso o están sobrealimentados. En cualquier momento empezarán a comprobar las capas de forro y ya veréis la de sujetadores, camisetas y calzoncillos que empiezan a requisar en la puerta de embarque. Por cierto, felicidades a los irlandeses, incluido el presidente de la aerolínea, Michael O’Leary, en el día de su patrón, San Patricio, que fue un tipo que supo librar a Irlanda de las serpientes.

Voy acabando antes del revival periodístico del día. Varias personas me preguntan si predico en foros públicos. Y siempre respondo lo mismo: mientras no me cueste pasta y mientras siga en vertical, contad conmigo para todo lo que sirva de ayuda a otros en situaciones semejantes.

Y va un reportaje de agosto de 2012 dedicado a la gente del mar, que también tiene que aguantar las hostias en tierra. Yo respeto mucho todos los oficios y las funciones de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero no estaría de más que algunos se pusieran el traje de marinero, aunque solo sea una vez, para darse cuenta de la desproporción de algunos porrazos. Y digo algunos, que buenos profesionales los hay hasta en el Gobierno. Al final, el minuto musical del día. Feliz Saint Patrick’s Day. Pensad en verde.

Héroes de Sal en el mar de Arousa

A bordo del pesquero de bajura Vendaval

La Voz de Galicia, 25 de agosto de 2012

Nacho Mirás. O Grove.

Cinco y media de la madrugada. El mar todavía no está puesto en la ría de Arousa,que parece una gigantesca explanada de asfalto. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. El programa de turismo marinero Pescanatur, promovido por las cofradías de pescadores San Martiño de O Grove, San Telmo de Pontevedra y San Xosé de Cangas, permite ponerse en la piel de un marinero por 40 euros por persona. Es una de las propuestas de ocio más instructivas en las que uno pueda invertir, una manera de aprender a valorar el esfuerzo nunca bien reconocido de las mujeres y los hombres del mar.

Vamos a las órdenes de Paco Iglesias, patrón del Vendaval, un pesquero tipo racú de enérgico nombre, costillaje de carballo y topes de pino blanco con algo más de trece metros de eslora total. La tripulación la completan el grovense José Lorenzo, de 54 años; el marroquí Mohamed,de 34; y el peruano Mario Mariano Laines, de 61. Como mirones vamos otros cuatro: Rosa,de Barcelona; Julián y su hijo Jacobo, de 12 años, vigueses residentes en Madrid; y el único que acabará abonando el mar con su desayuno pese a ir puesto hasta arriba de Biodramina:un servidor.

«Pescadilla, faneca, xarda… o que caia», explica Paco sobre el fondo sonoro del motor diésel. Navegamos con la luz de proa apagada. Pero la noche no nos confunde porque los dos radares de a bordo saben bien que no todas las bateas son pardas. Hay vientos del suroeste de fuerza 4-5; esto se va a mover.

El Vendaval va equipado con betas, un arte de pesca de enmalle de un solo paño. La red, de dos kilómetros y medio de largo por tres de ancho, va al fondo y levanta en el mar de Arousa un muro de la muerte. Hay que largarlo antes de que salga el sol y el mundo submarino se encienda. «El precio del pescado es como la prima de riesgo, un día sube, otro baja, pero sobre todo baja», dice Paco mientras gobierna el timón.

El patrón hace unos comentarios sobre la situación económica llenos de realidad y sentido común, fruto de la experiencia de un trabajador que, en un día bueno, puede arrancarle al mar, como mucho, doscientos kilos de pescado; hoy no será ese día. Según avance la jornada, el mar se irá cabreando con los que se empeñan en peinarlo y apenas dejará escapar una limosna a la superficie.

Al bordear la Illa da Rúa, el patrón recuerda que, en este punto, su padre siempre le contaba la historia de Cananca, el farero que vivía allí durante la Guerra Civil obsesionado con que se le colase un submarino en la ría. El cielo avisa de la que se nos viene encima. Los marineros sueltan los 2.500 metros de red hasta que Lorenzo grita: «¡Boia na auga!». Son las siete. Dejamos que los peces caigan en la trampa fondeados durante un par de horas en Punta Cabalo, en la Illa de Arousa. Y se nos echa encima la claridad, con la embarcación junto a una batea.

Hablamos de las cantadas de Valdés en el partido del jueves; de la intensa vida de Mario, ex instructor de paracaidistas en el Ejército de Perú, que tiene dos sueños que cumplir antes de volver a los Andes: «Conocer París y el Vaticano»; reflexionamos sobre el futuro borroso de Mohamed: «Cobramos por semana en función de las capturas —explica—; en las dos últimas he sacado poco más de veinte euros». Con el kilo de pescadilla a setenta céntimos en lonja, el premio al esfuerzo es una venganza.

Las horas siguientes, la tripulación se empleará a fondo para recuperar el aparejo, que sube escasísimo de vida. Una manada de delfines nos baila el agua por estribor. Y el mar y la lluvia se ponen de acuerdo para regarnos por aspersión. Pero los marineros le plantan cara y le juran que el lunes volverán a intentarlo, Dios mediante.

Como buen zurdo, un clásico de Tahúres Zurdos. Yo también pienso tocar hasta que mis dedos sangren.  Y no me perderé en las palabras corrompidas por el uso. Besos.

64. Regreso a 1992 por mil pesetas

Podría ponerme intenso y decir, por ejemplo, que de todos los libros que leí en la carrera, entre 1989 y 1994, los que más me marcaron fueron cualquiera de los títulos del maestro Ryszard Kapuściński que todavía siguen en las bibliografías; las crónicas noveladas de Truman Capote en A Sangre Fría; o incluso las obras maestras de Hemingway, que también era un gran contador de realidades recreadas. Pero no, ni Ryszard, ni Ernest ni Truman, que me tocaron mucho, fueron capaces de taladrarme en la memoria tal cantidad de frases como labró en mi vida de estudiante en la Barcelona anterior a los Juegos Olímpicos del 92 una de las obras cumbre del periodismo de ficción: Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza. Mendoza, que es un cachondo mental, hacía aterrizar a su extraterrestre Gurb -antes de que se transformase en el ser humano conocido como Marta Sánchez- en el campus de la Universitat Autònoma (UAB), ¡mi universidad! Y ahí me enganchó en lo profundo. Igual tuvo también algo que ver lo de Marta Sánchez, a quien tantas novenas solitarias dediqué cuando posó en pelotas en el Interviú para desatascar a la adolescencia masculina española, para alegrar a sus padres y sorprender a sus madres; el subsconsciente, ya lo sabéis, que juega sucio.

El caso es que el marciano aterrizaba en un planeta raro como el nuestro, lleno de gente que hace cosas que no sabe explicar y que vive vidas surrealistas, y tardaba bien poco en darse cuenta de que la humanidad es el eslabón perdido entre el caos original y el punto final. Copio ahora de la Wikipedia: “El autor convierte a la ciudad [Barcelona] absurda y cotidiana en el escenario de una carnavalada que revela el verdadero rostro del ser humano urbano actual y la acelerada conciencia artística del escritor”. Completamente de acuerdo.

No sé por qué extraña conjunción, esta mañana me desperté en la esquina entre el Passeig de Gràcia y el Carrer de València, donde me refugio, con la ausencia de noticias de Gurb en la cabeza. Y como mi compañero de piso dormía y ante el riesgo de mutar en el ser humano conocido como Marta Sánchez, ya un poco fuera de punto, me puse en marcha con un objetivo claro: llevar de paseo a mi astrocitoma anaplásico o las células que de él puedan quedar, a mi Casiano invasor, al campus en el que aterricé, como un marciano de la provincia de Pontevedra, un día de septiembre de 1989; el lugar que abandoné para siempre hará pronto veinte años.

Así que me fui a paso ligero a la estación de los ferrocatas (la forma abreviada y popular de referirse a los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, que es una pequeña Renfe patria) me subí al S2 con dirección a Sabadell y me dejé guiar, como Gurb en la nave espacial, hasta el campus de Bellaterra. Y aterricé.

Ha sido una gran experiencia, quitando que Gardel no tenía criterio cuando cantaba que veinte años no es nada. En lo de “que es un soplo la vida” sí que estamos de acuerdo, Carlitos. He vuelto por unas horas a los escenarios en los que perdí los dientes de leche, gané un montón de amigos, un idioma en el que incluso sueño, una formación con la que alimento a mi familia y, en definitiva, cinco de los mejores años de mi vida, por dentro y por fuera.

Tanto me pudo la nostalgia que, después de atravesar la facultad y echar de menos a Xosé, el Kioskiero, caminé hasta la Vila Universitària, que tuve el privilegio de estrenar con otros compañeros en 1992. En realidad, quienes probaron primero los colchones fueron los polis que vinieron para reforzar la seguridad de los Juegos Olímpicos. Y después ya entramos nosotros, a saco.

Ya puesto, busqué los dos pisos en los que viví: el B005 y el G308. Me emocionó ver que, veinte años después, todavía resisten, debajo del hueco de las escaleras traseras del bloque, las manchas de aceite que derramaba mi Vespino antes de que en un taller de Cerdanyola del Vallés me lo retificasen con el motor de una Derbi Variant. ¡Uy! Si acabo de meter la pata… Sí, mamá y papá, yo tenía un Vespino en Barcelona. ¿Os acordáis de aquella moto que le compré a Pablo Camiña para usar en los veranos y que después, cuando empezaba el curso y volvía a Cataluña, “guardaba” en el garaje de Alfonso? Pues no es cierto. Lo que en realidad hacía era facturar el ciclomotor por Transportes Ochoa y recogerlo en un polígono industrial de Barcelona. Nunca os lo dije porque eso de que el corazón no siente si los ojos no ven no es del todo mentira. No diréis que no os ahorré disgustos. La gasolina no tenía los precios de ahora, claro. Pero lo que no tenía precio era la libertad.

Fui el puto amo del campus con mi Vespino azul y blanco. La chavalada del Barça me rajó el asiento en Cerdanyola pensando que era una moto del Español cuando, en realidad, el uniforme blanquiazul del bastidor era el reflejo del celtismo vigués de su dueño anterior. La violencia, lo mismo que la ignorancia, suele ser atrevida. Incluso daltónica. La de kilómetros que le metí, solo o en compañía de otros, a aquella bicicleta de gasolina que acabó, amortizados sus servicios, en una finca de Vilasobroso, cerca de Ponteareas.

Los que hoy residen en la Vila, claro, solo ven suciedad donde yo leo el pasado. El futuro todavía se me resiste. Pero el momento álgido de la mañana llegó cuando, parado delante del G308, nostálgico y emocionado, se abrió la puerta y salió un chaval pelirrojo.

-Ah, disculpa, es que yo viví aquí hace más de veinte años, no pretendía asustarte.

-¿De verdad? ¡Encantado de saludar a un veterano! Un placer.

El estudiante me estrechó la mano justo antes de confesarme que desde la dirección les acababan de dar un ultimátum de desalojo:

-¿Y eso? ¿No podéis pagar?

-Se ve que nos hemos pasado con las fiestas.

-¿Qué tal se conservan los pisos? Tienen 22 años…

-Bueno, más o menos; les damos mucho tute.

-Pues anda que nosotros…

Menudo marrón lo del desahucio.

El pelirrojo cerró la puerta y divisé a la derecha el colchón que yo ocupé en una vida anterior. Me marché satisfecho con la risa puesta pensando en lo complicado que lo tendría Gil Grissom para extraer y clasificar semejante cantidad de ADN y de pelo púbico acumulado durante tanto tiempo en semejante sala de fiestas.

No pasé ni dos horas entre la Vila y el campus. Pero durante esos 120 minutos volví a tener flequillo, guardapolvos y salud. Y solo por eso doy por bien empleados los seis euros que, entre la ida y la vuelta, me gasté en la nave espacial con la que la Generalitat de Catalunya me llevó al pasado en calidad de observador.

Ahí van esas fotos y unos minutos musicales de la época, uno de aquellos temazos que nos pinchaban en el Impacto de Cerdanyola, junto a los cines Kursaal. El vídeo de Los Especialistas, con Cúbrele, es de 1991 y lo copresenta el ser humano conocido como Ana Obregón, otra diosa de la neumática. Mañana volvemos mis entrañas mutiladas y yo a Santiago con la maleta llena de regalos y la cara llena de besos. Recordad, alumnos queridos, lo que decía Kapuściński, aunque seguro que Gurb, incluso tuneado con las tetas de Marta Sánchez, pensaba lo mismo: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina empatía. Mediante la empatía se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás” (En Los cínicos no sirven para este oficio). Bona nit, bona sort.

63. En la muerte de Javier Álvarez-Santullano, amigo

“Recuérdale a Nacho que está en las mejores manos”, le dijo a modo de despedida mi amigo Javier Álvarez-Santullano Pino a su hija Marta antes de subirse, esta mañana, al tren que solo vende viajes de ida. Me queda la pena irremediable de no haberlo despedido a pie de vía, pero el consuelo de un compañero de batalla en quien me inspiré cuando me tocó afrontar el cáncer. Sobre Santullano publiqué esta página en La Voz de Galicia del 17 de diciembre del 2012. Ni por asomo me imaginaba entonces yo que, tan solo un año después de aquella conversación, compartiríamos especialista en el Hospital Clínico Universitario de Santiago; las mejores manos. Te echaré de menos en la consulta 11 y en la vida. Pero no olvidaré tu ejemplo. Gracias, amigo de la acera ancha.

Javier Álvarez-Santullano: “Soy de esas personas que presumen de tener amigos”

La Voz de Galicia, 17 de diciembre de 2012

Nacho Mirás

Fue el único pasante que tuvo el insigne abogado Santiago Nogueira, un hombre a quien admiraba por su humanidad y por sus conocimientos. «Usted sabe mucho de Derecho —le decía el pasante al maestro— y yo, sin embargo, no sé nada». Y Nogueira, que era un sabio, le respondía: «Sabes más de lo que crees». Javier Álvarez-Santullano Pino (Santiago, 1945) dice que nació en la «acera ancha». «Si alguien no sabe dónde está la acera ancha —explica— sé que no es de Santiago, siempre se lo digo a Farruco». La acera ancha está en El Pilar, ahora ya lo sabemos los de fuera.

La suya es una familia numerosísima. Once hermanos a los que unos padres entregados consiguieron dar estudios para sobresalir, cada uno en lo suyo. El Javierito niño fue un chaval traste, puro nervio, y sus contemporáneos todavía lo recuerdan. «Al venir del instituto, me agarraba a la escalerilla que llevaban detrás los autobuses de Calo y, al llegar a A Senra, como no paraba, me tiraba en marcha», dice. Se pegó así sus buenos trompazos, aunque tenía cualidades atléticas que le ayudaron.

Hace cosa de un año, la enfermedad puso de nuevo a prueba su resistencia física. Santullano habla sin contemplaciones sobre la dolencia que casi lo borra del mapa. «Estuve a punto de morirme, es cierto, pero aquí sigo». Con veinte kilos menos y una moral que no perdió en ningún momento, el que fuera decano de los abogados de Santiago durante nueve años vuelve a estar operativo.

«Me diagnosticaron un tumorcito en un pulmón, con metástasis en la columna vertebral. Como yo llevaba tiempo sufriendo de una hernia, al principio pensé que sería de eso». Pero era otra cosa. Sin embargo, lo que estuvo a punto de mandarlo al otro barrio fue una neumonía que pilló en esa tesitura, pero que por fortuna superó.

Nuevos bríos

Ahora hace vida prácticamente normal, fiel a la medicación, cuidándose al máximo —con el apoyo de su mujer y sus hijas— y sin dejar cada día de hacer su gimnasia. «Se me cansan algo las piernas por la tarde, pero no por eso dejo de pasear por Santiago. Es mi ciudad, una ciudad en la que siempre descubres algo nuevo, un detalle de una fachada, un rincón. En los días de hospital es lo que más echaba de menos».

«Yo soy de esas personas que puede presumir de tener amigos de verdad, y en los momentos difíciles han sabido demostrarlo», dice.

Javier conoce tan bien Santiago y tanto a los de aquí que uno podría pasarse el día entero aprendiendo de esa enciclopedia ciudadana que lleva en la cabeza; haría bien en escribir unas memorias compostelanas. Gran conversador, salpica su discurso de personajes, anécdotas, procesos judiciales sonados o sentencias curiosas, e ironiza recitando frases hechas de las que abogados, jueces o fiscales acostumbran a plasmar, esdrújulas y rimbombantes, en muchos de sus escritos.

Gallardón, descentrado

Con Santullano resulta imposible no hablar de la situación actual de la Justicia. Es muy crítico, al igual que sus compañeros, con la gestión del ministro Alberto Ruiz-Gallardón, especialmente en lo que tiene que ver con la imposición de las nuevas tasas judiciales. «Gallardón es fiscal —dice— pero está claro que no sabe lo que es un juzgado, está totalmente descentrado y ha conseguido una cosa que nunca consiguió nadie: unir a todo el sector de la Justicia». Y, como explica, no es que la gente esté en contra de establecer unas tasas, sino de «ese importe de las tasas».

La política siempre le ha interesado mucho al abogado compostelano, pero desde una segunda línea. «Si te gusta la profesión de abogado, no puedes dejar el despacho para dedicarte a la política, porque entonces ya nunca lo recuperarás», concluye.

En su rincón

La rúa de Xerusalén, paralela a la rúa da Troia, una calle estrecha y de postal que tiene plantado un olivo, es el rincón favorito de Santullano. «En esta zona estaba la judería de Santiago, es una calle tranquila, muy cuidada, apenas conocida», dice.

Hijo de un secretario judicial, nieto de un magistrado del Supremo, bisnieto de un magistrado de la Audiencia de Pontevedra, los vínculos de la familia Álvarez-Santullano con el mundo de las leyes se pierden en la memoria de los tiempos.

62. Notas necrológicas (suplemento dominical)

Quién me iba a decir que iba a acabar echando de menos a mi hijo saltándome sobre la barriga a las siete menos cuarto de la mañana como un Hulk Hogan enano al grito de “¡Quiero el desayunooooo!”.

-Mikel, silencio, que aún es de noche y despiertas a tu hermana y a los vecinos.

-Pero va a ser de día. ¡Quiero el desayunooooo!!!!

La de este domingo será la tercera mañana sin invasión bárbara, me quedan otras cuatro y, aunque el cuerpo lo agradece, el corazón lo añora. Los padres y las madres, en el fondo, somos unos blanditos. Nos tragamos tostones pediátricos sobre la cría de la camada para acabar haciendo lo contrario de lo que recomiendan los manuales mientras cedemos espacio, edredón y derechos humanos.

El caso es que, como cantaba Julián Hernández sobre la base musical que se curró con Alberto Torrado “aquí estoy, tumbado a la bartola, no estoy para nadie ni siquiera para ti….“. Sí que estoy, pero lejos, gastándole las aceras al Ajuntament de Barcelona. Pueden estar tranquilos, doctores: estoy caminando incluso más que antes. Hoy han sido cinco horas sin parar. Voy a tener que lanzar una campaña de crowdfunding para cambiar de zapatos, que calzo pies caros y del 45.

Ayer, mientras recorría el barrio gótico, me pasó por delante un telepredicador en patinete gritando que solo Jesucristo es la salvación y a punto estuve de subirme con él. Después me lo pensé mejor y lo dejé marchar: “Mi cáncer está en manos de los médicos, que Dios toca de oído, ¡pámpano!” No creo ni que me oyese de lo acelerado que iba. El apostolado en patinete solo es posible en un sitio cosmopolita como Barcelona.

Aunque al caminar solo tanto tiempo la cabeza no para, en general me encuentro bien. Sí, me he echado un par de lloradas, entraba dentro de lo posible. No tengo síndrome de abstinencia de la quimioterapia y las secuelas de la radio las voy paliando con una crema especial para pieles irradiadas que cuesta 24 euros. Un pastón para uno que siempre ha sido de Deliplus.

Aunque el historial clínico lo he dejado por una temporada en Santiago, no me he desconectado del todo. La radio online me permite subir el Paseo de Gracia escuchando las necrológicas de Radio Galicia. Tiene su coña pasar por delante de la casa Batlló, muy cerca de donde me alojo, mientras el locutor de la SER te cuenta en streaming que don fulano de tal “falleció en el día de ayer confortado con los auxilios espirituales”.  Gaudí y la Funeraria Compostela. Surrealismo ultraterreno.

Ahora me voy a poner en plan profe de redacción informativa de primero: ¿No va siendo hora de revisar la redacción de las esquelas? ¿De verdad todo dios se muere confortado con los auxilios espirituales? ¿Y si no había cura a mano? ¿Nadie se muere de repente? ¿Por qué las familias de las esquelas siempre dan “las más expresivas gracias”? ¿Por qué los autobuses se llaman todavía ómnibus? Y eso de “descanse en paz” qué es, ¿un deseo o una orden? Seguro que si pensamos un poco nos salen unas necrológicas mucho más del siglo XXI. Las esquelas que de verdad me gustan son las de los periódicos, porque al finado que tiene mote lo entierran con él y, si no le gusta, se jode en el más allá. Una cosa os digo: si en la mía me dicen “el señor Don Ignacio Mirás Fole falleció en el día de ayer confortado con los auxilios espirituales, descanse en paz” y es cierto que existe el otro mundo, juro que regreso y me aparezco en el estudio como Jacob Marley ante Ebenezer Scrooge. Y os cagáis, compañeros y viuda.

Volver a Barcelona sin un trozo de cerebro -ya sabéis, donde tenía almacenada, además del tumor cancerígeno, una buena parte de mi memoria olfativa- está siendo una experiencia. La ciudad me huele como la primera vez que desembarqué aquí, con 18 años y una mochila a a la espalda, para convertirme en periodista. Y casi acojona cómo cada olor me hace viajar con precisión a momentos concretos de hace 24 años. ABC publicó el otro día un reportaje muy interesante sobre cómo funciona esto de la memoria olfativa. Si los investigadores necesitan voluntarios no tienen más que llamar.

Y voy a tener que mirarme lo de los súper poderes: ayer, en la nevera de una tienda, le eché la mano a dos latas de Coca Cola Light y no lo creeréis: me salieron, por riguroso orden de llegada, que también es alfabético, los nombres de dos novias que tuve. Las bebí por orden, claro, como las viví. Al día siguiente, un quiosquero del Paseo de Gracia me despachó otra que decía únicamente: Papá. ¡Joder con la antena de titanio!

Ya que estamos: ahorraos los comentarios acerca de que no beba Coca Cola. Estoy de vacaciones y hago lo que me da la gana. Gracias, en cualquier caso, por el interés, pero yo siempre he creído que la línea que separa el cariño del control es tan estrecha que se pisa con facilidad.

Como suplemento dominical voy a rebobinar solo hasta el 2013. Hoy hace justo un año que publiqué esto en el blog. Es un obituario, un género periodístico que para nada es menor. Es periodismo mayúsculo. Se lo dediqué a Manuel Comesaña Sieiro, padre de mi amiga Pilar, que falleció el día 5 de marzo del año pasado. Como en Galicia somos muy dados a los aniversarios, del cabodano, lo repito como lo escribí en su momento, desde las tripas. Al final, como siempre, los minutos musicales. Para Pilar Comesaña y para Alberto Casal. Porque la memoria olfativa la tengo alterada, pero la afectiva ha salido reforzada de la serrería. Sé que ellos brindan por mí. Y yo les correspondo hoy.

El señor Comesaña. In memoriam 

Publicado el 9 de marzo del 2013 en http://www.rabudo.com

Me da que hoy me va a salir una historia larga y un poco interior. Porque una cosa es opinar de ministros homófobos que se baban en el nombre de Jesucristo y otra diferente que la realidad más cercana, la tuya, chasquee los dedos y encienda la luz en pasillos tan remotos de tu memoria que ni sabías que conservabas. Eso me pasó hoy, a primera hora de la mañana, cuando leí en Twitter que se había muerto Manuel Comesaña Sieiro, el “señor Comesaña”.

En los recuerdos de mi padre, que tiene una mente privilegiada para el rebobinado, hay muchas maneras de referirse a la gente con la que, en algún momento, se ha ido cruzando en la vida. Si apostilla que alguien era un hijo de puta es que, sin duda, y de manera objetiva, lo era. Pero si delante del apellido utiliza el “señor”, entonces podemos estar seguros de que esa persona merecía semejante trato; de que era una buena persona. En mi recuerdo infantil que hoy resucitó Twitter no existe Manuel Comesaña, sino el “señor Comesaña”, un buen hombre. ¿Y en qué momento me crucé yo, redactor de La Voz de Galicia e hijo de un obrero de Lavadores, con el consejero delegado de Faro de Vigo? Pues os lo contaré en este ejercicio de divagación de un miércoles por la noche, en plena convalecencia de una operación de fondos. Me podría inventar una historia con toques intelectuales, pero no sería cierta. Prefiero la simpleza de la verdad.

Hace muchos años, cuando yo era un niño sin firma que quería ser carpintero o veterinario -influenciado por mi tío Antonio en la primera opción y por Félix Rodríguez de la Fuente en la segunda-, me presentaba como el segundo hijo de Mirás, el del aluminio. No era poco, pero tampoco era más. Mi padre, herrero y cerrajero de profesión, se embarcó a finales de los años setenta en la aventura de cerrar Galicia con aluminio, justo en el momento en el que ese material liviano y resistente empezó a sustituir a la madera y al hierro en ventanas, galerías, puertas de entrada, mamparas de baño y muros cortina. Hasta los nichos se cerraban con aluminio. Con esfuerzo y tesón, mi padre se hizo un nombre en el mundo del anodizado.

Mirás milimetraba la realidad que su competencia, a menudo chapuceros pluriempleados de Citroën, resolvía en centímetros. Respetaba escrupulosamente los noventa grados del ángulo recto. Y predicaba que la herramienta es la mitad del obrero; que el pie de rey es más importante que el propio rey; y que hay un sitio para cada cosa y que cada cosa va en su sitio. Y, al terminar, dejaba las casas más limpias de lo que se las había encontrado. Sus clientes le agradecían de corazón el trabajo riguroso y solvente no ya pagando religiosamente la factura, que también, sino recomendando a otros los servicios de una carpintería que estaba en la vanguardia del anodizado en Vigo y su área de influencia.

Con los años, la cartera de pedidos de mi padre se llenó de nombres importantes de la ciudad en los años ochenta. Apellidos como Sirvent, Valcarcel, Sensat, los orfebres Hernández, el propio Comesaña y tantos otros reclamaban con frecuencia los servicios de Mirás para que aluminizase sus vidas o las de sus amigos. Yo lo vivía en primera persona porque, como hijo de obrero, acompañaba a mi padre en las distintas fases de su trabajo, sobre todo en las larguísimas vacaciones de verano. De esta manera, con el salvoconducto de talleres Miral -sesudo acrónimo de Mirás-Aluminio- accedía en calidad de becario del tornillo de rosca chapa a las vidas íntimas de otros, a menudo, importantes, ricos y, en ocasiones, incluso famosos. Y presenciaba, sin intervenir, interesantísimas conversaciones entre los clientes adinerados y Mirás “el del aluminio” que, aunque se sacó el graduado escolar cuando hizo la mili en Santiago, era capaz de hablar con tanta soltura de los temas más variados que no era raro que le preguntasen: “Y usted, ¿en qué universidad estudió? “En la del Pisiñas*”, respondía, por lo bajo, cuando el cliente ya no estaba delante. A mí se me hinchaba el pecho, claro.

La familia Comesaña vivía en la calle García Barbón. Su pedido llegó a mi padre por mediación de Martín, un carpintero amigo. “Mirás -dijo- hay que colocar mamparas de baño en casa del señor Comesaña. Tiene que ser un trabajo impecable, ya sabes lo importante que es esta gente”. Aunque mi padre, hoolligan de La Voz de Galicia, solo leía el Faro de Vigo para contrastar las esquelas, respetaba la posición de su consejero delegado y sabía perfectamente el terreno que pisaba. La sorpresa de aquel encargo vino cuando el carpintero explicó que no eran uno ni dos, sino cuatro los cuartos de baño en los que había que intervenir. Y todos en la misma vivienda. Fue la primera vez en mi vida que vi un piso con semejante despliegue sanitario; aquello era hacer caca en otra división.

El caso es que mi padre y su equipo instalaron las cuatro mamparas, las acristalaron y las sellaron con su silicona aprovechando una ausencia de la mujer del señor Comesaña. Acabaron en tiempo, forma y sin salirse del presupuesto. Lo que nadie se esperaba era la reacción de la señora a su regreso.”¡Quitad eso de mi vista!” “¡Os habéis vuelto todos locos! ¡Fuera eso os digo!” Qué papelón. La dueña de la casa, todo carácter, a punto estuvo de desatornillar ella misma la obra y defenestrarla, lo que seguramente hubiera causado una catástrofe en pleno centro de Vigo, repleto de Vitrasas**. Las mamparas de baño en aluminio eran una novedad a la que había que acostumbrarse; nadie estaba habituado a ducharse dentro de una cabina de teléfonos. Hicieron falta varios días y varias personas para calmarla. “No se preocupe, Mirás, se le pasará”, le decía su marido a mi padre tratando de tranquilizarlo. Como al final cobramos y nadie nos volvió a pedir que arrancásemos los cierres, supongo que la familia se adaptó a aquellas polémicas correderas que yo vi instalar en calidad de observador neutral. Nunca hasta hoy le había dicho a mi admirada -y querida- Pilar, con la que me crucé cuando ya era un poco menos el hijo de Mirás el del aluminio y más el Mirás de La Voz, que yo, de niño, hice pis furtivo en alguno de los cuatro cuartos de baño de sus padres. Espero que no me lo tengas en cuenta.

De aquel campamento urbano del aluminio saqué otras experiencias interesantes. Como cuando le fuimos a instalar la doble ventana a los orfebres Hernández en su piso de la Gran Vía y descubrí, hibernando en un sofá, al mismísimo líder de Siniestro Total. “Julián, tienes que levantarte, que vienen estos señores a colocar las ventanas”, le decía cariñosa su madre. Siniestro Total estaba por aquellos años en pleno fragor. Las noches acababan de día. Que mi padre tuviese autoridad para levantar a Julián Hernández de su propio sofá me parecía algo prodigioso, fuera del alcance de cualquiera de mis compañeros del colegio Lope de Vega.

Gracias a la moda del aluminio anodizado pude subir también, en varias ocasiones, a lo alto de la torre de la isla de Toralla, un territorio entonces vetado al pueblo llano. Y comprobar que, en efecto, ese adefesio erecto en medio de la ría se mueve con el viento. La furgoneta de Talleres Miral era como una ambulancia de la Cruz Roja, capaz de hacer que se levantase cualquier barrera, ya fuera en los pisos más exclusivos o en los chalés con mejores vistas de la ría. Fueron buenos tiempos hasta que vinieron los malos. Pero esa es otra historia.

Hoy, una nota necrológica -notas tristes, las llamaban antes en la radio- me ha devuelto a mi origen obrero. Y me he puesto nostálgico. Tenéis que perdonar que le dedique este recuerdo íntimo a Manuel Comesaña Sieiro, al que mi padre todavía llama “señor”. Y a Pilar, sobre todo a Pilar. Con todo mi cariño.

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*El Pisiñas era el mote de guerra de Manuel Fernández Novoa, maestro de la escuela unitaria a la que asistió mi padre hasta que, a los doce años, tuvo que dejar de estudiar para ponerse a trabajar. Es autor de una recopilación titulada Anaquiños, lecturas gallegas, con la que mi padre aprendió a leer, obra de culto todavía hoy en casa.

**Vitrasa: Acrónimo de Viguesa de Transportes S.A. que, por extensión, da nombre a cualquier autobús urbano en la ciudad de Vigo, como ocurre con las Villavesas de Pamplona.

Una de cal, otra de arena. En riguroso diferido, Assumpta, la canción de Siniestro Total que habla de una chica muy mona que vivía en Barcelona. Bona nit.

61. Embarque y desembarco. Hasta la vuelta

Confirmado: las placas de titanio con las que me precintaron el cráneo el 12 de diciembre del 2013 no pitan en el arco de seguridad del aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela. Aquí estoy, en el Caffriccio, pagando casi mil de las viejas pesetas por un café con leche y una bollería del montón. Sale más barato el autobús que te trae desde el centro de la ciudad, pero lo de que te claven por consumir en los aeropuertos ya forma parte de la parafernalia de viajar de la que participamos resignados. ¡Oigan, gestores de AENA, que el avión ya es cosa de pobres hace mucho tiempo! ¿Para cuándo almuerzos low cost?

En cincuenta minutos -yo soy de los que llegan a los sitios a poner las calles y, si hace falta, las rutas aéreas- embarcaré en uno de esos Castromiles de los cielos que son los aviones de Ryanair. Hay novedades: ya te dejan llevar, además de la maleta con lo justo para siete días- un bolsito de mano. Había que ver la cara del tipo que maneja el escáner cuando observó en la pantalla las formas desconocidas y serpenteantes de una gaita electrónica. La música, amigo vigilante, que avanza que es una barbaridad.

¡Claro que me llevo la herramienta al Mediterráneo! Recordad que la terapia musical forma parte del tratamiento contra el cáncer. Descanso de la radiactividad y de la química. Pero siete días sin tocarle muiñeiras a lo que pueda quedar de mi astrocitoma anaplásico se me hacían largos. Pensad en él, pobre… Tremendos solazos está dando ahora mismo la chica del tiempo en el canal 24 horas. Tengo una agenda tan apretada para la próxima semana -mi amigo Pau vale muchísimo más de lo que pesa- que se me va a hacer corto el paseo.

Solo lamento de esta escapada no haber descansado mejor esta noche. Cuando la cabeza te hierve puede ocurrir que la olla desborde y, sin querer, dejes la cocina hecha una mierda. Eso es lo que ocurrió ayer y, aunque siento de corazón el estropicio y las salpicaduras, confío en que quienes me viven más de cerca sepan disculpar a un tipo que intenta sobrevivir con una enfermedad muy hija de puta; es mi equipaje de mano.

Antes de embarcar, y pensando en los que madrugáis tanto que no os ayuda ni Dios, os propongo otro salto en el tiempo. Yo me voy por aire y vosotros, mientras, os dais una vuelta por el mar de Arousa. Año 2005, verano. La Voz de Galicia me empotró en las topas vikingas que desembarcaron en la localidad pontevedresa de Catoira. Lo conté como lo viví. Aunque mantengo que a las romerías tradicionales de Galicia les sobra cada vez más graduación alcohólica, Catoira tiene elementos para mantenerse como fiesta de interés turístico internacional. De los propios vikingos depende que deje de ser el macrobotellón primitivo en la que ha ido derivando. Tened buen día, que mi cáncer y yo nos vamos a mediterranear. No prometo escribir cada día, que la cabeza también pide vacaciones. Pero haré lo que pueda. Desembarcad mientras yo embarco. Gracias por estar ahí. Al final, como siempre, minutos musicales.

¡Catoira es nuestra, por Thor! 

Publicado en La Voz de Galicia, 7 agosto 2005

¡Qué dura es la vida del vikingo, por Thor! La única manera de saber qué se siente protagonizando la fiesta más bestial de Galicia, la Romería Vikinga de Catoira, es convertirse en uno de los salvajes que ayer recrearon el desembarco bárbaro justo donde el río Ulla endulza la ría de Arousa. Por testigos, miles de personas apelotonadas frente a los restos de las Torres do Oeste. ¡Qué bravura, por Odín! ¡Qué aventura, por Frey! ¡Qué resaca, por… favor! Ya de perdidos, al Ulla, así que no queda otra que meterse en el papel.

A nuestro lado, los marines americanos son unas colegialas. Como al que madruga Thor le ayuda, como dice el viejo refrán vikingo, pisamos Catoira a las nueve, que es una hora prudente para una invasión.

No nos aguarda Eric el Rojo, ni Olafo, ni siquiera el legendario jefe Halvar, padre del célebre Vickie. Nos ponemos a las órdenes de Emilio López, patrón del drakkar con el que, en pocas horas, conquistaremos Catoira. Emilio nos desvela un secretillo de la embarcación: un pequeño motor fuera borda que ayuda a que el cascarón se mueva. «¡Porque xa verás qué tropa, aquí non da un remo nin Cristo!». Qué emoción. Lo del motor que quede entre nosotros. El casco me viene pequeño y con los cuernos no sé, como que no me veo.

Tiene razón Emilio, menuda tropa. Pasan de las diez cuando embarca el resto de la tripulación. Con los litros de vino que llevan por dentro y por fuera, prácticamente todos son inflamables. El embarque es terrible, porque hay overbooking de bárbaros y Emilio se niega a zarpar con más salvajes a bordo de los legalmente estipulados. Después de una dura pelea verbal, el patrón desiste: «O ano pasado igual, sempre co mesmo conto, joder!» El taco no es muy vikingo, pero sí marinero y expeditivo.

Junto al drakkar, un viejo arenero reconvertido en galeón, con mucha más capacidad que el nuestro, completa una flota de la que también forma parte un tercer barco, el Ellen Dubh, capitaneado por el irlandés John Rogers y llegado especialmente desde la tierra de la cerveza negra para la ocasión.

El Ellen Dubh es de poliéster, pero eso desde tierra no se ve. Para llegar a Catoira, los veinte irlandeses que forman la tripulación se han tragado una dura travesía en ferry y en tráiler desde la ciudad de Ardglass.

Todo listo para zarpar. El patrón parece sereno, que no es poco. Llevamos sobrepeso. «¡A ver, atendede!», dice la voz ronca de un temible guerrero. Y atendemos, por Odín. El guerrero cambia el tono, se dulcifica y, amaneradamente, explica: «Se informa a los señores pasajeros de que debajo de sus asientos tienen ustedes unos chalecos….» El despiporre es tal que la explicación no termina. Un bárbaro interrumpe: «¡Señorita, señorita!, ¿onde está a bolsa para jomitar?». Estamos navegando.

Como la tropa no está por remar, y ante las duras discusiones que tratan de esclarecer si estribor es la izquierda o la derecha, Emilio echa a andar el motor y damos vueltas por la ría. Nos exhibimos y hacemos tiempo hasta la hora más esperada: el desembarco.

Como somos vikingos, cantamos canciones vikingas y brutales que le ponen al enemigo los pelos de punta: «¡Soy capitán, soy capitán, de un barco inglés, de un barco inglés, y en cada puerto tengo una mujeeer!» Ya, no acojona, pero es lo que hay, los vikingos no iban al conservatorio.

A pecho partido, las treinta y ocho bestias coreamos otra: «¡Alabaré, alabaré, alabaré, alabarééé, ala-barééé a mi señoooor!». Menudo ejército de seminaristas. Durante el recorrido, el grito de guerra suena así: «¡Úr-su-la! ¡Úr-su-la!». No veo a Úrsula por ninguna parte, pero me imagino a los de Catoira pidiéndole a Dios por sus vidas y por sus hijas.

Alto a la Guardia Civil

En pleno desgarro guerrero, un incidente. ¡Nos para la Guardia Civil! Palabra. Se nos pega una lancha y nos dice que no podemos continuar.

-La orden de la Delegación del Gobierno dice que tienen licencia para un barco y para veintisiete personas.

Emilio no sabe qué cara poner. ¡La Guardia Civil dándole el alto a un drakkar lleno de terribles bárbaros! ¡Dónde vamos a ir a parar, por Thor!

«Es lo que dice la Delegación del Gobierno», insisten.

Los guerreros gritan y los tres guardias, en inferioridad numérica evidente, prefieren no meterse en camisas de once varas. Tras una llamada deciden que podemos continuar; las invasiones ya no son lo que eran.

Vuelven a escucharse gritos guerreros como ése, duro y atronador, que dice: «¡Qué pasa neeeeeennn!». Viene de la proa, que queda por delante.

A lo largo del trayecto, más gente se ha apostado en las orillas para vernos desembarcar. Hacemos que remamos, pero el sentido del ritmo es tan lamentable que es posible que acabemos en el fondo.

Desde tierra vuelan los foguetes. Después de rodear la Illa do Rato, enfilamos la orilla. Los corazones palpitan al unísono, no como los remos. Lo que viene después es el éxtasis vikingo. Saltamos a tierra como salvajes y nos fundimos en una terrible orgía de agua, fango y vino tinto. Nos retratan. Bebemos por el cuerno. Gritamos. Secuestramos mujeres. La gente ser ríe porque no sabe de nuestra naturaleza animal. Finalmente, decidimos hacer el amor y no la guerra y entregarnos a una fiesta de las se curan en cama. ¡Qué bárbaro, por Odín!

Elton, muchacho, es tu turno. Alégrame el día.

60. Los niños y la enfermedad de papá. Lunes de carnaval

Aprovecho el anuncio de Siemens que acaban de poner en la tele para repartir buenas noches o buenos días según vayáis apareciendo. El comercial dice: “Un día, y otro día, y otro día…” Efectivamente, fueron treinta los días que me espatarré en el acelerador lineal Siemens Primus del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela para radiarme el cerebro. Pero eso ya pasó. Como somos animales de costumbres, poco antes de las dos de la tarde, que venía siendo la hora de la fritura radiactiva, hasta me puse nervioso pensando en que se me estaba olvidando alguna cita importante. No hay preso que se habitúe a la libertad en un día. Yo, además, he sido liberado con síndrome de Estocolmo hacia mis churreras. Vale, Jesús, tú también.

Atribuyo el tremendo picor de piernas de ayer por la noche a la abstinencia hacia la quimio, de la que también estoy de vacaciones durante tres semanas. Como ya se me ha pasado, ni puto caso. Al cambiar la rutina terapéutica he tenido que buscarme nuevas ocupaciones. Mejor dicho, viejas ocupaciones: me pone mucho todo lo que tenga que ver con el mantenimiento del parque móvil o de la propia casa. Para mis hijos soy Manny Manitas, el que lo arregla todo. Y para más gente, ¿verdad, Rebecop? Entre eso, los paseos, los niños y la gaita electrónica he conseguido hacer del lunes otro sábado sin tener que cruzar en rojo los semáforos ni leer a medias el periódico ni cantar hasta quedarme afónico. Pero el jueves me subiré con tantas ganas a uno de esos omnibuses de los cielos que son los aviones de Ryanair que ya me está tardando.

Sois bastantes los que preguntáis cómo llevan todo esto del cáncer y el tratamiento mis hijos, una niña de seis años y un miniyó de tres. Pues lo llevan bien porque me ven bien, así de simple. La mayor sabe que a papá le abrieron la cabeza para quitarle algo que sobraba y que ahora toma medicinas y no trabaja. Hemos ido improvisando con eso; nadie te da un manual en la consulta para que hables con tus herederos sobre el cáncer de papá. Manda el sentido común, el sentidiño gallego. No hay fórmulas mágicas. A una niña de seis años le da lo mismo el nombre de la enfermedad, su pronóstico y sus estadísticas. Si te ve bien, estará contenta; si te vienes abajo, se caerá contigo. Así de sencillo. Sí que suelo reflexionar con Ane sobre que todos estamos aquí de paso y que morirse forma parte de la propia vida. Lo hago con su vocabulario, sin misterios, sin parafernalias, sin superstición. ¿Y Flor también se va a morir?, me pregunta mirando a la gata que me acompaña desde hace casi diecisiete años. “Sí, cariño, todos”. Sin más, ya digo. No percibo traumas. En los mayores, sin embargo, sí.

El pequeño todavía es muy pequeño, pero se sintió especialmente orgulloso de mí cuando tenía la cabeza zurcida con quince grapas: “A mi papá le grapó la cabeza el doctor”, se chuleaba en el cole. Ahora está convencido de que cuando no estoy con él estoy trabajando. A él y a su hermana les leo cuentos todas las noches, los veo mucho más que antes, con aquel horario laboral sin sentido en el que vivía instalado… Así que lo llevan bien. Me preocupaba mucho que percibieran un deterioro físico causado por el tratamiento. Eso no ha ocurrido -lo del pelo es un daño menor para uno que ya se pelaba antes-, así que no hay que preocuparse.

Eso no quiere decir que los niños sean idiotas. Pero si nos comunicamos con ellos con sinceridad y en el código que entienden, nos sorprenderá lo bien que pueden reaccionar ante situaciones en las que los mayores nos hundimos. La sobreprotección y el ocultamiento sí que me parecen prácticas que no llevan a ninguna parte; si acaso, a la porra. Lo dicho: sinceridad y cariño, no hay mejor fórmula. Y dejaos de pupas, baubaus, pipís y tetes que, aunque bajitos, nuestros hijos son seres humanos perfectamente capaces de asimilar palabras como herida perro, meo o chupete. Yo estoy muy orgulloso de que Mikel le llame “pirola” a su pirola. Hay pocas palabras con tanta fuerza como pirola. Chorizo o calzoncillo, en todo caso, como decía Torrente Ballester. Y pensad, padres y madres que no llegáis para acostar a los enanos por sistema -un día malo lo tiene cualquiera-: lo que sí perciben los niños como una enfermedad es vuestra ausencia. Cuando os deis cuenta será tarde. Y no me vengáis con hostias: no hay nada más importante que ver crecer a tus hijos. Yo pienso seguir haciéndolo y vosotros deberíais, porque de lo contrario os perderéis lo mejor de su vida y de la vuestra. No me valen excusas. Yo me dejé llevar en algún momento, pero ya no. NUNCA MÁIS.

Como mañana es martes de carnaval, y ante el riesgo de que una borrasca obligue a anular el desfile que estaba previsto para la tarde, voy a recuperar un viejo texto del año 2011 que hoy me recordó Rafa Cuiña (@Rafiklalin) en Twitter. En aquellos carnavales La Voz me mandó a cubrir las fiestas por la provincia de Ourense. El 8 de marzo del 2011, lunes de carnaval también, publiqué mi experiencia en una orgía de harina y hormigas en Laza, maravillosa experiencia. Se la vuelvo a dedicar a Rafa Cuiña con un abrazo. Decía así:

Una orgía de hormigas y harina

El encanto del lunes de carnaval en Laza reside en lo primitivo de una tradición que no es para flojos. Nos precintamos de arriba abajo y adentro

Nacho Mirás. Laza. 8 marzo 2011

Una orgía de hormigas, harina y tojos. El lunes de carnaval en Laza, provincia de Ourense, es cualquier cosa menos saludable. Tiene algo de salvaje, de ancestral, primitivo… La gente lo sabe y por eso va. Laza es tierra de licor café, de bica y de xastré, un brebaje verde que visualmente no es distinto del Fairy, aunque mucho más sabroso.

En un día como el de ayer, el lugar de los hechos es la praza da Picota, en la parte alta del pueblo. Si miras a tu alrededor te darás cuenta de que se se va a perpetrar algo gordo. Todo el mundo va más o menos protegido con monos de pintor, capuchas, gafas de las que se usan para cortar con la rebarbadora, trajes antirradiación… Los que tienen experiencia dicen que lo del mono no es útil, porque las hormigas, que se lanzan a puñados, entran en la prenda y no pueden salir, que es mejor ir de calle y sacudirse. Por si acaso, vamos precintados de arriba abajo. Me miro y veo a Woody Allen disfrazado de espermatozoide. Soy un salvaje.

A las cuatro y media, la praza da Picota ya está llena. Faltan tres horas para que baje A Morena, que es una máscara con cara de vaca a la que sigue un cortejo terrible de personas que hacen el mal: lanzan hormigas, esparcen harina, te sulfatan con agua… un sindiós porcalleiro.

Como A Morena, que viene del vecino pueblo de Cimadevila, no baja hasta que cae el sol, la gente se va mazando en mayor o menor grado con los destilados locales, sin perder de vista a los peliqueiros, que sacuden latigazos con tanta saña que parecen peliqueiros de la Unidad de Intervención Policial. Hacen sonar sus chocallos, esa especie de cencerros que llevan a la cintura y que en Verín se llaman chocas. Y emprenden carreras veloces en busca de buenas espaldas para descagar sus pelicas; tan fuerte que, en más de una ocasión, la correa del látigo vuela por los aires.

De entre todos los peliqueiros de este año llama la atención uno. Es un peliqueiriño. Justo después de cruzarme el pecho de un correazo, detiene su ira -sin bajar el arma- y se deja interrogar:

-¿Cantos anos tes?

-Teño nove, vou cumplir dez o 17 de marzo.

-Pois zoscas como se tiveses quince. ¿É o primeiro ano que saes de peliqueiro?

-Si. Chámome Manuel Requejo Días.

Con la misma, sigue arreando a todo el que se le ponga delante.

De tal magnitud es el rebozado que se espera que los fotógrafos tienen que forrar sus cámaras con film de cocina. La praza da Picota está flanqueada por unas tascas neurálgicas que alimentan la graduación de la parroquia: el Café Bar A Picota y la Taberna do Ardilla -tipo listo, sin duda, el propietario-.

De los cables de la luz cuelgan trapos embarrados que volaron durante la farrapada de la mañana.

La farrapada no tiene mayor ciencia: se enmierdan a fondo un montón de trapos y se lanzan. Ahora los hacen con barro, pero la tradición era mucho más escatológica y el término enmerdar era literal.

Detrás de una nariz de payaso se adivinan los rasgos de Miguel de Lira, que se cruza con Rafa Cuíña y con Anakin Skywalker. El segundo es el único que no va disfrazado.

Pasan de las siete y media de la tarde cuando, por fin, empieza la madre de todos los fregados. En pocos minutos, la harina y la tierra llena de hormigas esparcidas por el aire hace que el día se vuelva noche. Aquí quería ver yo al hombre blanco de Colón.

Rebozado masivo

Las hormigas de Laza pican tanto que no sabes si te están lanzando insectos o cigalas rabiosas. Dicen que las cabrean con vinagre. Durante el año, la gente que organiza la fiesta va localizando hormigueros y procurando que se mantengan intactos hasta el carnaval. Por fin, Trancas, Barrancas y otro millón de congéneres acaban metidas en sacos y, después de ayer, en los sitios más recónditos de los cuerpos humanos. Y pican, carallo si pican.

El aparato con el que lanzan la harina, bautizado como Ajuria 1 -aquí se emigró mucho al País Vasco- combina una trilladora y una máquina de sulfatar. El resultado es un arma de rebozado masivo del que no se salva ni el Espíritu Santo.

La comitiva lleva también un burro con cuyo hocico frotan a las mujeres de mejor ver que se van encontrando en su camino. Recapitulemos: babas de burro, hormigas, tierra del monte, harina, agua, líquidos sin identificar, humanidad, latigazos de Manolito Requejo y de los otros peliqueiros… No hay parque temático que ofrezca más por menos.

Para terminar, una dedicada a mis hijos, esos locos bajitos que se incorporan. Pensad en la prédica de arriba: se trata de trabajar para vivir. Vivir para trabajar solo lleva al nicho y a la soledad.

“A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción. Esos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto cae a su alrededor. Esos locos bajitos que se incorporan, con los ojos abiertos de par en par. Sin respeto al horario ni a las costumbres, y a los que por su bien hay que domesticar. Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca. Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir. Nos empeñamos en dirigir sus vidas, sin saber el oficio y sin vocación. Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones, con la leche templada y en cada canción. Ni nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj. Que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós.” (Joan Manuel Serrat)

59. Robocop, Ons, licor café y Andrés do Barro

No son horas, pero me escuece la conciencia si me meto en la cama sin pasarme siquiera a saludar. Hay que ver lo rápido que se acostumbra uno a prescindir de la quimioterapia, y eso que han sido 40 noches de entrega; se ve que lo mío con la Temozolomida no era amor verdadero. No te lloro, nena. Déjame, no juegues más conmigo; déjame, en serio te lo pido…

Después de un día familiar y amoroso de intendencia, disfraces, lavadoras y dientes de leche, vengo del cine de ver la versión 2014 de Robocop. Si vais -no os va a cambiar la vida, simplemente entretiene, que es de lo que se trataba- que no os acompañe un craneotomizado como yo. Cuando al inspector Murphy le abren el cerebro para ponerle las piezas que le faltan hay un pequeño defecto de guión que solo detectamos los usuarios avanzados: “Me sabe todo a manteca de cacahuete”, dice Robocop mientras el neurocirujano le manipula el lóbulo frontal del cerebro. No, director, no es ahí. Hasta donde yo sé, lo de los olores y los sabores, las mezclas, este tipo de sensaciones, son más del temporal derecho. Después lo arreglan mientras, operando en la misma zona, hablan ya del comportamiento, de la conciencia… En todo caso, lo mejor de la película ha sido la compañía: Anne Merkel, amiga, “proletaria de la feminidad y extraterrestre entre las streetstyle” (no dejéis de visitar su blog, AnneMerkel.org) y mi hermano mayor Fernando Varela (@fervabi). Empezamos la tarde con otra perspectiva pero, como he venido haciendo yo con el cáncer, improvisamos sobre un pronóstico malo y nos salió un reencuentro cojonudo.

He redescubierto el aroma y el sabor del licor café. Ya lo tengo fijado en el lóbulo temporal derecho para siempre y si se diera el caso de que me tuvieran que volver a quitar un trozo, que no sea este, doctores Allut y Prieto. No sé si a Robocop le instalarían en el sistema operativo los matices de los aguardientes y los destilados de Galicia pero, si no lo hicieron, hicieron mal. Conste que tengo permiso médico para, sin pasarme, mojar los labios al menos. Nunca he sido de beber, pero no le he hecho ascos a semejante poción mágica y la experiencia me ha gustado. El licor café es el pentotal sódico del pobre, el suero de la verdad de la clase obrera: mira que acaba uno largando después. Eso, más una Galiburguer, nos dejaron los cuerpos en estado de revista. Encima, los del Vilalúa nos amenizaron la cena con una canción que ni hecha a propósito: O Tren, de Andrés do Barro.

El tipo que nos cortó las entradas para la película iba maquillado -aquí vivimos el carnaval incluso estando de servicio- y tenía sobre la cara una cicatriz pintada: “La tuya está bien -le dije-, pero la mía mola más”. Humor negro señalando directamente a la interrogación rematada en titanio que me cierra el cráneo desde hace casi tres meses; la cremallera de las emociones; la marca de la casa. Si pita el en el arco de seguridad del aeropuerto ya os lo contaré.

Como hasta el jueves no dan sol -justo el día en el que volaré a Cataluña para echarme a secar una semana- voy a seguir tirando del cajón de los recuerdos, esta vez para regresar a la isla de Ons, un paraíso que no deberíais dejar visitar. El reportaje que viene a continuación lo publiqué en La Voz de Galicia del 2 de abril del 2012. Por si fallara el enlace directo, transcribo el texto en el que tuve que resumir lo que dieron de sí cinco horas inolvidables. Y al final, para que arranquéis el lunes con buen pie, al tren con Andrés do Barro. Gracias, Anne y Fer, me ha gustado oleros de nuevo. Gracias también a Xerardo y a Paula por el afecto que me habéis transmitido esta tarde; siempre me habéis caído bien.

Ánimo a todos con la semana. Haced del lunes, como cantaba Paloma San Basilio, otro sábado. Oremos, hermanos: A la una, a las dos… Ooooooooooonssss!!!

Un Robinson en Bueu

(La Voz de Galicia, contraportada, 2 abril 2012)

Cinco horas en la isla de Ons

Nacho Mirás. Ons

Era un viejo sueño: patear la isla de Ons lo más desierta posible. Unos trabajos de mantenimiento en Casa Acuña me permiten acoplarme a los mecánicos y ser por unas horas un Robinson en Bueu. Fuera de temporada, en Ons solo viven tres matrimonios: Rogelio y María; Cesáreo y Victoria; y Chefa y Emilio. Ellos y el personal del Parque Nacional das Illas Atlánticas, el farero y unos operarios que están instalando una antena. Nadie más. Viajamos con la naviera Nabia, cómodos, en una lancha rápida que, en veinte minutos, nos aísla del continente. Manuel Antonio me susurra al oído: «Fomos quedando sós, o mar, o barco e máis nós…».

Camilo Pérez Otero, yerno de Cesáreo y de Victoria, les lleva víveres a sus suegros. Él nació en la isla hace 43 años, es un auténtico illán. «Non deixes de ir ao Burato do Inferno -me recomienda-, contan que un alumno da Armada foi escalar alí, e alí morreu. E, de praias, para min Melide é a mellor. Aquí, os ritmos son outros, e o mellor de todo no inverno e fóra de tempada é o silencio».

Desembarcamos sin novedad. Dejo atrás a la humanidad y, desde la zona de O Curro, zapatilleo con rumbo sur. Quiero llegar al Mirador de Fedorentos y al Burato do Inferno. La ruta sur tiene 6,2 kilómetros, un desnivel de 86 metros y el tiempo estimado para completarla, entre la ida y la vuelta, es de dos horas y media. Pan comido.

Voy pasando por encima de las playas de Area dos Cans, Canexol, Pereiró… Dejo las últimas casas a mi espalda y, armado de mochila y mapa, me transmuto en Dora, la Exploradora: «Camino, ladera… ¡Moooonte de toxos!». No tengo un mono que me acompañe, pero, cuando estoy a punto de llegar al mirador de Fedorentos, se me acopla un conejo insensato que ni me teme ni me huye. «¡Te llamaré Jueves!», le digo. Jueves me sigue a saltitos, se deja acariciar, husmea, sube y baja hasta que, de pronto, nuestros caminos se separan y él se pierde entre la maleza.

En el mirador, una gaviota de la Luftwaffe me caga en la gorra. Ahora, el fedorento soy yo. Al norte tengo A Lanzada y la península de O Grove; de frente, la vista abarca desde Marín a cabo Silleiro. América no se ve al oeste, pero está. Caminando hacia el Burato do Inferno, los tojos me rascan las pantorrillas. Las aves marinas lloran sobre el agujero en el que, según Camilo, se despeñó un militar. Me asomo lo justo, por si se me cae el alma. Completo el itinerario circular y el paisaje cambia, del acantilado agreste a la leira; es como recorrer una maqueta de Galicia entera, de Ribadeo a Tui. Me zampo dos manzanas mientras emprendo la ascensión al faro (hora y media la ruta completa) para regresar por la ensenada de Caniveliñas. Descubro un microhábitat acotado para insectos xilófagos; un sanatorio de termitas. Almuerzo en la zona de acampada. El viento me come la oreja y me despeina las servilletas. Siento tentaciones de perder el barco de vuelta y quedarme a fundar. Quizás en otra vida. Regreso crecido. Cinco horas en el paraíso.

Amigo Andrés do Barro, es tu turno. “Alguén pode ser que me espere na estación…” Sería bonito.

 

58. El quiosco sigue abierto

Buenas noches. No, no me voy todavía. Que me hayan dado vacaciones terapéuticas no quiere decir que vaya a abandonar estas memorias sanitarias. Escribir me hace bien y no creo que os haga mal. Pero comprenderéis que las dos últimas jornadas, con las que completé treinta sesiones de radioterapia en la churrería atómica y cuarenta de quimio jugando al Quimicefa en casa, han dado mucho de sí. Todavía no me he mentalizado de que ya no me tengo que drogar por las noches, al menos, hasta el 25 de marzo. Ese día comenzarán los ciclos de los que ya os he hablado: cinco días de Temozolomida al doble y pico de dosis que hasta ahora por veintitrés de descanso; la vida hippie revisitada. Un capital público en veneno que te resucita.

Lo del viernes en el acto de jubilación del personal del área sanitaria de Santiago creo que salió muy bien. Acabé oliendo a las colonias de medio centenar de señoras estupendas que, aunque insistían en que estaban en edad de retirarse, daba gusto verlas. No, no es peloteo, estáis hechas unas chavalas. Me gustó dar las gracias en persona a quienes desde la sanidad pública nos traen al mundo y se empeñan en mantenernos en él. La crónica del acto la escribió de maravilla, como hace todo, mi compañero y amigo de La Voz de Galicia Joel Gómez y la podéis leer aquí (publicada en la edición de Santiago del 1 de marzo).

Alguien me ha preguntado cómo acabó la cosa en la churrería atómica. Pues acabó bien. Me frieron por última vez, me dejaron al punto, nos despedimos y, como son unos salados, salamos el asunto. Cuando el lunes den las dos de la tarde y escuche los pitos de la Cadena Ser para dar paso a José Antonio Marcos se me va a hacer raro no estar atornillado a la camilla del acelerador lineal Siemens Primus. Pero, queridos churreros, estaré pensando en vosotros, ya lo sabéis. Fotones verdes son traidoreeees… azules son mentireiros….

Vengo emocionado de escuchar en directo a SonDeSeu, la primera orquesta folk de Galicia. Ya, no me pierdo una, pero es que un tipo en mis circunstancias no debería perderse ni media. Es parte del secreto del ánimo que me acompaña. Dirigida por Rodrigo Romaní, en esta formación tocan algunas personas con las que compartí ritmos, escenarios e incluso cosas muchísimo más importantes hace tantos años que me acuerdo como si fuera ayer. Si los veis anunciados, no dejéis de ir. A la salida he firmado un autógrafo en un disco suyo, cosa por la que la SGAE no dudaría en procesarme. ¿Qué coño hace usted firmando las obras de otros, impostor? Yo es que nunca digo que no a quien se merece el sí; debe de ser un poso de la catequesis.

Para celebrar el primer domingo de libertad condicional, y en la confianza de que no me tengan que ingresar con síndrome de abstinencia en Proyecto Hombre -soy buen amigo de Ramón Gómez Crespo, no creo que me pusiera grandes problemas-, voy a rescatar del pasado un suplemento que me va a quedar larguito. Pero como tiene varios capítulos, podéis usar esos ratos muertos en el váter para ir leyendo. Ah, no, que vosotros sois de los que jamás se llevan el móvil al cuarto de baño; solo veis los documentales de la 2 y, para eso, en el sofá.

Como Dios sigue confabulado con Santiago Pemán para que los de Compostela podamos llegar al Obradoiro en submarino, os propongo que nos quitemos el musgo en Andalucía. Viajamos al año 2010, mes de agosto. La Voz de Galicia me envió al sur para una cobertura informativa que, en un primer momento, me pareció surrealista: “¡Te vas a cubrir la Visita de Michelle Obama a Marbella, haz la maleta!” “Estáis de coña… ¡Que estoy llegando a Carballiño!”, respondí. Pues tuve que regresar sobre mis pasos y subirme a un avión. Además de las crónicas que escribí para el periódico en aquellos días me explayé en un blog. Me lo pasé como Dios y, encima, me pagaron. Yo me hice periodista para esto, no para ir a ruedas de prensa en las que ni siquiera te dejan preguntar. Así que, como dijo el subdirector, haced las maletas, que os vais a cubrir a la mujer de Obama. Suena fuerte ¿eh? Es importante seguir el orden de los capítulos porque, según avanza el relato, se van incorporando personajes fundamentales. Nunca he sido buen fabulador, así que lo que conté entonces es lo que ocurrió. Animaos, veréis cosas que no creeríais. Y al final, como siempre, el minuto musical.

1. Esperando a Michelle. Toma 1 (4 agosto 2010)

2. Esperando a Michelle. Toma 2 (4 agosto 2010)

3. Michelle ya está aquí.

4. Michelle se va de tiendas

5. Salvar al helado Ryan

6. La toma de Playa Bella.

La realidad es que llueve en Santiago. Chove en Santiago, meu doce amor. Luar na Lubre con Ismael Serrano sobre unos versos que Federico García Lorca le dedicó a mi ciudad, vuestra casa. Traed paraguas. Continuará.

57. No se vayan todavía, ¡aún hay más!

¿Noche de jueves? Me voy a escuchar a French Connection Quartet a la Casa das Crechas. Pero no voy a dejar tirados a los que se niegan a irse a la cama sin noticias rabudas. Estoy abrumado y agradecido a partes iguales. Además, saber que mi amiga Noa Díaz le da la teta a Nara a eso de las cinco de la mañana leyendo mis memorias sanitarias es toda una responsabilidad. Hoy va por vosotras, guapísimas. Por eso escribo ya y, como decimos en el periódico, me marcho antes de que pase algo. Además, tengo que ordenar un par de ideas para soltar mañana a las 13.00 en el acto de homenaje al personal del área sanitaria de Santiago que se jubila. Lo celebramos en el aulario, que también es un poco mi casa como profesor asociado de la USC que soy. Una sesión de freidora más, dos raciones de citotóxicos asesinos y vacaciones.

Hemos tenido un simulacro de sol por la tarde y daba gusto ver a la gente echarse a la calle para deshumidificarse y para protestar. A eso voy yo a Barcelona la semana que viene: a secarme. Por los ecos que me llegan, hay quien agradece que recupere viejas historias y las coloque aquí. Normal, no todo van a ser enfermedades. Hoy quiero darle las gracias de manera especial a Pablo Alcalá por dedicarme este artículo en ABC. Lo podéis leer directamente en el enlace o también aquí, que se lo merece. Pablo y yo no nos conocemos de nada, pero la hostelería compostelana tiene remedio para eso. Después recupero una historia que escribí hace unos meses, recreando el viaje de Eva Perón, Evita, a Santiago de Compostela en 1947. Y permitidme que cierre el post con la música que Kim Carnes le dedicó a los ojos de Bette Davis. Esos ojos. Como decía Jack el destripador, vamos por partes.

De oncología y ortografía

Pablo Alcalá (ABC Galicia) 27 febrero 2014

Aunque no conozco a Nacho Mirás, llevo unas cuantas semanas acostándome con él. Últimamente, en realidad, he cambiado la rutina ante las sospechas de mi esposa, que me ve reír, sonreír, fruncir el ceño y hasta los ojos vidriosos mirando el teléfono, y empieza a sospechar que en vez de irme a la cama con un señor y un astrocitoma anaplásico grado III me despido entre nostálgico y feliz de una amante de guasap ligero.

 Ahora lo dejo para las mañanas. Hijo con mal despertar, ducha, café, pañal, correo electrónico, radio, guardería, prensa, coche, teléfono, correo físico y… Mirás. Esa hora y media ajetreada que me separa de rabudo.com la vivo con impaciencia. «¡Puñetas, cómo escribes, Mirás!», me digo cada nueve de la mañana, con esa sensación frustrante de que todo lo que tú vayas a escribir a partir de ese chorreo de emociones radioactivas con retranca balsámica va a importar bastante nada. Tal es el talento del escribiente.

 El citado autor tiene dos características que disgustarían a cualquier padre de familia que quisiera a su hijo: es periodista y tiene cáncer. Mezclando ambas desgracias, Mirás vuelca en un blog, ya bestseller, su personalísima batalla con lo que viene a llamar «un inquilino de renta antigua que ahora, descubierto, se expone a un desahucio inmediato». Y lo hace tan bien, que casi olvida uno que está hablando de un puñetero cáncer.

 Da pudor escribir esto. Primero porque se me adelantaron hace tiempo unos señores de esos capaces de escribir una notificación de embargo y que parezca merecedora del Cavia. Además porque no le conozco, pero es que Mirás ya es un poco de todos.

 Ocurre también que él lleva 10 goles y el tumor un par, así que me he comprado la bufanda del que va a ganar el partido. Me apunto el tanto antes de que me pase como en los 90, que yo seguía siendo del Rácing de Ferrol y no había quien tomase una copa sin cara de pardillo entre tanto deportivista venido a más. Aquí un hooligan, Mirás. Por delante y por detrás.

Ahí va la visita de Eva Perón a Santiago contada en primera persona. Ya sabéis que soy un freak que viaja en una Vespa del tiempo. Me fui al 20 de junio de 1947 de una patada. La crónica la publiqué en La Voz de Galicia el 16 de junio del año pasado, sin prisas. Y, al final del relato, las propinas musicales.

No llores por mí, Compostela

“Una jornada inolvidable de emoción intensísima y de fraternidad hispano-argentina con motivo de la llegada de doña María Eva Duarte de Perón, esposa del presidente de la República del Plata». Así arrancaba el relato de la visita a Compostela de un mito rubio y argentino en La Voz de Galicia del 20 de junio de 1947, un día después de que Evita, la única, la irrepetible, la gran valedora de los descamisados, llegase a la ciudad en una parada de su gira española. Fueron unas pocas horas, pero suficientes para desatar una de las mayores apoteosis ciudadanas que se hayan vivido jamás en las calles de Santiago.

Con la excusa de la mini serie emitida recientemente por Televisión Española y con la portada de La Voz como guía, arranco mi Vespa del tiempo de una patada y me planto en la Compostela alterada de 1947. Si quiere venir de paquete, hay sitio; verá cosas asombrosas.

Nos vamos directos al «campo de aviación» de Lavacolla, que es una manera pretérita de referirse a nuestro aeropuerto. Según la página que llevo en el bolsillo, a las 12.50, exactamente, divisaremos en el horizonte la escuadrilla que escolta el avión presidencial. ¿La ve? ¡Ahí está! Y justo detrás, como bien escribe el cronista de la época, el DC-3 «que ocupa la ilustre dama», pilotado por el comandante Ansaldo. Las aeronaves de apoyo, comandadas por un tal Araújo desde el aeródromo de Guitiriz, vigilan el aterrizaje desde las alturas; esto es una visita de primera división. Si nos colamos entre la multitud aún veremos más. Por ejemplo, cómo la esposa del ministro de Marina recibe a «doña María Eva» -como la llama el Régimen- con un ramo de flores. En la recepción no falta nadie, desde el ministro del Aire, el general González Gallarza, al capitán general, señor Mujica, o los gobernadores civiles de las cuatro provincias. Pero lo realmente interesante viene después del acto protocolario, cuando arranca una formidable caravana automovilística con dirección a Santiago.

He conseguido colarme en el coche de la prensa enseñando únicamente una libreta. Todo el mundo está tan alterado con el despliegue que ni se han fijado en que mi pinta no es exactamente la de un periodista de posguerra. Para no levantar sospechas, hago como que tomo notas, aunque llevo el programa cerrado en el bolsillo y sé perfectamente todo lo que va a ocurrir; ventajas de viajar en el tiempo.

Tal como dice el periódico que me he traído del futuro, entramos en el pueblo por Concheiros y por la Cruz de San Pedro, donde nos esperan el alcalde, la corporación y una batería de artillería con estandarte. Y lo hacemos por lo que hoy sería dirección contraria. Como para que se nos averíe la línea espacio-temporal y suba el 6 en dirección a San Lázaro. No quiero ni pensarlo. Miles de personas se agolpan a ambos lados durante todo el trayecto. ¡Franco, Franco, Franco! ¡Perón, Perón, Perón! ¡Evita, Evita!, gritan los ciudadanos, ya sea voluntariamente o inducidos. Doña María Eva contesta con uno de esos gestos automáticos de mano que se aprenden en las academias de protocolo. Subimos por Casas Reais, enfilamos Cervantes y, por fin, la caravana se detiene frente a la fachada de la Inmaculada. Mires a donde mires solo hay gente que vitorea. Toca caminar ahora por debajo del arco de palacio, que en 1947 todavía no tiene incorporado el gaiteiro de serie. La ilustre dama lleva un peinado digno del mejor estilismo de mediados de siglo y se cubre la cabeza con un sombrero que recuerda a los que usan las campesinas. ¿Será un guiño? Aunque tiene solo 28 años aparenta muchos más, pero es la elegancia personificada. Una diva, una diosa caída del cielo para unos españoles necesitados de glamur y de pan, todo sea dicho.

«¿Ha visto cómo está el Obradoiro, Alvite?», le pregunto a un compañero de la prensa.

-Dirá la plaza de España…

-Claro, perdón, no sé en qué estaba pensando.

-¿Y todas esas personas de blanco en el balcón del Hostal de los Reyes Católicos?

-Eso es un hospital. ¿De dónde ha salido usted, señor? ¡Son los médicos y las enfermeras!

La comitiva entra en el Ayuntamiento, pero yo me quedo a pulsar el ambiente. La gente saluda con pañuelos y echa vivas a la Argentina cuando La Perona abanica con los dos brazos abiertos desde el balcón de Raxoi. ¿Les he dicho que hace un calor horrible? «¡¡Relindaaaa, sós como una diosa!!», le grita con acento argentino un señor orondo que está a mi lado. Lo que sucede en el ayuntamiento está en las hemerotecas: ofrendas, discursos, la medalla de oro para su marido, más discursos… Intermedio.

Evita se lleva de Santiago tantos regalos que le hará falta sitio en el avión: una imagen del Apóstol peregrino de 30 centímetros, una talla en azabache de Mayer, un álbum… Procuro no perder de vista al fotógrafo Artus -el hijo- que se conoce al dedillo el programa y tiene que retratar la visita para La Voz. Es él el que me cuenta que Evita ha estrenado con su firma el Libro de Oro de Santiago.

-¿Y qué ha escrito?

«¡No sé, pelotudeses!», bromea Artus fingiendo acento austral.

«Minutos después -leo en la crónica de La Voz del día siguiente- doña Eva Duarte abandonó las casas consistoriales, siempre entre las fervorosas manifestaciones de afecto y simpatía de pueblo santiagués». Vuelva a leer esta frase imaginándose la voz de Matías Prats padre, hágame caso.

La comitiva camina ahora en procesión hasta la catedral detrás de la Virgen de Luján. Veo a lo lejos al doctor Souto Vizoso, obispo auxiliar, que aguarda a la dama a pie de escalera. ¿Este sabrá que está casada por detrás de la sacristía? Y tanto que lo sabe. Dentro de la catedral, ceremonia solemne, discursos, botafumeiro y lleno absoluto.

Evita sale del templo por Platerías, «donde el gentío le tributa nuevas ovaciones y vítores». Subida en un impresionante descapotable recorre la Rúa do Vilar hasta el Hotel Compostela. La gente le entrega ramos «con delirante entusiasmo», que ella va arrojando, flor por flor, al público, a sus descamisados. Yo recibo una y me la guardo, porque siempre me he sentido un descamisado. En la recepción del hotel la agasaja con otro ramo el violinista Manuel Quiroga. Si quieren revivir el saludo desde el balcón del Compostela, busquen en Internet el NO-DO número 243B.

Ameniza la comida la masa coral de Educación y Descanso. Antes de salir hacia Pontevedra, Evita plantará un abeto en la explanada de la residencia de estudiantes, el único vestigio que encontrarán de su visita 66 años después. Búsquenlo; lo llaman La Perona.

Y acabo. Ahí van los ojos de Bette Davis cantados la voz rota de esa rubia platino que es Kim Carnes. ¡No se vayan todavía, aún hay más!

Sí, señores. Despedida y cierre a lo grande con otro de mis clásicos. Johnny Hallyday. Este fulano sí que es la rehostia en verso. Que je t’aime.

56. Entre dos mundos, entre dos aguas

“Nunca había caminado tanto ni había comido tantos bombones como desde que trabajo en este hospital”. Me lo dijo ayer, después de la sesión de radioterapia número 28 de 30, la técnica que me frió la cabeza en el acelerador lineal Siemens Primus con tanto cariño que casi me quedo dormido. La de corriente que le tengo que estar gastando a la Consellería de Sanidade. Sabiendo lo caro que está el kilowatio hora, no quiero ni pensar a cómo saldrá el kilo de fotones. ¿O se venderán por litro?

Lo de andar mucho que me decía mi churrera viene porque el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela es más horizontal que vertical. Atrás quedaron aquellos pirulís como el Xeral de Vigo, antigua Residencia Sanitaria Almirante Vierna, donde yo nací el 4 de julio de 1971, con más de veinte pisos; sanidad preconstitucional en caída libre. Por eso la técnica dice que camina mucho entre departamentos cada día. En cinco pisos y tres sótanos hay que resolver todas las instalaciones que antes se metían en rascacielos, así que toca recorrer mucho pasillo de nuestro señor. Y lo de los bombones -un exceso bien se compensa con el otro- es una prueba de que los pacientes de radioterapia somos público agradecido. ¿Preferís pues algo saladito? Yo quería agasajaros el viernes, cuando me friáis por úlitma vez. Llevar callos al hospital me parece un poco arriesgado; algo se me ocurrirá, pero tampoco esperéis sushi.

Hoy me he ganado el sueldo, caminando arriba y abajo por toda la ciudad como si la vida me fuese en ello. En cierto modo, la vida me va en ello. Mi oncólogo insiste en que gaste mucha zapatilla para eliminar toxinas. Hoy, como un control de la Guardia Civil por sorpresa, voy y me lo encuentro en la Porta Faxeira.

-¿Qué haces?

-Caminar, como me mandas.

-Eso está bien.

-Mira la prueba (entonces levanté un zapato y le mostré la suela consumida de unos Camper que me costaron un pastón poco antes de Navidad. Ya no lo quedaron dudas).

En el paseo de la tarde incluso he parado en una iglesia. No lo hice por mí, sino por acompañar a un amigo policía que tiene fe y suele entrar a echarle una oración rápida, incluida esa pequeña coreografía del alma que es hacer la señal de la cruz desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad; santiguarse, vaya. Yo soy más de bostezar. Pero respeto profundamente a los que hallan en la fe el consuelo y el remedio que yo encuentro en otras alternativas, desde tocar la gaita a escribir mis memorias sanitarias o hablar con el hombre que siempre va conmigo.

Ahora que me ha dado por reeditar viejos escritos, me sorprende que haya personas que se acuerden de cosas que leyeron hace un montón de años. Ya que hablamos de rezos,  mi amiga Eva Sandino, que no es precisamente una crítica complaciente, me pidió hoy por Whatsapp que volviera a colgar la crónica de una peregrinación europea de jóvenes católicos que escribí… ¡en 1999! Hace quince añazos. Aquella cobertura informativa fue la crónica de una invasión. A la jerarquía le pareció tan irreverente mi página que desde el arzobispado compostelano llamaron al director y al dueño de La Voz de Galicia para que me sometieran a un consejo de guerra que, de haberse celebrado, podría haber acabado con un fusilamiento al amanecer. Lo que se llama espíritu cristiano, vaya. Total, porque utilizaba, según decían en palacio, algunas expresiones que de ninguna manera se podían admitir. Solo me faltaba que me controlara los textos el Espíritu Santo. Dieron en hueso. 

Yo simplemente me limité a contar el exceso de celo con el que una invasión alienígena de jóvenes tomó al asalto la capital de Galicia en el nombre de Jesucristo. Os juro que fue, como diría Enrique Iglesias, casi una experiencia religiosa. No me inventé nada. Es más, me quedé corto. A mí tampoco me gustan muchas cosas que dicen los curas en las misas y no por eso voy por ahí pidiéndole sus cabezas al Papa. En cualquier caso, aquello ocurrió hace tiempo así que, por mi parte, monseñores, pelillos a la mar. Querida Eva, ahí te va aquella crónica que empezaba “Solo faltó María Ostiz bajando en ala delta” y por la que casi me crucifican en el monte Pedroso. La empresa me avaló y ni siquiera tuve la necesidad de resucitar. Aquí estoy, quince años después, de cuerpo presente y sin rencor.

Catequesis a discreción

El arzobispo de Santiago dio la bienvenida a los miles de jóvenes que participan en el Encuentro Europeo

(Publicado en La Voz de Galicia el 5 de agosto de 1999)

Nacho Mirás. Santiago

Sólo faltó María Ostiz bajando en ala delta. Imagínese una sesión de catequesis para cinco mil personas. Cientos, miles de catequistas cambiando la guerra por el amor y el pecado por la penitencia. Pues así fue ayer el acto de bienvenida que el arzobispo de Santiago brindó a los muchachos que participan en la Peregrinación y Encuentro de Jóvenes Europeos. Todo lo que se diga sobre el acto es poco y sólo vivir la celebración en carnes propias puede servir para hacerse una idea de lo que fue Santiago ayer por la tarde.

Sobre las seis, varios miles de chicos y chicas, monjas blancas de hábito negro, monjas negras de hábito blanco, curas recién ordenados, simpatizantes de las órdenes más diversas, guitarras con bandolera, pañuelos, gorritas identificativas y mochilas de peso escaso tomaron literalmente las aceras de la rúa do Hórreo. La tropa aguardaba a los compañeros que llegaban en tren desde la estación y que no pudieron contener las lágrimas con semejante recibimiento, mezcla de emoción y asalto.

Eran casi tantos como en la última manifestación del BNG, sólo que las consignas no tenían mucho que ver, ni tampoco las banderas: «Somos una familia, un auténtico mogollón», gritaban hasta desgañitarse en la zona de la praza de Galicia; «Cristo me ama, Cristo me ama», contestaban otros, completamente convencidos de que, en efecto, Cristo les ama. «A-ba-ni-bi-aboebé» —que, como todo el mundo sabe, quiere decir «te quiero, amor»— , bailaban los más modernos, arropados por los acordes guitarreros de una sor con sandalias e inspirados en un ídolo profano como es El Chaval de la Peca.

Todos en piña, arrasando con los peatones a su paso, pasando de las señales, los semáforos y los policías locales, se concentraron en el Obradoiro para participar en la Liturgia de la Palabra que presidió Julián Barrio.

«¡Que bote el arzobispo, que bote el arzobispo!». Y el arzobispo botó. Discreto, pero botó. De repente, la plaza se convirtió en el festival de la OTI. Nunca un acto religioso había sido tan festejado. Parecía que fuese a dar la eucaristía Michael Jackson. En lo alto, a las puertas de la catedral, el clero, con Julián Barrio, Ricard María Carles y el cardenal Rouco Varela al frente. Abajo, en la platea, miles y miles de devotos.

«Ahora podríais hacer ondear las gorras y los pañuelos», pedían desde la tarima. Y la muchedumbre respondía a gritos al llamamiento. Se oyeron mensajes de profundo contenido católico polaco, inglés, alemán, español. Pero el plato fuerte fue cuando salieron a las escaleras de la catedral una especie de Spice Girls peregrinas, también apodadas in situ las «chicas botafumeiro»: cuatro chavalas con pantalones ajustados que cantaron y bailaron el himno del encuentro al más puro estilo G iorgio Aresu. «Arriba, arriba, abajo, abajo, uno dos, uno dos…». Resulta que eran italianas y se llaman Hope Music. Pero fueron, sin duda, la bomba, el contrapunto discotequero en sesión de tarde de un acto que se pretendía solemne.

Luego vinieron los mensajes del arzobispo santiagués en varios idiomas y se cantó a pulmón partido Mensajeros de la vida, de la paz y del perdón, un clásico de las liturgias, según los entendidos. «Que el Dios de la esperanza os colme de paz y de alegría en vuestra fe», dijo Julián Barrio a los jóvenes que, a la vista saltaba, andaban sobrados de alegría. El broche final lo puso la Royal Bagpipe Band of the Diputation of Ourense, nombre internacional con el que los jóvenes peregrinos conocieron a la banda de gaitas de la Diputación ourensana, muy en la línea de la cosa anglosajona tanto en sus interpretaciones como en las coreografías marciales y castrenses que se marcaron en medio de la plaza.

Lo de ayer sólo fue el cohete de salida de una concentración que durará hasta el próximo fin de semana y en la que, según la organización, participarán unos cincuenta mil jóvenes. Los compostelanos tendrán que tener paciencia hasta el domingo, pues los peregrinos demostraron ayer que no vienen a Santiago en plan muermo.

¿Verdad que tampoco era para tanto? Yo suelo decir a quien se molesta por algunas lecturas que escojan otra opción entre las que hay en el quiosco. Solo jodería. Me voy a ir a la cama con la Temozolomida puesta, con esos 150 miligramos de citotóxicos que me envenenan lo bueno para fulminar lo malo. Estoy muy afectado por la muerte de Paco de Lucía. Monseñores, Dios está demostrando muy poca sensibilidad con la guadaña, no me lo negarán. No se puede andar por ahí haciendo el indio con la motosierra. Y lo de las borrascas perpetuas en las que vivimos instalados en Galicia es como para darle de comer aparte o hacerse budista.

Doble ración, para finalizar, de minutos musicales. Para arrancar, la voz de Leonard Cohen (gracias, Lola Camiña, por coincidir en gustos). De postre, Entre dos aguas, de Paco de Lucía, cuyos dedos me gustaría tener trasplantados para tocar con ellos a la gaita una muiñeira atómica que resonase en las ruinas del purgatorio. Buenas noches. Vivid antes de que la vida os mate, como le pasó a Paco.

55. Un martes más, un miércoles menos. Una de curas

Hoy os dejaré pronto, que me ha venido todo el sueño junto. Los martes son un coñazo. O lo han sido, porque, después del viernes, ya no tendré que pisar más el hospital hasta el 25 de marzo. Me han chutado, me han analizado los fluidos, he tenido visita con el oncólogo… Todo en orden. El roble sigue vertical, con menos hojas pero con las mismas ramas. Tengo bajos los leucocitos, vale, pero entra dentro de lo normal. Va a ser que leucocitos están sobrevalorados.

Llevo bastante bien lo de ir saludando por el hospital; soy la Leticia Ortiz de la oncología compostelana. Aunque Josep Plà distinguía entre amigos, conocidos y saludados, creo que en los últimos meses ha habido un montón de cambios y saltos entre las tres categorías. Amigos que han pasado a ser saludados; conocidos y saludados que se han convertido en amigos… El tiempo y las urgencias suelen poner a cada uno en su sitio. Está bien hacer limpieza general, que cuando te das cuenta tienes la casa llena de trastos inútiles y escasa de las cosas necesarias.

Solo voy a seguir escribiendo esta noche mientras me llega la hora de la droga dura. Así que después me entregaré en cuerpo y alma al edredón nórdico y me dormiré oyendo llover. Por cierto, el edredón nórdico es una de las consecuencias de una novia alemana que tuve en la universidad. Hasta 1992 yo era de mantas y colcha, pero ella cambió eso y más cosas. ¿Cómo era esa frase de José Luis Alvite? Ah, sí: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre”.

Hoy me he encontrado por la calle a un montón de personas. La difunta madrina Celia, que era la Agustina de Aragón de mi familia -madrina de mi madre, de mi hermano y de la boda de mis padres-, distinguía siempre claramente entre personas y gente: “Hai moita xente -decía-, pero persoas poucas”. Por eso digo que esta tarde he saludado y me he parado con un montón de personas. Os diré que estas memorias sanitarias tienen más de una lectura. Intento decir muchas cosas sin decirlas, lo mismo que obvio otras. Hay mensajes cifrados, hay frases en código, dedicatorias escondidas… incluso aflora, sin yo buscarlo, algún que otro rencor. De fogueo, nada preocupante. En todo caso, confío en que los interlineados lleguen a los destinatarios. Ya sé que algunos saben leer perfectamente entre líneas.

Por petición os dejo de nuevo el enlace al programa Expreso de Medianoite que compartí el sábado pasado con Victoria Rodríguez en la Radio Galega. Victoria es todo sensibilidad y me hizo sentir muy a gusto en el compartimento de este convoy autonómico. Son tres cuartos de hora de viaje que podéis escuchar desde aquí. Ya me voy, pero antes, en este intermedio del cáncer, voy a rescatar un post del pasado para dedicárselo a mi amiga Tere Ferreirós Criado, a propósito de un encuentro episcopal que ha tenido estos días en los dominios de Dios. Lo escribí en noviembre del 2010, cuando viajé a Barcelona en acto de servicio para cubrir la consagración de la Sagrada Familia. No todo el mundo puede presumir de haber viajado en avión con toda la Conferencia Episcopal Española al completo. Para ti, Tere, en rigurosa reedición. Hasta mañana.

La trastienda del Papa 

(Barcelona, noviembre 2010)

Tengo que hacerme mirar esta facilidad pasmosa que tengo para encontrarme frikis por la calle. ¿Cuántas posibilidades hay de que te envíen a Barcelona a cubrir una visita del Papa y tropieces con el Padre Apeles? Pues a mí me ha pasado hoy. No pude evitar la tentación de sacarle una foto con el móvil. “Si no lo hago -me dije- no me creerán”. Apeles vestía sotana hasta el suelo, parecía un cura en traje de noche en un capítulo revenido de Amar en tiempos revueltos.

Junto al pinturero Apeles, dos idiotas arborescentes se dejaban la garganta: “¡Viva España, una y católica!”. Miré a mi alrededor, convencido de que, en cualquier momento, aparecería el caudillo bajo palio. Entiendo a los católicos y a sus razones, incluso las que no comparto -aún no he apostatado, así que hablo desde dentro-, pero no comprendo a los fanáticos y soy completamente incapaz de respetarlos. “¡Viva España, una y católica!”, seguía vociferando el idiota mientras yo me abría paso en esta cuadrícula maravillosa que es el Eixample barcelonés, una ciudad de papel milimetrado. Allá lo dejé, desbocado junto a Apeles. Carne de cañón.

Ha sido interesantísimo el viaje desde Santiago a Barcelona a bordo del Papa Force Two, el avión especialmente fletado por la Conferencia Episcopal Española. Los de Iberia, que se deshacen en atenciones con el clero, incluso le pusieron a los asientos unos reposacabezas conmemorativos de la visita de Ratzinger. Y, así, me encontré con que, durante todo el viaje, Benedicto XVI me hacía masajitos castos y píos. Llegué a temer que hubieran sustituido el chaleco salvavidas por una casulla. ¡Dios, ¿¿cómo inflo una casulla??! ¿Soplando por un tubo?
En el avión iban facturados cien obispos y arzobispos y, en las plazas sobrantes, los chicos de la prensa. Estaba convencido de que rezaríamos en medio de la travesía, como en aquel viaje en autobús a Torreciudad con el cura de A Salgueira, que era del Opus; empezamos con el rosario en Benavente y acabamos en el desierto de Monegros. Menudo recital.

Pero no, nada de rezos en el aire. Después caí en la cuenta, claro, de que Dios nunca daría de baja en acto de servicio a la Conferencia Episcopal toda junta. Eso obligaría a Nuestro Señor a replantear la empresa y a convocar concurso de méritos. O, lo que es peor, a un cierre patronal. Viajé, por lo tanto, con una seguridad desconocida, como si el avión lo pilotara directamente la Virgen de Loreto, patrona de la aviación.

Mientras la aeronave llegaba y no llegaba a buscar tan selecta carga, en Lavacolla conversé con monseñor Luis Quinteiro, obispo de Tui-Vigo; y también con Alfonso Carrasco Rouco, obispo de Lugo y sobrino del cardenal Rouco Varela. He entrevistado a ambos, así que ya nos sonábamos. Aunque lleva poco tiempo en Vigo, Quinteiro le tiene perfectamente tomada la medida a sus parroquianos, a la esencia de cómo somos en esa ciudad donde, detrás de cada farola, sale en su defensa una asociación de vecinos; nos tiene calados. Rouco me sorprendió cuando, del bolsillo de su chaqueta de obispo, sacó un flamante iPhone negro. “Caramba, monseñor -le dije- está usted a la última”. Carrasco sonrió -todos los del iPhone ponemos risa tonta cuando nos adulan- y nos pusimos a hablar de nuestros teléfonos móviles como solo sabemos hacer los devotos de San Steve Jobs. Tengo que desmentir a mi compañera Tamara Montero, que está convencida de que todos los curas hablan “en cura” -así le llama a esa manera de expresarse canturreada y aguda que se enseña en la escuela oficial de idiomas del seminario-. Fuera de servicio, algunos obispos son magníficos oradores.

Con Quinteiro hablé de la sociedad civil y para nada intentó plantar olivos ni recoger espigas por el camino. Soy terreno duro. Y con Rouco, del último IOS del iPhone. “Yo espero a que salga el 5 ¿Para qué quiero el 4?”, me dijo vacilón. La de puntos Movistar que debe de tener la Conferencia Episcopal Española. A pesar de las tres horas que duró la ceremonia de hoy -alguien debería convencer a la Iglesia de que, a veces, menos es más- vengo razonablemente satisfecho, sobre todo en la parte musical. He descubierto que, bien cantadas, las letanías no tienen que tener la monotonía insoportable del sorteo de Navidad. Es más, el recitado de santos se me hizo corto, arropado por ochocientas gargantas del Orfeó Català, el coro Sant Jordi y la Escolanía de Montserrat, entre otros. Qué delicia. Me pasó con la misa flamenca de Enrique Morente que viví en la basílica de Saint Denis de París.

Tal como ordenaba el protocolo, he ido de traje a la consagración. Reconozco que el traje me queda bien, pero yo no me veo. Para diario soy más de Decathlon. “Neno, qué bien te queda el traje”, me dice mi madre, que siempre que me quiere halagar empieza las frases por “neno”. El caso es que, al ser gris oscuro e ir combinado con una camisa negra sin corbata, me dio la impresión de que mi presencia, más que seductora, era pastoral. Solo así se puede explicar la sonrisa piadosa que me dedicó una voluntaria del Arzobispado de Barcelona que, por cierto, tenía un interesantísimo piercing en la nariz. Yo creo que, nada más verme, sintió ganas de confesarse. Pero… estoy pensando… ¿y si la mirada no era piadosa? No, seguro que sí que lo era… ¿Y si no era?. Vengo de Barcelona ungido de santidad, no cabe duda.

Tres horas y pico de misa hoy, más todas las visperas de Santiago… ¿No podría convalidar todos estos créditos por una docena de mis peores pecados? Como nos colocaron en una tribuna en el segundo nivel de la Sagrada Familia, el humo del incienso que quemó el Papa para purificar la basílica menor subió sobre su cabeza y acabó incrustado en mi traje de legionario de Cristo del servicio secreto. He estado todo el día oliendo a tiraboleiro y me acabo de dar cuenta ahora, al llegar al hotel y quitarme la ropa. Si me pilla Armando, el tiraboleiro mayor, me para girando y acabamos fundidos en un tango. Va a ser por el olor y por la camisa negra por lo que me hacía ojitos la del piercing. Y es que uno ya tiene una edad y con las canas supongo que infunde una mezcla de ternura, seguridad y absolución latente. Aunque… ¿y si no era eso? ¡Vade retro, Satanás!

Me ha pasado una cosa muy curiosa en la tribuna de prensa. Me explico, primero, para los que no saben cómo va esto del periodismo. Normalmente, cuando nos envían a cubrir un acto -el verbo suena fuerte, pero no es algo en absoluto carnal, al menos de entrada- los periodistas no tomamos parte. Es decir, si nos ponen delante a un político soltando una sarta de paridas tomamos nota, si acaso preguntamos -cada vez preguntamos menos- y ya está. Nunca jamás aplaudimos ni nos levantamos por respeto, así se esté firmando la paz en Oriente Medio. Estamos trabajando, como ellos, y así lo hacemos ver, yendo a lo nuestro.

Sin embargo, en la tribuna que me tocó hoy todo fue diferente. No reparé en que, conmigo, la mayor parte de los compañeros acreditados eran redactores de publicaciones católicas, desde Radio Vaticana hasta L’Observatore Romano. Había muchos, como veinte. Me di cuenta cuando una de las voluntarias se nos acercó y pidió que levantasen la mano todos los que querían comulgar durante la macromisa, que ella se encargaría de que subiera un cura para darnos unas hostias a distancia. Fue muy violento cuando, menos la mía y otras dos, se levantaron todas las manos. Tan brusco me resultó que me puse a recitar mentalmente los santos de las letanías: San Pedro y San Pablo, San Andrés, Santiago, San Juan, Santa María Magdalena… Se me pasó un poco el agobio cuando comprobé que don Juan Carlos de Borbón, Rey de España, también ayunó el cuerpo de Cristo mientras su mujer sí que participaba en la cena del Señor. Pero eso no fue lo peor del trabajo en la tribuna.

Hace un momento os conté que los periodistas jamás nos levantamos ante el que nos convoca -nunca falta alguna palanganera excepción-. Pero es que aquí el que convocaba era el Papa y los que cubrían a mi lado la ceremonia estaban a la vez en misa y repicando, esto es, trabajando y participando de la eucaristía. Mal asunto. Ese estar a todo provocaba un continuo levantarse y sentarse de compañeros que hacía realmente difícil mantener la atención. Tanto viento generaban que casi me vuela un discurso embargado de Benedicto XVI. Y claro, si el de delante te tapa la pantalla gigante porque viene la consagración, te da reparo mandarle que se siente, porque no ves. Fue una cobertura difícil. No faltará quien me tache de irreverente por contar las cosas como las cuento. Pero diré en mi descargo que, para ser irreverente, hay que serlo en el momento en el que uno debería tener un respeto, y yo en eso soy muy escrupuloso. Quitando que no comulgué -estoy plenamente convencido de que algunos de mis compañeros estaban, por lo menos, empatados conmigo en el gol average pecador- soy un maestro en el arte del respeto in situ. Sin embargo, lo que sí me parece irreverente es un acólito del Padre Apeles salivando en medio de Barcelona: “¡Viva España, una y Católica!”, eso sí que me parece irreverente.

Me pasó lo mismo cuando, el día de la Guardia Civil, un chaval con los dientes y el bigote de leche se puso a vociferar como un animal, sin venir a cuento, junto a la capilla de San Lázaro: “¡Viva España, viva el Rey, viva le orden y la Ley!”. Soy alérgico a tales declaraciones de principios. Lo que yo cuento, guste más o menos, no deja de ser un retrato fiel de la realidad, adobado si acaso, pero retrato. Creo -y ahora opino- que la Iglesia ganaría purgándose de fanáticos y de parafernalia y que, en general, el mundo espiritual está falto de sentido del humor. El padre Isorna, un franciscano al que le tengo fe, me decía el otro día que no soporta a los fanáticos de ninguna religión. Y en eso estamos de acuerdo: ni a los de la religión, ni a los del fútbol, ni a los de la política… Ha sido un fin de semana intenso, pero ahora me voy a la cama sin cargos de conciencia.

Hasta aquí las notas a pie de página de hoy y el recuerdo del pasado. Me voy con la música a otra parte y en la confianza de que no soñaré con obispos. He arrancado mi Suzuki Burgman 400 y me he dado una vuelta por el garaje a lo loco, sin obedecer al neurocirujano. Qué bien me sientan estos gestos de insumisión sanitaria. Mañana toca burrocracia un miércoles más. Pero también es un miércoles menos. Música y a la piltra. Dirige la orquesta un súper pecador: Elton John. Gracias por todo.

54. Droja en el Colacao… and I feel fine…

Oigan, doctores: ¿Están seguros de que no me están echando droja en el Colacao como a Tojeiro? Porque excepto por unos pequeños daños colaterales ya conocidos, en general me encuentro de puta madre. Mondo y lirondo en el cuero cabelludo, envenenado de Temozolomida, frito por las 26 sesiones de radiactividad acumuladas y rindiendo cuentas cada día a las autoridades sanitarias como cualquier consejero podrido de un banco en el juzgado… Pero fuerte. Capaz. Y como la gente sigue mandándome ánimos en distintos formatos, me vengo arriba. Hoy incluso he acabado tomando café en el París con una mujer y con una perra desconocidas. Es la excitante vida pública de un paciente oncológico que, en vez de mortificarse, decidió improvisar sobre un pronóstico malo.

Para completar el cuadro social, me han invitado a que diga unas palabras el próximo viernes en el acto de jubilación del personal del área sanitaria de Santiago, que se celebra a las 13.00 en el aulario del complejo hospitalario. Como usuario avanzado del sistema que soy no me puedo negar: el personal es, precisamente, el que hace que la sanidad pública sea un tesoro de todos que hay que proteger; a los de Siemens tanto les da fabricar aceleradores lineales como lavadoras. “¡O asunto non é a máquina, é o maquinista!”, decía mi tío Antonio. Me viene de repente a la cabeza el discurso que nos echó don Juan, el profesor de inglés, cuando dejamos el colegio público Lope de Vega de Vigo para migrar al instituto con el acné puesto y la libido a punto de nieve: “Sean buenos, malos o peores, recordad siempre que lo mejor que tiene este colegio son sus alumnos”. Con la sanidad pasa lo mismo: lo mejor de los hospitales es la humanidad que está dentro, en pijama, en camisón, en bata o en uniforme; lo demás es inventario.

Hoy me contó Jesús, uno de los técnicos de radioterapia, que muchos de los radiados acaban pidiendo la máscara hecha a medida con la que nos atornillan todos los días al a freidora. “Algunos la quieren para destruirla -me explicó-, otros para usarla en carnaval o para quemarla directamente en la hoguera de San Juan”. Yo también quiero la mía; siempre puedo exponerla en el CGAC como obra de arte contemporáneo. He visto cosas peores.

Que mis alumnos de la Facultad de Derecho me hayan votado para salir en la orla de su graduación es otro de esos regalos que me hacen crecer como ser humano. Los del departamento de Xornalismo impartimos en primero de Derecho Técnicas de comunicación oral e escrita aplicadas ao Dereito, que yo di dos años. Los que ahora se gradúan me juran que lo habrían decidido igual aunque estuviera sano, y no tengo motivos para pensar que a los futuros abogados los educamos en la trola ya desde la Universidad. Gracias. No, si cuando digo que tengo la sensación de estar asistiendo a mis propias honras fúnebres en vida…

Ya solo me quedan cuatro sesiones en el acelerador lineal para completar la treintena. Tengo la oreja derecha como para echarla al cocido, pero confío en recuperarla. Con lo que me gusta a mí que me coman la oreja… en crudo.

Los martes lo de siempre: sesión de control, agujas, análisis, farmacia, papeleo, oncólogo y residentes… Solo pienso en que llegue la semana que viene para desbrozar el musgo compostelano en el Mediterráneo. No queda nada. Una semana en Cataluña, otras dos de vacaciones terapéuticas y de nuevo en orden de marcha para afrontar los ciclos de quimio a dosis más brava: droga para cinco días, colocón para veintitrés. Y así seis meses. Antes me tendrán que hacer otra resonancia magnética para comprobar que la invasión alien sigue contenida.

Atención a lo que me ha dicho mi hijo esta tarde mientras cenaba: “Papá, en la radio están hablando de Pokemon. Eso me gusta a mí, tengo cromos”. Excepto por un par de detalles, la frase no tendría más interés. El primero, que Mikel tiene tres años. El segundo, que Pokemon, para los que estéis fuera de la actualidad política gallega, es el nombre de una operación anticorrupción dirigida por la jueza de Lugo Pilar de Lara que salpica de mierda a un montón de ayuntamientos. Mal sabe el enano que lo de la radio no son dibujos animados. Está visto que lo único incorrupto en este país sigue siendo el despojo de Santa Teresa de Jesús.

Me acaba de venir a la cabeza una frase que mi padre siempre le clava a su médico cuando le dice que se descubra el brazo para colocarle el tensiómetro: “Mire, doctor, yo la tensión la tengo bien, ¡lo que tengo baja es la pensión!”. Debe de ser por eso que le han subido un ridículo euro y medio al mes y otro tanto a mi madre. Un capital. Cuesta más la carta que les enviaron para comunicárselo que la subida. A veces tengo la impresión de que nos gobierna Calamardo.

Me voy al sobre con el veneno en la barriga y con mi cabeza mutilada en otra parte. Últimamente siento una curiosidad insana por saber dónde y cómo se conserva mi trozo de cerebro. ¿En la sección de frío? ¿En ultracongelados? Nunca pensé que me fueran a pasar cosas tan raras. Pero pasan, ya lo cantaba The Radio Dept. La letra parece hecha a mi medida. Y después otra de propina, también muy propia: It’s the end of the world as we know it, and I feel fine. Buenas noches. Abrazos radiactivos; un beso atómico de largo recorrido.

53. Regreso al futuro

No creo que al cáncer le siente mal combinar la quimioterapia del fin de semana -los sábados y los domingos descanso en la freidora atómica- con callos de mi prima Pili de Castrelos y guiso de fabas de Lourenzá. Si desarrollo algún súper poder y no son gases ya os aviso. Ayer estuve más fuera de combate que dentro. Me habían advertido de que, con semejante tratamiento, era posible que sintiese un cansancio extraño y repentino de vez en cuando: “Ese cansancio no se pasa en el sofá”, me dijo el oncólogo levantando el dedo y una ceja. Y así es. Hasta que se me dio por salir a la calle a última hora de la tarde, viví la jornada en una especie de colocón farmacéutico que me dejó el cuerpo triste. Tener un hijo que te despierta por sorpresa en cualquier momento a partir de las seis de la mañana, como si hubiera que irse de maniobras, no creo que ayude. Son daños menores de la reproducción, en todo caso. Bendita reproducción.

Como voy a seguir dedicado a la vida familiar durante lo que queda de día, a modo de suplemento dominical voy a reeditar una de las entregas de la serie Compostela Vintage que he venido publicando en La Voz de Galicia hasta que un tumor cerebral de nada se cruzó en el camino de la Vespa del tiempo. La mecánica de la sección es sencilla. Así lo resumía Miguel Ángel Jimeno en el blog La Buena Prensa, en el que estoy muy orgulloso de aparecer: “En la edición de Santiago de La Voz de Galicia, todos los domingos se publica la mini sección “Compostela Vintage”. El periodista Nacho Mirás viaja en el tiempo para conocer de primera mano hechos, noticias o acontecimientos que tuvieron mucha repercusión en la ciudad. “Después de darle muchas vueltas a cómo contar la hemeroteca de toda la vida con nuevas fórmulas —nos cuenta—, se me ocurrió esta. Soy riguroso en datos y fechas y recreo situaciones que, por supuesto, jamás viví más que a través de los archivos. En el círculo cercano, y por el feedback que recibo, la idea funciona. Cuidamos la maquetación, la edición gráfica… en fin, tratamos de devolverle al periódico del domingo el espíritu “dominical” que se estaba perdiendo, al menos, en los cuadernillos locales. El trabajo de documentación es enorme. Después de 22 años trabajando… me encuentro más a gusto con las noticias del pasado que con las del presente”.  La última frase la sigo manteniendo, al menos hasta que la realidad me persuada de lo contrario. Sirva también de regalo para mi amigo José Ramón Mosquera, empeñado en seguir cumpliendo años lo mismo que yo.

Así que, como es domingo, nos vamos al Gran Circo Feijoo. Igual no es lo que estáis pensando. Pero pasad y poneos cómodos. Veréis cosas que no creeríais. (Publicado en La Voz de Galicia el 18 de agosto de 2013)

Una noche en el Gran Circo Feijoo

Los hermanos Jacowlew

Después de viajar a 1918 para conocer a Enrique Rajoy Leloup, abuelo de Mariano Rajoy, se me ha quedado el cuerpo triste. ¡Tanta austeridad y tanta tontería, hombre ya! Así que, aprovechando la indumentaria y el dinero de la época que me he traído del mercadillo de antigüedades que se celebra los sábados en Correos, he decidido quedarme un día más por estos lares y darme un homenaje que me desatasque la sonrisa. Como voy bastante documentado, me moveré dos años hacia atrás en mi Vespa del tiempo -la tengo convenientemente escondida en unos matorrales de Conxo como objeto extemporáneo que es- para situarme en la Compostela de 1916; no hagan planes; los llevo directamente a la noche del 10 de mayo de ese año.

En el bolsillo de la levita me he traído dos localidades que compré por Internet, con previsión, en una página de coleccionismo. Son oro en paño: la puerta de entrada al mayor espectáculo del mundo que, a principios del siglo XX en Galicia, tiene nombre propio: El Gran Circo Fejioo. Sí, hagan chistes, que nos reímos todos.

La cita es a las nueve de la noche en el Teatro Royalty. En 1916, El Royalty lleva solo tres años construido. Es un teatro de variedades que ocupa parte del solar en el que se levantaba el palacio de la Inquisición y, en el 2013 desde donde me leen, el Hotel Compostela. El Royalty lo demolerán en 1927 pero, hasta entonces, todavía le quedan muchas tardes y noches gloriosas.

Llego justo a tiempo y me asalta en la puerta la primera sorpresa.

-Buenas noches, ¿su localidad?

-Buenas noches, aquí tiene, joven. ¿Es usted Manolito, el hijo de Secundino Feijoo?

-Sí señor, el mismo. Que pase una buena función.

El chaval que me acaba de recibir es Manuel Feijoo (1897-1969), hijo del mítico empresario circense de Vilanova dos Infantes (Ourense) Secundino Feijoo López, gran promotor del circo moderno. Me muero por decirle que llegará incluso más lejos que su padre en este mundillo. Pero he venido a lo que he venido: al espectáculo.

Me siento justo al lado de un colega, el periodista de La Gaceta de Galicia, que ha venido a cubrir la función mandado por don Francisco Vázquez Enríquez. Prefiero no advertirle de que es mejor que se vaya buscando la vida en otro medio, pues la cabecera para la que trabaja cerrará inevitablemente el 30 de noviembre de 1918; no me acostumbro a que cierren periódicos ni en el pasado.

De repente, se apaga la luz. Largo redoble de tambor. Platillos. Bombo. «¡Muuuy buenas noches y bienvenidos a la función de esta compañía internacional, ecuestre, gimnástica, acrobática, excéntrica, cómica y taurina que es el Gran Circo Feijoo!», dice una voz a través de un megáfono de lata. Ovación. Las casi dos horas siguientes serán de pura emoción. Hoy debutan en Compostela los míticos hermanos Jacowlew, que pedalean en posturas imposibles con sus bicicletas dentro de La Corbeille de la Mort (La jaula de la muerte). Cuentan que el pequeño se mató haciendo esto. «Les Fréres Jacowlew, champions du monde, sur pneus Hutchinson», [Los hermanos Jacowlew, campeones del mundo sobre neumáticos Hutchinson], dice la postal que me ha dado Manolito Feijoo en la puerta.

Es una oportunidad única para ver a los Jacowlew. La gente grita al ver las piruetas temerarias de estos ciclistas. Nos ponemos en pie. Mi colega el periodista se emociona tanto que se levanta de la butaca, se echa las manos a la cabeza y grita: «¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?».

«Dicen que es hoy la mayor atracción de Europa», le digo.

-Y no me extraña. Este Feijoo siempre trae lo mejor, tiene vista. ¡Y empezó tocándole la gaita a unas vacas, hay que joderse [aquí, en la versión impresa, pone "fastidiarse", cosas del libro de estilo]!.

«El Gran Circo Fejioo dará mucho que hablar, estoy seguro», le respondo. Fantástica está también la señorita María en el trapecio. Y elegantísima la equilibrista Miss La La con sus incomparables ejercicios sobre el alambre. No es la que pintó Degas en 1879, claro, es otra.

«¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?», no deja de repetirme mi colega de La Gaceta, entusiasmado con los ejercicios de los hermanos Chauffeur y la belleza inconmensurable de las jóvenes Milville, que hacen cosas terribles con los dientes. «Prepárese, que ahora salen Les Lecusson, fantásticos acróbatas de salón», me avisa el reportero. Qué bien me lo estoy pasando.

Don Secundino, el ourensano que contrataba para su público lo mejor de lo mejor

Entre la actuación del intrépido jockey A. Deseck y los payasos Santos, Cheret, Carpini y Noppi, sigo intercambiando emociones con el periodista de La Gaceta:

«Me han dicho que ha estado fantástica esta tarde la hermosa amazona Ángela de Cheret, con ejercicios de volteo sobre caballo», me comenta.

-No la he visto, pero he leído sobre ella.

-¿Y dónde, porque hasta donde yo sé lleva poco tiempo?

-Bueno, por ahí… en una revista francesa, creo… [por un pelo no meto la pata y me descubro como viajero del tiempo].

El payaso Carpini se ha vestido de mujer y su colega Cheret le hace una estúpida declaración de amor que arranca carcajadas en el auditorio. «Lo veo un poco grotesco -dice mi colega- estos clowns deberían tener en cuenta la especialísima circunstancia de que trabajan en Santiago».

-Con la Iglesia hemos topado…

-Pues eso mismo, querido amigo, eso mismo. ¿Sabe? Los hermanos Jacowlew, los de las bicicletas, antes hacían un ejercicio arriesgadísimo con un tándem. Pero como en tan arriesgada prueba pereciera el hermano menor de ellos, abandonáronle y crearon el ejercicio que ahora llaman Círculo de la muerte, y que es lo que ha contratado Feijoo. Perdone, tengo que escribir una nota de esta idea….

Entonces, mi colega anota en un papel el borrador de la crónica que sobre la función publicará en La Gaceta de Galicia del 11 de mayo de 1916, y que dice así: «Desafiando al peligro, marchan en la pista vertical, despreciando el propio vivir y, en su desenfrenada carrera, se desnudan y se visten, subiendo a lo alto de ella para descender, vertiginosos, al fondo de la misma».

-¿Qué le parece la descripción, querido amigo?

«Fabulosa -le digo- yo no lo habría relatado mejor».

Cuando termina el espectáculo, nuestros antepasados se deshacen en aplausos. Y el plantel del circo tiene que salir hasta cuatro veces a saludar al centro de la pista del Royalty. Me quedaría a entrevistar a don Secundino, pero estoy tan cansado de emociones que me despido de mi colega, salgo del teatro y me voy caminando en dirección a A Senra; igual me voy a dormir al Gran Hotel La Argentina. Ya les contaré.

¿Un vídeo? Venga, que no se diga que le lloramos a la música. Con este señor me hice mayor. Y de vez en cuando viajo entre el pasado y el futuro con él en los auriculares. Se está arrimando un día de sol. Ya queda menos.

52. A una semana de la condicional

Dejo para mañana lo que podría hacer hoy. Pero entre que estoy muerto de sueño y muerto de risa por culpa de Carlos Blanco y Xosé Manuel Budiño, casi mejor me retiro a mis aposentos drogado de Temozolomida hasta los dientes. La sesión hospitalaria del viernes es completita, así que me dormiré soñando con las vacaciones mediterráneas que ya están a la vuelta de la esquina. Me voy a quitar el moho más a gusto… Gracias de nuevo a todos los que os cruzáis conmigo por pasillos y empedrados, tanto si paráis como si no. Que sepáis, en todo caso, que no acostumbro a morder sin consentimiento. Y tengo todas las vacunas. Mañana se acaba la quinta semana y ya solo quedarán cinco sesiones más en la freidora y siete de Quimicefa hasta que pueda salir en libertad condicional. A ver si voy a tener mono… La canción de hoy, versión de la Space Oddity de David Bowie con la que me alisté en la guerra radiactiva y biológica contra el astrocitoma anaplásico grado III, os la dedico de corazón a todos los que hacéis que la sanidad pública siga funcionando contra viento, marea y ciclogénesis explosivas, literales y figuradas. La Estación Espacial Internacional sin astronautas como Chris Hadfield dentro sería un inútil bidón en órbita. Buenas noches a casi todos.

51. Que no sea un jueves cualquiera

Hoy seré breve, que esta tarde me picó la mosca Tsé Tsé y caí rendido. Me frieron por la mañana, después tocó la ruta de la burrocracia… lo de siempre. Como el jueves quiero salir por la noche para escuchar a mis admirados amigos Carlos Blanco y Xosé Manuel Budiño en Arteria Noroeste (rúa Salvadas, sede de la SGAE, en Santiago), permitidme que salude rápido, que os cuente que me encuentro de bien como si en vez de citotóxicos me estuvieran envenenando con cápsulas de cocido; y que la quemadura de la oreja, producida por los fotones radiactivos, está contenida. Me voy a la cama y os dejo unas lecturas revenidas que parí hace ya unos años. La primera se titula El espuni y surgió de una conversación entre mi padre y mi hija en octubre del 2009, cuando ella tenía solo dos años. Fue todo un viaje. La segunda, unas redondillas que, respetando la métrica, compuse para liberar tensión el último día de julio de ese año, cuando se acabaron las vacaciones y tocó regresar al trabajo. Y al final, como siempre, minutos musicales por partida doble. Disfrutad.

El espuni

 (Conversación entre Pepe y Ane Mirás. Vigo, octubre 2009)

 -“¡Abuelo, abuelo, háceme un espuni!”

-Vamos.

-“¡Háceme un espuni, háceme un espuni!”

-Venga, vamos al jardín.

Escucho la conversación entre mi hija y mi padre y tengo la impresión de no sintonizar su frecuencia, de haberme perdido algo. Ella le pide un “espuni” y él la comprende perfectamente. ¿Qué carallo es un “espuni”?

Salimos los tres al jardín y observo. Mi padre coge dos pinzas de madera, monta una sobre la otra, cuenta hacia atrás del diez al cero y, con una uña del pulgar, dispara al aire la pinza de arriba, que sale propulsada hacia el cielo por su dedo pulgar.

-“¡Mira, Ane, ahí va, el Sputnik!”

Ane aplaude: “¡El espuni! ¡Va a llegar a las estrellas! ¡Va a llegar a la luna!”, dice mi hija.

El satélite vuelve a caer sobre la mesa del jardín, pero la cara de Ane es de absoluta emoción durante los dos segundos escasos que tarda el pequeño cohete de chopo en completar su vuelo y regresar a la tierra. Me quedo mirándolos y me doy cuenta de que es un viaje privado, para ellos dos solos, una travesía a la que nadie más está invitado. Y entonces recuerdo que, una vez, hace más de 35 años, yo también fui un cosmonauta montado en una pinza de la ropa. ¡Apartaos, que ahí va el espuni!

Redondillas del final de las vacaciones de julio del 2009

Se acaban las vacaciones
y toca volver al curro.
¡Es injusto, no me aburro!
pero el sistema se impone.

En esta ciudad de curas,
donde adoran a un churrasco
donde llueve que da asco
las jornadas son muy duras.

¡Necesito un masajista!
El retorno me acongoja
Si yo fuera la Pantoja…
no sería periodista.

Mis sueños de millonario
se desinflan cada viernes
y me apedreo los dientes
si acierto el complementario.

Si la suerte me acompaña
-no juro por no jurar-
no volveré a madrugar
y no viviré en España
(o al menos no todo el año, coño, que estoy hasta el moño del tiempo de otoño y la lluvia gallega que al cuerpo se pega)

¡Adiós, cerveza! ¡Hola, mosto!
A la orden, mi sargento
Siempre trabajo contento…
qué duro va a ser agosto.

El verano tuvo tela
pero ahora se ha acabado
¡Que me quiten lo bailado!
¡Sóplame aquí, Compostela!

¡Qué cabrón eres, agosto!
Estabas ahí esperando
al acecho, vigilando,
para escupirme en el rostro.

Aparta de mí, asqueroso.
Que no traes nada bueno.
Huele fuerte tu veneno.
Pero saldré victorioso.

Os dejo con música para irse a dormir y para despertar. Si os acostáis con la memorable comida de morros de Robbie Williams a Daryl Hannah -cómo me ponía mí esa mujer antes de que la recauchutaran- y os da los buenos días Serena Ryder, un vulgar jueves seguro que muta en jueves santo y reluce más que el sol. Amaos los unos sobre los otros.

50. Noticias del maestro Alvite

Qué alegría llegar al servicio de oncohematología del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela y encontrarme con mi amigo y maestro José Luis Alvite, compañero de letras y de cáncer, autor de la frase que encabeza este blog desde hace muchos años. Ya dije en su momento que, por no tener, ni siquiera tengo la categoría de sus enfermedades, aunque lo que la oncología ha unido no lo separa ni Dios. Pero encontrarme a Alvite en la antesala del oncólogo, los dos de una pieza, enteros y verticales, ha sido uno de los mejores momentos de estas cinco semanas de tratamiento. La conversación fue más o menos así.

Yo-¡Alvite, hostiaaaa!

Al: ¡Nachiño! (Abrazo de oso)

Yo: Qué alegría verte, tanto tiempo sin saber nada de ti.

Al: -He estado muy mal. Ni siquiera he sentido ganas de escribir ni de hablar por teléfono. Y escribir un día para no hacerlo después… no sé, me parece una estafa. Han tenido que cambiarme la quimio. La que me metían me estaba dejando la sangre como la de Urdangarín: del montón.

Yo: Mucha gente me pregunta por ti, muchísima. Si quieres digo que me he encontrado con un hermano tuyo y que me ha dicho que estás mejor.

Al: No hace falta, diles que estoy mejor, que me has visto.

Qué momentazo. Los que lo conocéis sabéis que Alvite habla como escribe, desde las tripas, como hace Mari Carmen con doña Rogelia pero sin pañoleta. Por eso, cuando se fue un momento a las salas de tratamiento a que le quitaran una cañería y regresó a la recepción en busca de su mujer me preguntó: ¿Has visto por ahí a mi viuda?

-¡Está llorándote en el baño!

Si todo va bien nos veremos pronto en un decorado más nutritivo y menos terapéutico. Sirva solo esta introducción de mensaje de alivio autorizado y oficial a los miles de seguidores de José Luis; lo he visto con vuestros propios ojos. Alvite, el tipo que ha escrito renglones sabios como ese que dice que el amor “es algo complejo que empieza cuando conoces a alguien cuyo cuerpo parece que llevase años preguntando por el tuyo”. Dios con gafas. Nos volvimos a abrazar pero sin extendernos, temerosos de que por la megafonía empezase a sonar El vals de las mariposas tocado por la Banda Municipal.

De nuevo he vuelto a pasar los análisis del martes con nota. Así que completada línea, seguimos para bingo. El 28 de febrero dejamos la churrería, paramos tres semanas y después volvemos con la química ampliada y en ciclos: 5 días de drogas, 23 de descanso. El Vaquillla hacía al revés, pero no le fue bien; nunca se le dieron bien las cuentas.

Después de la sesión de fotones de hoy, con el maestro Jesús a la sartén, Montse ha sido la enfermera encargada de restaurarme la oreja derecha con esa masilla sódica de ácido hialurónico que es el Jaloplast Gel. “A la que salga el sol -me recomendó- te pones crema factor cincuenta”. Te haré caso.

Como la mañana se ha alargado y no me ha dado tiempo a comer en Fonseca, que es lo habitual, he acabado en un restaurante de categoría internacional que tiene sucursales en todo el mundo: El Burger King de A Senra. Los neurocirujanos Prieto y Allut se llevaron también en su palangana, rencorosos ellos, el recuerdo olfativo del Whopper. ¿Y sabéis que no me ha disgustado nada redescubrirlo? Yo soy más del Churras-King, pero para entretener al hambre…

Sigo saludando a nuevos viejos amigos. Y me encanta hacerlo, así que por mi parte que no quede. Creo que nos vamos cargando las baterías los unos a los otros y siempre salgo del hospital con más corriente de la que entré. Gracias.

El depósito de la energía lo acabé de llenar por la tarde en casa de Benedicto García, que ya es un poco como la mía; a veces hasta confundo a sus nietos con mis propios hijos. Y no sé si fue la radiactividad o qué, el caso es que acabé tocando la gaita electrónica y cantando a dúo con Uxía en un sofá de piel verde. El cáncer tocaba la pandereta, el muy cabrón. Y no lo hacía mal. No, si cuando digo que tengo quizás el tratamiento oncológico más entretenido de España tampoco creáis que exagero…

Uxía Senlle y un atrevido

Uxía Senlle y un atrevido

El miércoles me adelantan la fritura a las diez menos diez. Y después, como cada semana, a recorrer media ciudad con la mierda del parte de baja. Un día me rebelo y no voy, veréis. Y que emita la Seguridad Social una orden de busca y captura, que la incluiré en la versión encuadernada de mis obras sanitarias completas. Burrocracia española y de las JONS.

Los minutos musicales de esta noche son para mi amigo, mi maestro, mi Alvite. Ismael Serrano le compuso una canción y yo sigo suspirando siquiera por un bache dedicado. Ojo a la letra, porque aunque canta Serrano, el que habla es José Luis. Hay gente que nace en sábanas de seda y otros, qué quieres, nacen para ser trapos. Buenas noches desde la trastienda del Savoy. Y recordad: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre” (José Luis Alvite). No olviden supervitaminarse y mineralizarse.

49. Todo cambia

Y aquí está otra vez, en víspera de martes, el dueño del astrocitoma anaplásico grado III más cacareado de la oncología española. Hoy lo he sacado de concierto; si no lo mato por desgaste, al menos que se desahogue. Tuvo una buena oportunidad esta noche mi cáncer en la Casa das Crechas, escuchando la digitopuntura de los bretones Jacky Molard (al violín) y Jean Michelle Veillon (a la flauta travesera). Nunca hasta hoy había entendido en toda su extensión el sentido de la frase “Jódete y baila”. Encima, hijo de la gran puta, te he regado con Superbock negra sin alcohol y ahora te voy a dar tu ración diaria de Temozolomida para que la goces. No me extraña que te quieras quedar a vivir; si yo fuese el tumor de un fulano que no para, que te pasea, te fríe, te droga y te relaciona, tampoco querría irme, que hace mucho frío afuera. Recuerda de todas maneras, Casiano, que el martes nos toca control. Hay que evaluar con el especialista y con los residentes la bioquímica de la semana pasada; chutarse otra vez la vena para una nueva analítica; hacer cola en farmacia… y empezar a despedirse de la churrería atómica, que solo nos quedan nueve sesiones y las vamos a echar de menos. Después te llevaré de vacaciones al Mediterráneo con todos los gastos pagados y verás cosas que jamás creerías. El sol, por ejemplo, ese desconocido. Es como los fotones que nos meten todos los días pero en formato industrial.

Hoy, justo antes de que me atornillaran la cabeza en el acelerador lineal, he descubierto una excoriación detrás de la oreja derecha, un pequeño problema de carrocería. No tenía pensado presentarme a Miss Universo, pero jode y pica. Aunque me echo cremas como me mandan, la radiación hace su trabajo. ¿O por qué pensabais que cuando empieza la coreografía radiactiva todo el mundo menos yo abandona la sala? No es cobardía, es sentido común. Isabel, la enfermera de Radioterapia, me ha untado con un ungüento que se convierte con las horas en el film transparente con el que suelo envolver los bocadillos a mis hijos y que sirve para sujetarme el alerón y proteger la quemadura. Niki Lauda, amigo, me pongo en tu pellejo.

Reitero el agradecimiento a todos los que me ponen el ánimo por escrito, a los que me paran para darme las gracias… Que te den las gracias por vomitar pensamientos y por salpicar con tus vísceras a todo el que esté delante acojona. Ya dije hace unos cuantos capítulos que, a veces, tengo la impresión de que el pleno municipal acabará dedicándome una rotonda. Señor alcalde: me conformo con un bache.

Desde que tengo lo que tengo se me ha incrementado la nostalgia de los lugares y de las personas. A los sitios voy, pero todavía tengo ganas de recuperar el olfato de algunos seres humanos que han sido especiales en 42 años de recorrido y que dejaron de sintonizar mi frecuencia. Recordad que mi memoria olfativa fue a parar a una palangana esterilizada el 12 de diciembre y que cada día vuelvo a oler a los amigos que fueron lo mismo que he tenido que volver a oler a mis hijos por primera vez. Pero aún tengo mucho disco duro virgen.

Voy a acabar con una canción de Mercedes Sosa que, en mi situación, tiene muchísimo significado. Se la tomo prestada a una de esas personas que hacen que todo este horror tenga sentido. Así como todo cambia, que yo cambie no es extraño. (La letra al final). No os acostéis tarde y, si podéis, no os acostéis solos.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por más lejo que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia

Pero no cambia mi amor

48. Lévame, Moraima

He visto gente sana caminar mucho menos que lo que he andado hoy yo enfermo. Salió el sol y la avenida de Castelao de Vigo parecía una manifestación que iba dejando a su paso un rastro de escamas y moho. Me he pasado de los veinte kilómetros y le he gastado las aceras a Abel Caballero, que si se entera de que vivo en Santiago igual me lo hace pagar. Es broma, alcalde, que yo nací en el Xeral y me asiste el derecho de usufructo. He visto Vigo con otros ojos, pero ahora estoy derrengado. Si no me saco al cáncer de encima con tanto paseo, al menos lo cansaré. Igual se aburre y se pira a la cabeza de alguien que lo sepa valorar. Hoy ha tenido suerte, que lo he puesto mirando al mar con las Islas Cíes al fondo. Me voy a la cama pero saludo, que sé que hay quien se preocupa si no encuentra novedades. Mañana, si eso, ya os cuento la carta de mi primo Carlos Mirás (por delante y por detrás), trabajador del Hospital del Meixoeiro, explicándome cómo de pequeño le diagnosticaron un ojo vago, no lo trató a tiempo y acabó extendiéndosele por todo el cuerpo, por eso ahora, como dice, está hecho “un vago de carallo”. Eso es metástasis y lo demás son hostias, Carliños. Nostalgia, familia, buena compañía… ha habido de todo este sábado y este domingo. Acabo de meterme media farmacia y me voy a dormir la mona de la quimio como el yonki de la Temozolomida que soy. Empieza la quinta semana de física y química. Ahora, antes de que os acostéis, le dais al play del vídeo, escucháis a Ana Belén cantando sobre la música de Milladoiro y seguro que mañana os levantáis con otra cara. Os pongo la letra en gallego y en castellano. La dedicatoria la envío por telepatía a través de la antena de titanio que llevo atornillada en la cabeza. Si te llega ya me lo harás saber. Lévame, Moraima. Mañana más.

A saia do vento baila
nun horizonte de mar
Moraima, lévame Moraima
na túa cintura de terra e sal.
As sombras de mil estrelas
danzando na túa man
Moraima, lévame Moraima
entre flores de lúa e metal
lévame Moraima, lévame Moraima
na túa cintura de terra e sal.
Sobre cabelos de chuvia
brinca un sorriso de luz
Moraima, lévame Moraima
cabalgando no sol de cristal.
Xogas con niños de prata
pombas dun silencio azul
Moraima, lévame Moraima
nas xanelas de area
lévame Moraima, lévame Moraima
cabalgando no sol de cristal.
Trenza ca noite un manto
onde poder descansar
Moraima, lévame Moraima
navegando sobre o ceo.
Fai un espello de liño
ó paso do teu andar
Moraima, lévame Moraima
sobre cántaros de auga
lévame Moraima, lévame Moraima
navegando sobre o ceo.

La falda del viento baila
en un horizonte de mar
Moraima, llévame Moraima
en tu cintura de tierra y sal.
Las sombras de mil estrellas
danzan de tu mano
Moraima, llévame Moraima
entre flores de luna y metal
llévame Moraima, llévame Moraima
en tu cintura de terra y sal.
Sobre cabellos de lluvia
brinca una sonrisa de luz
Moraima, llévame Moraima
cabalgando en un sol de cristal.
Juegas con nidos de plata
aves de un silencio azul
Moraima, llévame Moraima
en las barcas de la arena
llévame Moraima, llévame Moraima
cabalgando en un sol de cristal.
Trenza con la noche un manto
donde poder descansar
Moraima, llévame Moraima
navegando sobre el cielo.
haz un camino de lino
al paso de tu andar
Moraima, llévame Moraima
sobre cántaros de agua
llévame Moraima, llévame Moraima
navegando sobre el cielo.

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