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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

101. Estoy ofrecido (a San Roque)

Nací en julio, así que tenía poco más de un mes y me hacía caca encima la primera vez que mis padres me llevaron a acampar a la romería de San Roque, en Vigo. Cuarenta y tres años después de aquella primera toma de contacto, San Roque ha perdido parte de su esencia romera, es un hecho: ya no van las familias a invadir la finca con el mantel, la empanada y la abuela. Se come y se bebe, pero en la hostelería de campaña y no tanto a la brava. No sé si seguirá existiendo la pulpería que tenía un nombre que era toda una declaración de principios: Fajanjasto (hagan gasto); la hija del dueño estuvo conmigo en el cole. Pervive, sin embargo,en el San Roque vigués el espíritu ciudadano, festivo y familiar, libre del botellón asqueroso en el que se han ido convirtiendo por contagio etílico muchas de las fiestas tradicionales del verano gallego y, por extensión, mundial.

En la tesitura actual, tocado como estoy por el puto cáncer, los poderes sobrenaturales del peregrino Sant Ròc de Montpellier -si los hubiera, que hay quien le atribuye más propiedades que un personaje de Marvel- me vendrían como Dios. Voy a la Wikipedia: “San Roque, santo protector ante la  peste y toda clase de epidemias, su intervención era solicitada por los habitantes de muchos pueblos y, ante la desaparición de las mismas, reconocían la intervención del santo, por lo que se le nombraba santo patrón de la localidad. Es además protector de peregrinos, enfermeros, cirujanos o cánidos, entre otros”. Pues si el cáncer es una peste, como creo que es, o incluso una epidemia… sin haberle rezado yo jamás al mejor amigo del perro he descubierto este fin de semana… ¡Que estoy ofrecido!

Lo de que te ofrezcan a un santo sin haberlo pedido es un poco como si un tercero pidiera una hipoteca a tu nombre: te compromete para la vida. El caso es que paseaba el sábado con ascendientes y descendientes por la viguesa Calle Filipinas cuando mis hijos se interesaron por saber qué carallo eran todas aquellas partes de cuerpos de cera que se vendían en una especie de tenderete del vudú cristiano: manos, pies, brazos, tetas, cabezas, cuerpos enteros… . “Pues verás, Ane -improvisé-. Hay personas que creen que si rezan mucho y le llevan a San Roque el cacho de cuerpo que tienen enfermo, pero hecho en cera, se curarán”. La niña apenas tuvo tiempo de encogerse de hombros porque, al momento, intervino expeditiva su abuela, mi madre: “¡Yo ya hice lo que tenía que hacer!”.

-No estaré ofrecido, mamá, que te conozco…

-¡Y hace años!

-¿Queeeé?

-Sí, cuando estuviste enfermo de la otra vez ya le ofrecí un cuerpo entero.

-¿A San Roque? ¿Y estaba de vacaciones o ya no trabaja en la empresa? Mira para lo que me ha servido, ¡Si vamos a peor!

-Yo ya me entiendo con San Roque. Mañana iré a la misa de las nueve y ya sé lo que tengo que hacer.

Discútele tú a tu madre en semejante materia y trata de convencerla de que para ti es superstición lo que para ella es fe, de que la cabeza de cera que lleva en una bolsa no es tu cabeza. Nunca hemos sido en casa grandes rezadores, aunque mi padre tenga antigüedad reconocida como monaguillo a las órdenes de don Serafín en Santa Cristina de Lavadores. Tampoco de misa dominical, salvo causas de fuerza mayor como la romería que hoy nos ocupa, bodas, bautizos, comuniones, óbitos o situaciones que para resolverse requieren energía máxima en cualquiera de sus formatos, terrenos o ultraterrenos.

Lejos de entrar en profundidades he decidido no interferir entre la abuela de mis hijos y el santo de las postillas. Allá ellos y su tráfico de cera, pero si salgo de esta mi madre va tener todavía más motivos para seguir abonada a San Roquiño y a su chucho. Y yo tendré que declararlo santo patrón de la supervivencia. Lo que sí he hecho este fin de semana es revivir el espíritu de la fiesta en esa finca con pazo, capilla y corral en cuya falda la humanidad construyó la avenida de Madrid, la frontera que separa las alturas de O Couto, Santa Rita y A Rola de las casas baratas y de A Salgueira, con el río Lagares en el fondo del valle y allá, a lo lejos, San Pedro de Sárdoma y Castrelos.

Además de la cera que arde, en San Roque hay cosas que permanecen, como la megafonía de Collazo y sus altavoces en forma de corneta de sindicalista que sulfatan los decibelios de la misa hacia los cuatro puntos cardinales como si el cura fuera musulmán. Ahora lo llaman “sonorización”, pero Collazo y su amplificación ya estaban allí cuando yo era pequeño. Sus anuncios trompetificados hacían en los años 70, 80 y 90 el servicio que ahora resuelven los Whatsapp: encontraban niños perdidos, las llaves de un Opel Corsa o avisaban a Marinita de que sus primas la esperaban en la puerta del Corral. Incluso le dedicaba Collazo el pasodoble Islas Canarias a Consuelo y Preciosa, llegadas a la fiesta desde Pazos de Borbén. Todo un tipo, Collazo. Las sandías redondas como balones; las rosquillas hojaldradas de Regino de Ponteareas; el Sitio de Zaragoza atacado con maestría por la banda de Rubiós… Como dicen ahora en esos grupos de Facebook, no eres de Vigo si no has mordido el polvo de la romería de San Roque.

Espero que la cera radiactiva de mi madre surta efecto y que el servicio de paquetería del Más Allá le haya hecho llegar la ofrenda al santo correcto, porque ayer estuve tan mal físicamente, tan escaralladiño, que pensé seriamente en volver a Vigo para pedirle a Roque la hoja de reclamación o secuestrarle directamente al perro y pedir salud como rescate. Como hoy he resucitado, voy a darle un voto de confianza a los negocios sobrenaturales de la señora Fole y el santo de las pupas.

De lo que no tenía ni idea es de que el perro de San Roque, que no tiene Rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado, se llama “Melampo”. Vigo está lleno de Troskis, Laikas y Tobis, pero ni Dios le pone “Melampo” al chucho; un problema de márketing. ¡Ven Melampo! ¡Toma, Melampo! No, no queda bien.

Voy a acabar con esa letra popular que dice así: “Por dicir ¡Viva San Roque! prenderon ao meu irmán; agora que o soltaron… ¡Vivan San Roque e o can!”. Verano de chaqueta en Santiago de Compostela pero, al menos, nunca choveu que non escampara. Ya solo queda una semana para volver a la química. Seguid agostando mientras no septiembréis. Y pincho Maggie May de Rod Stewart porque es lo que suena ahora mismo en el Tosta e Tostiña, desde donde escribo hoy sobre el pasado muy pendiente del corto plazo del futuro. Collazo, amplifícame esto:

100. Las cicatrices ladran con la humedad

Todo el mundo tiene una cicatriz que protesta con el frío o la humedad. Podéis imaginar, pues, qué manifestación tengo yo en la cabeza, instalado, como estoy, en  este borrón de verano con el que Santiaguas de Compostela se venga de la humanidad, seguro que por todo aquello del Códice.

Después de juliembre vino “magosto”, que está siendo un mes más de asar castañas que de chupar polos. El higrómetro que tengo en el trastero -instalado en un aparato llamado deshumidificador, que inventaron en Vietnam y sin el cual cada vez podemos vivir menos en Galicia- daba esta tarde 80. ¡Ochenta por ciento de humedad en agosto! Y por mucho que diga Camilo Sesto, vivir así no es morir de amor, ¡qué carallo!; vivir así es morir de moho. Creo que en cualquier momento veré desde la ventana cómo peregrinan, camino del Obradoiro, el Calypso del comandante Cousteau, Mobby Dick y la procesión marítima de la Virgen del Carmen de Laxe.

Quiero pensar que la situación atmosférica es la responsable -o más responsable que la quimioterapia con la que estamos intoxicando al cáncer- de los extraños dolores, tirones y pinchazos que siento. Yo estoy craneotomizado, y eso quiere decir que me serraron, hace ya ocho meses, las siguientes piezas: el músculo de la mandíbula; la careta; y el hueso mismo del tarro para entrar en mi cerebro forzando la cerradura. Después me arrancaron un trozo de materia gris con su Miko-Premio y lo cerraron todo de nuevo con titanio y grapas de acero inolvidable. Así que haceos una idea del festival de cicatrices con el que, desde los adentros hasta los afueras, convivo en esta reencarnación forzosa de mí mismo. Y de qué manera las siento cuando el tiempo, como es el caso, se empeña en regarnos. Mientras disfruté del sol mediterráneo casi llegué a olvidar que tenía cabeza. Pero ha sido volver a la realidad de Mordor y notar que la albañilería se me resiente.

Como la necesidad dicen que agudiza el ingenio, no me ha quedado otra que probar con los remedios naturales. Siempre he sido público agradecido para los masajes capilares. Pocas cosas hay que me gusten tanto como que me fuchiquen -ya salió otra vez la gallegada- en el cuero cabelludo. Y, mira por dónde, la digitopuntura con la que la madre de mis hijos me ha mecanografiado el cartón esta tarde no solo me ha servido para el goce y el disfrute sin medida, sino también para neutralizar los ladridos de las cicactrices como quien le echara un bisté de ternera a un Doberman rabioso.

Si el verano sigue otoñando voy a tener que volver a poner tierra por medio y echarme a secar en otros territorios donde la tarjeta sanitaria de Galicia es igual de inútil que un cupón de la ONCE sin premio. Pero no seré yo el que tenga morriña al cambiar el aspersor por la sombrilla. Qué ya está bien de llover, carallo, y lo peor es no tener alguien a quien echarle la culpa.

A pesar de la humedad, de ánimos estoy “arribísima”, que diría mi querido colega Manuel Cheda. Si llega a ser uno de naturaleza depresiva, a estas alturas ya no habría “estas alturas”, sino unas profundidades definitivas, oscuras y llenas de bichería. Ya no entraba en mis planes venirme abajo en medio de la tormenta, pero para reforzarme ahí estáis vosotros, ese ejército de Pancho Villa, entregado y espontáneo, que durante todo este tiempo me arropa y consigue, como suelo predicar, que esté viviendo el mejor peor momento de mi vida. No hay churrascada que pague tanto cariño. Así se lo dije esta mañana a mi amigo Luis Pousa, compañero de La Voz de Galicia, que hoy me dedicó en el periódico en el que ambos escribimos un artículo tan bonito que estoy por pedirle matrimonio. Gracias, Pousa, Pousa, Pousa; tú sí que sabes tocarme “naquela cousa”; qué bien suena ese pedazo de motor Barreiros que te desborda la caja del pecho, neno. La declaración con la que Luis tiene garantizada mi entrega eterna dice así:

El mejor peor momento

Luis Pousa

(La Voz de Galicia, 10 de agosto de 2014)

El periodismo, y perdonen que no me levante al decirlo, es un oficio lleno de culos y de ombligos. En el periodismo, en vez de salvar al soldado Ryan o al cura Pajares, cada uno salva primero su propio culo para luego, puro onanismo, poder mirarse un buen rato el ombligo.

Pero no solo de culos y ombligos viven las redacciones. De vez en cuando asoman, entre las teclas y los fluorescentes, el corazón y el cerebro, y se produce la colisión de partículas elementales que estallan al chocar la inteligencia y la emoción, la literatura y los hechos. De esa brutal embestida emergen la crónica callejera, el periodismo literario, el columnismo o como se llame ese género impuro, mestizo y heterodoxo que consiste en llenar cajitas de texto no con un texto cualquiera, sino con la palabra exacta y única, la que requiere y relata cada historia, en un sutil juego de pesos y medidas que da a cada voz su lugar preciso en la sinfonía de la narración.

Y, claro, si un periodista con talento, neuronas y agallas, además agarra este género por las solapas y se lo lleva de paseo al borde mismo de la existencia, entonces le sale El mejor peor momento de mi vida, el libro en el que mi compañero de trinchera Nacho Mirás cuenta desde la freidora de la radioterapia su día a día contra el cáncer. Nace de su blog rabudo.com y es esa mezcla salvaje de crónica y dietario que Mirás y otros compañeros de generación han convertido en el oro puro del nuevo periodismo (en realidad, es el viejo periodismo de contar cruda pero hermosamente las cosas).

«Pocas veces un periodista de raza se ha llevado la libreta al fondo de la raza misma», ha apuntado Jabois sobre Mirás. Y allá vamos todos, con Nacho y su libreta.

Llego de esta manera, y a estas horas, a la entrega número 100 de mis memorias sanitarias. Si me llegan a decir el año pasado por estas fechas la que me estaba esperando me hubiera dado la risa. O a vosotros que ibais a estar leyendo el cáncer escrito de un fulano de Vigo trasplantado en Compostela. Es cierto que siempre quise dejar a mis hijos como herencia un libro de mi puño y letra, al menos uno. Soy mal fabulador y sabía que algún día acabaría publicando material basado en hechos reales, una recopilación de reportajes y entrevistas quizás… Pero no me imaginaba cómo de brutal sería la naturaleza de los acontecimientos que me han llevado a tener mi primer ISBN en menos de un año. Hagamos de la necesidad virtud; no hay mal que por bien no venga… se aceptan refranes.

Pues como escribió mi buen amigo Manuel Jabois y recordó hoy Luis Pousa, os voy a mandar un saludo por aspersión desde el fondo de la raza misma, en cuya selva trato de sobrevivir como un Bear Grylls cualquiera, armado de ganas, un tirachinas y una navaja suiza. Os voy a poner un temazo que descubrí por casualidad y que me levanta los pies del suelo. Es de una banda indie de Nueva York que lleva encendida desde el 2006. El White Sky que pincho a continuación, escrito y tocado en compás de 6/8, es perfectamente convertible en muiñeira. ¡Venga arriba! ¡Tacón, punta tacón! Dormid acompañados. Fin de los primeros cien capítulos. Mucho me temo que el relato continuará. Gracias por la prórroga.

99. Matar demonios a tornillazos

No habían pasado ni dos días de la operación en la que me rebanaron la ostra que llevo en la sesera en busca de una perla -que apareció, y de qué manera-, cuando se me dio por ponerme a arreglar el lavavajillas de casa. Con la cabeza cerrada con quince grapas, orden de reposo y sin saber todavía que el cáncer me iba a llamar al orden, subí del trastero la caja de herramientas, cerré el agua, corté la luz y dediqué algo más de una hora a destripar la máquina de lavar los platos que fabricaron los mismos fulanos que construyeron el acelerador lineal de partículas con el que me radiaron treinta veces. Durante el tiempo que duró el arreglo de la máquina no pensé ni un segundo en el quirófano, ni en el serrucho, ni en la memoria… y mucho menos en lo que habría de venir. Me operaron el 12 de diciembre y no fui declarado oficialmente como paciente oncológico hasta el día de fin de año. Así que, solucionada la avería del lavavajillas, emplee muchas más horas a las ñapas que tan bien neutralizan los malos pensamientos. El miedo se acojona ante el tirafondos y el tornillo de rosca chapa, es un hecho.

Cuando tienes cáncer, por mucho que emerja de tus catacumbas un súper fulano que no sabías siquiera que vivía allí, hay días en los que te vienes abajo. Pero, sobre todo, hay noches. La de anoche fue una de esas veladas en las que hubiera agradecido que llamaran a mi puerta catorce vecinos con la lavadora escarallada. O una señora en bata pidiendo socorro. Así, al menos, ocupado con la tornillería y las maniobras, no me habrían asaltado los monstruos como lo hicieron; no me habría angustiado buscando respuestas que nadie te sabe dar; no me habría ahogado hasta el punto de tener que ir a dormir al sofá en calzoncillos con la ventana y la boca abiertas; un espectáculo. De Galicia para el mundo.

No me ocurre muy a menudo, pero cuando me visitan los demonios lo hacen en manada, todos juntos, y con la intención de descubrir y quedarse a fundar, como aquel cuñado de Gila que vino a tomar café y se instaló. Yo no se lo consiento, he ido depurando la técnica a lo largo de estos meses.

Después de una noche mala, lo que hago a la mañana siguiente es sacar a pasear mis restos mortales y columpiarme en mis ojeras, pero cerrando el capítulo. Hoy habría tenido un día de mierda -anímicamente hablando- de no haber sido por mi amigo Fernando Varela, con el que he compartido una jornada de bricolaje en tierras de Silleda que ni Kristian Pielhoff hubiera soñado: limpiar una piscina; apretar una fuga; arrancar una segadora de gasolina -y usarla-; devolverle la vista a dos puntos de luz ciegos; echar a andar otro lavavajillas -el mío no ha vuelto a fallar desde que lo arregló Frankenstein-; o empuñar sin piedad esa espada láser del mundo  rural que es la hidrolimpiadora Karcher. La Karcher es un arma cargada de futuro, la Tizona del obrero.

Es ponerme a las herramientas y huyen a la carrera todos los fantasmas acojonadores, quizás sea por el pánico a la limpiadora a presión. ¡Hoy iba tan lanzado en Silleda que acabé reforzando la estructura de una campana extractora en una cocina que ni era mía! “Tenme la cabeciña ocupada” ¿Recuerdas Isabel? La cabeciña y las manos.

Mucho más elevado de espíritu a estas horas que cuando me levanté por la mañana en el sofá, cual Maja de Goya en gayumbos, decido completar la maniobra de distracción al enemigo con unos minutos de blogoterapia. No le he gastado un duro a la Seguridad Social para venirme arriba desde un bajón de siete sótanos y un entresuelo. Los bajones del cáncer son abisales. Y para evitar que el abismo te atrape, no queda otra que nadar hacia la superficie aunque sea aleteando con las orejas. Yo, con el espíritu de un obrero ilustrado, lo hago amarrado a una caja de destronilladores y a un MacBook con el que lo mismo escribo que toco la versión electrónica de la Alborada de Veiga. Vale que seguramente es porque llevo una semana sin ver a los niños y tengo que buscar otros entretenimientos. El asunto es, y acabo, que cada paciente tiene que buscar el salvavidas que mejor se le ajuste a la cintura. Sea cual sea el sistema, si te agarras, subes. Pero lo mejor de todo es cuando te echan una mano. Gracias por tantas manos.

98. Citotóxicos con gaseosa

Me río yo solo, tumbado en la cama de mi adolescencia, pensando en el informe que podría redactar el residente canadiense de Oncología si supiera de qué manera he arrancado este martes el quinto ciclo químico contra un glioma macarra y matón que me tiene la vida amenazada: “El paciente, con una espesa barba y pelo en zonas en las que antes carecía de cobertura tal -podría escribir el aspirante a eminencia de la oncología- arrojó esta mañana unos excelentes resultados en la análítica de control, lo que posibilita la continuación del tratamiento prescrito”. No tengo ni pajolera idea de escribir textos médicos, pero esto lo calzáis en inglés y seguro que queda creíble.

Así fue: me pincharon esta mañana en la sala de tratamientos 6 del Hospital de Día, me sacaron cuatro tubos bien medidos -sigo sin acostumbrarme a las banderillas- y ya después de un par de horas me recibieron en la consulta 11 mi oncólogo y su alumno de Canadá, ante el que me chuleé por lo elevado de mis linfocitos y de otros ingredientes que corren por mis venas, mujer, no tengo problemas, de amoooor…. ¡Leche, que me posee Ramoncín!

“Camine mucho, coma bien, vuelva el 26 de agosto, siga con los 400 miligramos de Temozolomida durante los próximos cinco días…” Un apretón de manos certificó que, completada línea, seguimos para bingo. Este ciclo, otro más… y a cruzar los dedos de los pies para que la resonancia magnética de octubre salga monda y lironda y pueda ser declarado ya enfermo crónico en vigilancia permanente.

Que el oncólogo te vea bien, anima. Pero si además, como es el caso, el neurocirujano que te abrió la cabeza te encuentra estupendo de fondo y de forma, sales del hospital con el pecho tan hinchado que revientas la camiseta, lo que en gallego de andar por casa viene a ser “que non che colle unha agulla polo cú”.

Por si el residente canadiense quiere de verdad lucirse en el informe de la práctica de hoy, le voy a dar unos detalles sobre cómo ha transcurrido ese suceso íntimo, inevitable y afrancesado que es la toma de la pastilla. Primero, doctor, le contaré que acompañé a mis padres en Vigo a un certamen de canciones de taberna en la finca de San Roque y después cenamos en una tasca. Verá, doc, no sé en Canadá, pero aquí me dicen que me meta la droga dos horas después de cenar, nunca antes. Imagínese el festival que podría celebrarse en mis adentros si no respetase el plazo y se me mezclaran los citotóxicos con una tapa de pimientos de Padrón que picaban unos sí, otros también; con una ración bien servida de calamares a la romana; y con unas lonchas de jamón cortadas a bisturí por un señor que parecía, por su movimiento de brazo, el primer violín de la Real Filharmonía de Galicia.

Justo hora y media después del modesto banquete, doctor, -hoy había que celebrar con el señor Mirás y la señora Fole los análisis de la mañana- me tomé el Ondansetrón, ese potente antivomitivo que te prepara las tripas para el Temodal a cambio de estreñirte; nada es gratis. Para poner el colofón a este primer día de este penúltimo ciclo, busqué en la nevera de mis padres el líquido no alcohólico que mejor me pudiera apetecer para meterme los 400 miligramos de este matarratas para el cáncer que todavía paga la Seguridad Social.

Dudo mucho, querido residente de Canadá en el Hospital Clínico, que en su país sepan lo que es la gaseosa Feijoo. Resumiendo. Le cuento: una bebida a base de agua carbonatada y edulcorada, con ligero aroma de limón, etiquetada en amarillo con el nombre del presidente de Galicia. ¡Ponga eso en inglés! Conste que la gaseosa es anterior al político y, en todo caso, no se sabe que exista relación entre la bebida y el inquilino de Monte Pío, que Feijoos, por lo visto, hay muchos: sólidos, líquidos, gaseosos…

Pues confieso, y téngalo en cuenta en futuros estudios clínicos, que me he tomado la Temozolomida con gaseosa Feijoo bebida directamente de la botella y aquí estoy media hora después, escribiendo sin más efecto secundario que un poquito de sueño y la inevitable voz de Luis Zahera en Celda 211, pero por escrito casi ni se nota.

La nacionalidad del residente de Oncología, qué curioso, me ha hecho recordar a otro científico que, aunque nació en Florida, trabaja en Canadá: el neurofisiólogo Michael A. Persinger. Había leído algo de su trabajo, que se centra, precisamente, en la parte del cerebro en la que me han fuchicado -no me resisto a la potencia léxica del verbo gallego fuchicar- a mí: el lóbulo temporal derecho. ¡Y llego a casa y me encuentro con que ponen en la 2 un reportaje sobre Persi y sus teorías! Hay que joderse con las casualidades.

Resumiendo: Persinger intenta demostrar que las visiones místicas, los ángeles de la guarda y otras santas compañas que se aparecen por ahí -a menudo a gente con credibilidad escasa- son producidos por nuestros propios cerebros, no por el espíritu santo. Ya escribí en su día que yo, de momento, no he proyectado fuera de mi cabeza a nadie que no estuviera de verdad, y que no sé si podría soportar, llegado el caso, ese exceso de población flotante. Me intriga, no obstante, que Persinger tenga razón y que mi maltratado lóbulo temporal derecho improvise un día una proyección espontánea de gnomos o ninfas -yo seguro que tiraría más a lo segundo- que me hagan replantearme mi convicción de que después de esto no hay nada.

Cito a la Wikipedia: Persinger “diseñó experimentos para reproducir en laboratorio percepción extrasensorial y visión remota mediante la descarga de corrientes electromagnéticas en ocho frecuencias distintas en zonas concretas del cerebro y publicó sus resultados. También evaluó el método de Ingo Swann. En 2010, Persinger y otros publicaron sus trabajos con el médium clarividente “a ciegas” Sean Harribance midiendo su encefalograma en el lóbulo temporal, demostrando que la dinámica normal del córtex cerebral asociada a la intuición y cambios energéticos en el entorno podían explicar experiencias mediúmnicas atribuidas a procedencias más aberrantes”. Si le soy de utilidad, doctor, llame. Pero ya le digo que, de momento, todos los que se me han ido apareciendo estaban, aunque puede probar a imantarme la cabeza con uno de sus aparatos, a ver qué o quién sale. Le brindo a la ciencia internacional lo que haya detrás de mi cicatriz, en serio, por aberrante que pueda ser la conclusión.

En fin, que ya hace mucho rato que me he drogado con gaseosa Feijoo y temozolomida y me pesan los párpados y las uñas. Ya he dicho que escribo menos porque trato de vivir más, por si no vivía ya bastante. Quiero tener un recuerdo final para Sara Muñiz, una de esas personas que me transfundieron su experiencia a la hora de enfrentarse a un pronóstico malo y que el domingo se nos fue. Gracias por todo lo que le diste a tanta gente. Sé que a mi oncólogo no le gusta que vaya a los tanatorios, pero hay veces en las que no puedes faltar, y esta era una. Cuando llevas casi un año instalado en esta guerra, las bajas son inevitables, aunque nunca te acostumbres. Buenas noches, residente; buenas noches, presidente.

97. Reflexiones musicales a 28 grados

No suelo escribir con auriculares. Puede sonar la música de fondo, pero si me aíslo con los audífonos tengo una sensación parecida a la que se sufre cuando los mocos no te dejan respirar por la nariz y acabas jadeando solo por la boca: sientes a medias, como si estuvieras capado. Esta noche, sin embargo, haré una excepción. En esta madriguera con ruedas de ocho metros cuadrados en la que convivimos con la camada un mes de cada doce, mientras mi hija se inicia en la lectura de tebeos con los Súper-Humor que sobrevivieron a su madre, mi hijo resuella dormido y la madre de las criaturas me engaña con Javier Marías, yo me dispongo a reflexionar por escrito enchufado a una lista aleatoria de mi Spotify, que es una ensaladera musical que de tan poco criterio espanta.


Dadle al play antes de seguir leyendo. Ahora suena Ronan Hardiman, que es un irlandés que trabaja un new age folclórico que le arregló la cuenta corriente para una temporada cuando parió Lord of the dance. Él, que era un simple cajero de banco que lo dejó todo para cumplir su sueño musical. Mi Alvite irlandés. El mundo es de los valientes, Ronny. Hardiman me toca al oído Siamsa y me entran unas ganas terribles de marcarme un tacón punta tacón sobre el mostrador de un pub de Dublín. Me corto por no despertar al enano.

Esta tarde, cuando la química acumulada en esta borrachera citotóxica sin fin que me mantiene vivo me recordaba mi oncológica condición, no me veía capaz siquiera de hacer el picado de la jota a cámara lenta. Hay que ver cómo me va fallando el andamio según le sigo metiendo a la droga legal. Los 28 días de descanso entre ciclos no mejoran el cuadro. Bien al contrario, según se acerca el ciclo siguiente, más escarallado me noto. “Eso es la edad, a mí también me pasa”, me suelen decir. Ya. Igual es la edad… Pero además.

Sigue la lista de reproducción. No es que Melendi sea mi tipo, con esas greñas y ese muestrario de ferretería incrustado en la cara, pero reconozco que el himno que le dedicó a Asturias, “casi entre dolor y llanto, a la gente que cayó”, es una obra de arte. Qué propia para una intifada improvisada esa llamada a hacer caso a don Pelayo “luchando con pundonor, pues mientras nos queden piedras, lo que nos sobra es valor”. Buen ripio, Milindri; el adoquín es un arma cargada de futuro.

En un ataque de “jisterismo” -que diría mi querida Tamara Montero, la máxima experta en hípsters que conozco- hoy hemos celebrado un consejo familiar para decidir que, de momento, me dejo barba. A ver cuánto aguanto, que me conozco y a la que el espejo me devuelve la imagen de un señor mayor que se me parece, me acojono y me paso la goma de borrar de tres hojas. Al final mandarán los enanos, como siempre. Hoy les hacía gracia, y eso que solo es el tercer día. El caso es que, no sé si por el tratamiento o por la edad, he blanqueado que parece que me hubiera rebozado en harina para allanar el chalé unifamiliar de los siete cabritillos en ausencia de mamá cabra. Siga con su interpretación, señor Melendi. Y, cuando termine el de Asturias, seguís leyendo mis pajas mentales paridas a 28 grados sobre una lista de reproducción.

“Here you go way too fast
Don’t slow down, you gonna crash
You should watch, watch your step
Don’t lookout, gonna break your neck…”

Efectivamente. Ahora son The Primitives, con esa versión moderna del “Precausiooooón, amigo condustoooor, la senda es peligroooosa”. Los escucho y me acuerdo del elemento sobrenatural que llevo pegado en el salpicadero del coche desde hace unos días. Yo pecador me confieso: un San Cristóbal con su niño Jesús a la chepa troquelado en una chapa redonda de color bronce. Sí, yo, incapaz de rezarle a nadie que no me responda en alguno de los idiomas que hablo, que tampoco son tantos. Nunca he tenido facilidad para sintonizar voces de otros mundos, no paso de la TDT y de las psicofonías del más acá. Pero este San Cristóbal me pidió a gritos venirse de vacaciones. Apareció junto a mi coche en una calle de Pamplona. Por el aspecto, el santo protector de los conductores debe de tener trienos acumulados en algún taxi. Y, o bien lo retiraron sin honores, o bien el dueño lo perdió y todavía lo está llorando. Tal manera de aparecerse, como uno de esos santos Cristos que acaban varando en una playa, fue motivo suficiente para que le conmutara la pena del olvido y lo pegase bajo la palanca de cambios. Como encuentre en un chino un “Papá no corras” soy capaz hasta de añadirlo a este collage móvil que completa, desde hace un año, un pequeño Fary articulado que llevo colgando del retrovisor, la joya de la corona que compré por dos euros en la gasolinera de Lavacolla.

Ahora viene lo más sobrenatural de todo: el San Cristóbal apareció en el suelo, junto a la puerta del coche, sucio y mojado, ¡El 10 de julio!, que es la fecha que ahora le dedica a su conmemoración la Iglesia Católica. Aún siendo un irreverente como yo soy… ¿Quién en su sano juicio pasaría por alto semejante confluencia de señales? Le he hecho al mártir de Licia un contrato indefinido en el Citroën, que tampoco me hizo mal que toda la comunidad carmelita vedruna de Vitoria me dedicara el rezo de la mañana aquel 12 de diciembre del año pasado, cuando me abrieron la cabeza con una radial quirúrgica para sacarme un tumor cancerígeno y regresé al mundo de los vivos para contarlo.

Han ido rindiéndose a la noche, mientras escribo y escucho música de distintos pelajes, todos los seres humanos que respiraban a mi alrededor en este carromato alemán de ocho metros cuadrados. Ni siquiera Javier Marías es ya una garantía en la cama de nadie. Así que yo también voy a ir cogiendo postura, que mañana será otro día. Mi lista musical con menos criterio que el piano de David Guetta me lleva ahora al francés susurrado -me refiero al idioma, claro- de Alizée Jacotey, que se me presenta como Moi… Lolita. Sí, comercial, facilona… pero no me diréis que no os pone tontorrones la corsa con nombre de viento; todo sensualidad en esta France Gall del siglo XXI.

Dormid tranquilos y, como ya he dicho alguna vez, si está en vuestra mano, no durmáis solos, que anda al acecho el hombre del saco haciendo lo que mejor sabe hacer: dar por saco. Abrazos transmediterráneos. ¿Que cómo estoy? ¿En serio? Vivo. Si cabe, más que antes.

 

 

96. Imitación de las vacaciones y la “baja” en el ojo ajeno

Tremendo día escogido por el Gobierno para aprobar el Real Decreto que, desde ayer mismo, 18 de julio de 1936, perdón, 2014, -en qué carallo estaría yo pensando- regulará la incapacidad temporal de los trabajadores españoles. Aunque el texto hay que leerlo con antiparras, que es farragoso en lo que tiene que ver con los plazos, la mediación -en mi opinión excesiva- de mutuas y otras situaciones burrocráticas que no acaban de solucionarse, por lo pronto, los incapacitados temporales no tendremos que ir todas las semanas al médico a buscar la baja. Hace dos días, y gracias a la ayuda de mi compañera y amiga Mercedes Prego, que vale el triple de lo que pesa, entregué el parte de confirmación número 41 de esta odisea oncológica y administrativa que se inició con las hostilidades de octubre del año pasado. Son 41 semanas, una tras otra, visitando el centro de salud para recoger un papel y, cual mensajero pachucho, entregarlo en el curro. Perdiendo el tiempo y haciéndoselo perder a otros.

Pueden estar contentos en Madrid. Como España funciona a velocidades diferentes según el punto cardinal al que te dirijas, en Navarra, por ejemplo, ya llevaban tiempo con un sistema más o menos racional que aliviaba al paciente de la pena añadida del papeleo. O, al menos, es un sistema más cuerdo que el que gobernaba hasta ayer mi condición de paciente oncológico empeñado en sobrevivir a un pronóstico malo. Dicen que ahora las bajas se ajustarán “a la previsión del seguimiento clínico” -aunque parezca increíble, no era así, daban igual unas anginas que un astrocitoma anaplásico grado III- y, en cierto modo, cambiará para bien una situación que no hacía más que echar sal sobre las heridas. Me sigue dejando pasmado la autoridad de las empresas privadas que ampara la normativa nueva a la hora de decidir sobre las enfermedades de terceros, sus altas, sus bajas… ¡Si mandan las mutuas más que el médico! ¿No es suficiente el aparato del Estado para semejante cometido? Mi experiencia con esta vigilancia privada no es para tirar cohetes: no olvido con qué premura insistieron en solicitar una incapacidad permanente revisable que de ningún modo me he tragado.

Sigo huyendo en familia hacia el este para escapar del juliembre que, según me cuentan, se ha vuelto a instalar en Mordor de Compostela, ese lugar donde llueve tanto que, como decía Gila, los terrenos se venden por litros cuadrados. A esta hora disfruto de unos sudorosos 30 grados en el interior de mi caravana y de 24 en el exterior, pero prefiero el sudor al orballo, como el polvo al rapapolvo, un bombero a un bombardero y el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional (gracias, Serrat, por ser partidario de las voces de la calle más que del diccionario).

El este es ahora mismo Cambrils, un lugar de Tarragona que, en realidad, es una colonia de Navarra; Pamplona con vistas al mar. Entre Cambrils y Salou, si llamo a mi hijo a voz en grito: “¡Mikel!”, no se vuelven menos de media docena de niños navarros. Eso no me pasa en Galicia, claro, donde lo “aberchándal” de los nombres de mis herederos es, precisamente, lo que marca la diferencia. La gente se saluda de una acera a otra, en esta parte del Mediterráneo,  al grito de “¡Epa!” y la prensa de referencia en el quiosco es el Diario de Navarra. Hoy en la piscina tuve la sensación de que si a los que estaban en el agua les quitase el bañador y les anudase un pañuelico, me sonarían más de cincuenta caras de los últimos Sanfermines. Verás la que se lía como se independice Cataluña y la mitad de la población de la comunidad foral se quede atrapada en chanclas en plena secesión.

Fui muy dichoso en otra vida en Cambrils. Solo duró un fin de semana, pero éramos dos y no salimos de la tienda de campaña en 24 horas, podéis imaginaros el olor. Vale que había una tormenta de arena del siete, pero tampoco es que se me perdiese nada fuera de aquel tálamo canadiense con vistas a Alemania. Aunque 22 años después he vuelto en otro plan, me gusta quebrantar la ley de Sabina, que acuñó sobre una partitura un artículo que ordena que, al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

Mañana seguiré bañándome con mi familia en ese Ganges colectivo hecho con agua de mar baja en sal, rodeado de holandeses y de otros bárbaros del norte como nosotros mismos y nuestras camadas. Es el epejismo de las vacaciones que no lo son porque, y no me olvido, soy un incapacitado temporal que sigue intentando ponerle palos en las ruedas al cáncer para que la vida le dé una prórroga. Es, en todo caso, la parte del tratamiento que más se parece a las vacaciones tal y como eran antes.

Que os acueste Serrat, y cada loco con su tema. Tócala otra vez, Nano. Y de propina, su primo Sabina, que dice que hay quien dice que fue él el primero en olvidar cuando, en un si bemol de Jacques Brel, conoció a Mademoiselle Amsterdam. Bona nit, bona gent.

 

 

95. Si me guardáis un hueco en la estantería, que sea en la de las comedias, que de tragedias andamos sobraos

mejpeHace ya muchos meses que puse por escrito tres deseos que me gustaría ver cumplidos para certificar que le he jodido la estadística al enterrador: conducir hasta Dinamarca sin mirar atrás; tocar a la gaita la Xota da Guía con Kepa Junkera en la Casa das Crechas de Santiago; y ver publicadas en un libro estas memorias sanitarias que he ido improvisando sobre un pronóstico malo y sin un trozo de cerebro porque me lo invadió un astrocitoma anaplásico grado III que acabó, con su rebozado neuronal, en la palangana quirúrgica de los doctores Ángel Prieto y Alfredo García Allut.

El único riesgo que tiene desear cosas es que la vida te haga caso. Con Kepa Junkera estamos en tratos para hacer manitas; lo de Dinamarca es solo cuestión de llenar el depósito; y el libro nacido de este pronóstico malo redactado con alevosía, mucha nocturnidad, irreverencia y, aún así, respeto por el enemigo, aparecerá en las estanterías de las librerías el 16 de septiembre.

Paidós-Grupo Planeta me tendió la mano. Y no estoy yo como para rechazar manos que me ayuden a llegar a la orilla. El mejor peor momento de mi vida es el título de un post que publiqué el 13 de febrero. A los editores les pareció que esa frase resumía un poco el espíritu de esta crónica que se va ampliando cada día. Hemos cribado, seleccionado, pulido… pero la esencia, el instinto de supervivencia y esta caminata interminable sobre un alambre que me convierte un poco en un miembro adoptado de la familia Wallenda son exactamente las mismas. No será el primer libro que sale de un blog; pero sí el mío.

Muchos, que os habéis visto citados en los textos que llevo escribiendo desde octubre del año pasado, os volveréis a leer en letra impresa. Hay que ver cómo impresiona la letra impresa, lo sabemos bien los que vivimos de impresionar. No son pocos los que me han aconsejado encuadernar este material pensando, sobre todo, en todos los compañeros de la guerra oncológica que se pasan horas interminables enganchados a las máquinas que les dan la vida. La lectura es un gran aliado en esta circunstancia. Va por ellos también, por los que me enseñaron a nadar a contracorriente y por los que braceáis cada día conmigo.

El libro se pondrá a la venta el 16 de septiembre. Haremos presentaciones, firmaré lo que me dejen las circunstancias sanitarias -cheques no, gracias- y, en definitiva, haremos ruido. Me produce muchísimo respeto ocupar un hueco en vuestras estanterías, con tanto y tan bueno como hay por leer. Espero que me situéis más en la sección de las comedias que en la de las tragedias. Podéis llevarme al cuarto de baño incluso; soy de digestión ligera.

Quiero dar las gracias de manera especial a Manuel Jabois, por un prólogo que vale su peso en uranio enriquecido; y a Beatriz Rodríguez Salas, por un prefacio que descubre cosas de mí que ni yo mismo sabía. Y a la gente de Paidós-Planeta, a mi hermano Pau de Viba por su esfuerzo, a mi familia biológica y a la familia de La Voz de Galicia por su apoyo inquebrantable… Y a todos los que saciáis con vuestra interacción o como espectadores callados pero fieles mis inagotables ganas de ver crecer a mis hijos y de permanecer de cuerpo presente y en orden de marcha, por lo menos, otros 43 años. Entre todos habéis conseguido que esté pasando el mejor peor momento de mi vida. Gracias.

Aquí tenéis la información oficial

94. A San Fermín pedimos…

Llevo trece años viniendo a los Sanfermines, así que no me extrañó que esta mañana, justo después de una incursión de urgencia en el ultramarinos de abajo para comprar pimentón -teníamos una lata caducada en el 2005-, una señora mayor con acento de lejos me dijera: “Es muy bonito ese uniforme que lleváis”. Soy uno más, un PTV, de Pamplona de Toda la Vida. Así es: la fiesta nos iguala en la indumentaria. Menos la boina roja en la cabeza, que ya es residual a estas alturas del futuro, lo demás lo cumplo tal y como manda la copla: “La camisa y pantalón como la caaaaal… y esa estampa de nobleza, que es la misma de Tudela hasta el Roncaaaaaal”. Mi nobleza será de importación, en todo caso. Pero como en los grupos del Whatsapp ya salgo como Natxo, tengo a estas alturas en mi expediente vital un plus de navarrismo consolidado.

Lo de la nobleza y Navarra es una cosa para estudiar. Incluyen el calificativo noble en todo, desde el comportamiento de los toros -si fuera el caso, que es discutible tratándose de un animal salvaje- hasta las canciones dedicadas a las peñas sanfermineras o a los títulos de los reyes; Carlos III el Noble tiene en pleno Ensanche la mejor calle de la ciudad. Son buena gente los navarros, pero sobraos no hay otros. Y no desperdician ocasión para calzarle el adjetivo “foral” a todo lo que se tercie, incluido ese subjuntivo vasco con el que te dicen, por ejemplo, que “si vendrías, te invitaría a comer”.

Me gusta levantarme a las ocho menos diez para ver el encierro por la tele con mi suegra como comentarista. Y no apagamos hasta que no sale el portavoz del Hospital de Navarra dando el parte de heridos. Tremendas patillas luce el sanitario de guardia, por cierto. Hoy hay uno de Chicago que se marcha a casa con un cuerno embutido en el culo; no va a olvidar el viaje. Las cornadas, qué curioso, tienen efecto llamada y cada vez hay más guiris perforados. El piercing es otra cosa, man! La que lió Hemingway cuando exportó al mundo los excesos del mes de julio en Pamplona.

Las vacaciones y el espíritu sanferminero no evitan los efectos colaterales de la quimioterapia. No hay un momento que olvide mi circunstancia, que ni es noble ni grandiosa: es una putada como un piano de cola, de Tudela hasta el Roncal. Me canso más que antes, muchísimo más que antes. Y no, no es la edad. Así se lo hice saber ayer a una persona muy querida y fundamental en el desarrollo de mis acontecimientos vitales que me inquirió por Whatsapp -mientras asistíamos a la función de Gorgorito en la India en la plaza de Conde Rodezno (otro noble)-: “¿Qué es de tu vida, chaval?”. Estuve a punto de hacerle un Julio Iglesias: “La vida sigue iguaaaal”. Pero me alargué: “Me canso más que antes, pero aquí estamos y tal, gracias por preguntar…”

El tiempo está tan malo que si le cambias la letra a la canción y te sale “Siete de octubre, San Fermín” apenas se notaría. No iba muy descaminada la madre de mis hijos cuando se trajo en el equipaje familiar las chaquetas de nieve de los niños. Ya lo dice Alvite: “Las mujeres, cuando tienen frío, te abrigan a ti”. Y qué bien. Yo voy estos días de julio con el forro polar rojo y no me sobra. Y tres días a la semana, hoy incluido, antibiótico preventivo: Septrín Forte que, como su propio nombre indica, no es precisamente suave. Lo de la flora y la fauna intestinal, no obstante, lo tengo controlado.

Es muy diferente vivir las fiestas de Pamplona como turista que en familia. Yo, que he militado en las dos divisiones, me quedo sin duda con la segunda, que estoy mayor para ciertos excesos. Cambio y corto con música oficial: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el ¿entierro? ¡No, encierro, mamón! daááándonos su bendición!”

A Kepa Junkera lo escuché y lo abracé hace dos días en el parque de La Taconera. Dice mi cuñado Álex que tocar así la trikititxa es la hostia, pero que no tiene menos mérito el que inventó un artefacto como el acordeón diatónico. Dentro vídeo. Kepa con Sorginak, su nuevo proyecto, una maravilla.

 

 

 

93. El día que casi acabo con el Cacereño

Los de Cáceres duermen tranquilos, ajenos a la desgracia que ha estado a punto de eliminar del mapa a su equipo de fútbol, el Club Polideportivo Cacereño que, aunque hace lo que puede en las filas de la segunda división B, sirve para aplacar las tensiones de la afición. Una ciudad sin club de fútbol, aunque sea fútbol de segunda, es una olla a presión. Y no quiero ni pensar lo que habría pasado si la cadena de acontecimientos que se iba a producir, finalmente hubiera ocurrido. Y todo por culpa de la lluvia y de mis vacaciones improvisadas.

Lo que tiene viajar con la casa a cuestas es que la capacidad de reaccionar es infinita. Pusimos rumbo a Pamplona con el objetivo de, hecha la fiesta y revisados los bares, llegar al valle del Loira. Pero este año tenemos un tiempo rencoroso e hijoputa, que no merece otro nombre, así que cambiamos la hoja de ruta y buscamos en los pronósticos meteorológicos un lugar en el que el cielo no se desplomara sobre nuestras cabezas. Y así es como hemos acabado en Cáceres donde, sacando un “churrasco” aislado, el verano está de cuerpo presente.

Para escoger destino no solo buscamos sol, sino también algún aliciente: “¡Ya está! -dije- vamos a Cáceres, veraneamos y visitamos de paso a mi amigo José Ramón Alonso de la Torre!”. Meu dito, meu feito. Extremadura vale la pena no solo por el decorado, sino, precisamente, por extremeños como Alonso de la Torre, a quien me refiero cariñosamente como “Alonso de la Porra”. Él ya hacía periodismo de calle en La Voz de Galicia cuando eso de ponerse en la piel del otro a tiempo completo era incluso friki. Y los 21 días de Samanta Villar no estaban ni en las vísperas. Alonso de la Torre se metió en el alzacuellos de un cura, vendió pañuelos en el semáforo para poder contarlo, le cantó los mismos pecados a varios confesores de la catedral de Santiago para comparar las penitencias… periodismo de pura raza, de ese que revaloriza la prensa de papel. Yo bebí mucho de sus fuentes y hoy no soy otra cosa que el resultado de haber pisado tugurios y vidas ajenas con él y con otros de su pelaje.

El reencuentro en Cáceres después de tantos años ha sido emocionante. Alonso de la Torre abraza en mono, pero es el manco menos acomplejado que hayáis conocido jamás. Zurdo a la fuerza, José Ramón me inspiró también cuando me tocó luchar contra los elementos y hacer de la necesidad virtud. Mucho te debo amigo.

El caso es que, y ahora vuelvo a la terrible cadena de acontecimientos que pudieron dar en el exterminio del Cacereño, comimos con Alonso de la Torre y con Esperanza Rubio en un sitio de esos que deberían ser espacio protegido: El Paladar de Felisa, en el número 10 de la calle Sergio Sánchez, en la zona vieja.

Entre el cocido y la ternera con salsa de almendras, y con un nubarrón sobre nuestras cabezas, se me dio por pensar en si no me habría confiado demasiado con la meteorología. “Creo que he dejado las ventanas de la caravana abiertas, los enchufes a la intemperie, el tostador en el fregadero… No sé, si viene a llover lo mismo tenemos problemas”. Tengo fama de precavido, de ahí que en algunos foros me apoden “don pluscuamperfecto”. No creo que llegue a la obsesión -o igual sí- pero, en cualquier caso, prefiero tomar precauciones.

Según comíamos, arreglábamos el mundo y nos poníamos al día, no podía dejar de pensar en las consecuencias que un chaparrón indiscreto tendría sobre la instalación caravanauta con la que viajamos: “No sé si acercarme a ponerlo todo a cubierto, no vaya a ser. Mira que si hay un cortocircuito….”.

Entonces ya le di pie a Alonso de la Torre para transformarse de lleno en el vacilón Alonso de la Porra y anticipar los acontecimientos que, de no reaccionar ante el nubarrón, derivarían en catástrofe.

-Diréis lo que queráis, pero como se ponga a llover la liamos. Me preocupan los enchufes al aire.

-¡Bah, no será para tanto!

-Que sí, José Ramón, que puede saltar un chispazo y la jodemos.

El cámping Ciudad de Cáceres está junto al estadio del Cacereño, bautizado en su día con el hoy desfasado nombre Príncipe Felipe. ¿Qué tal Infante Froilán? Es una idea.

-¡Buf, si salta un chispazo será terrible! ¡Provocarías un incendio en el cámping, jajaja!

-Sí, tú ríete, Alonso de la Porra, ríete.

-¡Y el fuego se extendería por todo el cámping, vendrían bomberos de todas partes!

-Quién sabe. Joder, qué bueno está este cocido.

-¡Y el incendio se extendería al campo del Cacereño y a la única empresa potente que tenemos en la zona, que no está muy lejos. ¡Doscientos puestos de trabajo! Todo quedaría arrasado. ¡Ve corriendo! (decía Alonso de la Torre descojonándose para el deleite de nuestras mujeres) mientras no perdía bocado.

“Creo que voy a llamar por teléfono -resolví-, a ver si allí pueden hacer algo, tapar los cables, no sé”.

-¡Y si arden el campo y la empresa, el Cacereño tendrá que hacer frente a las consecuencias, no podrá afrontarlo y desaparecerá porque Nacho Mirás se dejó los enchufes de la caravana al aire!

Y venga risas….

-Sí, descojónate, pero yo llamo.

El caso es que los del cámping me tomaron en serio, recogieron la electrónica, la pusieron a cubierto y, gracias a eso, el Cacereño puede seguir dando barrigazos en las filas de la segunda división B. Porque llovió a chorro. Poco pero suficiente para acabar con el fútbol en Cáceres.

Así que ya sabéis: mirad al cielo antes de salir de casa; tomad precauciones, que el efecto Cacereño es mucho peor que el efecto mariposa.

Gracias a todos los que me estáis felicitando por cumplir años en este 4 de julio. En mis circunstancias, sumar otra vela a la tarta no es cosa menor. Eso sí, soplaré a lo bestia, no vaya a ser que se incendie un toldo, arda el cámping y me nombren persona non grata y mangurrino indeseable en toda Extremadura.

Me canso algo, pero no es nada nuevo. Sigo de reposo terapéutico hasta el 29 de julio, cuando arrancaré el quinto ciclo químico contra mi astrocitoma anaplásico grado III. Buscad las magníficas historias de Alonso de la Torre en las últimas páginas del Hoy. Y rescatad las viejas. Descubriréis a un tipo que escribe con una mano como si tuviera tres; a un periodista pura sangre que vive las vidas de otros. A fin de cuentas, de eso se trata en este oficio.

Dentro vídeo: Extremoduro. So payaso http://youtu.be/1Iw1Qx7c2yc

92. Libertad vigilada para un chatarrero renacentista

Y como quien no quiere la cosa, ya estamos a 25 de junio. Ayer brindé a la salud de los Juanes que en el mundo son con un lingotazo de 400 miligramos de temozolomida, dando así por inaugurado el cuarto ciclo de citotóxicos con los que la sanidad pública gallega se afana por mantenerme en el más acá. De los efectos secundarios, lo ya sabido: me canso, me canso… La quimioterapia funciona por acumulación, así que lo que va entrando en el cuerpo es más de lo que sale y claro, lo notas. Acabaré de drogarme el sábado por la noche y después tendré por delante todo el mes de julio hasta el ciclo siguiente.
La ventaja es que me podré ir de vacaciones con la familia y la casa a cuestas sin llevarme la farmacia puesta. O, al menos, solo la botica suave, la del antibiótico y el protector gástrico. La idea de viajar con unas cápsulas cuya ingesta accidental por un niño puede causar la muerte del niño y el suicidio del padre no me hacía demasiada ilusión.
Hoy es miércoles y ¿qué pasa los miércoles? Eso es, que tengo que comparecer en el centro de salud, recibir la baja y llevarla de paseo a la empresa y a la universidad. Para desaparecer en julio tengo que resolver la logística burrocrática del mes entero a base de pedir favores: pero así me convierta en un sin papeles, me iré fuera de Galicia, me vestiré de blanco, me anudaré un pañuelico rojo al cuello y correré… detrás de los toros por las calles de Pamplona. Sí, detrás, que ya sobra quien se ponga delante.
Antes de eso deberé cumplir varios requisitos. Primero: el médico de familia tiene que autorizar por escrito mi desplazamiento. Segundo: alguien tiene que encargarse de ir los miércoles a buscar la baja en mi lugar y sacarla de paseo, lo mismo que tienes que empaquetarle a alguien el gato cuando te vas unos días. Yo le propongo directamente al sistema que me coloque en el tobillo una pulsera de esas del arresto domiciliario, así puede controlar telemáticamente mis movimientos y no le jodemos la vida a las amistades. También autorizo a la Administración a que me siga con el helicóptero de control de tráfico, a que me implante un chip en la oreja o a que me ponga una luz en el culo.
No me canso de decir que mientras el Curiosity se hace selfies sobre la superficie de Marte y los coches que se conducen solos están a punto de entrar en el plan PIVE, seguimos soportando un sistema burocrático vintage que en vez de solucionar la vida de la gente la complica. Alguien decía el otro día: “Hacemos un rey en quince días y una radiografía en seis meses”. Y, así, todo.
Sigo entreteniendo la cabeza todo lo que puedo, aunque en los últimos días he tenido algún bajón anímico que, de todas maneras, se difumina si me pongo a atornillar a lo loco. “Eres un hombre del Renacimiento”, me dijo el otro día mi mujer cuando le regalé un soporte para el iPad que fabriqué con los restos de un flexo viejo. Más que un inventor soy un chatarrero renacentista, pero me entretengo.
A veces pienso cómo habrían sido estos ocho meses en las filas de la oncología si me hubiera hundido desde el principio. Habría sido el horror amplificado, para mí y para todos.
El lunes me dieron la bendición urbi et orbi en la consulta 11. Los números de los análisis me acompañan más que el gol average a la Roja (que me la trae floja) en Brasil y por eso hemos podido iniciar el cuarto ciclo sobre lo previsto.
Guardad un hueco en la agenda para el 18 de septiembre, que me gustará veros las caras en Santiago. Ya os contaré.

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